La rectora Dolly

La rectora Dolly

BOCAS entrevistó a Dolly Montoya, la primera mujer al frente de la Universidad Nacional. 

Dolly

A los 70 años, tras haber sido profesora a lo largo de 35 años en la institución, Dolly Montoya Castaño se convirtió en la primera mujer en ocupar el cargo de la rectora de la Universidad Nacional.

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Ricardo Pinzón

Por: CATALINA GALLO ROJAS
28 de septiembre 2018 , 11:13 a.m.

A los setenta años, la científica Dolly Montoya Castaño está estrenando puesto. Uno de los cargos más prestigiosos del país.

Desde mayo de 2018, está sentada en la silla de la rectoría de la universidad en la que ha dictado clases a lo largo de 35 años, en la que fundó el Instituto de Biotecnología, en la que fue vicerrectora de Investigaciones, en la que cursó sus estudios de pregrado, a la que su papá no la quería dejar entrar, donde se volvió de izquierda, donde conoció a quien fue su esposo y donde ha puesto al servicio del aprendizaje y de la investigación todo el conocimiento que ha adquirido en diferentes lugares del mundo: la Universidad Nacional de Colombia.

Su hoja de vida revela un recorrido académico sencillamente excepcional: química farmacéutica de la Universidad Nacional de Colombia con maestría en Ciencias Biomédicas de la Universidad Nacional Autónoma de México, título de Ph. D. en Ciencias Naturales de la Universidad Técnica de Múnich con reconocimiento magna cum laude, cursos en el Medical College de Nueva York y una estancia posdoctoral en la Unidad de Investigación de Políticas Científicas (SPRU) de la Universidad de Sussex en Inglaterra.

La “Nacho”, como le dicen cariñosamente a la institución, ha sido su vida. Después de cada estudio en el exterior, siempre ha regresado a esta, su casa, y ahora, en su segundo intento por dirigirla –en 2002 estuvo entre los candidatos finales– ya logró hacer historia: es la primera mujer que llega a la rectoría de la principal universidad del país.

La “profe” Dolly, como la llaman muchos, llega a este cargo respaldada por sus méritos académicos, por su infinita curiosidad y por sus ganas de darle esplendor a la enseñanza en todos sus saberes.

El anuncio lo recibió en el Claustro de San Agustín en Bogotá, que es propiedad de la Universidad Nacional. Los cinco candidatos finalistas estaban sentados en la cafetería francesa esperando la decisión definitiva del Consejo Superior Universitario. Hacia las 9:20 de la mañana, del jueves 22 de marzo de 2018, Camilo Younes, actual vicerrector de la Universidad Nacional en Manizales, salió de la reunión del Consejo y les dijo: “Ya hay luz verde, pónganse de pie”, y los recorrió a todos con la vista. Luego pronunció el nombre del elegido: Dolly. “Y yo dije: ¿qué?”, recuerda ella y se ríe aún con asombro. “Todo el mundo se quedó paralizado. Me felicitaron como pudieron, creo yo”.

Ama enseñar y ama aprender. Y nunca va a dejar de hacerlo. Por eso, en medio de sus agitados días como rectora de la Universidad Nacional, deja tiempo todos los lunes en la tarde para dictarles su seminario a los estudiantes de doctorado, en “mi instituto de biotecnología”, como ella lo llama con voz de afecto, como si fuera el tercero de sus hijos.

Para mantenerse con energía, esta pereirana medita todas las mañanas 15 minutos, está con sus nietos los fines de semana y espera que cuando su paso por la rectoría de la universidad termine, pueda volver a irse del país para sumarle más conocimientos a su insondable carrera académica.

Una carrera en la que no solo se ha enfrentado a fórmulas y dudas científicas muy complejas, sino a dilemas que tal vez un hombre en su situación y con el mismo amor por el conocimiento no habría tenido que resolver, como escoger entre su matrimonio o una beca en MIT, una de las mejores universidades del mundo.

