El camino a la gloria de Juan Sebastián Muñoz

El camino a la gloria de Juan Sebastián Muñoz

BOCAS habló con el golfista colombiano ganador en el PGA Tour. 

juan sebastian muñoz

El bogotano Juan Sebastián Muñoz, de 26 años, fue el responsable de volver a poner el nombre de Colombia en lo más alto.

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Juan Manuel Vargas

Por: José Orlando Ascencio
27 de octubre 2019 , 05:00 a.m.

La vida le puede cambiar a uno de golpe. Y con Juan Sebastián Muñoz sucedió así, literalmente. Fue una acción de riesgo, de jugársela toda, de tomar una decisión en el momento justo.

Ocurrió el 7 de febrero del 2016, en el último hoyo del Club Colombia Championship, el torneo del web.com Tour (hoy Korn Ferry Tour) que se juega en el Country Club de Bogotá. A ese certamen, Muñoz llegó como invitado, porque no tenía tarjeta en ese circuito. Y esa invitación tiene una historia aparte, que contaremos más adelante.

Acostumbrado a una cancha a la que le permitieron acceder con anticipación, Muñoz tuvo un fin de semana inspirado y llegó al último hoyo con opciones de ganar. Pero para ello tenía que arriesgar. Se mandó por encima de los árboles, quedó muy cerca a green y terminó ganando el torneo con un birdie en el último hoyo, por uno de ventaja. Fue su entrada oficial al golf grande.

Al verlo, impone su presencia: 1,83 de estatura, 83 kilogramos de peso. Pero el que lo conoce sabe que, mientras está en un campo de golf en el país, es el prototipo del jugador colombiano que utiliza los 18 hoyos para divertirse, siempre que no esté en competencia. Así lo ven sus amigos, que le dicen ‘el Negro’. Incluso, aunque prácticamente no vive en Colombia desde el 2012, aún conserva el acento bogotano. Pero cuando hay algo en disputa, todo cambia. Siempre quiere ganar.

Aunque había ganado un par de torneos con el equipo de North Texas, su carrera en el golf universitario estadounidense no había sido tan brillante como las de los otros referentes de este deporte en Colombia, como María Isabel Baena, Camilo Villegas y María José Uribe. Pero Juan Sebastián tenía algo especial. Incluso, antes de irse a estudiar a North Texas, había sido el mejor aficionado del Abierto de Colombia, en el 2010, con un 65 en la ronda final. Y eso empezó a correr de boca en boca.

Tanto él como su padre comenzaron a tocar puertas para abrirse campo, primero en los torneos locales y luego en los circuitos con parada en Colombia. Y eso comenzó a tener eco. Así le llegó la invitación al Club Colombia Championship y también al Karibana Championship, otro torneo del web.com Tour, con escala en Cartagena.

Germán Calle padre, columnista de golf de EL TIEMPO, seguía (y sigue) permanentemente la carrera de los colombianos en las universidades gringas. Y un día recibió una llamada de José María Rodríguez, presidente durante muchos años del Country Club de Bogotá, donde se juega la parada bogotana del web.com. Le recomendó mirar el juego de Muñoz. Y Calle se fue a verlo al torneo del club Pueblo Viejo. No ganó (fue cuarto), pero vio que ahí había talento para explotar.

El siguiente paso fue un desayuno familiar. Germán Calle Jr. organizó durante muchos años el torneo en Bogotá y llegó a la casa de su padre, como casi todos los domingos. En medio de la comida, saltó una petición.

- Necesito que me des una invitación para el torneo, dijo el padre.

- ¿Para quién?, replicó el hijo.

- Para Sebastián Muñoz, respondió.

- ¿Y quién es ese man?, fue la réplica.

- Ese va a ser el próximo colombiano que va a llegar al PGA Tour, respondió el papá.

“Pues será creerle”, le dijo Calle Jr. Y así empezó una carrera que hoy tiene a Muñoz como el segundo colombiano en ganar un torneo en el PGA Tour, el Sanderson Farms Championship, el pasado 22 de septiembre.

Juan Sebastián comenzó a responder a esa confianza con buenos resultados. Ganó el Abierto del Club Campestre de Medellín y el Abierto de Bucaramanga, en el 2015, y logró la tarjeta para el PGA Tour Latinoamérica en la Serie de Desarrollo en Ecuador, con un espectacular remate el último día, con ocho birdies consecutivos.

