Fernando Trujillo, el hombre delfín

Fernando Trujillo, el hombre delfín

Hablamos con Fernando Trujillo, biólogo colombiano que ha dedicado su vida a los delfines. 

fernando trujillo

Trujillo ha estudiado en profundidad a estos pequeños cetáceos, por lo que los ha buscado en sus hábitats desde la India hasta en el Amazonas.

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Natalia Hoyos

Por: Karen Tatiana Pardo Ibarra
29 de agosto 2019 , 12:03 p.m.

Fernando Trujillo González pisó por primera vez el Amazonas cuando tenía 19 años. Llegó como un estudiante intrépido y soñador de biología marina. Aterrizó en Leticia, en los años ochenta, pero luego de ver “el hervidero de narcotráfico que era, lleno de bares y prostitutas”, siguió su ruta por el río hasta llegar a un pequeño caserío envuelto en una tupida selva y “un mosquerío impresionante”, que solo tenía luz los viernes durante dos horas: Puerto Nariño.

Su pasión son los delfines de agua dulce, aunque también le gustan los tiburones y las ballenas. Lleva más de tres décadas estudiándolos, contándolos y poniéndoles transmisores satelitales para aprender más sobre ellos y de las amenazas que los acorralan: la minería, la deforestación, el turismo voraz, la pesca desaforada, las hidroeléctricas y los humanos. A sus 51 años ha recorrido más de 30.000 kilómetros, en 35 ecosistemas acuáticos, de los afluentes del Amazonas, del Orinoco, del Mekong y del Ganges.

Hubiera podido terminar trabajando en otro lugar –en Estados Unidos, quizás– porque siempre sus profesores le dijeron que los delfines en Colombia no existían. Lo creyó hasta 1985, cuando tuvo un encuentro con el explorador Jacques Cousteau –en la Universidad Jorge Tadeo Lozano, donde Trujillo estudió biología marina– y aprovechó para hacerle un par de preguntas. “¿Delfines? En el Amazonas. Nadie los estudia. ¡Vaya!”, le dijo aquel día el oceanógrafo francés, y Fernando dejó Bogotá y voló al sur del país con otros dos amigos.

Trujillo, doctor en zoología de la Universidad de Aberdeen, en Escocia, cuenta que llegó a Puerto Nariño con apenas 90.000 pesos en el bolsillo para todo lo que se había propuesto hacer durante dos meses. Rápidamente descartó el hotel y optó por las residencias de los pescadores. “Los indígenas me empezaron a llamar ‘Omacha’ y yo no sabía qué significaba eso, pero como me veían trabajando tanto, con sol o con lluvia, que preguntaba mucho por las historias, que pedía que me tallaran animales en madera, que me bajaba a las playas buscando huesos de delfines y que comía muy poco, me pusieron ‘Omacha’, que quiere decir ‘el delfín que se transformó en hombre’”.

Años después, Fernando le dio el mismo nombre a su proyecto de vida: La Fundación Omacha. Desde allí construye procesos de conservación y manejo de áreas protegidas, de humedales y especies amenazadas, como algunos felinos (el jaguar, el puma, el gato pardo, el tigrillo gallinero, el ocelote), delfines de río (el rosado y el gris), manatíes, nutrias, tortugas de río, armadillos, caimanes y peces.

Al igual que los delfines, que son mamíferos que no duermen, su respiración es voluntaria y lo hacen por fuera del agua, Fernando –si pudiera– tampoco dormiría. Se levanta a las 5 de la mañana y se acuesta pasadas las 11:30 de la noche. Le gusta llegar antes que nadie al trabajo porque ya después de las 9 de la mañana. cambia de profesión: “Me vuelvo bombero… me toca apagar todos los incendios y resolver problemas”, dice.

Le gusta la música clásica –especialmente los compositores rusos Chaikovski, Stravinski y Borodín–, el jazz y el pop-rock. En cuanto a libros, prefiere obras que nada tengan que ver con ciencia, más bien algo de Jared Diamond, Salman Rushdie, Manuel Mujica Laínez o Jorge Luis Borges.

