La mutación del "escarabajo"

La mutación del "escarabajo"

Entrevista al ciclista colombiano Fernando Gaviria en BOCAS. 

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Fernando Gaviria nació en La Ceja, Antioquia, y tiene 23 años.

Foto:

Pablo Salgado

Por: MAURICIO SILVA GUZMÁN
24 de junio 2018 , 05:05 a.m.

El debut de Fernando Gaviria en una de las “tres grandes” competencias del ciclismo mundial –nada menos y nada más que en el centenario del Giro de Italia (2017)– pasó de ser una buena presentación a una escandalosa e histórica exhibición deportiva.

La mayoría de los aficionados colombianos estaba centrada en el rendimiento de Nairo Quintana, gran candidato al título de aquella competencia, en la que finalmente resultó subcampeón. Pero había también una latente expectativa en torno al desempeño del prodigio de 22 años. Era una apuesta más que emocional. Una corazonada con fundamento.

Como solo sucede con los fuera de serie, todo estalló precoz y asombrosamente. Al tercer día de la carrera, esa nueva versión, o mejor, esa mutación del “Escarabajo” colombiano –la de un velocista explosivo, voraz, y victorioso– ganó la etapa en la ciudad de Cagliari y se hizo a la “maglia rosa” (camiseta del líder de la carrera) y la “maglia bianca” (camiseta al mejor joven).

Fernando “el Misil” Gaviria –quien esa misma tarde suplicó que no lo llamaran así porque poco le gustaba ese título para un ciudadano que venía de un país “tan golpeado por la guerra”–, se convirtió entonces en el cuarto colombiano que se vestía de rosa en el Giro de Italia: Rigoberto Urán en 2013 y 2014; Nairo Quintana en 2014 y 2017, y Esteban Chaves en 2016.

Dos días después, en la quinta etapa de aquella prueba centenaria, el hijo de La Ceja (Antioquia) repitió. Esa vez, además, consiguió la “maglia malva” (conocida como ciclamino), que identifica al líder de la clasificación por puntos. Ya tenía dos etapas en su bolsillo y ya se había arropado con las camisetas más prestigiosas de la competencia. Había superado todas las expectativas.

En el séptimo día estuvo a punto de reincidir: le ganaron por 10 centímetros. En la etapa 12, en Reggio Emilia, volvió al triunfo con otro rabioso embalaje y alcanzó un récord para el ciclismo nacional: nunca un colombiano había ganado tres fracciones en una misma competencia World Tour.

Pero faltaba más: el póker. En la etapa 13, el paisa reincidió en Tortona. Lo hizo con su esprín más furioso y arriesgado (aplaudido hasta la saciedad por la crítica mundial). A tan solo 60 metros de la meta, cuando le habían cerrado su línea de carrera, desde atrás, peligrosamente pegado a la baranda, Gaviria se abrió paso a 72,8 kilómetros por hora y volvió a ganar. ¿Iba en moto?

Así las cosas, Fernando Gaviria no solo se convirtió en el primer latinoamericano en conseguir cuatro victorias de etapa en una de las “tres grandes” (Giro, Tour y Vuelta), sino que llegó a Milán con la “maglia ciclamino”: líder de la clasificación por puntos. Un título inédito e histórico para el país.

¿De dónde salió Gaviria?, preguntaban en Italia. La verdad es que su performance en aquel Giro 100 no era otra cosa que la ratificación de un talento excepcional que años atrás ya había brillado con suficiencia.

A sus 18 años –inspirado por su hermana Juliana, que había sido cuatro veces campeona Panamericana de Pista–, Fernando ya tenía dos títulos mundiales en su palmarés: en Invercargill (Nueva Zelanda) fue el mejor del mundo en las pruebas de Ómnium y Madison en el Mundial de Ciclismo Juvenil de Pista. La primera competencia la ganó el 24 de agosto de 2012, y la segunda, dos días después, junto con su compañero de fórmula, el bogotano Jordan Parra.

Desde entonces, todo fue gloria y color dorado en su carrera: oro en los Bolivarianos 2013, en los Suramericanos 2014, en los Centroamericanos 2014 y en los Panamericanos 2015.

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Gaviria fue dos veces campeón mundial juvenil.

Foto:

Pablo Salgado

El 21 de febrero de 2015, a la edad de 20 años, se convirtió en campeón Mundial Élite en la prueba Ómnium, en el velódromo de la ciudad de Montigny-le-Bretonneux, a media hora de París.

Un año después, nuevamente se vistió con la camiseta arcoíris, distintivo que lleva en su torso el campeón del mundo. El 5 de marzo de 2016, en Londres, a los 21 años, alcanzó su segundo título mundial consecutivo en la Ómnium.

