"¡Yo no voy a narrar las masacres!", Diana Uribe

"¡Yo no voy a narrar las masacres!", Diana Uribe

BOCAS habló con la historiadora y pedagoga más querida de la radio en Colombia.

Diana Uribe

La voz de Diana Uribe ha sido una especie de máquina del tiempo. Con ella, muchos colombianos han viajado a lugares del planeta que jamás se imaginaron. 

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Pablo Salgado

Por: DIEGO FELIPE GONZÁLEZ GÓMEZ 
29 de noviembre 2018 , 10:37 a.m.

En el año cero de la historia de Diana Uribe suenan los acordes de "Wild Horses", de los Rolling Stones, en el estadio El Campín de Bogotá [10 de marzo de 2016]. Así como la historia de Occidente se divide en antes y después de Cristo, la suya se divide en un antes y un después de ese concierto: “Para mí ver a Mick Jagger en mi ciudad fue una vaina increíble. Yo lloraba, gritaba, saltaba, toda mi vida fue pasando ante mis ojos, como en las películas. Era recordar la historia, verla en vivo y saber que era parte de ella”.

Eso fue lo que hizo durante 18 años en su programa Historia del mundo: reconocer la importancia de grandes y pequeños acontecimientos. Un espacio que se transmitió en Caracol radio hasta el pasado mes de octubre. A través de su voz, muchos colombianos visitamos los rincones más recónditos del planeta. A través de su voz, viajamos por el tiempo y creímos ver –o por lo menos llegamos a sentir–, acontecimientos históricos como la Revolución islámica en Irán; caminamos por la antigua Grecia junto a Séneca o cabalgamos junto a Bolívar durante la campaña libertadora.

Diana se convirtió, casi sin quererlo, en la maestra de un país. Por eso, dice con orgullo y con su tono de Sherezada, que lo que ella ha sido toda su vida es pedagoga más que historiadora, filósofa o periodista, tanto que dice que la gente que más la escucha son los maestros: “Sobre todo los de ciencias sociales. Esos son los barrabravas del programa. Yo trabajo para ellos y es muy gratificante cuando uno se encuentra por allá, en los lugares más lejanos, profes que trabajan con el material que uno hace”.

Diana Uribe

Portada de la revista BOCAS, edición número 80.

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Pablo Salgado

Su voz la ha llevado a conocer muchos de los lugares que ha estudiado, y que le ha dejado una colección gigante de vestidos de todas partes del mundo. “Eso es el complemento perfecto. Ver todo eso que había aprendido, ya sobre el terreno era otra cosa, me ayudó a comprobar que no estábamos locos, que no estaba tan chiflis”, dice mientras ríe –siempre ríe, siempre está contenta– y mientras mueve sus manos que, también, siempre, acompañan la fuerza de sus palabras.

Estas experiencias le han permitido escribir ocho libros, acaba de publicar Brújula del mundo contemporáneo. Una guía para entender el siglo XXI, que lo ve impreso por primera vez mientras hacemos esta entrevista: “No se alcanzan a imaginar la alegría de ver tantos años de trabajo ya puestos en un libro y que haya quedado tan bacano es todavía mejor”.

Ahora acaba de llegar al mundo de los podcast, luego de su salida de Caracol (puede escucharla en www.dianauribe.fm). Aunque dice que es un mundo nuevo por descubrir, seguirá haciendo lo mismo que ha hecho toda su vida, contar y enseñar historia.

Usted lleva buena parte de su vida contando historias, pero ¿recuerda cuál fue la primera historia que la impactó o cómo fue que se “encarretó” con la historia?