Luego de tres décadas de trabajo, se ha convertido en una de las personas más reconocidas a nivel global en su campo, pero cada vez le gustan menos los congresos: “Hay tantos egos en un mismo salón y tanta gente queriendo venderse, con personalidades intocables, por allá en el olimpo de los dioses que no tienen contacto con la realidad y se siguen construyendo mediáticamente, que ya me aburre un poco”, dice. Pero es su experiencia la que lo sigue llevando de Suramérica a Asia y de África a la Antártida. Si hace cuentas, él calcula que puede pasar hasta unos 200 días al año por fuera de casa.

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En medio de la selva suramericana, creó la Fundación Omacha para investigar y conservar los ecosistemas naturales de Colombia.

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Natalia Hoyos

Fernando tiene una larga lista de reconocimientos y, sin embargo, el éxito lo siente lejano y “estúpido”. Fue premiado por la Sociedad de Mamíferos Marinos, con la distinción Emily Shane; también fue nominado –por Rolex– al premio internacional de Conservación, y por la BBC, a una vida dedicada a la protección de especies en peligro. Además, fue ganador del Whitley Gold Award, en 2007. Es científico chair (principal) de la Comisión Internacional Ballenera en pequeños cetáceos y cacería aborigen, miembro del Grupo de Especialistas en Cetáceos y Nutrias de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN, por su sigla en inglés) y miembro de la Academia Colombiana de Ciencias. Pese a los varios títulos que carga encima, leofrustra que eso se lo reconozcan internacionalmente, “pero en mi propio país no, el Gobierno Nacional no cree”.

En el Amazonas –dice– está su corazón, y en el Orinoco, su cerebro. Y fue precisamente al primero donde no pudo volver por amenazas de muerte. Fernando denunció años atrás el “gato por liebre” que estaba ocurriendo en el país; sin saberlo, los colombianos estábamos consumiendo un pez carroñero con altos niveles de mercurio, que en los supermercados era vendido como capaz. El problema no eran solo las elevadas concentraciones de mercurio –entre 3 y 4 veces por encima de lo recomendado por la Organización Mundial de la Salud (OMS)–, sino la forma en que era capturado. En Brasil, desde donde llegaba el pescado, se mataban cientos de delfines y caimanes para ser usados como carnadas.

En el 2014, la Universidad de los Andes encontró que solo en el río Solimoes cada año se asesinaban entre 1.200 y 1.600 delfines rosados, para pescar mota o piracatinga, aunque la cifra puede ascender a 2.500 en toda la región de Manaos. “Cuando le mostramos los resultados al Invima, no vi una reacción de interés. Entonces, les dije: ‘Ustedes son los responsables de lo que está pasando en este momento. Les estamos dando la información, pero en diez años, cuando la gente esté muriendo por mercurio, cuando haya problemas nerviosos y mentales, y se sepa que ustedes sabían y tenían los datos pero no hicieron nada, los van a juzgar’. Eso hizo que reaccionaran”, cuenta. En el 2015, el gobierno colombiano recomendó el no consumo de mota y en septiembre del 2017 introdujo una veda permanente de su captura y comercialización.

Esta es la historia de un hombre que, literalmente, ha dado su vida por los defines.

¿Se acuerda de la primera vez que vio un delfín?
¡Uy, claro! Esa emoción es indescriptible. En esa época, el viaje entre Leticia y Puerto Nariño duraba 10 horas porque no había botes rápidos, sino un barco que se llamaba El Libertador. Llegamos de noche a una selva llena de moscos, pero a la mañana siguiente nos encontramos con el pueblo más hermoso que hubiésemos visto. El delfín pasó al frente y respiró. De la emoción tiré lo que estaba cargando y lo único que hice fue correr y lanzarme al río. Los veía y me tiraba, así durante mucho tiempo, y a la gente le parecía aterrador porque hay muchas historias alrededor de este animal; como que se lleva a las personas a las profundidades de una ciudad submarina y por eso es que se roban la ropa que las mujeres lavan en las orillas.

