“A los niños hay que creerles siempre”: Juliana Pungiluppi

“A los niños hay que creerles siempre”: Juliana Pungiluppi

Hablamos con la Directora General del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF).

Juliana Pungiluppi

Pungiluppi es politóloga de la Universidad de los Andes, magíster en Gestión Política de la Universidad George Washington y en Políticas Públicas de la Universidad de Princeton.

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Ricardo Pinzón

Por: Diana Estrella Castilla
31 de julio 2019 , 02:13 p.m.

Los gritos de dolor de Brayan, el niño de 12 años que tuvo que presenciar el asesinato de su mamá, María del Pilar Hurtado, en Tierralta, el 21 de junio de este año, estremecieron a muchos colombianos. Sus alaridos quedaron en la memoria de un país que aún se conmueve por la violencia. Esos gritos también retumban en la mente de Juliana Pungiluppi, directora del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar. Mucho más desde el día en que lo conoció, al día siguiente de la tragedia.

“Él tiene un físico muy bonito, así que lo abracé y se lo dije, porque infortunadamente mi mamá no fue muy expresiva conmigo y yo tengo mucha inseguridad en ese sentido”, dice. Además, hablaron de los “malos” y los “buenos”. Para Brayan, los malos, los que le hicieron daño, eran los que le habían quitado la vida a su mamá. Juliana le contó que a ella también le habían hecho daño en el pasado, cuando era una niña. En su caso, no hubo un asesinato, pero sí un secuestro, el de su papá a manos de las Farc, cuando ella tenía 11 años. Brayan se quedó sin su mamá y Juliana sin su papá porque, a pesar de que lo liberaron unos meses después, nunca pudo volver a recuperar su relación con él. “A partir de eso, mis papás se separaron, se dañó la unión familiar, se rompió todo”, recuerda.

El 27 de agosto del 2018, Pungiluppi Leyva, bogotana, de 42 años, hija de un italiano y mamá colombiana, se posesionó como directora del ICBF luego de haberse dedicado por más de quince años a trabajar en temas de pobreza y desarrollo. Estudió Ciencias Políticas en la Universidad de los Andes, es magíster en Gestión Política de la Universidad George Washington y en Políticas Públicas de la Universidad de Princeton en Estados Unidos. En su carrera se destaca haber sido consultora para el diseño del Programa de Fortalecimiento de la Procuraduría General de la Nación en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), donde trabajó con el actual presidente, Iván Duque; fue consultora del Grupo de Pobreza y Género (LAC) y coordinadora del Fondo de Reconstrucción de Haití en el Banco Mundial (BM). Cuando le ofrecieron el cargo del ICBF llevaba seis meses en la Procuraduría apoyando la implementación de un crédito de modernización.

Mientras respondía las preguntas de esta entrevista, Pungiluppi tomaba notas en un papel, como intentando reafirmar sus palabras, y también, a veces, se le entrecortaba la voz con tan solo mencionar casos como el de Génesis Rúa (9 años), en Fundación, Magdalena, cuyos restos fueron hallados en el patio de la vivienda de su vecino cuando él los estaba incinerando en un fogón de leña, o el de Angie Lorena (12 años), asesinada por el papá de su mejor amiga. El cuerpo de Angie fue encontrado con los pies y las manos amarradas. O el de Diana Tatiana (11 años), que fue violada y estrangulada por su tío, que luego arrojó el cadáver por la ventana de su casa, en Buenaventura, para que el mar la desapareciera. Historias que son solo una muestra de un problema que afecta al país y que no deberían quedar en el olvido.

Juliana Pungiluppi

El 27 de agosto del 2019 Juliana Pungiluppi cumplirá un año en el cargo.

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Ricardo Pinzón

Y no es para menos. Según cifras del ICBF, los registros de violencia contra los niños van en aumento. En el 2016, se dieron 62 casos diarios; en el 2017 fueron 66, y en el 2018, el número subió a 68. El abuso sexual es lo que más afecta a los menores de edad: mientras que en el 2016 se registraron 26 casos diarios, en el 2018, la cifra llegó a 37. En el segundo lugar está el maltrato: entre enero y septiembre del 2018, el Instituto tuvo un total de 7.486 casos. De ellos, 5.488 fueron por negligencia; 1.573, por maltrato físico; 399, maltrato psicológico; y 26 casos por otros tipos agresión.