Mi papá es el gran responsable de mi gusto por la historia. Él nos crió, a mi hermano y a mí, con un sentido histórico muy fuerte, digamos como la idea de estar uno presente en la historia. Me acuerdo muchísimo cuando estábamos chiquitos y mi papá un día nos dijo que no nos podíamos dormir porque el hombre iba a llegar a la Luna y que nosotros íbamos a recordar ese momento por el resto de nuestras vidas y se lo íbamos a contar a nuestros hijos, ¡entonces, que así nos estuviéramos cayendo del sueño, teníamos que ver eso! Mi mamá le decía: “Pero es que están profundos”, y él le respondía que no importaba y repetía: “Ustedes tienen que ver eso, ustedes tienen que saber que vieron eso”. Creo que a partir de ahí fue cuando él me hizo testigo de la historia. Otro momento clave fue cuando a los 13 años me regalaron de Navidad una enciclopedia de historia. ¡Eso para mí fue la maravilla! Con mi hermano la empezamos a leer, él comenzó por la Antigüedad y yo por el siglo XX, la idea era ver dónde llegábamos a encontrarnos. Después me obsesioné en el bachillerato por la guerra civil española y me metí cinco años de guerra civil solita, pues porque eso no era fácil compartirlo con alguien.

¿Cómo hizo para aprender? ¿De dónde sacaba los libros?
De las ferias del libro a las que iba. Ahí yo encontraba cualquier cantidad de libros sobre ese tema. Eso me llevó después a todos los poetas de la época y me aprendí todos los poemas que pude de los autores de la Generación del 27. También me aprendí toda la música sobre la guerra civil.

Desde muy pequeña juntó su gusto por la historia con el gusto por la música, ¿cierto?
Yo tengo una relación absolutamente visceral con la música. Todo lo que a mí me pasa en la vida está representado en una canción, siempre. Por ejemplo, mi infancia en Chicago yo la definiría con el soul. A mí no me tocaron los boleros, a mí me tocó el soul. O también me acuerdo cuando pasó todo lo del Apolo 13 –que podía quedarse en el aire– y David Bowie sacó “Space Oddity”. Cuando yo escucho esa canción me da una sensación de malestar al pensar que esas personas se puedan quemar en el espacio, porque en “Space Oddity” se desconectan y ahí quedan unas guitarras como flotando en el aire, me pareció muy impresionante.

Otra persona fundamental en su vida es su hermano, él es el que la lleva al mundo de los libros, ¿recuerda cuál fue el primer libro que marcó su vida?
Sí, mi hermano es clave en ese sentido. Él es seis años mayor que yo y me leyó durante mucho tiempo. Me veía por ahí en la casa y me preguntaba: “¿Qué está haciendo?”, y yo le respondía: “Nada”. Entonces cogía y me decía: “Venga le leo”. Me leyó Eros y civilización, Tótem y tabú, a él no le importaba que yo no entendiera qué era lo que me estaba leyendo y a mí tampoco me importaba no entender, porque me parecía muy rico que me leyera, me parecía un parche. Y por otro lado mi papá me contaba las películas que se veía con mi mamá, las películas para mayores. Luego pasé mucho tiempo viendo esas películas que él me contaba. Digamos que todo esto hizo que yo creciera en un ambiente de mucha retroalimentación familiar.

Diana Uribe

Sus enseñanzas, que se transmitieron por la radio a lo largo de 18 años, la convirtieron en la “maestra” favorita del país.

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¿Y en el colegio cómo le fue, cómo era ser la niña que estaba obsesionada con la guerra civil española?
Digamos que había otros dos o tres intelectuales y no éramos más. Pero yo toda la vida he sido roquera y también toda la vida he bailado y he rumbeado mucho. Entonces eso me ha permitido socializar en otros ambientes, tanto que me tiré cuarto de bachillerato por Eric Clapton y por álgebra…

¿Por qué por culpa de Eric Clapton?
Porque era todo lo que me importaba en la vida. Yo dormía con las carátulas de sus discos. Escuchaba diez horas diarias de música, con otras dos amigas. No hacía más. Además, en mi casa, mi hermano también era muy roquero, entonces todo el tiempo yo me la pasaba en esas, huyendo de los números y buscando música.

¿Entonces no era muy buena estudiante?