Llegó al Amazonas siendo un adolescente pero todavía usted sigue pasando la mayoría de sus días allá, ¿por qué?… Hay biólogos que después de un tiempo prefieren la academia o los laboratorios.
Yo llegué lleno de temores. Cualquier cosa que yo veía en el agua creía que era un delfín. Se me caía la linterna cuando los peces empezaban a brincar. Muy torpe. No sabía nada de nada. Hoy sigo yendo a campo para mantenerme conectado con lo que empecé, manteniendo la llama viva. No quiero aposentarme.

En el sector ambiental en Colombia somos de un canibalismo y de unos egos absurdos. Somos poquitos pero peleamos entre nosotros de una manera violenta y visceral

¿Y por qué empezó todo?
Empecé con una aproximación muy romántica: salvar a los delfines. Pero luego se amplía la óptica y ves que es mucho más complejo y profundo. ¿Cómo salvas a una especie cuando hay conflictos humanos, necesidades insatisfechas, y comunidades indígenas desapareciendo y siendo aplastadas por el modelo de consumismo occidental? A veces escucho a gente en las ciudades idealizando el mundo indígena, y de ese mundo ya queda muy poco. Los muchachos jóvenes no quieren cazar, no quieren vivir en la selva, quieren la vida de las redes sociales.

¿Cuántos delfines calcula que hay en Colombia?
Entre 1.500 y 2.000.

¿Y se le ha muerto alguno?
Dos. El primero fue en lago Tarapoto, en el Amazonas. Unos pescadores me buscaron y me dijeron que un delfín había muerto en una malla, pero que la cría había sobrevivido. Monté la canoa en mi bote y rápidamente nos adentramos en el bosque inundado. Efectivamente, la hembra estaba muerta, pero a la cría la habían amarrado por la cola a un árbol. Los pescadores no eran conscientes de que el animalito tenía que respirar y, para poder hacerlo, se empujaba con la cola haciendo movimientos fuertes y se la fue destrozando. Con un machete corté la cuerda y me la llevé a una piscina abandonada que tenía un mafioso que habían matado. Toda la tarde estuve curándola y la dejé ahí pensando que al día siguiente regresaría para cambiarle el agua, porque estaba demasiado sucia. No pude dormir bien, me desperté temprano y descubrí que los niños echaban pirañas vivas a la piscina, así que toda la noche la estuvieron mordiendo. Volví a sacarla, la llevé a un lago y vi a una hembra nadando con su cría, y la solté ahí. Se fueron los tres, pero a los dos días apareció flotando muerta. Me dio durísimo. Lloré muchísimo por no haberla salvado y me juré construir una estación científica para hacer cosas más a largo plazo. Después de eso fue cuando escribí al Reino Unido para buscar apoyo para ese proyecto. Así fue como la Whale and Dolphin Conservation me envió 5.260 dólares para empezar y pude construir la estación, cuando tenía 24 años.

¿Y el otro caso?
Se me murió en Perú, en el río Nanai. Era una cría recién nacida que la tenían en una canoa, al rayo del sol y sin darle de comer. La alcé para llevarla a un sitio y rehabilitarla, pero se me murió en los brazos. Muy triste también.

Su trabajo hace que esté viajando casi todo el tiempo, pero ¿cuál ha sido el viaje que más lo ha marcado?
A mí me gusta viajar precisamente porque me enfrento a mí mismo y a los fantasmas que todos traemos encima. Pero la primera vez que estuve en la India, con esa explosión de olores y colores, tuve una lección de humildad. Cuando íbamos contando delfines en el Ganges, a veces nos tocaba parar en ciertas islas para ir al baño, y yo veía a los perros salvajes peleándose las cabezas y los brazos de los muertos. Y me acuerdo que un profesor me dijo: “Esto te genera un conflicto, ¿cierto? Ustedes ponen a los muertos dentro de una caja muy lujosa para que se los coman los gusanos, mientras que nosotros los tiramos al río para que se conecten con la espiritualidad y empiecen a formar parte de la cadena trófica”. Los viajes nos recuerdan que no sabemos absolutamente nada. Siempre me dan lecciones de humildad.