Creció admirando a Tiger Woods. Incluso, como curiosidad estadística, al día siguiente de su triunfo en Bogotá quedó exactamente un puesto por encima del mejor jugador de los últimos tiempos en la clasificación mundial: Juan Sebastián estaba en el puesto 439, y Tiger, en el 440.

El día en que ganó su primer torneo en el PGA Tour, confiesa, se sintió como el ‘Tigre’. Esta vez no fue para asegurar el título. Metió un birdie en el hoyo 18 para meterle presión a su rival y pelear un
desempate que al final ganó, contra el coreano Sungjae Kim. Después de años de zozobra, e incluso de falta de confianza, el bogotano de 26 años tendrá, por lo menos, dos años de tranquilidad.

Y se recalca lo de bogotano porque pudo no haber nacido en la capital colombiana. Sus padres, Ricardo Muñoz y María Fernanda Amaya, se casaron en Bogotá pero se fueron a vivir a Clearwater (Florida, Estados Unidos). Allá, María Fernanda quedó embarazada, pero la voluntad de ambos era que su hijo fuera colombiano. Así que vinieron para el parto, el 4 de enero de 1993. Al mes y medio regresaron.

Hoy, la vida de Muñoz transcurre, prácticamente, por todo Norteamérica, aunque su base es Dallas. Y todavía está asimilando todos los beneficios que genera ser ganador en el PGA Tour, entre ellos, tener asegurada la entrada a dos de los Majors, el Masters de Augusta y el PGA Championship, además de otros torneos, como The Players.

Pero el camino no fue fácil. Aparte de tener que acostumbrarse a la dinámica del Tour, tuvo que luchar contra sus propios miedos (la “nube negra”, como la llamó una y otra vez) y aprender a rodearse, a armar un equipo de trabajo y a encontrar a la gente que confiaba en él y, aún más importante, que le ayudaran a creer en sí mismo. Pero mejor que lo cuente Juan Sebastián.

En Colombia, mi práctica era máximo de una hora, y de esa hora, la mitad era recochando con amigos. Allá, [en Estados Unidos] la práctica era de tres horas, sin recocha

En su familia no había antecedentes con el golf. ¿Cómo llegó allá?
Tendría un año, año y medio. En esa época vivíamos en Estados Unidos, y cuando nos devolvimos a Colombia, pues ya la cosa fue mucho más técnica. Yo soy bogotano pero mi hermana sí es gringa. Luego nos devolvimos del todo.

Usted se dedicó al golf, pero también, en algún momento, le apostó al voleibol.
Sí, pero voleibol vine a jugarlo ya al final, en los últimos dos años en el colegio, en el San Carlos. Yo jugaba golf, jugaba fútbol, jugaba voleibol, me metía a todo. Mi fiesta de 5 años fue un partido de fútbol, vinieron mis amigos y armamos dos equipos. El golf llegó porque tuve la fortuna de que mi abuelo era socio del club Los Arrayanes. Allá me llevaban a jugar al golf desde chiquito.

¿Es cierto que de niño no le gustaba el golf?

A mí lo que me gustaba era ganar. Me empezó a gustar, jugué torneos con niños de 5 años y ganaba. En sí no era el deporte, era ser competitivo, en lo que fuera: videojuegos, fútbol, lo que fuera. Dio la circunstancia de que en lo que más ganaba era en golf. Por eso me fui acercando, pero cuando era pequeño, 5, 6 años, el golf no me gustaba, lo hacía porque mi papá lo hacía y me parecía chévere. Ya luego, como a los 11, 12 años, ya le empecé a coger gusto.

¿Qué tan competitivo era?
Me acuerdo de muchas veces que lloré cuando perdía. Había un compañerito que se llamaba Javier Franco. Yo ganaba todos los torneos del club, y él me ganó. Me ataqué a llorar, no entendía por qué. Yo odio perder. Me acuerdo de que con mi hermana, jugando Tío Rico Mc Pato, Monopolio, yo le hacía trampa para ganarle. Soy muy mal perdedor. Mis compañeros y mis amigos me molestan por eso, le sacan provecho a eso. Que vamos a divertirnos a lanzar piedras a un tubo, no sé, yo siempre quiero ganar, está dentro de mí.