Yo siempre sentí una pasión muy grande por lo que me gustaba, que eran las humanidades, y siempre tuve un problema muy grande con las matemáticas. No podía salir de ninguna parte porque las berracas matemáticas me tenían atrapada. Hasta que los dioses académicos dividieron el bachillerato entre matemáticos y humanistas. Entonces nosotros teníamos siete horas de filosofía a la semana y un básico de matemáticas. Eso permitió que pudiera salir. Después estudié filosofía en la universidad por convicción. Cuando entré y me di cuenta que era la única carrera que no tenía matemáticas dije: “¡Ayyy, los dioses académicos acompañándome de nuevo!”. Porque las matemáticas para mí eran muy miedosas, todavía me asustan, pero en esa época me aterrorizaban. ¿Sabe dónde vine a entender un poco las matemáticas? Cuando me puse a estudiar el islam, porque para poder explicar esta religión toca entender el papel del álgebra en esta civilización.

¿Cómo fue ese encuentro con el ambiente académico de la Universidad de los Andes? Y, ¿por qué decidió estudiar ahí?
En esa época se podía estudiar en los Andes porque se pagaba por declaración de renta. Entrar allá fue una maravilla, ese ambiente era otra cosa muy distinta, estaba en mi salsa. Aunque siempre seguí obsesionada con la historia, siempre estaba dando lora con la historia mientras todos mis compañeros y profesores hablaban era de filosofía. El problema, otra vez, era que no había con quien hablar mucho de historia [risas], pero yo me empeñé en seguir con mi cuento. Todo cambió cuando empecé a ver que las discusiones no tenían que ver con las ideas, sino con el ego, con la pedantería y dije: “Aquí se pierden ideas muy importantes”. Pero sabía que las ideas son fundamentales y sentía que tocaba rescatarlas, algo que tuve la oportunidad de hacer cuando entré a enseñar en bachillerato.

Parece que esa fue su primera gran escuela para aprender a contar la historia, tal cual como lo hace ahora, ¿o no?
A mí me tocó volver a hacer toda la carrera para poder explicársela a mis alumnos. Los adolescentes son seres existenciales, se están haciendo preguntas sobre la vida, entonces uno llega a plantearles preguntas en el momento que ellos se las están haciendo. Eso tuvo un sentido tan importante, porque juntó todo lo que había estudiado con la pedagogía y ahí fue cuando descubrí para qué soy buena en la vida. Yo soy, en realidad, una pedagoga. Soy una pedagoga de la historia y lo que yo hago es pedagogía dondequiera que la haga, si la hago por radio, si la hago por podcast, en el aula o en cualquier otro escenario. Entre otras cosas, ¡¿cómo no voy a apoyar la educación pública?! ¡A ver! Si yo sé de primera mano lo importante o lo transformadora que puede ser la educación. Pero volviendo al tema, con los pelados aprendí a desarrollar un lenguaje que fuera capaz de comunicar la esencia de las ideas.

¿Cómo eran esas primeras clases?, ¿cómo se ganó a los estudiantes?
Por el rock. La primera generación, los de once, todavía escuchaban rock sinfónico, que era el que me gustaba a mí. Los de décimo escuchaban U2, de hecho ellos fueron los que me lo presentaron, escuchaban Depeche Mode y The Clash. Y los de noveno eran los primeros metaleros, entonces ellos ya venían con un sonido muy diferente que era el del metal. A través de eso y de los videos que ellos iban llevando, porque en esa época sale MTV, encontré un puente de comunicación con los adolescentes. Lo malo es que siempre que lograba acercarme a ellos, me metía en problemas con las directivas.

¿Por qué? ¿Qué le decían?
La última vez que me dijeron algo fue que era demasiado libre para las estructuras del colegio. Entonces yo dije: “Bueno, he de suponer que es cierto”, y me fui para las universidades. Eso de considerar que la educación es como una guerra, que los estudiantes tenían que temerle a uno para que hubiera aprendizaje no iba conmigo. Yo considero que el aprendizaje es un proceso de seducción, que uno tiene que emocionar a las personas con el conocimiento.

Diana Uribe

Ahora, que se pasó al podcast, quiere seguir haciendo lo que mejor hace, ser una pedagoga y una juiciosa, positiva y valiosa voz de los acontecimientos.