¿Qué otra experiencia recuerda?
Cuando era estudiante trabajaba en el acuario de Santa Marta durante mis vacaciones porque quería entender cómo es la actividad de un delfín, que son mamíferos que no duermen; su respiración es voluntaria y lo hacen por fuera del agua. Yo quería entender eso. Y se me dio por grabarlos con un hidrófono por 24 horas, durante varios días, para ver en qué momento acústicamente empezaban a entrar en una especie de “piloto automático”. Ahí tuve una gran lección: a las 2 a.m. empezamos a oír un tic tic tic tic tic y dije: “¡Claro! Este es el sonido de los delfines cuando duermen”. Lo escuché así durante varios días. Y en esas aparece un pescador con su radio preguntando que qué vaina estábamos haciendo. Así que nosotros, los más orgullosos, casi recibiendo el premio Nobel, le contamos. El señor se puso los audífonos para escuchar y se toteó de la risa frente a nosotros. Dijo: “Ajá, pelado, mira”. Alumbró el hidrófono con la linterna y vimos un camaroncito rojo que estaba ahí y hacía ese sonido: “Tic tic tic tic tic”. Todos los días. Adiós al Nobel en un segundo.

fernando trujillo

Sus trabajos le han valido varios reconocimientos internacionales, pero también amenazas de muerte.

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Natalia Hoyos

Después de tres décadas trabajando en la Amazonia, ¿cuáles son los cambios que más lo sorprenden de la región?
Después de 32 años debo decir que a veces estoy cansado en el Amazonas. Es muy triste y me duele, pero es verdad. Estoy cansado. Siento que se empiezan a formar burbujas que niegan la identidad cultural con la selva. En un viaje que hicimos con el embajador de Gran Bretaña, él le preguntó al gobernador del Amazonas que cuál era el sueño que tenía para la región, y respondió que algo parecido a San Andrés, con perfumes y mucho comercio en las calles. Y ahí te das cuenta de que tenemos visiones muy distintas de lo que queremos para la Amazonia. Entonces, empieza la paradoja: ¿cuál es el mejor modelo de desarrollo? ¿Quién lo decide?

Y la complejidad de pretender tomar las decisiones desde la comodidad de las ciudades, ¿no?
Claro. El problema es el modelo económico que les hemos implantado. Les hemos creado unas necesidades que antes no tenían. La visión de los gobernadores es totalmente desafortunada. Si nos diéramos la pelea de entender verdaderamente el territorio podríamos pensar en modelos de desarrollo diferentes. La dinámica económica en la Amazonia siempre ha sido de pulsos: el caucho, con toda la aniquilación indígena detrás; las pieles, los grandes bagres, la coca, la madera. Nunca pensamos en cómo explotarlo de manera sostenible. Muchos viven en este momento de la coca y la minería ilegal, y desde Bogotá decimos: “Esa gente sí es mala, cómo contamina el medioambiente”. Pero esos trabajos les generan ingresos seguros cada mes, y dígame: ¿qué gobierno hace eso? Les dicen que siembren maracuyá, que cacao, pero ¿quién les está comprando? ¿Cómo están sacando sus productos? Además, los locales saben perfectamente que se están envenenando con mercurio, por poner otro ejemplo.

