Fernando Ruiz, Academia contra epidemia

Fernando Ruiz, Academia contra epidemia

BOCAS conversó con el ministro de Salud y Protección Social, Fernando Ruiz Gómez.

fernando ruiz

Fernando Ruiz Gómez

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Pablo Salgado

Por: MAURICIO SILVA GUZMÁN
31 de mayo 2020 , 04:47 p.m.

En agosto del 2012, Alejandro Gaviria fue nombrado ministro de Salud y Protección Social del gobierno de Juan Manuel Santos. Inmediatamente se hizo el anuncio, “la lagartería política se lanzó al acecho”, según cuenta el actual rector de la Universidad de Los Andes. Así, desde diferentes tribunas y partidos, empezaron a llamarlo para ofrecerle una larga colección de nombres, “todos perfectamente adecuados para ocupar el viceministerio y, claro, otros puestos”, dice.

Gaviria, un predicador y aplicador de la meritocracia, hizo caso omiso de los clientelistas y decidió, antes de asumir el cargo, pasar un par de semanas en Cartagena para compartir con su familia, leer a profundidad sobre la salud en Colombia y pensar qué tipo de alfiles necesitaba para formar su equipo más cercano. Entonces decidió llevarse una decena de libros de autores colombianos y uno en especial lo impactó por encima del resto, Sistema de salud y aseguramiento social, entre la reforma estructural y el ajuste regulatorio, de Fernando Ruiz. “Me impresionó mucho ese texto por lo claro, lo bien enfocado y lo posibilista”, explica el exministro.

Luego de investigar quién era ese académico con tesis tan claras, se empeñó en buscarlo para ofrecerle el viceministerio. Finalmente, lo ubicó en China, donde participaba en un simposio mundial de investigación en sistemas de salud, y le dijo que lo quería para el cargo. No sin sorpresa –por aquello de que no era un hombre conocido más allá de la academia–, Ruiz aceptó y no solo comenzó su participación en el gobierno Santos, sino su debut en la vida pública.

Fernando Ruiz es, por definición, un ‘ratón de biblioteca’ y, por extensión, lo que vulgarmente se conoce como un nerd. Fue el mejor Icfes de su promoción. Estudió Ingeniería Industrial en los Andes, pero a medio camino se retiró –cuando se dio cuenta de que por ahí no podía desarrollar su vocación social– para cursar Medicina en la Universidad Javeriana. Una vez se graduó de médico, se fue a Harvard a hacer una maestría en Salud Pública y regresó al país para dedicarse, a lo largo de 20 años, a la investigación, más precisamente como director del Cendex, el instituto que, en la Universidad Javeriana, estudia la salud pública. Gracias a sus textos, como ya se dijo, fue que Gaviria le puso el ojo y lo lanzó al reto del servicio oficial.

FERNANDO RUIZ

Ruiz es un flemático, tímido, bajito y moderado bogotano de 62 años. Es médico de la Universidad Javeriana, con maestría en Salud Pública de la Universidad de Harvard.

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Pocos meses después de posesionarse como viceministro, a Ruiz le tocó lidiar con la epidemia del chikunguña y, días después, con otra igual de brava: la del zika. El perfil académico de este doctor, en especial su maestría, resultó ser definitivo a la hora de las decisiones en torno al manejo estatal de las dos enfermedades. Una vez terminó aquel gobierno se fue al sector privado. Pero volvió al Estado y, sin siquiera soñarlo, esta vez tuvo (y tiene) que trasegar con la que es, muy probablemente, la pandemia más significativa en la historia de Colombia.