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¿Cómo le fue con el salto a la universidad?
Pues bien, porque yo estudio mucho, mucho, mucho. Una buena parte de mi vida es estudiar. Mi actividad profesional es estudiar. Mucho tiempo estudié con mi esposo, sobre todo en esa parte de la universidad. La primera clase que di fue una sobre contracultura y posmodernidad en el Externado y era un curso libre. El primer semestre que la dicté fue con cuatro alumnos, pero resultaron siendo los más comunicativas de la universidad porque al siguiente semestre llegaron treinta y de ahí en adelante nunca volvió a haber un cupo durante los diez años que la dicté. Al mismo tiempo daba una clase en la Facultad de comunicación sobre el mundo contemporáneo. Luego, los pelados pidieron en la facultad un curso sobre los países del tercer mundo. Entonces armé el programa con todo lo que querían saber. Lo que pasa es que la historia se pone de moda porque el mundo se desbarata y se vuelve a armar, entonces todo el mundo quiere saber qué es lo que está pasando. Después descubrí que yo no tenía tantos alumnos, sino que un montón de gente iba a la clase de parche. Esto tan bonito tenía su lado malo, y es que las condiciones académicas son muy jodidas. Entonces pensé: “No, esto no lo resisto, yo así no puedo sobrevivir”.

¿En qué sentido?
Porque pagaban muy mal y me aumentaron la carga, con el mismo contrato. Y dije: “No, así me revientan”. ¡Estaba dictando cinco materias! Ahí empecé a pensar en que alguien tenía que poder pagar por todo lo que yo sabía. Yo tenía que poder vivir de esa vaina, porque con las universidades era imposible, era muy difícil. Y ahí se me apareció la luz y empezó lo de Radionet. La manera como yo entré ahí es muy curiosa. Estaba en una fiesta y me dijeron que hablara de Yugoslavia y yo les dije que no, que yo había ido era a bailar. Entonces me dijeron: “Háblenos de Yugoslavia y la sacamos a bailar”, eso sí me pareció bien y les eché esa carreta. Lo que nunca me imaginé fue que después me llamaran para echar esa misma carreta en la radio. El cuento es que un día Yamid Amat se puso furioso porque los periodistas no tenían ni idea sobre lo que decían los cables que llegaban de Yugoslavia. Entonces Pilar, la esposa de Yamid, que había estado en la fiesta aquella, le dijo: “Yo sé quién les puede explicar lo de Yugoslavia”.

Lo curioso es que su esposo, Ricardo Espinosa, siempre le dijo que usted se iba a volver famosa el día que Yamid Amat la llamara…
Sí, era muy raro. No sé por qué no decía a nadie más, sino que siempre se refería a él. Y fíjese que me llamó [risas]. Al final, me contactó para que diera unas conferencias sobre Yugoslavia, sobre la caída de la Unión Soviética y sobre Nelson Mandela, se suponía que eran como seis y eran para CM&. Luego vino el proceso 8000 y Colombia quedó aislada unos años y después de todo eso es cuando Yamid abrió Radionet. Ahí lo llamo para pedirle trabajo y me dio una entrevista. Quedamos en que dictara una conferencia sobre el conflicto árabe-israelí, eso fue un jueves, y a la salida me dijo: “Usted queda contratada como analista internacional, como personal de planta y a tiempo completo” y yo dije: “¡Madre mía!”.

Yo soy, en realidad, una pedagoga. Soy una pedagoga de la historia y lo que yo hago es pedagogía dondequiera que la haga, si la hago por radio, si la hago por podcast, en el aula...

¿Aceptó inmediatamente o lo pensó?
Yo llamé a Richi y le dije: “Mire todo lo que me están diciendo acá”, y le pregunté que qué hacía. Él me dijo: “Móntese, móntese, móntese”. Hubo un momento en que yo todavía no había salido de la academia y ya estaba en los medios. Eso fue muy duro. Eso me llevó a salir de la academia, porque empezaron los viajes y había momentos en que no estaba en todo el semestre.

¿Le dio duro dejar la academia?
Sí, pero cuando me daba nostalgia me acordaba de las calificadas. Cuando me daba tristeza me acordaba de una pasada de notas de final de semestre y eso sí no lo extraño. Menos a la gente de la facultad llamando a preguntar que si ya había pasado las notas. Para conjurar la nostalgia me acordaba de todo eso y bendita cura. Obvio, sí me dejó muy triste dejar el aula, porque la interacción ahí es una maravilla.