¿A quién se quería parecer?
De chiquito, a Tiger. El plan era el domingo almuerzo donde mi abuelo y luego ver ganar a Tiger. Era increíble ver lo que hacía. Ahora ver cómo pude ganar yo, viniendo de atrás y metiendo el putt en el último hoyo, se me pareció a lo que él hacía antes. Me sacó una sonrisa, muy chévere. Poder probar lo que él hizo tantas veces fue exquisito.

¿Cuándo decide probar suerte en Estados Unidos?
Yo estaba en el colegio, como que sí me gustaba el golf, pero no mucho, pero cuando vi la oportunidad de que podía ir a Estados Unidos, casi todo pago, para ir a jugar golf, pues… La educación en Colombia es muy buena, pero como que yo no me veía clavado estudiando a toda hora, como veía ya a algunos amigos que ya estaban en la universidad y ya no tenían tiempo para jugar golf; entonces, ese para mí era el plan ideal, poder hacer las dos cosas al tiempo. Lo que hice fue que empecé a jugar, a concentrarme más, ya no era solo por mejorar, sino que me puse a pensar que con el golf podía ir a la universidad, podía ganarme una beca. Para mis papás iba a ser muy difícil pagarme una universidad allá. Entonces, para mí fue muy chévere.

Y terminó firmando para la Universidad de North Texas.
Como para octubre, hablé con el coach de la universidad de North Texas y firmé. Entonces, vine acá y empecé a jugar más torneos, fui a jugar a Guatemala, fui a Brasil, estuve en Copa Andes, hice de todo. Cuando volví para el último bimestre al colegio, iba perdiendo seis materias, pero yo estaba tranquilo porque ya tenía asegurada la universidad. Pero mi mamá quería que yo me fuera con el diploma del San Carlos. Entonces, ahí empiezo a estudiar, a recuperar materias y como que dejo de lado un poquito el golf. Al final solo perdí una materia, pero me gradué.

¿Es cierto que entre el golf y las materias perdidas se quedó sin excursión?
El vicerrector del colegio me preguntó: “¿Usted va a ir a la excursión?”. Y yo le respondí: “¡Claro! ¡Cómo me la puedo perder!”. Entonces, no se puede tirar el año, me respondió. Ahí fue donde yo dije, uy… Me tocó quedarme recuperando y no viajé. Mi mamá se puso bravísima, ya había pagado, a mí me tocó devolverle esa plata de unos ahorros que tenía. Entonces, yo en Bogotá estudiando mientras mis amigos se fueron de fiesta a Cancún.

¿Cómo fue la historia de que usted le pidió mil dólares a su papá para irse solo a conocer la universidad?
Yo no me acuerdo de si le pedí tanta plata, para serte honesto… El coach me mandó todo, los tiquetes y el hotel. Habré llevado, qué se yo, 300 dólares. Pues todo empezó bien porque la visa salió rápido, las calificaciones no eran las mejores, pero estaban bien. Me acuerdo de que me fui una semana y les dije a mis papás que no quería que ellos fueran, quería ir solo para ver si me gustaba, quería ver cómo era la vida de universidad en Estados Unidos. Ahí conocí a Rodolfo (Cazaubón) y a Carlos (Ortiz), me sacaron de fiesta un par de noches, la pasamos bacano, pero nada extremo, nada de fiesta de película o algo así. Me llevé bien con el coach y firmé. Pero nada más. Que yo haya pedido mil dólares y que con eso haya vivido dos días como un jeque, pues no…

¿Es cierto que alguna vez el coach de North Texas lo castigó porque lo encontró hablando en español?
Hay que entender cómo estaba la situación. Los mejores jugadores del equipo eran Rodolfo y Carlos, ambos mexicanos. Hablaban en español y Carlos es un tipo de carácter fuerte. Entonces, llegué yo ese año y ya éramos tres hablando español, como que ya empezaba a haber un poquito de problema. Y yo hacía lo que Carlos decía, más o menos. Carlos era como el líder, era el que mejor jugaba. Y un día, el coach le dijo a Carlos que si se seguía portando así, no lo llevaba a los torneos. “Bueno, pues no me lleve”, le respondió. A ese torneo no lo llevaron y el equipo quedó de último; entonces, el coach no podía usar más esa carta. Cuando ellos dos se fueron y llegó otro mexicano, a mí me prohibieron hablar español, porque el coach pensaba que nosotros estábamos hablando mal de él. El coach no hablaba español y además era muy autoritario, no quería que las cosas se le salieran de control nuevamente, como le pasó con Carlos. A Gonzalo, el otro mexicano, lo suspendió un torneo porque lo encontró hablando conmigo en español en el bus, una cosa loca. Pero él fue aprendiendo con el tiempo que nos necesitaba y que ninguna de nuestras personalidades era como la de Carlos.