Pero no fue exactamente su experiencia anterior en contagios masivos lo que lo llevó a ser ministro del actual gobierno. Esta vez sí fue una movida política que, a la postre, resultó ser una jugada vital para el país. En el 2017, Germán Vargas Lleras había contactado a Ruiz para que lo asesorara en la elaboración de su programa de salud para su campaña presidencial. Y él aceptó, con el compromiso de no meterse en política. Tiempo después, cuando Iván Duque perdió a su primer ministro de Salud, Juan Pablo Uribe –quien renunció luego de permanecer 15 meses en el cargo–, el presidente, tal vez azotado por la poca gobernabilidad y los malos resultados en las encuestas que por entonces midieron su imagen, abrió las puertas a nuevas alianzas políticas. Vargas Lleras, que había pedido juego en el Gobierno, recomendó entonces a su antiguo asesor en salud. Duque vio la notable hoja de vida de Ruiz, pidió referencias, le pareció el tipo ideal y el 7 de febrero del 2020 lo nombró ministro. Así las cosas, el 3 de marzo, el médico bogotano se posesionó. Siete días después comenzó la crisis de la pandemia en Colombia.

Duque, con una enorme fortuna para él y para el país, había dado con el nombre apropiado: el médico que en el país más sabe de salud pública, el científico que había lidiado con dos epidemias y el funcionario que ahora debía enfrentar la covid-19. Ese fue el debut de Ruiz y ese sigue siendo el tema que lo ocupa 18 horas al día, los siete días de la semana. A dos semanas de su estreno, Ruiz logró, en decidida coordinación con lo más alto del Gobierno, diseñar y asumir la contingencia. “En mejores manos no puede estar el Ministerio de Salud. No me imagino a un tipo con otro perfil manejando esta crisis tan berraca”, dice el exministro Gaviria.

Con todo, en menos de dos meses, Fernando Ruiz se convirtió en el hombre del momento. ¿Y quién es? Nada más ni nada menos que un flemático, tímido, bajito y moderado bogotano de 62 años, que absolutamente todas sus decisiones las toma desde la ciencia; que nunca suelta una frase irresponsable; que no genera resistencia en sector alguno; que convence y se deja convencer desde las tesis; que le saca el cuerpo al mundo político; que hace largas caminatas para poder pensar; que oye jazz; que tiene un sentido del humor que pocos entienden y que delira con el sancocho de pargo.

Estaba convencido de que era improbable que algo siquiera parecido ocurriera en pleno siglo XXI, y más improbable que yo fuera a estar en una cuarentena

Usted estudio en el Liceo de Cervantes de Bogotá. Fue, según lo que se conoce, un ‘nerd’. ¿Es cierto que fue uno de los 10 mejores bachilleres del país?
Sí, fui un estudiante muy pilo. Saqué el mejor Icfes de mi promoción y uno de los mejores del país. Pero en sexto de bachillerato perdí la compostura. Me enloquecí un poco. Sería muy aburrido pasar por la vida sin un periodo de rebeldía.

¿Por qué estudió Ingeniería Industrial en Los Andes?
Me encantaban la física y las matemáticas. Pensaba que uno debía escoger su carrera según sus aptitudes. Pero a medida que avanzaba, descubría que la vocación era más importante. En un momento sentí que mi temperamento demandaba más relaciones humanas.

¿Por qué saltó a Medicina en la Javeriana?
Porque no podía imaginar que iba a estar el resto de mi vida ejerciendo una profesión que percibía alejada de la gente. Mi papá se puso bravísimo cuando le comenté que iba a cambiar de carrera, y por eso fue mi mamá la que terminó acompañándome en ese proceso. Me presenté el último día de inscripciones en la Javeriana, y pasé. Los jesuitas le imprimen a la medicina una concepción muy humana. Creo que gracias a esa visión tan social en la formación terminé dedicado a la salud colectiva y no a la individual.

¿Cómo y por qué llegó a la maestría en Salud Pública en Harvard?
Mi intención era especializarme en pediatría, pero en el camino me encontré con Helena Espinosa, una mujer espectacular, salubrista, que en ese momento trabajaba en la Organización Panamericana de la Salud. Esa influencia fue clave para cambiar el rumbo.

Estuvo un año de estudiante y dos como investigador, ¿qué fue lo mejor que le dejó su paso por Harvard?
Haberme encontrado con el profesor Bernard Guyer, un profesor judío, miembro de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias, que, de cierta manera, decidió adoptarme. Con él descubrí que el aprendizaje verdadero se da por la empatía y por la cercanía con el profesor, y no por las clases ni por el estudio. Uno acá está acostumbrado a la cátedra: viene, aprende y se va. Pero en esa consejería, tan común en el modelo anglosajón, el profesor se vuelve un maestro. Llegué a ser tan amigo de él que me llevaba a su casa. Cuando volvía a Colombia me hizo una despedida muy emotiva. No lo vi durante 20 años, hasta cuando fui viceministro. En ese momento, él estaba en la Universidad Johns Hopkins. Fue un encuentro muy nostálgico, y con llanto.