¿Qué tal fue el desembarco en la radio?
¡Uy! Eso fue muy impresionante. Aunque yo ya había tenido un programa de rock en la radio de la Universidad Nacional, pero esto fue otra cosa. Radionet fue un experimento único, fue una escuela de periodismo donde todos aprendimos de todos. Yo entré el primero de diciembre y salimos al aire el 20 de enero, todo ese tiempo fue en señal de prueba y nos entrenaron a todos a manejar las máquinas de edición, por ejemplo. Todo el mundo tenía que enseñarle a todo el mundo, entonces aprendimos de redacción, locución, edición. Era un proceso de aprendizaje periodístico con los más grandes maestros de esa época. Estaban Carlos Alberto Chica, Samuel Salazar, Andrés Salcedo, había gente muy dura. Entonces me enseñaron los mejores del periodismo, yo aprendí periodismo sobre la práctica. Mi vida me llevó hacia el periodismo, a hacer periodismo e historia que es lo que todavía hago. Y resulta que nos tocó estrenarnos con un país muy duro, que estaba muy jodido en esos años de 1996 y 1997, que fue cuando salimos al aire. Esa es una época muy dura en este país, porque todavía la guerra estaba muy acentuada. La cosa es que lo mío siempre ha sido el análisis internacional, siempre. Y desde siempre a mí me ha interesado el mundo y más en esa época porque todo era muy heavy. Pero hacerse un hueco entre toda esa coyuntura nacional no fue fácil.

Diana Uribe

“¡Yo no voy a narrar las masacres! para eso hay violentólogos, yo no voy a narrar la misma masacre, para que usted se vuelva a hundir en el fango de la sangre y no saque nada de ahí”.

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¿Cómo hizo entonces para seguir haciendo su análisis sin dejarse meter en el debate de las noticias nacionales?
Cuando a mí me preguntaban, por ejemplo, de la retroactividad de la extradición, yo decía: “Mis problemas son en Serbia, yo le digo por qué no cae Milosevic” [risas]. También fue aprender a posicionarse uno internacionalmente y a no dejarse meter en ninguno de esos enredos. La falta de conocimiento sobre los demás pueblos hace que nosotros no tengamos ningún punto de comparación para entendernos, para entender que estas cosas pasan en el mundo, que no solamente nos pasan a nosotros. Por ejemplo, con los procesos de paz es que uno entiende que estos pueden tomar toda una generación. El problema es que ahora esa necesidad de inmediatez hace que creamos que todo se tenga que resolver ya. Ya en la historia no se resuelve nada. En los procesos humanos las cosas se resuelven poco a poco. Ese aislamiento, ese solipsismo, ese solo mirarnos nosotros nos aleja de la comprensión, incluso de nuestra propia cultura. Ahí fue cuando dije: “Hay que poner ventanas, hay que airear a la gente y ponerla a ver el mundo”, que ese momento aún no era global como lo es ahora. Usted no se puede meter con la idea de que eso solo le pasa a usted y a nadie más. Eso es provincianismo y es ignorancia. Y la experiencia de Radionet lo hacía todo más extremo porque todo era en directo y lo más bacano fue que en esa época yo preparaba todo junto a mi esposo, hasta que murió.

¿Cómo fue trabajar con él?
¡Pues chévere! Además, él era una persona muy brillante, a la que le interesaban las mismas cosas que a mí, teníamos unos diálogos maravillosos. Recuerdo una vez que mi hijo Santiago llegó del colegio y nos dijo: “Por favor, no estudien mientras tomo onces, porque no quiero aprender una cosa más hoy” [risas]. Es que ellos llegaban [los hijos] y nosotros estábamos a voz en cuello, aquí en el comedor de la casa: ¡ran, ran, ran! Entonces mis hijos crecieron viendo todo esto. Con Richi trabajábamos a los alaridos en la casa, estudiábamos y estudiábamos y estudiábamos hasta que ya estaba listo y yo me iba a grabar.