A ese mundo, donde hasta hace muy poco siempre habían mandado los hombres, ella siempre le ha ganado gracias a la libertad que desde muy niña le infundió su padre, a su inteligencia, su resolución por aprenderlo todo, sus conocimientos y también, por qué no, a una buena dosis de sentido del humor.

Dolly

Nació en Pereira, se crió en Caquetá y a fuerza de pulso se transformó en una científica de alto vuelo.

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Ricardo Pinzón

¿Cómo es la historia del primer trabajo que usted consiguió en un laboratorio farmacéutico recién graduada de la universidad a pesar de que la convocatoria era solo para hombres?
Cuando terminé mi carrera, había una convocatoria para que un señor trabajara en un laboratorio farmacéutico. Yo fui y me presenté. Y me dijeron: “¿Usted no leyó?”. Y yo dije: “Sí, pero le debo comunicar que en la universidad no nos separaban en un salón a los hombres y en otros a las mujeres, sino que las clases las recibimos juntos y aprendimos lo mismo. Yo vengo por el puesto igual que un hombre”, Y me recibieron. Después pasé a otro laboratorio farmacéutico.

¿Ahí sí buscaban mujeres?
Era un concurso, el laboratorio era de alemanes, más abierto, pero estaban buscando un director técnico de 45 años y yo era una mujer de 26. Y me lo gané.

¿Qué le dijeron por no tener 45 años?
En el fondo lo que querían era que uno tuviera vida estable y como tenía dos hijos, y ya no iba a tener más, les pareció que tenía vida estable. En ese trabajo fue donde me di cuenta de que eso no era para mí, que yo quería estudiar, investigar. La industria nacional antes era pura maquila, estamos hablando de los años ochenta, ahora eso ha cambiado un poco. Allí desarrollamos algunos productos biológicos y por eso me enamoré de la biotecnología.

¿Cómo nació ese amor?
El primer laboratorio farmacéutico en que trabajé era veterinario y tenían muchos productos biológicos, yo me le pegué al veterinario que los desarrollaba y me parecía increíble que la vida se reprodujera de esa manera en el laboratorio. Cuando llegué a trabajar con los alemanes, también desarrollamos productos biológicos y yo dije: “Esto es lo mío, voy a aprender a hacer antibióticos”, y me fui a México a hacer la tesis de antibióticos. Ahí me enteré de que la biotecnología era un mundo enorme. Tuve la ventaja de que estaban creando el instituto de biotecnología, acababan de llegar profesores muy jóvenes que venían de MIT y de Londres, llegaban premios Nobel, los mejores del mundo.

¿Es cierto que usted decidió estudiar Química Farmacéutica y no Ingeniería Química para no ser secretaria de nadie?
Sí, sí, sí. Es que en Pereira varias de las ingenieras químicas que yo conocí no eran independientes (también eran contadas con los dedos de la mano), sino que trabajaban en oficinas de los compañeros y yo decía: no, yo no quiero ser secretaria de nadie, yo quiero ser profesional independiente. En química farmacéutica sí había más mujeres, teníamos más oportunidades y ya había algunas en laboratorios en buenos cargos, nunca gerentes, más hacia la parte de calidad, pero ya había mujeres.

¿Quién le había dado esa visión de las mujeres?
¡Ah no! Yo eché a mi primer novio porque ya se iba a graduar, estudiaba ingeniería electrónica en la Tecnológica de Pereira, y yo veía que él quería conformar un hogar y yo salí corriendo. No, yo para eso no soy, qué hogar, yo me voy a estudiar y me voy a graduar. Después tuve un novio mayor que yo diez años, que ya había hecho hasta el doctorado, era un veterinario, y ese también quería que nos organizáramos y yo no. Tenía muy claro qué quería, también alimentado por mi papá, porque él me decía: “Mija, si a usted le gusta el estudio, tiene que estudiar mucho, porque usted no puede depender de un hombre, usted tiene que independizarse, porque le encanta hacer las cosas y que nadie la frene”.