En síntesis: pista y ruta, con impresionantes resultados. Un completo fenómeno. Carlos Arribas, la más respetada pluma ciclística en lengua castellana (de El País, de España), resumió para BOCAS la esencia del campeón: “Si no fuera sprinter, Fernando Gaviria no sería ciclista. Seguro. Gaviria nunca sería uno más, uno que se conforma con correr en el pelotón, bajar a por agua, hacer bulto o, como mucho, participar en las escapadas que forman el guion de la primera parte de las carreras, y tampoco un escalador que sufre y suda y resiste solo ante el absoluto de la montaña. Uno así nunca podría, como Gaviria, no ser belga y liderar un equipo belga, donde los movimientos de la última recta alcanzan el rigor místico de un rito religioso. A Gaviria, como a todos los sprinters, solo le interesa ganar, saber que puede ganar todas las carreras planas que corra. Es el único estado mental obligatorio en su especialidad. Gaviria es ciclista, es colombiano, triunfa en Europa y no es escalador, cuatro afirmaciones que nunca se habían escrito en una misma frase. Comparte con Eddy Merckx la bulimia, la necesidad de la victoria, la adicción a la adrenalina que surge torrencial en su sistema circulatorio cuando aparece ante su vista el triángulo rojo que señala el inicio del último kilómetro de una carrera, una sed que solo puede enjugar la victoria liberadora a la altura de su autoestima, de su casi autocomplacencia, tan colombiana”.

El 12 de marzo de 2018, en un accidente al término de la sexta etapa de la carrera Tirreno-Adriático, Gaviria se fracturó el metacarpo de su mano izquierda. Por cuenta de la cirugía, se perdió la competencia Milán-San Remo, de la que era favorito. Sin embargo, dos meses después, a mediados de mayo, volvió y fue sensación en el Tour de California, en donde ganó tres etapas.


El 7 de julio de 2018 debutará en el Tour de Francia y, como es apenas de esperarse, está en el foco de todos. Queda claro, aún falta mucho por escribir sobre el fenómeno que está llamado a ser el mejor embalador del mundo.

Sus viejos son de La Ceja (Antioquia). Usted es un hombre rural que, desde muy pequeño, tuvo acceso al deporte. ¿Cuál fue y ha sido su mayor vínculo con el campo?

Tuve una niñez con mucha libertad, mis padres me dejaban jugar con tierra, sin estar pensando en que me podía ensuciar. Una niñez muy a lo campesino, con alegría y cosas bonitas. No puedo decir que trabajé el campo, no. Pero siempre me gustaron los caballos y muchas veces iba donde amigos a ayudarles a limpiar las pesebreras, porque me encantaba todo el proceso del alistamiento de los caballos.

¿Cuál fue su primera bicicleta?
Me la regaló mi papá cuando tenía 3 o 4 años. Aún mi padre la conserva porque en ella aprendimos a montar mi hermana y yo.

Sin embargo, su primer deporte fue el patinaje. ¿Por qué?
El patinaje no fue tanto el cariño propio, sino que quería ser lo mismo que mi hermana. Ella quería ser patinadora, entonces yo quería ser como ella. Los dos íbamos a entrenar a la misma escuela en Rionegro, porque en La Ceja no había club de patinaje. Luego, los dos, decidimos pasarnos al ciclismo.

¿A qué edad inició y dejó el patinaje?
Practiqué de los 7 a los 12, o algo así. Hice pruebas de fondo, pero las que me gustaban eran las de eliminación.

¿Cuándo se inició en el ciclismo?
No lo tengo muy claro. Pero creo que tenía doce años.

Su papá cuenta que un día en el que veían el Tour de Francia por T.V., usted le dijo: “Allá voy a estar”. Tenía doce años... La tenía clara, ¿no?
Sí, porque ahí ya estaba pensando en dejar el patinaje, en convertirme en ciclista. Son sueños que uno se plantea y que uno no sabe si se hacen realidad. Pero tenía la ilusión.

Entiendo que su hermana Juliana, como con el patinaje, fue la que primero dio el salto al ciclismo, con mucha seriedad y sacrificio, y que usted le siguió los pasos…
Sí, pero ella me lleva tres años. Entonces yo aún no podía entrenar con ella porque era mucho más joven. De hecho, mi padre no me daba la bicicleta que yo quería porque no quería que me saltara el proceso. Ya cuando vio que era necesario hacer el cambio, dejamos los patines, agarramos la bicicleta de lleno y nos comenzamos a enamorar del deporte.