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Como viceministro de Salud de Santos, tuvo que lidiar con dos epidemias –chikunguña y zika– y hoy, como ministro de Salud, es el responsable de decidir el rumbo técnico de la covid-19 en el país.

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Cuando volvió al país fue nombrado director del Cendex, un centro de investigación de salud pública de la U. Javeriana. Ahí usted elaboró diferentes textos sobre nuestro sistema de salud. ¿A qué conclusiones llegó?
Le dediqué veinte años de mi vida a la investigación de sistemas de salud y a la evaluación de reformas. ¿Conclusiones? El sistema de salud colombiano ha tenido avances muy importantes que no podemos despreciar. El aseguramiento universal, con todas las limitaciones que puede tener, es un logro. ¿Alguien está preocupado en esta crisis porque tendrá que pagar de su bolsillo una eventual hospitalización? Las preocupaciones son otras, pero esa no. Por eso, creo que las reformas deben ser regulatorias, orientadas hacia la integralidad, la transparencia y la humanización, pero no estructurales.

En el 2009, nuestro sistema de salud se quebró y usted, de alguna manera, estuvo involucrado en las respuestas de salida unos años después desde el Viceministerio de Salud. ¿Qué sucedió?
Cuando comenzamos a trabajar con Alejandro Gaviria llegamos a pensar en una reforma completa del sistema de salud, pero con el paso de los días coincidimos en que no era prudente echar por la borda todo lo construido. Era más estratégico hacer la reforma dando pequeños pasos a la vez. Restituir la confianza y la legitimidad del sistema eran dos objetivos importantes. Creo que conseguimos avances en ese sentido.

¿Colombia falla al no tener un modelo integral de atención de salud, que toque hacer tantas vueltas para ser atendido?
Completamente. La falta de integralidad es el pecado fundamental de nuestro sistema de salud. No hay integralidad entre los distintos niveles de atención, no hay una visión integral del paciente. Nuestro modelo es muy fragmentado: el paciente que necesita alguna atención recibe un servicio acá, una autorización allá, otro servicio en otro lugar, otra autorización, y así… Por eso me gusta tanto la figura del médico de familia. Creo que esta figura se puede convertir en el pivote que integrará al sistema con el usuario, y esa reflexión se la debo a las largas conversaciones que tuve con el doctor Jorge Castellanos, que murió en estos días.

¿Es cierto que a Alejandro Gaviria, ex ministro de Salud, le llegaron montones de hojas de vida para el puesto de viceministro y que ganó usted cuando él vio en su hoja de vida que usted era el autor de importantes publicaciones académicas?
Sí, me contó que le había gustado el libro Sistema de salud y aseguramiento social: entre la reforma estructural y el ajuste regulatorio, que yo había escrito con Miguel Uprimny. Coincidimos en que las fallas del sistema eran más de carácter regulatorio que estructural.

Cuando usted llevaba dos años en el cargo de viceministro comenzó la epidemia del chikunguña. ¿Cómo fue eso de lidiar con su primera epidemia?
Como ocurre con las epidemias, sabíamos que en algún momento iba a llegar. Y, como en todas, no sabíamos por dónde. De hecho, antes de que se convirtiera en epidemia, ya teníamos dos casos importados de República Dominicana. Recuerdo que en esos días nuestra mayor preocupación eran las niñas del Carmen de Bolívar, que supuestamente se habían visto afectadas por la vacuna contra el virus del papiloma. Fue gracias a esa investigación que nos enteramos de que, en un corregimiento cercano, en San Joaquín, del municipio de Mahates, había una gran cantidad de personas con dolores articulares fuertes. Un grupo de epidemiólogos del Instituto Nacional de Salud se fue para allá, tomaron muestras y, en efecto, era chikunguña. En el Ministerio creamos un comité como de cuarenta personas para discutir los temas de salud pública relacionados con la epidemia. Allá presentaban estadísticas, analizaban los datos regionales, tomábamos decisiones. Me gustaba esa organización. Era muy horizontal. La gente podía opinar desde su respectiva área. Estoy repitiendo el modelo en esta pandemia.