Cuénteme de su infancia, ¿cómo fue la ida a vivir al Caquetá donde usted vivió y estudió hasta tercero de primaria?
Yo nací en Pereira, mi papá exportaba café y era liberal radical. Después de que el negocio creció, nos fuimos a vivir a Medellín y un buen día nos subimos en el carro con las maletas, luego mi papá dejó el carro tirado en Espinal y nos subimos en un bus de esos de escalera y terminamos llegando al Caquetá.

Dolly

Es química farmacéutica de la U. Nacional, con maestría en Ciencias Biomédicas de la U. Nacional Autónoma de México; título de Ph. D. en Ciencias Naturales de la U. Técnica de Múnich.

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Ricardo Pinzón

¿Algún día conoció la explicación de esto?
Sí, porque mi papá, como era liberal radical y era la época de la violencia, estaba muy amenazado y él decidió irse al Caquetá donde no conocía a nadie ni lo conocían a iniciar una nueva vida con cuatro hijos y una esposa que lloraba todos los días porque estaba acostumbrada a otro tipo de vida.
Había cuatro manzanas en el pueblo [Florencia], no había carros, y mi papá consiguió una casa cerca del río. Allí nos bañábamos todos los días a las 5:00 de la mañana y luego nos íbamos a desayunar arepas.

¿Y el estudio?
Uno tenía la opción de estudiar en la escuela de la normal de señoritas o en los corazones. La escuela normal estaba regentada por monjas de la Consolata, todas eran italianas y a mi mamá le pareció eso muy bueno. Aprendimos muchísimo de matemáticas y de baile, bailábamos todo el día, hacíamos deporte, era una formación muy integral y muy viva. Ahí estuvimos hasta tercero de primaria.

¿Esta educación influyó en su curiosidad intelectual?
Yo creo que sí, porque nos mostraban el mundo. Yo conocía Europa desde el colegio, porque ellas mostraban la Florencia, el Milán de Europa, un pueblo del Caquetá se llamaba Milán y también está Belén de los Andaquíes, como el Belén de Israel. Relacionaban todos los nombres con otros países y jugando nos mostraban los mapas. Crecimos con una visión universal en un pueblo como Florencia.

¿Cómo fue el descubrimiento de la química?
Después de Florencia nos fuimos a vivir a Popayán donde estudié hasta tercero de bachillerato y luego regresamos a Pereira y allí terminé mis estudios de bachillerato. En el colegio conocí a mi profesor de química, Antonio, nunca supe su apellido. Fuera de eso, a los voluntarios nos dejaban quedar en la tarde a que estudiáramos matemáticas y geografía del espacio. Yo me quedaba siempre. Para entrar a la universidad mis compañeras empezaron a llevar formularios de la Universidad de los Andes y de la Javeriana y yo quería entrar en la Nacional, porque tanto en Popayán, donde estudié un tiempo, como en Pereira formamos organizaciones estudiantiles y yo era presidenta de todas: Las hijas de María, de la Cruzada Eucarística, de todo lo que fuera.

Todo era religioso...
Porque estudiaba con monjas. En Pereira ya no era religioso y fui presidenta de la Unión Pereirana Estudiantil y ahí sí fue más bravo.

¿Ahí comenzó a volverse de izquierda?
Ahí ya empezamos a quemar la bandera de Estados Unidos en la plaza..., por eso mi papá no quería que me viniera a estudiar a la Universidad Nacional. Como no había un formulario de la Nacional a mi alrededor, escribí a la oficina de admisiones una carta y la mandé por correo express, en la que decía: “Yo soy Dolly Montoya, mi aspiración es estudiar Química Farmacéutica, por favor mándame un formulario”. Me lo mandaron y lo recibí el día anterior al cierre de las inscripciones.

¿Su mamá si la apoyaba para entrar a la Nacional?
Me presenté, la verdad, a escondidas de mi papá. Me fui a Manizales con una amiga que tenía familiares allá y presenté el examen. Cuando pasé, tenía que pedirle la declaración de renta a mi papá y yo lo pensaba y lo pensaba. Al final le conté y él preocupado porque me iba a vivir a Bogotá sola. Como era la hija mimada, lo convencí de que me iba donde una tía, ahí estuve un semestre y luego me fui a las residencias estudiantiles.