Fallaba el corte, me encerraba en mi cuarto, me sentía mal, me decía que había ganado de suerte y que no merecía estar ahí

¿La relación con Brad Stracke, su coach en Nort Texas, era complicada?
Tuvimos nuestros roces, pero al final me volví mejor persona con él, me volví mejor golfista y me ayudó a encontrar cosas que yo no había encontrado en Bogotá. En Colombia, mi práctica era máximo de una hora, y de esa hora, la mitad era recochando con amigos. Allá la práctica era de tres horas, sin recocha, sin música, haciendo el trabajo bien. De una u otra manera, no me gustó mucho, pero me ayudó mucho a ser lo que soy hoy. Si hoy me preguntan cómo la pasé en la universidad, pues la pasé más o menos…

Y ahí viene la decisión de volverse jugador profesional.
Antes de arrancar el último año en la universidad, me dije: si soy capaz de ganar un torneo este año, me hago profesional. Ese año gané dos veces. Cuando llegué a Colombia, le conté a mi papá. Me dijo que cómo me podía ayudar, y él me dio el dinero para inscribirme en el primer torneo, que era en Pueblo Viejo, en la gira colombiana. Ahí terminé de cuarto. Mi papá no me cobró esa plata, así que con lo que gané ahí pagué la inscripción al siguiente torneo, así que ahí como que empecé a mantenerme. Fui al Nacional de Profesionales y quedé de cuarto, y luego fui a Bucaramanga y gané. Entonces, ya tenía un colchoncito de dinero que no tenía antes, tenía como 20 millones de pesos.

Usted tuvo un primer intento de clasificar al web.com Tour y no alcanzó.
Con lo que había ganado me inscribí en el Q-School. Iba cinco menos en el hoyo 9, iba de líder y de ahí para adelante se me enfrió, se me enfrió y no pasé. No lo vi como una derrota, pero sí me dolió no haber pasado.

Y de vuelta a Colombia para volver a entrar.
Volví a Colombia, jugué el torneo del Campestre de Medellín y lo gané, como que mi confianza estaba bien. Eso daba entrada a la Serie de Desarrollo en Ecuador. Tocaba pagar también la escuela de PGA Latinoamérica, porque dónde más iba a jugar ese principio de año. Eran como 2.000 dólares, mi mamá me los prestó porque lo otro me lo había gastado en el Q-School. Las primeras tres rondas fueron como tristes, como aburridoras. Pasé el corte, pero iba como de 30 y los que conseguían tarjeta eran los primeros 10. El último día, en los últimos 9 hoyos hice 8 birdies seguidos para acabar. Con eso quedé de séptimo y conseguí la tarjeta del PGA Latinoamérica.

¿Cómo fue ese remate de ronda?
El primer birdie fue como “vamos a ver si la metemos”, y entró. El segundo era un par 3, la dejé cerquita, y birdie. Luego en el otro era un par 5, la metí de 2 a green, dos putts y birdie. Luego venían dos hoyos difíciles, quedaron putts como de 4 o 5 metros, y los metí los dos. Luego, par 5, birdie… Se fue construyendo momento a momento y fue muy bacano. La plata que mi mamá había gastado se la devolvieron.

Con todo eso, usted ya tenía la entrada para jugar el torneo en el Country Club de Bogotá. Pero siguió buscando opciones.
A mi regreso, nos propusimos que por qué no intentábamos entrar a los torneos del web. Suena como bacano. Empezamos a llamar gente, buscar patrocinadores para ver cómo nos invitaban. Tuvimos la suerte de conocer a alguien que daba plata para el torneo de Panamá, Andrés Posada. Y él me consiguió la entrada para ese torneo, que era una semana antes del de Bogotá. Ya mi papá me había sorprendido con la invitación para Bogotá y Cartagena, que se logró por un favor que le pidió Germán Calle senior a Germán Calle junior, que era el director del torneo.