Santos pronunció una frase por la que fue seriamente criticado: “Nadie muere por chikunguña”. Pero, en efecto, sí hubo muertos… ¿Cómo capoteó eso?
Pues la frase original que el presidente Santos quería pronunciar decía que la probabilidad de morir por chikunguña era baja. Pero él tenía su espíritu periodístico, y salió con esa frase que sin duda sonaba mejor, aunque fuera imprecisa. Eso fue en el hotel Tocarema de Girardot, al lado de la piscina. Yo estaba detrás de él. Sentí escalofrío. Sabía que, a partir de ese momento, todas las miradas se iban a concentrar en hacerles seguimiento a las muertes por chikunguña. Y así fue. Por eso intento cuidarme de hacer afirmaciones tajantes. En salud pública todo es probabilidad, y donde haya probabilidad, debe haber mucha cautela con el lenguaje.

La frase original que el presidente Santos quería pronunciar decía que la probabilidad de morir por chikunguña era baja. Pero él tenía su espíritu periodístico

¿De qué se trató la famosa “Vuelta a Colombia” que usted promovió para enfrentar el zika?
La Vuelta a Colombia contra el Zika que hicimos en el 2016 fue la versión mejorada de la Vuelta a Colombia contra el Chikunguña que hicimos en el 2015. Yo decía, en broma, que dos epidemias de esa magnitud, separadas por cuestión de días, solo podían ser resultado de una conspiración. Las vueltas a Colombia fueron la principal estrategia para el control de esas dos emergencias. La idea de esas giras era llegar a municipios de alto riesgo y convocar a las autoridades regionales, medios de comunicación y las dependencias de salud para explicar las características de las epidemias y las estrategias de prevención. Creo que capitalizamos mucho mejor la experiencia en los tiempos del zika que en los tiempos del chikunguña.

Dicen que su viceministerio fue el que le puso el palo en la rueda al glifosato.
No fue mi viceministerio el que le puso el palo en la rueda al glifosato. ¡Fueron los datos! Lo que pasó fue que, en marzo del 2015, The Lancet, una de las revistas científicas más prestigiosas del mundo, publicó una monografía de la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer en la que clasificaba al glifosato en la categoría de probablemente carcinogénico. Como la Corte Constitucional había establecido que en ese caso se debía aplicar el principio de precaución, el tema fue llevado al Consejo Nacional de Estupefacientes, que recomendó suspender las aspersiones aéreas. La decisión que finalmente tomó el presidente Santos se basaba en los datos y en la interpretación del principio de precaución vigente en ese momento. Hoy, la Corte tiene otra interpretación.

Después del viceministerio, usted fue a crear y a dirigir el Centro de Tratamiento e Investigación sobre Cáncer. ¿Cómo le fue en ese proyecto?
Ese cargo fue fascinante. Imagínese tener la posibilidad de participar en la construcción del que, tal vez, será el centro integral más importante en Latinoamérica. Pero, claramente, extrañaba la adrenalina del sector público. No sé si la extrañé demasiado, y el deseo se me cumplió en abundancia. A veces, en el Ministerio, extraño la calma de esos días.

Parecería que a usted, un experto en salud pública y epidemiología, lo buscaron y lo llamaron al Ministerio de Salud para atender el coronavirus. Pero no fue así, porque, poco antes de que llegara la pandemia al país, el anterior ministro, Juan Pablo Uribe, renunció y la cartera quedó vacía. ¿Cómo llegó al ministerio?
Germán Vargas me llamó en la última campaña presidencial para que le colaborara en la elaboración de su programa de salud. Cultivamos una relación muy buena, con mucho afecto, aprecio y admiración de lado y lado. Me sorprendió que a ese hombre realmente le cabía el país en la cabeza, pero eso no fue suficiente para que ganara la presidencia. Creí que ese esfuerzo se había perdido. Sin embargo, a finales del año pasado, me llamó para preguntarme si aceptaría el ministerio. Me dijo que esa oportunidad solo se me iba a dar una vez en la vida. Lo pensé, consideré que todavía tenía fuerzas para afrontar la carga que eso significaba, y le di mi aprobación para que le presentara mi nombre al presidente Duque.