¿Cómo fue esa época?
Había muchas tendencias en la Nacional, estaban los prochinos, los prorrusos, los procubanos, los del Camilo Torres. Rodaba literatura de todo el mundo. Yo leía de todo porque a mí me gustaba todo, y me gustaba comparar qué decían unos y qué decían otros. Empecé a mirar todas las organizaciones para ver en cuál podía militar.

¿Su papá sabía que usted andaba en estas?
No, él no tenía ni idea, porque además me iba “rebién” y era matrícula de honor.

Lo bueno de haber recibido el cargo a esta edad es que tengo la madurez para entender que es un reconocimiento a la universidad, que no es personal, que ya tengo el ego en mi justa dimensión.

¿Finalmente en qué se alineó?
Nosotros éramos de los comandos camilistas del padre Camilo Torres. Yo miré en todas partes y me parecían muy dogmáticos, tanto que en Testimonio, que era una fracción promaoísta, tenía que aprenderme las 5 tesis filosóficas de Mao y eso viene como en versículos, como la Biblia. Yo conté de qué trataba cada tesis y me dijeron que no, que tenía que aprendérmelo como los evangelios y yo dije: “Ay no, yo no voy a cambiar el escapulario de la Virgen del Carmen por el de Mao”. Ya éramos ateos.

¿Cómo fue esa historia de la tirada de piedra donde conoció a su marido?
Yo no lo conocía a él y en una manifestación me dijo: “Compañera, váyase a la residencia porque le van a abrir la cabeza”. Y le dije: “¿Desde cuándo las piedras tienen sexo y caen solo en las cabezas de las mujeres?”. Ese día le abrieron la cabeza a él. Terminamos enrollados por la parte política y nos casamos muy rápido.

Tuvo hijos muy joven y usted que no quería amarrarse.
Siento que en el fondo no quería meterme con alguien que lo hubiera resuelto todo. Él era mayor que yo, pero no mucho, entonces podíamos construir juntos. Fue una experiencia bonita, el divorcio también fue una experiencia bonita.

¿Cómo hacía con los hijos y el estudio?
Yo no sé, ahora me lo pregunto yo también, no tengo ni idea. A los 22 años tenía los dos hijos. Vivíamos cerca de la universidad, entonces yo los levantaba, los bañaba, les daba los teteros, yo misma hacía los teteros y lavaba los pañales. Yo, eso no se lo dejaba a nadie. Teníamos una empleada que ayudaba para las cosas de los grandes, pero los niños eran míos. Yo llegaba a clase de 7:00 a. m., a las 9:00 salía y les daba el otro tetero y volvía corriendo al laboratorio. Así me pasé la vida y además seguí haciendo activismo estudiantil. Hacíamos las reuniones políticas en la casa en la noche, cuando los niños se dormían. Yo pensé que a los treinta años no me iba a caber una arruga, porque eso de dormir tres horas...

¿De dónde sacó plata para vivir mientras estudiaba y estaba casada?
Mi ex ya estaba terminando y respondía por la casa, y además yo dictaba clases de economía política, no de química [risas]. Nos contrataban en el Ministerio de Educación para dar clases de izquierda, es que era una época en la que el Ministerio hasta pagaba para darles clases a los sindicalistas.

¿Es cierto que usted dejó de ser de izquierda cuando entró a trabajar?
A mí me pedían que anunciara manifestaciones con un micrófono por toda la zona industrial de Bogotá y yo era la jefe de producción de un laboratorio farmacéutico que quedaba en la zona. Yo dije: “Eso no lo voy a hacer”. Después empecé a ver que los obreros eran liberales o conservadores, ni siquiera eran del Partido Comunista. Y yo dije aquí no hay nada que hacer, me voy a formar y voy a cambiar este país de otra manera. Me retiré de la organización, me metí a trabajar juiciosa y comencé a buscar beca para irme a estudiar afuera.