Por su lado, las cifras de Medicina Legal dan cuenta de que en el 2018, las niñas fueron las que más sufrieron por violencia sexual, con el 74,4 % de las denuncias, demostrando que ser mujer y niña sigue siendo un riesgo en el país. Además, lo que revelan las cifras es que el mayor peligro para ellas está en su propia casa. Los que más cometieron estos delitos fueron los familiares, sobre todo papás, padrastros, tíos y abuelos. En este año, de las 22.309 mujeres violadas en el país, el 42,37 % fueron menores de 18 años, y de estas, 5.713 niñas, entre 10 y 13 años, quedaron en embarazo por violación.

Juliana Pungiluppi es hoy la encargada de revertir esta triste realidad. Y herramientas, conciencia y preparación tiene.

Juliana, usted hoy lidera la entidad que vela por la niñez, ¿qué recuerdos tiene de esa etapa de su vida?
Crecí en una familia de tres hermanas y un hermano. Yo soy la última. La familia de mi mamá es muy musical, así que fue un entorno lleno de música. Recuerdo que en nuestras celebraciones familiares durábamos dos o tres horas cantando; por ejemplo, villancicos en las navidades, y mis tíos siempre tocaban instrumentos. También interpretábamos las canciones que componía una tía, todos nos las sabíamos de memoria y teníamos diferentes roles con nuestras voces.

También fue deportista.
Mucho. Algo que destaco siempre es que fui campeona nacional de squash. Le dediqué seis años de mi vida, desde los 13 hasta los 19 años, a jugar ese deporte seis horas después del colegio y pensé en ser una profesional, pero se me dañó la rodilla y por eso no pude seguir.

A los 11 años le tocó vivir el secuestro de su papá a manos de las Farc, ¿cómo afrontó ese episodio?
A él lo secuestraron en el Huila, en Pitalito. Eso marcó mi vida en muchos sentidos. Mi papá regresó después de un año y no quiso volver con nosotros porque quedó muy mal psicológicamente. Desde entonces no lo veo. Los guerrilleros le dijeron que nosotros no habíamos pagado el secuestro y él creyó que mi mamá le había quitado su dinero. Eso marcó no solo mi vida familiar, sino mi carrera profesional, porque desde ahí me interesé mucho por entender el fenómeno de la guerrilla y decidí estudiar ciencias políticas. Me empezó a gustar ese tema y el periodismo. Además, hice mi tesis en temas de la guerrilla para entender sus causas sociales. Desde chiquita me ha tocado difícil. Recuerdo esos meses de no tener a mi papá y sentir ese pesar en el colegio. Económicamente también nos marcó porque lo perdimos todo. Mi mamá nos sacó adelante, tuvimos un negocio que se quebró, después yo tuve que pagarme la universidad. Hice pasantías en varios medios nacionales como periodista desde que estaba en sexto semestre de la universidad. Entré como pasante y me terminaron contratando antes de graduarme.

A él lo secuestraron en el Huila, en Pitalito. Eso marcó mi vida en muchos sentidos. Mi papá regresó después de un año y no quiso volver con nosotros porque quedó muy mal psicológicamente

¿Logró perdonar a las Farc después de lo que le hicieron a su familia?
Sí, pero ha sido con el paso del tiempo. Aunque se puede decir que, como me marcó tanto, no dejo de tener un poquito de resentimiento. Creo que ese perdón fue gracias al ejercicio académico en el que he estudiado tanto a la guerrilla de las Farc. Pudo ser por ahí. Luego, al seguir muy de cerca todo el Proceso de Paz, entendí que nos teníamos que reconciliar. Yo no he asumido mi posición de víctima, en el sentido de que no he ido a pedir una reparación económica frente a la Unidad de Víctimas o algo así. No sé si de pronto me haga falta para el proceso de cerrar el duelo. Tengo que pensarlo, pero se puede decir que sí las perdoné.