Está claro que Duque sabía de sus capacidades, pero da la impresión de que el presidente se ganó la lotería al dar con usted, un experto en epidemias y salud pública.
Louis Pasteur, el papá de la microbiología, que está tan de moda en estos tiempos, decía que el azar favorece a los más preparados. Le confieso que no sé mucho sobre los intríngulis de mi nombramiento, pero sí sé que el presidente se tomó el tiempo para prepararlo y estudiarlo durante largo rato.

fernando ruiz

El 3 de marzo se posesionó como ministro de Salud y Seguridad Social. Una semana después empezó la crisis por la pandemia.

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Usted se ha convertido en la pieza clave de este Gobierno. ¿Cómo le ha ido con el presidente Duque?
Desde el principio hubo gran empatía. Tenemos una relación muy fluida y abierta. Siento que hay una complementariedad en la forma como transmitimos los pormenores de esta pandemia. El presidente es muy juicioso y dedicado. Estudia cada aspecto, escucha, planea, pone la estructura. En medio de esta adversidad, hasta ahora siento que nos ha ido bien.

¿En qué ha convencido al presidente Duque?
Me parece muy presumido decirle que soy yo el que lo ha convencido para que tome algunas decisiones. Desde el comienzo, el presidente fue completamente sensible frente a la importancia de lo sanitario. Presidentes de otros países no lo han sido, y mire las consecuencias. Lo que vino después fueron datos convincentes generados por las entidades del sector. Gracias a esa información, el presidente decidió tomar medidas que han sido fundamentales para lentificar la propagación del virus. Diría que la cancelación de vuelos, eventos y clases presenciales y el aislamiento preventivo obligatorio fueron las decisiones más importantes.

Luego de hacer su maestría en salud pública, ¿alguna vez pensó que le tocaría lidiar como cabeza responsable del Gobierno con dos grandes epidemias y una pandemia?
Nunca. En Harvard tomaba una clase sobre la historia de la salud pública. Me asombraban los relatos de la peste negra y de las cuarentenas por allá a mediados del siglo XIV en Europa. Estaba convencido de que era improbable que algo siquiera parecido ocurriera en pleno siglo XXI, y más improbable que yo fuera a estar en una cuarentena, y muchísimo más improbable que yo fuera el responsable de decidir la mayor cuarentena de la historia de mi país.

Apenas había estrenado su cargo cuando el coronavirus aterrizó, literalmente, en Colombia. Antes que otra cosa, ¿le asustó saber que nuestro sistema de salud, totalmente descentralizado, no estuviera preparado para la contingencia?
Sí. Fue una de las cosas más angustiantes, porque la descentralización de nuestro sistema implica reconocer que los municipios y los departamentos son responsables de la salud, pero como tienen grandes limitaciones técnicas y financieras, esa responsabilidad vuelve y cae en el Ministerio de Salud, que, sin embargo, no tiene mayor potestad en la toma de decisiones en los departamentos y los municipios.

Por cierto, ¿la descentralización ha hecho daño a nuestro sistema de salud pública?
La descentralización tiene mucho sentido desde el punto de vista político y social. Pero desde la perspectiva de la salud pública genera grandes inconvenientes, porque fracciona la gestión de la autoridad sanitaria y limita su capacidad de rectoría.