La beca fue en México.
Sí, pero primero me salió en Holanda, pero no me alcanzaba para llevarme a los niños. Yo le dije a mi esposo, pues si te vas a quedar en esto yo sí me voy a formar, entonces él se presentó a una maestría en Desarrollo Urbano en el colegio de México, era financiada por el BID y pasó, pero a la vez yo comencé a buscar beca del Gobierno mexicano porque sabía que él terminaba en dos años y yo en tres, y debía acumular para quedarme a terminar. Me fui para la UNAM a estudiar Ciencias Biomédicas básicas y él terminó su maestría y se vino. Yo tenía un empleo en el laboratorio de biotecnología de la UNAM donde hacía mi tesis de doctorado en producción de antibióticos con células inmovilizadas.

Tradúzcame eso.
Era producir antibióticos con microorganismos, pero no con células libres, sino inmovilizadas. Hice la maestría de tres años en dos, porque me tardé seis meses en irme con los niños. Y luego, yo no sabía, pero cuando volví al siguiente año para el grado todo el mundo me felicitaba y yo pensaba, por qué me felicitan, pues porque usted se ganó la medalla Gabino Barrera, que se la dan al mejor estudiante de la promoción. Fui a reclamar la medalla a la facultad y me dijeron no, es una medalla muy importante, tiene que ir a la rectoría.

Cuando llegó de México entró de profesora a la Nacional.
Me presenté con 23 aspirantes, en la universidad todo es por kilos, al final quedé. Entré de profesora de microbiología industrial del Departamento de Química Farmacéutica en la Facultad de Ciencias. En México me gané una beca para irme a MIT, tenía todo cuadrado para viajar con mis hijos, porque me había divorciado la primera vez, pero decidimos “desdivorciarnos” y ya no me fui a MIT.

Dolly

Hizo varios cursos en el Medical College de Nueva York y una estancia posdoctoral en la Unidad de Investigación de Políticas Científicas de la U. de Sussex (Inglaterra).

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Ricardo Pinzón

¿Tenía beca y cupo en MIT?
Tenía todo. Iba a trabajar en biología molecular. Fue la decisión que tomé en ese momento. Siempre he pensado mucho en mis hijos, en que puedan tener un espacio a salvo, y pensé que esa era la prioridad para ellos y que había tiempo para estudiar. Pero como uno se va quedando aquí y siente que se va ahogando, entonces luego me fui a hacer un training en genética de bacterias en Nueva York, estuve en el Medical College de Nueva York y, desde el día que entré, hicimos la propuesta de crear un instituto de biotecnología en la Universidad Nacional.

¿Desde el primer día tuvo esa idea?
Al mes de haber entrado hicimos la primera reunión del grupo interdisciplinario de biotecnología de la Universidad Nacional, y empezamos a trabajar, hicimos diagnóstico de biotecnología en Colombia, luego colombianizamos el proyecto, yo pedí permiso, me lo dieron todos los autores, lo colombianizamos y lo presentamos a Colciencias para hacer el Instituto de Biotecnología. Pedimos dos millones y medio de dólares, solo nos dieron 650.000, afortunadamente, porque era lo que podíamos administrar. Creamos las tres líneas de investigación que hoy tiene el instituto. Fue un trabajo muy duro, porque cuando tú creas un instituto en física, ya hay una carrera de física, pero en biotecnología nadie sabía ni siquiera qué era eso. La biotecnología es interdisciplinaria y reúne a muchas facultades. Después de nueve rondas por el consejo de sede de Bogotá, se aprobó la creación. Éramos extramuros y la junta directiva está compuesta todavía por facultad de ciencias, ingeniería, medicina y agronomía. En cada línea de investigación trabajamos con una facultad diferente, hicimos el primer posgrado, la maestría interfacultades de microbiología, luego ya creamos el doctorado de biotecnología, que también integra a varias facultades, y que ya tiene 100 estudiantes.

¿Y después de Nueva york?
Como cada siete años me picaba que ya estaba caduca y la biología molecular todavía era muy incipiente en el país, entonces dije que quería hacer biología molecular para popularizarla. Me fui a Alemania y trabajé con biólogos.