Se casó con un neozelandés y tiene dos hijos, ¿cómo conoció a su esposo y qué es lo que más desea para sus hijos?
A mi esposo lo conocí en la Universidad de Princeton cuando estaba haciendo mi segunda maestría. Yo era una de las menores y él uno de los más mayores. Todos tenían más de 45 años y yo 28. Lo conocí comprando una bicicleta y me sorprendió que él acababa de enviudar. Empezamos a hacer unos viajes a Nueva York los fines de semana y en esas escapadas empezó a surgir todo. Años después decidimos casarnos y vivir aquí en Bogotá. Tenemos dos hijos: Agustín, de 5 años, y Baltazar, de 3. Lo que más quiero para ellos tiene que ver mucho con Nueva Zelanda, el primer país que les dio voto a las mujeres y que se caracteriza porque no tiene clases sociales. Eso es lo que deseo, que sepan que no existen las clases sociales, que sean decentes, empáticos, sensibles y seguros de sí mismos.

Según lo que muestran las estadísticas, podemos decir que ser niño en Colombia no es fácil, especialmente ser una niña. ¿Por qué?
Porque creo que estamos en una sociedad machista y con muchos estereotipos. Los temas y los enfoques de género nos afectan mucho. Claramente, en todas las cifras los indicadores son más negativos para las niñas, que son las más usadas, desde como objetos sexuales hasta como trabajadoras en el hogar.

Se habla de 68 casos diarios de violencia contra los niños en el país, ¿qué es lo que más le duele de este panorama?
Lo que más me duele es sentir que, por más que trabajemos con las uñas las 24 horas del día y los siete días de la semana, no se van a cerrar las brechas a corto plazo. Es un tema intergeneracional. Los problemas de violencia en las familias son espirales y círculos viciosos que uno ve que no se van a romper.

Ya que toca el tema de las familias, ¿estas sí están cumpliendo con sus responsabilidades?
Yo parto de la base de que todos los padres adoran a sus hijos, pero en general creo que tenemos un problema en términos de violencia sexual. Eso nos lo están diciendo las cifras: por ejemplo, que el 45% de los abusadores son miembros de la familia. Y en cuanto al tema del castigo físico hay una tolerancia a este. Según las estadísticas, el 60 % de los padres consideran el castigo físico, como una manera de educar. Ahí hay un problema porque los niños están viendo eso y la sociedad ha entendido que la violencia es una forma de solucionar los problemas. Eso hay que cambiarlo. El hecho de que en el Código Civil se diga que puede haber castigo moderado está dando para unas interpretaciones vagas y hay una subjetividad que toca trancar. No es que queramos ser prohibicionistas, sino que eso está muy amplio, hay que acotarlo y tiene que venir de la mano de las campañas de sensibilización para que haya unas dinámicas familiares más sanas.

Juliana Pungiluppi

Según cifras del ICBF, en el 2018 se registraron 68 casos diarios de violencia contra los niños. 

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Ricardo Pinzón

Este año hemos conocido casos muy violentos contra los niños, como el abuso sexual y el asesinato de Sharick Buitrago, de 10 años, en Guaviare. ¿Cree que las penas que hay hoy son suficientes?
Depende de cuáles, pero creo que las penas que hay son suficientes. El problema de fondo es la impunidad. Hay un problema en la judicialización, 90 % de los casos no se están judicializando, eso es una cifra muy alta. Allí hay un tema clave y es que a la hora de los juicios, de los procesos judiciales, hay un adulto contra un niño y siempre va a tener la ventaja el adulto, porque si el juez no está capacitado, le pregunta al niño dónde estaba el jueves por la noche y el niño no sabe qué es el jueves. Entonces, cierran los casos porque el niño no se supo defender procesalmente, no encuentran suficientes pruebas para condenar. Eso hay que cambiarlo. Además, a los niños hay que creerles siempre.