¿De dónde viene la conciencia deportiva de su papá?
Porque él estudió y es profesional en deportes. Aprendió a ser un gran formador y a entender que los niños tienen que ser niños siempre. No porque practiquen un deporte se les tiene que cambiar la perspectiva y los deseos de ser niños. Él, hasta el día de hoy, conserva eso en su escuela: que los niños jueguen más, que tengan más alegría, sin tanta presión.

¿Cuándo y cómo empezó a asistir al velódromo de Medellín?
Porque para poder ir a representar a Antioquia, que era lo que queríamos, yo tenía que correr en pista. Yo debía tener 13 años.

Existe una imagen muy bonita: su papá manejando un Renault-4, atestado de peladitos, de La Ceja al Velódromo de Medellín, bien temprano por la mañana, y así de retorno por la tarde.
Sí. ¡Ja! Es que mi papá insistió en que la pista era clave para la formación. Bajábamos con todos los amiguitos del club que había organizado mi papá.
Mientras tanto su hermana Juliana ya era una realidad nacional e internacional.

¿Alguna vez hubo competencia por el brillo familiar?
No, porque en mi familia todo ha sido muy equitativo. Además, la proyección de mi hermana fue diferente por lo que me llevaba más edad. Ella, incluso, representó primero a Colombia y fue a unos Olímpicos [Londres 2012] antes que yo. Ella ha sido un gran apoyo para mí. Y mis papás, pues siempre nos han visto como sus dos hijos y no como ciclistas.

¿Cuándo se enfocó más en la pista?
Es que para entrar a la Selección de Antioquia necesitábamos correr pista. Para poder ir a los campeonatos nacionales, necesitaba hacer pista. Y así adquirimos un cupo. Y así, también, me fui por la pista.

Entonces apareció Efraín Domínguez, leyenda del ciclismo colombiano, el hombre que en cuatro días rompió cuatro récords mundiales. ¿Qué le enseñó el “profe”?
A estar más concentrados, a conocer a nuestros rivales, a mirar toda la pista y a dominar la perspectiva y todos los corredores que íbamos en el momento. Él era el que dirigía las carreras.

Mi deseo de ganar hace que yo pase, quizá, por donde ningún otro corredor puede pasar

¿Desde ese entonces usted fue un competidor voraz? ¿Un ganador?
Siempre he pensado en ganar, en conseguir etapas, en conquistar títulos. Mi deseo de ganar hace que yo pase, quizá, por donde ningún otro corredor puede pasar. Yo veo a todos los corredores en la pista como rivales, no los veo como amigos. Nada de eso. Cuando estamos en la pista, son rivales y punto.

Usted es un campeón precoz. En el mundial juvenil de ciclismo de Nueva Zelanda, apenas tenía 18 años.

En realidad cumplí 18 allá, un día antes de empezar la competencia.

Ganó dos títulos: la Ómnium y la Madison. ¿Es cierto que la Federación no lo iba a llevar?
¡Exacto!, porque al Campeonato Panamericano, que daba la clasificación, solo llevaron corredores a quienes sus padres les pudieron pagar el viaje. Me la jugué con mostrarme en el campeonato nacional: gané cuatro medallas de oro de cinco pruebas que corrí. Entonces ahí sí me metieron al equipo y me tocó ir a vivir a Bogotá a la casa de uno de los velocistas, la de Juan David Gutiérrez, donde me recibieron muy bien. En Bogotá me preparé fuertísimo. La verdad, nunca creí que fuéramos a ganar así.

Y se vino un rosario de triunfos: oro en los Bolivarianos 2013; oro en los Suramericanos 2014; oro en los Centroamericanos 2014 y oro en los Panamericanos 2015. Entonces usted ya era la gran promesa del ciclismo mundial.
Esos Juegos Panamericanos fueron diferentes porque ahí ya había firmado con el equipo Quick-Step y estaba a un mes de empezar a correr ruta.

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Ha sido dos veces campeón mundial élite de pista.

Foto:

Pablo Salgado

¿Tenía claro que terminaría en la ruta?
Siempre tuve en mi mente la ruta. Sabía que si se me daba la oportunidad de estar en un equipo de ruta la iba a tomar por encima de cualquier cosa. Lo tenía más que claro.

Paralelamente, en 2015, en Francia, a los 20 años, usted se convirtió en campeón Mundial Élite. ¿Qué imagen tiene grabada de aquel título?
El momento en que me caí en la prueba por puntos, porque ahí se me ponían las cosas más difíciles de lo que ya estaban. Pero en ese mundial yo contaba con demasiadas piernas. Supe aprovechar eso y supe aprovechar la crisis de los rivales. Entonces me volví a acomodar en el primer lugar y con más puntos de diferencia.