Siempre quedó en el aire la sensación de que la alcaldesa de Bogotá se anticipó a la decisión de cuarentena. ¿Ustedes, en el Gobierno, dudaron en ir a cuarentena?
Nunca hubo duda. El tema era cuándo. Este reto de aplanar la curva es bastante contraintuitivo, pero es necesario explicarlo una y otra vez. De entrada, asumimos, como todos los países, que era inevitable la llegada del virus en algún momento. Lo que debíamos hacer era controlar la velocidad de diseminación para que no se desbordara la capacidad del sistema para atender a los pacientes que se complicaran. Mejor dicho, el prerrequisito para aplanar una curva es que haya curva, que se eleve el número de casos, pero a una velocidad manejable. Si la cuarentena era muy temprana, someteríamos a la sociedad a un agotamiento innecesario; si era tardía, el número de casos se dispararía y el sistema colapsaría. Los datos de los epidemiólogos nos mostraban que, probablemente, podíamos haber esperado una semana más, pero ante un riesgo de esta magnitud, el Gobierno decidió ser cauto. La demostración más contundente del acierto es que hemos mantenido disponibilidad de camas. Y, curiosamente, un estudio internacional posterior se preguntó cuál era el mejor momento para que los países ordenaran un aislamiento preventivo de carácter masivo, ¿y sabe cuál fue la conclusión? Pues justamente el tiempo que se había tomado Colombia.

Lloré en la noche del 20 de marzo, durante la alocución en la que el presidente anunció el aislamiento preventivo obligatorio

¿Cómo es su relación con Claudia López?
Bastante fluida. Nunca hemos tenido desavenencias. Intencionadamente me he situado en un escenario diferente al de ella. He querido ponerle un sello completamente técnico a mi gestión frente al coronavirus. Creo que, en una situación como esta, el ministro de Salud no puede dar el menor viso de aproximación política al problema. Eso invalidaría su gestión y restaría la confianza en la autoridad sanitaria.

¿Ha habido choque de trenes?
Físicamente, es imposible que eso ocurra, porque Claudia va en la carrilera política y yo voy en la carrilera técnica. Incluso si viniéramos en sentidos opuestos, no veo chance de colisión.

El presidente Duque apareció en televisión hablando de la pandemia con el doctor Manuel Elkin Patarroyo. Eso fue profundamente criticado por amplios sectores de la ciencia. ¿Usted cómo asumió ese momento?
Le confieso que en el primer momento se me hizo extraño e incluso me perturbó, porque yo no había gestionado ni estaba enterado de ese encuentro. Pero también comprendo que un presidente tiene el deber de escuchar distintas voces. Y eso es lo que ha hecho todo el tiempo, y no solo con el doctor Patarroyo.

¿Ha llorado en esta crisis?
Sí, lloré en la noche del 20 de marzo, durante la alocución en la que el presidente anunció el aislamiento preventivo obligatorio. Recuerdo que estábamos varios representantes del sector detrás de él, en un salón de la Casa de Nariño, mirando a la cámara. La decisión era absolutamente dramática: sabíamos que las familias dejarían de verse personalmente, que varios negocios tendrían que cerrar, que había miedo e incertidumbre… Recuerdo que me volteé a ver a Martha Ospina, la directora del Instituto Nacional de Salud, una mujer que muchos reconocen por su carácter fuerte, y también estaba a punto de llorar.

Se ha criticado el rol de las EPS en estos momentos. ¿Cree que han ayudado, como se debe, al control de la pandemia?
La mayor parte de las EPS han sido conscientes de su responsabilidad y han entendido que en crisis como esta se demuestra la pertinencia de las instituciones y su razón de ser. Pero, por otro lado, he sido muy claro con las que han sido inferiores al reto.

¿Por qué tanta demora con las pruebas?
Le acepto que hubo momentos de demora, pero no nos quite un crédito importante: Colombia fue el primer país de América Latina que tuvo capacidad para hacer pruebas de diagnóstico para este coronavirus, y eso se logró un mes antes de que llegara el primer caso. Lo que vino después fue muy complejo: los países productores cerraron sus puertas para la exportación de reactivos, el mercado internacional se desabasteció, y, localmente, varios de nuestros laboratorios departamentales de salud pública no tenían la preparación suficiente para analizar esas muestras, ni habían firmado contratos para remitirlas a Bogotá. En medio de todo, creo que la puesta al día ha sido rápida. Conformar una red de casi 70 laboratorios para el diagnóstico de la covid-19 en menos de tres meses ha sido una proeza.