Me siento en un lugar extraño. Esa tranquilidad y esa seguridad nunca las había tenido en mi carrera

¿Y qué pasó en Panamá?
Fui a Panamá y terminé 74-74, fallé el corte como por cinco. El director del torneo habló con mi papá: que todavía estaba muy joven, que todavía le falta. Pero ahí va, es normal. Pero ese torneo me ayudó mucho porque se me fueron parte de los nervios, ahí tuve fogueo. A la siguiente semana, ya me paré distinto. Ya estaba más tranquilo, ya los nervios no eran iguales. Y pasó lo que pasó: me gané ese torneo de la nada, pasé de ser desconocido a ser el primer colombiano en ganar en el web.com.

A usted y a Ricardo Celia les dieron vía libre para practicar en el campo Fundadores, donde se juega el torneo. ¿Qué tanto ayudó eso?
Desde noviembre, cuando tuvimos la invitación, me dejaban ir todos los martes a practicar como quisiera. Y me sirvió bastante. Habíamos jugado la cancha cuando estaba muy suave. Pero llegan los del Tour y cambian todo. El miércoles, el día de práctica, los greenes estaban muy duros y la cancha estaba muy rápida. Pero el jueves, el primer día del torneo, cayó un aguacero y se volvió a poner suave. Yo ya sabía cómo jugar la cancha así, tuve un poco de suerte. Me pude ajustar más rápido que los demás.

¿Cómo pensó el tiro del hoyo 18 que prácticamente sentenció su triunfo?
Lo pensé así: voy ganando por uno, en el 16 hago tres putts y en el 17 tuve chance de birdie y no la metí. Entonces, caminando al tee del 18, pensé: me la juego a tirar buena a la izquierda. Si lo hago, obviamente, no me voy a lanzar de dos a green: dejo un tiro de 120 o 130 yardas. La bandera está al fondo del green. No me voy a arriesgar a ponerla allá: voy a tratar de jugarla al centro, a 10 metros, y meter ese putt no va a ser fácil. Con eso hago par, me voy a playoff y en 20 minutos, cuando tenía que jugarlo, ahí sí me voy por encima de los árboles y puede que haga birdie. Pero de pronto llega otro, hace águila y pierdo. Entonces, lo que llegó a mi mente fue que si hago birdie ahora mismo, gano el torneo. La opción estaba clara: tengo que hacer el birdie ya. Agarré el drive y hubo como medio conmoción cuando lo agarré. Le pegué perfecto, la mandé por encima de los árboles, la bola alcanzó a rozar algunas ramitas pero quedó en rough, quedó bien, pasó al otro lado y ahí era meterla al green y dos putts, y eso fue lo que hice.

A propósito de ese tiro: a usted siempre le gusta arriesgar.
Viendo mi carrera y todo, me ha ido bien con eso. Si veo una oportunidad, me gusta tomarla. Es parte de mi personalidad, que cada golpe importa mucho, sentir esos nervios, sentir que es el golpe del torneo. Siempre me ha gustado.

Ese segundo semestre en el que aseguró la tarjeta para el PGA Tour fue bastante difícil, le costó pasar cortes.
Ese año fue muy duro. Vengo de jugar la gira colombiana; de viajar con mis papás, que todo me lo hacen; vengo de jugar canchas que ya conozco, a pasar una temporada del web.com, donde la gente está más preparada, hay que viajar bastante, hay que saber viajar, saber descansar, todas esas cosas que en esa época no sabía. En esa temporada, de 23 torneos que jugué, pasé nueve cortes. Fue muy duro: no tenía un equipo de trabajo, no tenía coach, no tenía a alguien que viajara conmigo. Ahora tengo a mi novia, que es una compañía que me sirve muchísimo, en esa época viajaba solo.