Cuénteme cómo es que usted termina amenazado por denunciar los niveles de mercurio en peces que estaban llegando al centro del país desde la Amazonia…
Este es un tema transfronterizo. A finales de los noventa, cuando los grandes bagres empezaron a desaparecer por la sobrepesca, la capacidad instalada de cuartos fríos que había en Leticia empezó a preocupar a los comerciantes, que se estaban quedando sin pescado para enviar a Bogotá. Debían reemplazarlo por otro pez. Mientras tanto en Colombia estaba acabándose el capaz del Magdalena, en Flandes, en Honda, en Girardot... Así que se empezó a capturar mota para hacerla pasar como capaz; pero el gran problema fue la forma en la que se hizo. En Brasil mataban delfines y caimanes para usarlos como carnada del pez, al que también llaman piracatinga.

¿El pescado que llegaba a Bogotá era de Brasil?
El Instituto Sinchi hizo una evaluación a finales de la década de los noventa sobre la comercialización del pescado en el país. El 80 % del pescado que pasaba por Leticia era de Brasil; el 15 %, de Perú, y solo el 5 %, de Colombia. En Brasil cortaban en pedacitos a la mota, los fritaban y luego eran los snacks que daban en los bares de Bahía, São Paulo y Rio de Janeiro. Nadie sabía de dónde venía lo que estaban comiendo.

¿Cómo se dan cuenta de las altas concentraciones de mercurio?
Ya habíamos hecho estudios con otros peces del Amazonas que arrojaron altos niveles de mercurio, así que nuestra lógica decía que la mota, un animal carroñero, también debía estar así, o peor. Hicimos un análisis con la Universidad de los Andes y entregamos los resultados al Invima, que los rechazó que porque la institución no tenía un laboratorio que diera la precisión que se requería. Les pedimos que nos dijeran qué laboratorio querían, qué metodología, qué tamaño de muestra, todo con el beneplácito de ellos, y cuando salieron los resultados volvimos. Ahí vinieron las amenazas.

¿Amenazas por parte de quién?
De los comerciantes. Entiéndeme que aquí no estamos hablando de un negocio que genera unos miles de dólares, sino millones de dólares. Pero esta no es una historia de buenos y malos: del biólogo salvando a los delfines y de los comerciantes que quieren enviar mercurio a la ciudad. No. El comerciante fue quien dinamizó la economía local, llevando mercancías y sacando pescado. El problema es que no hubo un gobierno que regulara la pesca y la hiciera sostenible a largo plazo. Y los políticos, mientras tanto, meten la cabeza en un hueco para no mirar el problema.

¿Y cuánto es la diferencia, en términos económicos, entre un delfín vivo y uno muerto?
En el 2007, el 94,6 % de los turistas que llegaban a Puerto Nariño decían que querían conocer los emblemáticos delfines rosados. Calculamos el valor de lo que estaban pagando y en ese momento el resultado fue de 6,6 millones de dólares anuales, ¡un montón de dinero! Pero luego, en el 2014, cuando repetimos el ejercicio, ya eran 8,3 millones de dólares, en 40 kilómetros de ríos y casi 50.000 turistas al año. Esto es una oportunidad económica. Un delfín vivo genera unos 20.000 dólares anuales, mientras que muerto cuesta tan solo 25 dólares. Entonces... ¿25 dólares una sola vez o 20.000 dólares anuales por 30-40 años que vive un delfín?

Un delfín vivo genera unos 20.000 dólares anuales [por turismo], mientras que muerto cuesta tan solo 25 dólares

¿Cuál ha sido su mayor frustración después de todo este tiempo?
Tengo muchas. Muchísimas. Me frustra que tu voz la escuchen más en otros países y no en el tuyo. Me frustran los tiempos de reacción de los gobiernos, son paquidérmicos. A veces uno no hace “gracias a”, sino “a pesar de”. Son inoperantes muchas veces. Son reactivos y no proactivos. Las soluciones están y se podrían implementar, pero no pasa nada. Me frustra que hay una masa crítica y pensante en este país que no se tiene en cuenta a la hora de tomar las decisiones. El Gobierno a las ONG nos ve como una gran incomodidad, pero parece que nunca se ha puesto a pensar cómo es que estamos actuando en estos territorios. Si haces mal las cosas, sencillamente te expulsan, te matan. La única manera de quedarte es hacerlo bien para que la misma gente te proteja. La frustración al final es ¿qué estoy haciendo? Toda una vida dedicada a esto. No me reconocen ni apoyan en mi propio país. Termino amenazado. No sé…