Luego se acabó Radionet y le tocó buscar qué hacer…
A mí la vida me cambia cada tanto. Acababa de coger otra carrera, otra vida y se acabó así: ¡pum! Luego pasé a la Radiodifusora dos meses y de ahí me llamaron de Caracol, eso fue en 2001.

Allá fue donde hizo su programa Historia del Mundo, con el que se convirtió en un referente de la radio.
El programa y el formato se lo inventó César Augusto Londoño. Porque él fue el que dijo: “Esas conferencias que usted le está dictando a los periodistas, ¿por qué no las hace programa y las ponemos los fines de semana?”. La primera parte de Historia del Mundo la hice con Andrés Salcedo. Luego estuve con Gonzalo de Francisco y ya después pasé a hacerlo sola.

¿Se acuerda de esos primeros programas?
Sí, me acuerdo que al principio cada quince minutos había boletín, entonces eso no permitía ningún ritmo. Todo eso lo fue ajustando César Augusto, que un día dijo que solo iba a poner un boletín en la mitad para que no se cortara tanto. Empezamos saliendo a las cinco, luego a las siete de la mañana, luego a las nueve y lo fueron subiendo hasta el horario en que quedó.

Y el programa despegó…
Mucho, eso cada vez se pegaba más gente. Me acuerdo que una vez hice una serie sobre Italia y cuando empecé a hablar sobre el Renacimiento aparecieron una cantidad de pintores que querían hablar conmigo. Cuando hablé sobre el cine italiano, empezaron a llamar un montón de cineastas. Esto hacía que cada vez se fuera llegando más gente y el eco del programa fuera más fuerte.

¿Cómo preparaba los programas? Por ejemplo, ¿cómo escogía el tema del que iba a hablar?
Pues yo escojo el tema porque se me da la gana [risas]. Ese siempre ha sido el criterio, de lo que a mí me parece chusco hablar o de lo que quiero aprender.

Diana Uribe

De todos sus viajes trae vestidos que guarda como un tesoro en su casa. Según Diana, una de las mejores formas de comunicarse y de entender las culturas es a través de sus vestidos.

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Además, otra cosa muy interesante de sus programas es que usted les hace una banda sonora.
Es que la música y el arte son fundamentales para entendernos. Yo me di cuenta de esto cuando la salsa llegó a mi vida, que eso fue en la universidad. La salsa llegó en formato académico, una vaina berraca. Un día me llevaron a la casa de un amigo y me empezaron a explicar con plastilina, esto es Celia Cruz, esto es Cuco Valoy, esto es Héctor Lavoe y este amigo empezó a ponerme salsa. Me decía: “Escuche esto, píllese esto, mire esto”. A mí la música me la han presentado y una vez que me la presentan yo me vuelvo loca y no vuelvo a salir de ahí. Cuando me presentaron la salsa empecé a rumbear en forma y dije: “Bueno, pues ya de aquí no puedo salir nunca más, esto es demasiado chévere”. Y como yo me memorizo todo lo que escucho me fui aprendiendo, sin darme cuenta, la historia de Cuba. Tanta fiesta lo que hizo fue enseñarme la historia de un pueblo que tiene musicalizada toda su historia. Por ejemplo: “Yo soy el punto cubano, que en la manigua vivía, cuando el mambí se batía, con el machete en la mano”. El mambí es el ejército de las provincias orientales que empezó la rebelión. ‘El punto cubano’ es una canción de la guerra de independencia y yo la bailé lo más de bueno y, de paso, aprendí. La historia cantada y no contada también la aprendí de la contracultura.

Otro de sus grandes temas…
Pero, por supuesto. Es que yo me he dedicado a entender ese fenómeno y me pillé muy rápido que, para entender todo lo que estaba pasando en esa época, los sesenta, había que escuchar a Bob Dylan. Fue tan rápido lo que pasó en ese momento que no había tiempo de escribir. Entonces eran los trovadores los que contaron lo que pasaba. Los analistas se demoran años en entender lo que Bob Dylan cantó en la tercera canción de The Times They Are A-Changin.