Juliana, ¿usted cómo veía el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar antes de ser su directora?
Veía que la institución estaba muy bien manejada. Admiro mucho el trabajo que venía haciendo la directora anterior, Karen Abudinen. Inclusive lo que venía haciendo antes Cristina Plazas. Además, conocía lo que venía haciendo Diego Molano porque antes de tener a mis hijos, en el 2010, yo me regresé de Washington a trabajar con el gobierno de Juan Manuel Santos. Trabajé en la Presidencia con un alto consejero, Samuel Azut. Desde ahí tuvimos que supervisar muchas agencias del Estado: Acción Social en su momento, el ICBF, la Banca de las Oportunidades. Ahí se creó el DPS (Departamento para la Prosperidad Social), que era Acción Social. En ese momento creamos todo este sector. Durante el empalme, yo veía que el Instituto iba por un buen camino a pesar de todos los retos. Lo veía como un monstruo, pero veía que iba bien, en buenas manos, así que no me dio tanto susto.

¿Ha llorado desde que está en este cargo?
Totalmente. He llorado mucho. Lloro cuando llego a darle un abrazo a una mamá que acaba de perder a su hijo, como Génesis Rúa, Angie Lorena o Diana Tatiana. Sobre todo cuando ellas me cuentan el último momento que las vieron, los planes que tenían o que nunca creyeron que el victimario sería tal persona, como en el caso de Angie Lorena, que era el papá de la mejor amiga. Uno no puede contener las lágrimas. Lloré cuando fuimos a visitar a una madre sustituta que tenía tres niños y le acababa de llegar uno desvinculado del ELN, un niño indígena que no podía ni mirarnos de lo triste y desorientado que estaba. No podía hablar y uno dice: “¡Lo que tendrá ese niño adentro!”. Y uno lo abraza porque es lo único que puede hacer en ese momento, y decirle a la madre sustituta: “Por favor, se lo recomiendo, cuídelo”. Y hay una probabilidad de que ese niño pueda volver a su casa, pero uno sabe también que por algo se fue de su casa.

¿De dónde saca fuerzas para ponerse todos los días frente a esta institución?
Trato de hacer ejercicio, pero no he podido hacer mucho porque trabajo de siete de la mañana a once de la noche y a veces hasta las dos de la mañana. De mis hijos también y de mi equipo, tengo un equipo de lujo, técnico y comprometido.

Yo parto de la base de que todos los padres adoran a sus hijos, pero en general creo que tenemos un problema en términos de violencia sexual, eso nos lo están diciendo las cifras

Otro caso durísimo, que sucedió a finales de junio, fue el asesinato de María del Pilar Hurtado frente a su hijo en Tierralta. Usted estuvo allá con ellos, ¿recuerda algún momento en especial?
Con los cuatro niños tuve momentos especiales, pero me acuerdo mucho de Brayan, el que vio el asesinato. Cuando me le acerqué, me nació decirle: “Qué cosa tan divina. Eres bello”. Y me miraba como bravo y me decía que no. Yo le pregunté si la mamá le decía que era bello, y me dijo que no. Luego, él mismo, sin yo preguntarle, me empezó a contar lo que había pasado. Decía: “Todos en este país son malos”. Yo le dije: “No, mira los que estamos acá. Tú estás sintiendo este abrazo que te estoy dando. A mí también me hicieron daño y uno aprende que hay unos malos y unos buenos, y vamos a juntarnos con los buenos”. Al final, cuando me fui a despedir, le pregunté. “Brayan, ¿tú que eres?”, y me respondió: “Soy bello”. Son cosas muy pequeñas pero que pueden marcar la vida.

Se puede decir que ese caso marcó a todo el país, pero también generaron polémica unas fotos publicadas por el ICBF en sus redes sociales.
Eso fue muy duro porque yo no soy alguien que quiere figurar, no tengo ni redes sociales. A mí no me gusta el protagonismo, pero el Presidente estaba en Europa, le estaban dando palo porque no estaba en el país. Yo tenía que hacer presencia, no solo por un tema mediático, sino institucionalmente, porque estos niños entran bajo nuestra protección. Llegamos a primera hora a Tierralta el sábado, los vimos y se tomaron unas fotos; siempre hay que pixelar las caras e infortunadamente en este caso no se pixelaron y se mostraron, aunque no se veían las caras, y nos cuestionaron mucho por haberlas subido. Independientemente de eso, me siento muy tranquila del momento que compartí con ellos por lo que me contaron, por lo que les pude decir, porque uno tiene una responsabilidad muy grande. Y esto a uno le hace sentir, y se lo he dicho a mucha gente, que con esta entidad no se puede jugar. Esta institución tiene que estar en muy buenas manos, y por eso, yo me tomó muy en serio mi trabajo.