¿Fracasó el ambientalismo colombiano?
Yo creo que sí. Podríamos haber hecho mucho más. Pero hay una situación histórica muy importante y es que mientras a Perú, Bolivia y Venezuela llegaron muchos norteamericanos y europeos a hacer la ciencia, aquí la guerra no lo permitió. Nosotros nos formamos y generamos una masa crítica muy buena. Desarrollamos conceptualizaciones importantes, pero no trabajamos en equipo. No sé si sea porque nos toca pelearnos los pocos fondos o porque hay una pequeña oligarquía en el sector ambiental.

¿Se hacen zancadillas?
En el sector ambiental en Colombia somos de un canibalismo y de unos egos absurdos. Somos poquitos pero peleamos entre nosotros de una manera violenta y visceral. Pero he llegado a la conclusión de que los seres humanos somos así: conflictivos, egocéntricos, narcisistas. Esto me recuerda a mi madre. Ella es médica y odiaba a su gremio porque solo querían tener cosas materiales. Siempre se sintió frustrada, pero igual recibió muchos premios como pediatra. Yo no quiero que me pase lo mismo.

¿Usted se siente exitoso?
(Risas). Cuando hice la sustentación de mi tesis de doctor en zoología, yo estaba esperando un haz de luz que me hiciera más sabio. Eso es lo mismo. La hija de María Isabel [su actual pareja] me pregunta: “¿Qué se siente ser tan exitoso?”, y yo me muero de la risa porque no me siento así en lo absoluto. ¿Qué es el éxito? ¿Qué es la fama? Eso es tan efímero y absurdo. Dicen que soy una de las personas que más saben de delfines de río en el mundo, pero ¿cuánta gente reconoce eso? Como unas veinte que están en esa misma burbuja, en ese micromundo. Creerse eso es muy estúpido, aunque algo de experiencia hay.

¿Y qué dicen sus hijas?
Mi hija pequeña, Sofía, de 14 años, es muy dura conmigo. Para ella, yo siempre me la paso viajando. Pero no soy un papá ajeno, ¿sabes? He sentido que ella no valora lo que yo hago, no lo entiende del todo. El año pasado fuimos a Alemania juntos a un monasterio y varios científicos se le acercaban y le hablaban de mi trabajo, de lo que había logrado, de mis investigaciones. Por primera vez sentí que me miró de otra manera. Nunca se había dado la oportunidad de escuchar a otros hablar de mí. También me acompañó cuando me hice miembro de la Academia de Ciencias Exactas, y al final me abrazó y me dijo: “No sabía que habías hecho todo esto. Ahora entiendo un poco mejor tus viajes”. Pero es muy duro para mí. Siento que fracasé como pareja al no mantener una familia. Sé que es difícil siempre estar ausente. A veces, cuando llego de los viajes veo a personas que las reciben en el aeropuerto, y yo hago eso en solitario así esté regresando del otro lado del mundo. Sé que nadie me va a estar esperando.

¿Se arrepiente del camino que eligió?
No me arrepiento de nada. Yo les digo a mis hijas que si alguna vez me llega a pasar algo y me muero, no se pongan tristes. He vivido con intensidad y felicidad. La gran frustración, en realidad, es el tema familiar. Después viene el tema de haber tomado una decisión y luego ver el canibalismo del sector ambiental, esa dificultad para conseguir recursos económicos para trabajar. Me pregunto qué hice, ¿prioricé mi trabajo, a las comunidades indígenas, a las especies, sin lograr construir un hogar bonito y duradero? Creo que es un precio alto el que pagué.


POR KAREN TATIANA PARDO IBARRA
FOTOGRAFÍA NATALIA HOYOS
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 88 . AGOSTO - SEPTIEMBRE DEL 2019

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