Ese día, cuando usted ganó, se enteró de que su cuñado, Fabián Puerta –actual campeón del mundo–, había tenido un grave accidente. ¿Qué pasó?
Estaba calentando para los 200 metros y tuvo una caída grave que lo mandó al hospital. De hecho, le tocó pasar varias noches en la clínica. Entonces eso fue muy complicado para mí porque yo veía a mi hermana Juliana muy mal por lo que le pasó a su esposo. Entonces tuve que volverme a concentrar porque aún me faltaban tres pruebas para intentar conseguir una medalla mundial. Fabián se recuperó y mire hasta dónde llegó.

Usted hizo parte de la selección que representó a Colombia en el Tour de San Luis de 2015, donde le ganó a uno de los mejores velocistas del mundo, Mark Cavendish. ¿Es cierto que fue por eso que Quick-Step decidió contratarlo?
Sí. Fue ahí cuando uno de los mejores equipos del mundo me dio la oportunidad de estar en sus filas. Ahora, este año, me han dado la oportunidad de ser uno de sus líderes.

Por cierto, en medio de esa competencia, Cavendish tuiteó algo así como: “¡Se nos viene un grande!”. ¿Recuerda ese trino?
Sí, claro. Me llenó de alegría porque, que alguien tan grande como él haya aceptado que yo tenía mejores piernas que él y que lo pude vencer, me hizo ver que había hecho las cosas bien.

Fue así como, en torno a su figura, comenzó a crearse la leyenda del “escarabajo velocista” y no la del “escarabajo escalador”.
Alguien tenía que marcar la diferencia. Creo que los ciclistas colombianos se enfocan en subir porque el perfil de las carreras en Colombia es solo para escaladores. Pero ¿un esprínter?, muy raro.

En el Mundial de Londres 2016 usted volvió a ganar el título mundial, esta vez sin caídas…
Pero de tanto pensar en eso, de tanto evitar contactos con los demás, perdí algunas posiciones. Para la segunda prueba ya había cambiado totalmente el chip y salí a ganarme el mundial. Me había preparado y tenía las piernas.

No me gusta quedar segundo ni tercero. Siempre pienso en ganar. Solo en ganar

Usted era uno de los favoritos al oro en los Olímpicos de Río 2016. Sin embargo, quedó cuarto –que no es para nada malo– y al terminar la competencia aseguró que se retiraba del ciclismo de pista. ¿Así de duro fue el golpe?
No es que haya sido duro. Yo tenía las intenciones de dejar la pista antes de la olimpiada, solo que por mi padre y mi madre la alargué un poco. Di todo lo que tenía, pero no me alcanzó para ninguna medalla en Río. Para cualquier deportista quizás el cuarto puesto eso no es malo, pero para mí sí. No me gusta quedar segundo ni tercero. Siempre pienso en ganar. Solo en ganar.

¿No vuelve a la pista?

Aún no sé. Pero hasta el día de hoy, tengo el mismo pensamiento de no volver a correr en pista.

Por sus declaraciones y la manera como ha llevado su carrera, todo parece indicar que usted lo que quiere es ser un “clasiquero”. ¿O no?
Sí. Tengo que esperar a ver cómo me va. Pero, sí. Eso sí, donde me ponga el equipo, quiero ganar y voy a dar todo lo mejor de mí en todas las carreras.

Hablemos de su gran debut en una de las tres grandes: el Giro 2017. Al tercer día de la competencia ganó una etapa y terminó bañándose en vino espumoso con la maglia rosa y la maglia blanca. ¿Se lo había soñado?
No, para nada. Yo no esperaba ponerme la camiseta rosa ni la blanca en mi debut. Teníamos claro que cualquier cosa que yo arañara era ganancia. Ya era como el deber cumplido. Y por otro lado, pues todos tienen esa típica celebración que es bañar al público. Yo les dije a mis compañeros que quería hacer algo diferente. Y, pues, me bañé con champaña.

Ganó una etapa y otra y luego otra… Nunca un latinoamericano había ganado tres etapas en una carrera World Tour, mucho menos en un Giro. Pero, no bastándole, ganó una cuarta. Todo un récord.
Creo que si hubiera tenido la oportunidad de ganarme cinco o seis, me las hubiera ganado. Yo quería ganar todos los días. Quería hacerlo por mí y por mi equipo.