¿Cómo están ellos hoy?

Están en Puerto Tejada y ya arrancaron otra vez en el colegio porque estaban desescolarizados. Hay uno con un tema de discapacidad que ya está en uno de nuestros externados. Estamos viendo cómo el chiquito sigue en contacto con su papá, que se quedó en Tierralta. Los tres grandes tienen a su papá ahí, y eso es bueno porque tienen esa red paternal. Hay que estar muy pendientes. A mí me preocupa el tema de seguridad de ellos.

Juliana Pungiluppi

Juliana Pungiluppi es bogotana y madre de dos hijos. 

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Ricardo Pinzón

Cuando suceden cosas así, en las que tiene que actuar el ICBF, los que más tienen contacto con los niños son los psicólogos, trabajadores sociales y defensores de familia, ¿qué destacaría, desde el punto de vista humano, del trabajo de estos profesionales?
Uno puede ver casos tan importantes, como los que tiene un defensor de familia; por ejemplo, los de responsabilidad penal adolescente. Hay niños en El Redentor a quienes no los visita nadie diferente al equipo del ICBF que lleva su caso. Ellos prácticamente terminan convirtiéndose en papás de estos niños. Así de fuerte es su labor.

¿El colombiano sí adopta?
Total, y ese cuento de que los que más adoptan niños colombianos son los extranjeros es un mito.

Pero mientras esperan en ser adoptados, los niños están bajo el cuidado de madres sustitutas, ¿cuáles son los requisitos y qué controles se tienen sobre ellas? Ha habido manchas en este programa, como abuso sexual en estos hogares.
Hay casi 5.500 madres sustitutas en todo el país. Son mujeres mayores de edad, pueden estar casadas o no, pueden tener hijos o no. Se hace una serie de pruebas psicológicas para ver si pueden estar a cargo de un niño y reciben una serie de capacitaciones en pautas de crianza y cuidados generales. Este es un ejercicio voluntario y, dependiendo de las condiciones de los niños que tienen, pueden tener tres o dos, y hay un ejercicio de supervisión constante a través de los operadores. Pero sí, es un esquema susceptible de mejorar. Puede que la madre pase las pruebas cuando nosotros le hacemos el chequeo, pero no estamos exentos de que reciba una visita extraordinaria de un primo o que se ennovie, y esas revisiones se hacen, pero no cada dos meses, sino cada seis meses, porque son demasiadas.

¿Entonces cree que funciona esta modalidad?
Sí y ha funcionado en todo el mundo. ¿Qué se podría hacer? Ponerles cámaras, supervisiones aleatorias. Sí se puede reforzar, pero sin lo que están haciendo estas madres no daríamos abasto. Además, está comprobado que los internados tienen unos efectos negativos en los niños. Claramente es mejor el contexto de una madre sustituta. En ese sentido es mucho más positivo.

En cuanto a los niños venezolanos, ¿qué se está haciendo por ellos? Últimamente se ven muchos en las calles, en los semáforos…
A los niños los tratamos como si fueran colombianos. Los atendemos sin ningún requisito en nuestras modalidades de atención. Hemos flexibilizado en algunos puntos específicos del país nuestra oferta, como en el caso de Cúcuta, con unas guarderías especiales para que los padres venezolanos puedan dejar a sus niños. Tenemos una mesa de niñez migrante, que la coordinamos con la referencia de frontera de la Presidencia. En este momento estamos atendiendo a 62.000 niños venezolanos en todo el país.