¿Y cómo lo afectó todo eso?
Fallaba el corte, me encerraba en mi cuarto, me sentía mal, me decía que había ganado de suerte y que no merecía estar ahí. Al siguiente torneo, volvía a fallar el corte y repetía todos los malos pensamientos, era un ciclo venenoso, muy feo. Uno se empieza a enterrar en una nube negra muy fea, y así llegué al PGA Tour el primer año. Hasta cuando empecé a trabajar con un psicólogo gringo, ahí empecé a salir poquito a poquito. Cambié de cadi varias veces hasta que encontré a uno con el que me sentía un poquito más cómodo. Estuve liderando dos torneos y ya como que había un poquito de oxígeno, como que estaba volviendo a salir, como que esto es lo que voy a hacer el resto de la vida. Pero no fue suficiente: quedé de 153 y perdí la tarjeta. Voy a los ‘Finals’, no la recupero y tengo que volver al web.com. Entonces ahí me dije: esta plata que tengo no es para guardarla, me toca invertir en mí, en un coach bueno que me pueda ayudar y que me ponga de vuelta a donde yo creo que puedo estar.

¿El coach con el que empezó a trabajar le cambió muchas cosas?
Ahí empecé a trabajar con Troy Denton, un coach que también le da clase a Ryan Moore. Lo primero que me dijo fue que con el swing que yo tenía casi nadie ha tenido éxito. “Usted casi gana un torneo. Con el swing que tiene, de pronto puede volver a pelear, pero es muy difícil, nadie hace lo que usted hace”, me dijo. Entonces, me dijo que había que hacer unos cambios drásticos. “Tiene tres meses, antes de que empiece la temporada del web. Yo le ayudo. Son dos meses de trabajo duro, octubre y noviembre, y vemos qué pasa hasta allá”, me explicó. Me la jugué, era algo que necesitaba hacer. Fueron dos meses muy duros, otra vez de nube negra, que estoy pegando sapos, que estoy pegando mucho a la derecha, que había que bajar para subir. A finales de noviembre le estaba pegando mejor, pero no era lo que quería.

Y ahí es cuando decide pedirle a Mateo Gómez, que también es jugador profesional, que sea su cadi.
Fui a Colombia y hablé con Mateo. Necesito que me cargue estos primeros cuatro torneos, ahora un gringo no me sirve, le dije. En Bahamas fallé el corte y volvía la nube negra, pero Mateo me mantenía positivo. Y a la siguiente semana hice top 10, con esa plata pagué todo, el viaje a Bahamas, la tarifa de Mateo… Volví a Panamá y luego a Bogotá. En Bogotá tuve un mal sábado, pero ya me sentía mejor con el swing. Mateo se fue a seguir su carrera, también se estaba volviendo profesional, y ya con el paso del tiempo el swing estaba mejor, la bola no se estaba moviendo tanto, le estaba pegando mejor, me volví más consistente.

Y recuperó la tarjeta del PGA Tour.
En mi segunda temporada en el web.com, aunque no haya ganado, hice más plata, hice más cortes, pasé de séptimo. Antes había pasado de 22. Entonces, como que se notó la mejoría, tuve como seis top 10, eso me ayudó para la cabeza, para confiar en el trabajo que estábamos haciendo con Troy.

Los primeros torneos en su regreso al máximo circuito tampoco fueron fáciles.

Jugué bien, hice un par de top 10, pero en el primer año había sido líder de dos torneos y esta vez no, y no entendía por qué. Me puse a buscarle cosas al putt, como otras técnicas, y ya para abril no podía más, estaba poteando muy mal. Buscamos hacer algo un poco más sencillo, simplemente meterla, y ahí mejoramos un poquito. La temporada fue un sube y baja, décimo en Hawái, pasé el corte en La Quinta, quedé de 72 en Torrey Pines, luego en la Florida quedé de 36 en el Honda Classic, no pasé el corte en Pebble Beach. Veníamos bien para salvar la tarjeta, pero ya no confiaba en mi cadi.

Y ahí decide volver a buscar a Mateo.
Lo llamé y le pregunté qué estaba haciendo: andaba jugando por Filipinas o Malasia, creo. Era como un mes que no había torneos, él estaba solo y aburrido por allá. Entonces, le dije que viniera, que me ayudara. Era el tipo indicado para esto. Le mandé el tiquete y llegó a los dos días: él vio que mi cabeza estaba como en esa nube negra de antes. Que él llegara me ayudó para pasar el corte en el John Deere, luego fui noveno en Kentucky, puesto 11 en Barracuda, tuvimos un chance en Reno y pasando el corte el último torneo, el Wyndham, asegurábamos la tarjeta. Sin él no lo hubiera logrado. El swing y todo lo tenía, pero la cabeza y la confianza que él me da no estaban, entonces fue la decisión correcta en el momento indicado.