¿Para irse a Alemania se ganó alguna beca?
La verdad es que a mi ex le dieron un consulado en Múnich y coincidió todo, la vida es buena conmigo. El Instituto siguió funcionando porque está construido para que opere sin importar quién sea el director. A mi marido se le acabó rápido el consulado, pero yo seguí haciendo mi doctorado. Ahí me gané el magna cum laude en la sustentación de la tesis, que era exploración del potencial biotecnológico de un separio de microorganismos generado en el Instituto de Biotecnología. Después, cuando creamos la primera spin off en el Instituto de Biotecnología, yo me pregunté por qué nos costó tanto, diez años de un trabajo incansable, y dije: “Voy a pedir mi sabático y me voy a hacer un ‘posdoc’ a Inglaterra a la universidad de Sussex para ver por qué los países desarrollados lo hacen mejor que nosotros”.

Fue la primera vez que se fue a estudiar sola.
Tenía cincuenta y pico de años. No hay que parar. Sola, íngrima. Lo disfruté mucho, un año maravilloso. Además, alquilé un apartamento, me metí en la vida de los ingleses, cómo viven, cómo pagan impuestos..., una cosa muy bonita. El primer fin de semana me puse a limpiar y dije tan estúpida, yo limpiando un fin de semana, entre semana hago lo que pueda, y el sábado me voy para Londres. Y así cogía el tren a las 8:00 de la mañana todos los sábados y le conocí todas las arrugas a la ciudad. También viajaba los fines de semana dentro del Reino Unido, donde hubiese avión, yo iba.

Cuando regresó manejó toda la investigación de la Universidad Nacional. ¿Cómo fue eso?
Yo estaba un día muy tranquila en mi Instituto y me llamó el profesor Mantilla (Ignacio y rector antes que ella) y me dijo: “Profesora, ¿quiere ser la vicerrectora de investigación?”. Y yo le dije: “Sí, toda la vida lo he soñado, porque quiero confirmar que se puede hacer en grande lo que hemos hecho en chiquito”. Y arrancamos a hacerlo en grande [risas]. Y ese año me puse a reflexionar. Estaba en mis clases, en mis proyectos, y empecé a decir, bueno, ahora sí hay que hacer la parte académica, por qué no me lanzo a la rectoría. Ya había hecho campaña una vez hacía 12 años.

Dolly

Obtuvo el reconocimiento magna cum laude en la U. Técnica de Múnich.

Foto:

Ricardo Pinzón

¿Es importante para usted ser la primera mujer rectora de la Nacional?
Es un honor, un honor infinito que yo le agradezco a la vida, al consejo, a todos los que lo hicieron posible, pero lo bueno de haber recibido el cargo a esta edad, setenta años, es que tengo la suficiente madurez para entender que es un reconocimiento a la universidad, que no es personal, que ya tengo el ego en mi justa dimensión. Me lo estoy disfrutando y al mismo tiempo trabajando muy duro, porque estamos empezando nuevos proyectos.

Los estudiantes y los empleados se toman fotos con usted.
Siempre ha sido así de lindo, yo lo disfruto, porque a los rectores siempre los reciben con guerra, nunca nadie está de acuerdo con quien es el rector. El día que me posesioné, me hicieron un concierto en el conservatorio y me aplaudieron. No lo podía creer, es la primera vez que aplauden a un rector en el León de Greiff. Lo agradecí muchísimo. Creo que podemos ser supremamente amorosos siendo profundamente científicos.

¿Qué hará después?
Haré proyectos y seguiré aprendiendo hasta el día en que me muera.

¿Le gustaría volverse a ir?
Sí. Me gustaría volver a SPRU (Unidad de Investigación de Políticas Científicas) de la Universidad de Sussex en Inglaterra, que fue donde hice política de ciencia y tecnología y aprendí de sistemas nacionales de información. Me gustaría poder trabajar más en eso.

POR CATALINA GALLO ROJAS
FOTOGRAFÍA RICARDO PINZÓN
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 78 - SEPTIEMBRE 2018

Dolly

La rectora Dolly.

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Revista BOCAS

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