La cuarta etapa es una pieza de colección: pasó por un lugar imposible y entró a 72,8 kilómetros por hora.
Primero, el equipo hizo un excelente trabajo. Después, cuando ya vamos en el esprín, lo que menos usé fueron los frenos y me metí por donde todo el mundo creía que no pasaba nadie. Ese pequeño hueco fue el que me dio la victoria. En cuanto a la velocidad, eso varía mucho, depende del viento, de cómo sea la llegada… Ese no es un punto a evaluar porque todas las llegadas son diferentes.

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El 7 de julio de 2018 debutará en el Tour de Francia.

Foto:

Pablo Salgado

¿Qué le significó haber ganado la maglia ciclamino en el Giro 100?
Muchísimo porque en el equipo pensaban que yo no terminaría el Giro. En el equipo pensaban que, por ser tan joven, solo haría dos semanas. Pero yo decía que era innecesario retirarme en la última semana. Lo que me salvaba de que el propio equipo me retirara era portar la maglia ciclamino porque íbamos a tener que luchar por ella. Sabíamos que teníamos que estar fuertes en la última semana para no quedar por fuera de los límites de tiempo y así lograr estar en el podio final en el Giro. Y lo logré.

¿Cuál ha sido el esprín más lindo de su carrera?
La cuarta etapa que gané en el Giro 100.

¿Y su prueba más linda?

Puede ser la París-Tour que gané. Nadie esperaba que atacara tan lejos, que arrancara en un esprín tan lejos de la meta. Fue algo que me fluyó. Una oportunidad que aproveché al máximo.

¿Cuál ha sido su peor momento ciclístico?
El accidente que sufrí en el mundial de Doha de 2016. Me había preparado bien y sabía que tenía con qué ganar. Pero me caí y me luxé el hombro. Así es esto.

Defina, por favor, a su escudero y lanzador Maximiliano Richeze.
Como todos lo han visto: un excelente corredor, muy profesional, que siempre está a mi disposición. Cuando estamos juntos en carrera, siempre está a mi lado por si necesito cualquier cosa. Un tipo al que le he aprendido mucho en los momentos difíciles, porque él siempre conserva la calma. Él da tranquilidad.
¿Cree que será el corredor que más etapas World Tour y que más títulos internacionales ganará en la historia del ciclismo colombiano?
Eso no se sabe, creo que debemos esperar a que alcance ese límite.

De la misma manera, ¿cree que podría convertirse en el mejor ciclista del mundo en ruta?

Peter Sagan es el mejor ciclista del mundo porque ha ganado tres campeonatos mundiales de ruta seguidos. El que lo iguale o lo pase, le quitará ese trono. Tengo que decir que entre mis planes está ganar la cantidad de mundiales que sea capaz de ganar.

¿Tiene una buena relación con Peter Sagan?
Sí, pero muy poca, no somos íntimos amigos. Conversamos en las carreras y ya. Lo que realmente me sorprende de él es la tranquilidad con la que corre. Todos sabemos que es el favorito, que no tiene equipo y que, de alguna manera, los otros equipos le trabajamos a él porque espera y espera y ataca faltando 200 metros.

¿Saltar al ataque en el momento exacto se aprende o eso es pura intuición?
Se va adquiriendo con el tiempo, porque al ser uno joven se cometen más errores, hay más ansiedad. Mientras más grande, hay más control y más tranquilidad.

Usted tan solo tiene 23 años. ¿Es ansioso?
Sí. Aún sigo siendo ansioso y creo que aún conservo la ansiedad del querer hacer las cosas ya y querer definir las carreras más rápido. Pero el ciclismo me ha enseñado que debo esperar el momento exacto para así hacer una línea de carrera.

Alguna vez dijo que el apodo Misil no le gustaba.
No es que no me guste. Simplemente que, al venir de un país tan golpeado por la guerra, no creo que ese apodo sea apto para mí. Es que en Europa todavía nos preguntan si Colombia es peligroso y nosotros, los deportistas, lo que siempre buscamos es cambiar la perspectiva de nuestro país, que nos miren con ojos diferentes, que no solo nos miren por el lado malo.

 Pasa que yo siempre dejo un pedacito de mi vida ahí porque, en esos metros, se define la derrota o la victoria. Y a mí me gusta la victoria

Fernando, ¿qué pasa en esos últimos 200 metros antes de cruzar la meta?
Pasa que en esos 200 metros llevamos nuestro cuerpo al límite. Pasa que yo siempre dejo un pedacito de mi vida ahí porque, en esos metros, se define la derrota o la victoria. Y a mí me gusta la victoria.

POR MAURICIO SILVA GUZMÁN
FOTOGRAFÍA PABLO SALGADO
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 75 - JUNIO 2018

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La mutación del "escarabajo"

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