Los médicos han puesto en jaque, con mucha razón, al Ministerio de Salud. ¿Qué tanto terreno tuvo que ceder?
Ya hasta me llaman “el concesionario”, porque me la paso haciendo concesiones. Pero le soy franco: no me siento en jaque. El hecho de que yo tenga puesta la camiseta del Gobierno no significa que haya perdido mi camiseta de médico. Desde antes de la pandemia y desde antes de que yo llegara, el Ministerio venía defendiendo en el Congreso la formalización laboral de mis colegas, que es un tema que yo, por principio, también defiendo. Creo que esta crisis nos va a ayudar a acelerar esas soluciones. Y, por otra parte, siento que es una ganancia para el sistema, o sea, para todos, poner al día los salarios de los trabajadores de la salud, darles elementos de protección personal, y crear incentivos para los que van a estar en la primera línea de atención de la covid-19.

¿Se equivocó al haber hecho un llamado obligatorio para los médicos?
Afortunadamente, me he equivocado. De lo contrario, no habría aprendido y cometería errores en momentos más críticos. La historia detrás de ese punto del famoso decreto es que en el Ministerio siempre asumimos que esa obligatoriedad era más simbólica que real, y la mejor prueba de eso es que nunca hablamos de sanciones para quien no acatara el llamado. Por eso no previmos que la medida fuera a generar tanta resistencia. En fin, en una emergencia hay que trabajar con tanta rapidez que a veces no queda tiempo para revisar, analizar y discutir lo suficiente el impacto de cada palabra que se usa. Al final, logramos dialogar con los gremios médicos, matizamos el asunto y pasamos la página.

Cuando termine todo esto, cuando la curva se aplane definitivamente, ¿va a escribir un libro sobre pandemias?
Creo que escribir las memorias sobre la pandemia de la covid-19 en Colombia no es una opción; es una obligación. Llevo con disciplina mis apuntes y mi agenda para cuando llegue el momento de refrescar la memoria.

¿De dónde saca esa serenidad?
La saco del conocimiento, la experiencia de años y, muy importante, la intuición. Durante toda mi vida, la intuición ha sido fundamental para acercar personas a mi vida, y muy pocas veces me he equivocado.

Su única hija la tuvo a los 52. ¿De qué se trata ser padre por primera vez a esa edad y cómo lleva la paternidad en estos tiempos tan duros?
Voy a contarle mi hipótesis, y acepto que me digan que me falta evidencia o una muestra representativa. Cuando los padres son jóvenes, los hijos y los padres crecen, siguen cambiando a medida que pasan los años. En cambio, cuando los padres ya son mayores, cuando la curva de crecimiento ya se ha detenido, los hijos son como un resumen de la vida de uno. Desde que nació, Luciana tiene la expresión que teníamos mi esposa y yo en ese momento de nuestras vidas. Quiero decir, a veces es profundamente adulta, como si hubiera comenzado su vida en el punto en que nosotros la teníamos cuando nació.

¿Un papá permisivo o severo?
Tal vez condescendiente tirando a alcahueta, y por culpa de la cuarentena eso ha quedado registrado varias veces. Me acuerdo de que en los primeros días del aislamiento preventivo obligatorio tuvimos que suspender las ruedas de prensa y comenzar a enviar videos grabados desde mi casa. Varias veces era necesario interrumpir debido a los gritos de Luciana mientras jugaba en su cuarto, y al final teníamos que resignarnos a que quedara su vocecita en el fondo. Cuando la cosa no fue pregrabada sino en vivo, no hubo chance de disimular nada. Una noche, María Jimena Duzán me estaba entrevistando por videoconferencia, y Luciana apareció en la pantalla, a mi lado, como si nada. Participó en la conversación, me invitó a jugar con ella, y adiós al buen ejemplo de distanciamiento físico que yo estaba intentando dar.

¿Tiene aspiraciones políticas?
Me purgué hace rato para que no me ataque ese gusanito.

POR MAURICIO SILVA GUZMÁN
FOTOGRAFÍA PABLO SALGADO
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 95. MAYO - JUNIO DEL 2020

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