¿Usted no cree que todo este espíritu del rock ha muerto? ¿Que esa rebeldía de la contracultura entró en una fase de adormecimiento?
¡No! ¡Por supuesto que no! Es que a mí me gusta tanto la contracultura porque ahí se forman una serie de derechos. De ahí surge la ecología, de ahí surge el feminismo, de ahí surge el planteamiento del tema de los derechos civiles para las comunidades negras y el poder negro. La contracultura, más allá de lo pintoresca que pueda ser, es un cuestionamiento profundo de la sociedad y es algo en lo que todavía estamos. El movimiento gay nace de la contracultura, que es el más triste y el más duro de todos porque ellos vienen de los psiquiátricos y de las castraciones químicas, como le hicieron a Alan Turing. Vienen de miles de personas que murieron durante los años que no se investigó el sida, porque se consideraba que no valía la pena investigarlo, eso fue una limpieza social, detrás de este movimiento hay una cantidad de dolor tan grande.

Pero no me puede negar que parece que muchos de estos movimientos se hubiesen apagado. Por ejemplo, el hippismo o el punk.
Lo que pasa es que el sistema coge las críticas, las vuelve moda, les quita los contenidos y las vuelve negocio. Esa es una cosa que permanentemente hacen, reciclan las protestas para volverlas moda. Y a la contracultura le pasó eso, ahora nos acordamos es de las flores en el pelo de los hippies, pero no que eso era la protesta contra la guerra de Vietnam. Lo mismo pasó con el punk, que fue un movimiento de reacción al desmonte de los Estados benefactores en la Gran Bretaña, a la pauperización de la sociedad y al no futuro. Ellos se ponían los ganchos y todo porque era una manera de resultarle tan repugnante a la sociedad como la sociedad les repugnaba a ellos. Era una crítica muy áspera. Pero no podemos negar que buena parte de lo que son los debates ya, aquí, ahora, vienen de la contracultura. Entonces no es un revival, es un tema de derechos humanos muy vigente.

Diana Uribe

Brujula para el mundo contemporáneo. Una guía para entender el siglo XXI, es su último libro. Lo escribió con su hija Alejandra y tiene más de veinte años de trabajo. 

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Diana Uribe.

Cambiemos de tema, ¿cómo le ha ido con el paso a internet después de haber estado en la radio por más de 18 años?
¡Ay! Eso es superinteresante porque el podcast tiene otro tipo de factura distinto al de la radio. Sobre todo porque tiene una factura de posproducción muy exigente. Uno no tiene la oportunidad en la radio de posproducir lo que hace, lo graba y la emisora inmediatamente lo manda. En el podcast eso se escucha, se edita y después se sonoriza. El podcast es una cosa que se tiene que ensamblar porque está compuesta de muchos elementos, por eso el sonido es mucho más claro y la voz es mucho más cercana.

¿Y no le ha dado duro el cambio?
Estoy en una transición, en otro de esos cambios que me pone la vida. Por ahora estoy aprendiendo a hacer el podcast. Además, tuve mucha suerte porque mi nuera es pionera del podcast en Colombia, Laura Rojas Aponte, y mi hijo lleva trabajando mucho tiempo en Magic Markers, su empresa donde hace videos educativos y explicativos para internet. Eso me permite que en el momento que salgo de Caracol ya esté todo listo para poder hacer un podcast. Entonces, ¡tun! Yo quedé ahí con el programa para despedirme y, después de eso, el podcast, que era solo un plan, se vuelve una realidad. Montar eso en dos semanas fue una cosa completamente loca, no se imaginan el trabajo. Sin embargo, mi idea es que eso se combine con la radio, que se pueda retransmitir porque la radio llega a un montón de lugares en Colombia donde todavía no llega el internet. Lo ideal es que sea una fórmula mixta, vamos a ver cómo hago.

Ahora que habla de Colombia, ¿por qué no se ha animado a contar la historia del país?
Cuando empecé a trabajar en Radionet, estábamos en plena guerra, es el surgimiento de la parte del paramilitarismo más sanguinario, es el asesinato de Jaime Garzón y, la verdad, esa historia yo no la quiero contar, para eso hay violentólogos. La historia de Colombia que yo quiero contar es otra. Lo que quiero hacer es un atlas. ¿Por qué un atlas? Porque yo creo, al igual que William Ospina, que el único acuerdo fundamental que hay entre los colombianos es sobre la belleza de nuestros territorios. Nadie duda que este país es el más bonito del mundo.