Su novia, Daniela Granados, también se volvió parte de este equipo.
Llevo con ella cinco años, siempre ha sido como una tranquilidad, me ayuda a relajarme, me dice que fallar el corte no es el fin del mundo, me hace ver cosas que antes no podía. Yo antes me encerraba en esa nube negra de pesimismo, me daba muy duro. Ella es como esa luz que me saca de esas tinieblas, me ayuda a saber que el golf es un deporte nomás; si juego mal, pues todavía tengo una buena vida. Me ayuda a ver esas cosas chiquitas que cuando uno está solo se le olvidan. Ya lleva un año de tiempo completo siguiéndome, y el progreso ha sido enorme. Asegurar la tarjeta y ahora ser ganador del PGA Tour es algo que habíamos soñado juntos y ahora lo tenemos. No estaría acá si no fuera por ella.

¿Qué tanto influyeron sus papás en lo que ha conseguido?
Tuve la fortuna de haber sido educado por ellos, siempre me apoyaron en todo lo que he querido. Me dan mi espacio: mi papá pudo haber sido intenso y obligarme a jugar cuando no quería y tal vez yo hubiera dejado el golf. O mi mamá no me hubiera dejado ir a la universidad por no irme solo. Tuve la fortuna de tener un apoyo para hacer lo que yo quisiera; por supuesto, bajo unas normas de responsabilidad y un seguimiento de trabajo, que lo que estuviera haciendo tuviera sentido. Muy agradecido de tenerlos en mi vida.

El trofeo del Sanderson Farms Championship es bien curioso, tiene la forma de un gallo. ¿Cómo lo guardó?
¡Noooo! Ese trofeo es pesadísimo, pesa como 20, 25 kilos, una cosa muy pesada. Lo dejé en el club y me lo van a mandar a la casa.

Solo Camilo Villegas había ganado torneos en el PGA Tour antes de usted. ¿Qué imagen encontró de Camilo cuando llegó allá?
La imagen que todavía tiene Camilo es de mucha admiración. Es una persona muy disciplinada, que llegó a ganar cuatro veces en el Tour, que no es fácil; que es un veterano con experiencia, con 12, 13 años con tarjeta del PGA Tour. Los ojos con los que me ve la gente, pensando en que también soy colombiano, son muy buenos. Él abrió puertas en vez de cerrarlas, mostró que allá abajo también jugamos golf. Además, Camilo es una muy buena persona, me ha llamado, me ha apoyado, me ha ayudado en condiciones difíciles: si jugar un torneo o no, si firmar con un agente o no firmar, patrocinadores, todo. Siempre que tengo un asunto así de difícil es de las primeras personas a las que llamo. Es un tipo que ha estado mucho más tiempo que yo, una persona seria, que no ha tenido problemas de ninguna clase. Es un tipo que admiro, lo seguiré admirando y lo considero mi amigo.

Ahora tiene dos años de tarjeta asegurada, con acceso a muchas cosas que no estaban tan a la mano.
Me siento en un lugar extraño. Esa tranquilidad y esa seguridad nunca las había tenido en mi carrera. Que a dónde toca ir a jugar, que qué hay que hacer para subir, ya por fin llega un momento de estabilidad y un poco de calma para planeación de torneos que nunca he tenido. También de las cosas que hice fue hablar con Johnatan Vegas, con Emiliano Grillo, para ver qué puedo hacer ahora que gané y que mi vida está cambiando. Es muy bacano, es increíble, pero también asusta un poquito porque es algo que no había tenido. No quiero estar jugando todas las semanas y llegar cansado al final del año. Me toca ver qué semanas descanso, cuáles no, qué voy a hacer en esas semanas de descanso. Es una posición en la que nunca he estado, pero es un buen problema para tener. Una buena oportunidad para crecer.

POR JOSÉ ORLANDO ASCENCIO
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 90. OCTUBRE - NOVIEMBRE DEL 2019

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