Estar en un cargo como este también trae otro tipo de problemas. Por ejemplo, a principios de este año su nombre estuvo envuelto en críticas por un adelanto de su salario. ¿Por qué lo adelantó?
Tenía un viaje a San Diego, a una conferencia de unos temas de trauma en los niños. Para ir se requería pagar anticipadamente la inscripción y hacer los pagos de reservas de hotel. Yo infortunadamente tenía una situación personal de flujo de caja, asociada a un tema médico de mi marido, por lo que no podía asumir esos costos de mi bolsillo, y la política de viáticos del ICBF requiere que los funcionarios paguen las comisiones primero y después ellos reembolsan. En esa ocasión, esa comisión internacional era de un valor alto que superaba los 4.000 dólares. Le consulté al secretario general qué posibilidades había; una de ellas era el anticipo, adelantarme mi salario diez días. Le consulté y él consideró que se podía hacer. Hoy estamos todavía en discusiones, justificándole a la Procuraduría para ver si efectivamente fue algo ilegal, porque no está del todo claro que lo sea. Lo hicimos para cumplir con la misionalidad, nunca hubo dolo, nunca quisimos hacer nada en contra de la ley.

También ha habido mucha controversia por la designación de Luis Céspedes como director del ICBF en Caldas, ¿cuál fue su papel en esta decisión?
A los directores regionales, por Constitución, los elige el gobernador. En los últimos años se incluyó un proceso meritocrático. Se abre un concurso público, la función pública hace una validación de requisitos, después hace una verificación de antecedentes y después la Universidad Nacional hace un examen de competencias y habilidades técnicas. Eso es el 80 % del proceso. De ahí pasan entre cinco o siete candidatos, que luego hacen una entrevista que pesa el 20 %. Esa entrevista sí la hace el ICBF con un comité entrevistador que yo conformo. Yo solo tuve que hacerles las entrevistas a estos candidatos, entre ellos estaba el señor Luis Céspedes, a quien ya habían habilitado. Yo en mi entrevista solo tenía que mirar habilidades gerenciales y conocimientos técnicos de la entidad. Yo no tengo que mirar antecedentes, ni nada por el estilo, porque eso ya lo hizo Función Pública. Hicimos la entrevista de estos candidatos, quedaron tres por puntaje, esos tres se los pasé al gobernador, y él escogió al señor Céspedes.

Lo que más me duele es sentir, que por más que trabajemos con las uñas las 24 horas del día y los siete días de la semana, no se van a cerrar las brechas a corto plazo

Pasando a otro tema, usted trabajó con Iván Duque en el BID, lo conoce bien, ¿cómo describiría al actual Presidente?
Lo describo como alguien que siempre estuvo disponible y lo considero el mejor ser humano del mundo. Por algo lo escogí como padrino de mi matrimonio. Recuerdo que él siempre llamaba a sus sobrinos todas las semanas para escucharlos y saber cómo estaban, a pesar de que ellos estaban muy pequeños y no hablaban mucho. También es muy perseverante y guerrero. Como ya lo dije, yo fui campeona de squash, y él consideraba que también sabía jugar muy bien. No se cohibió y un día me dijo que quería jugar conmigo. Yo le dije: “Le voy a dar una tunda”, y él me dijo: “Juegue conmigo que yo le voy a ganar”. Y obviamente no sabe jugar, así que le di una tunda horrible, pero nunca se cohibió, igual jugó, sudó y sudó. Ya le había ganado 9 a 0 y él insistía en que quería otro partido. Jugamos otra vez y quedó 9 a 1, y me dijo: “Vio que le hice un punto”. Es un bacán, tiene mucha fortaleza. Lo otro es que es un lector empedernido, no solo de libros de adultos sino también de niños. Cuando tuvo a sus hijos, se volvió fanático de la literatura infantil, al punto de que cuando yo tuve a los míos, con lo primero que se acercó fue con libros de literatura infantil, que hoy son los libros preferidos de mis hijos.

¿Qué consejo le daría al Presidente desde el punto de vista de la niñez?
Creo, honestamente, que si bien el tema de niñez está planteado en el plan de desarrollo, donde hay un capítulo de primero los niños y las niñas, habría que posicionarlo más, y él lo podría tener más presente en su discurso. Yo sé que él tiene este tema en su corazón, estoy segura, pero no ha comunicado tanto que tiene esa prioridad.


POR DIANA ESTRELLA CASTILLA
FOTOGRAFÍA RICARDO PINZÓN
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 87 . JULIO - AGOSTO DEL 2019

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