Y el otro acuerdo fundamental es sobre la Selección Colombia…
Sí, la Selección es muy importante. Yo quería que ganáramos el Mundial para hacer Invictus 2, pero no se dio [risas]. Volviendo al atlas, resulta que yo lo que he visto en el caso de Irlanda es que cuando los pueblos desarrollan un sentido de propia valía pueden transformar su realidad a partir de apreciarse y de quererse. El problema es que nosotros solo hemos trabajado sobre una referencia de fatalidad colectiva, de que aquí las cosas no son posibles a nivel colectivo, pero eso es una invención, una construcción. La experiencia con Irlanda, que es donde yo me inspiro para algún día contar nuestra historia, es que ellos, treinta años después de la hambruna se quedaron con el cuento de que ser irlandés era ser pobre, perdedor, hablar una lengua en extinción, estar dominado por los británicos y estar sometido. Hasta que un grupo de escritores empiezan a recuperar la lengua irlandesa, empiezan a recuperar toda la historia de Irlanda a partir de la cultura celta y empiezan a construir un sentido de valía propia. Eso les va a permitir ser un pueblo capaz de apreciarse a sí mismo. Para mí es muy importante construir un sentido de propia valía en Colombia, esa es la historia que yo quiero contar. No esa historia marcada por la violencia. Quiero contar una historia que empodere.

Yo considero que el aprendizaje es un proceso de seducción; que uno tiene que emocionar a las personas con el conocimiento.

Pero ¿qué la ha detenido para empezar esto?
Primero tengo que acabar con el contexto global [risas]. Además, hay otra cosa. Cuando a mí todo el mundo me preguntaba por qué no hablaba de la historia de Colombia, la pregunta en realidad estaba mal formulada. Lo que de verdad escondía era una orden: ¡por qué no cuenta lo que yo quiero que usted diga, cómo yo quiero que usted lo diga y solo diga lo que yo creo! ¡Porque esa sí es la historia de Colombia y eso es lo que yo quiero que usted cuente con su voz! Pues no. No, no, no lo voy a hacer. ¡Yo no voy a narrar las masacres! Para eso hay violentólogos, yo no voy a narrar la misma puta masacre, para que usted se vuelva a hundir en el fango de la sangre y no saque nada de ahí. No hemos sido capaces de desarrollar una lectura que trascienda la sangre y eso no es lo único que somos. No somos un Estado fallido ni estamos destinados al desastre ni condenados a la fatalidad. Hay que dejar de creer que todo está perdido, porque eso tiene un riesgo grandísimo, eso es el abono ideal para el fascismo.

Esa lucha contra la desesperanza es muy evidente en su último libro Brújula para el mundo contemporáneo. Este es un libro completamente optimista.
Este es el segundo libro que hago con mi hija, ella escribió todos los textos, algo que ya había hecho en el de Contracultura. Brújula es el resultado de una investigación de toda una vida y más de un año de trabajo. Es un libro que busca ser una especie de antídoto contra la desinformación, contra la manipulación, utilizando la historia como herramienta para curar eso. También es un libro que ayuda a entender todo lo que por culpa de la inmediatez o por el afán no logramos comprender. Para que cuando nos digan brexit o hablen de la crisis de 2008 o hablen de la crisis de los refugiados o del cambio climático sepamos de dónde viene eso y sepamos que tampoco estamos en la peor de todas las épocas, que no estamos condenados a la tragedia o al odio. Cuando sentimos eso es porque no tenemos una comprensión profunda de lo que está pasando y uno se siente tan abrumado. Por eso es un libro optimista, porque no es una visión apocalíptica, sino analítica, de ahí que sea una brújula. Y pues eso es lo que he tratado de hacer toda mi vida como pedagoga, ayudar a comprender el mundo, servir como brújula.

POR DIEGO FELIPE GONZÁLEZ
FOTOGRAFÍA PABLO SALGADO 
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 80 - NOVIEMBRE 2018

Diana Uribe

Una voz e la historia.

Foto:

Revista BOCAS

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