Di positivo para covid-19

Di positivo para covid-19

Carta abierta. BOCAS 96.

Muricio Silva, editor de la revista Bocas

Desde hace más de 25 años, Mauricio Silva ha estado ligado a EL TIEMPO Casa Editorial y actualmente se desempeña como editor jefe de la revista ‘BOCAS’.

Foto:

Pablo Salgado

Por: MAURICIO SILVA GUZMÁN
28 de junio 2020 , 05:00 a.m.

La saqué barata. El lunes 25 de mayo me desbaraté en cuestión de horas. Dolor de cabeza, fiebre, diarrea, escalofríos y ahogo. Comenzando la noche, al cuadro se le sumó taquicardia y tensión alta, por lo cual llamé al médico domiciliario que, en un par de horas, llegó a mi casa.

Bastaron 15 minutos para que el doctor me dijera que yo debería estar hospitalizado, llamó una ambulancia y a las 9:15 p. m. yo iba camino a la clínica Reina Sofía.

Ingresé a la sala de urgencias de covid-19, a la que llaman el Salón Dorado, “para que los pacientes no se asusten”, me dijo una enfermera. Apenas crucé esa puerta –y a lo largo de seis días– solo vi astronautas.

La primera prueba que me hicieron fue la del coronavirus: una delgada y larga sonda que entra por la nariz y llega hasta la lengua. Lo segundo, conectar suero a mis venas (con medicamento para estabilizarme). Y lo tercero, los exámenes de rigor: sangre, orina, electrocardiograma y, claro, radiografía de pulmones, cuyo resultado fue el que me asustó. A eso de las 11 p. m., la médica me dijo que había encontrado un par de manchitas en un pulmón que no le gustaban y que era mejor hacer un TAC.

En urgencias solo estábamos dos pacientes. Por cuenta de sus gemidos de dolor, pregunté qué le pasaba a mi vecina. La respuesta me conmovió hasta los huesos: “Es una de las nuestras. Es una enfermera de aquí, de urgencias, que acaba de caer por el covid-19”.

En una de mis repetidas idas al baño, la médica de turno, con tono irónico, me preguntó de dónde había sacado mi tapabocas. “¿Por qué?, ¿está muy ‘chimbo’, doctora?”, susurré avergonzado. “Ese no es el material apropiado y, además, no le sella bien la cara. De hecho, le caben los dedos por los cachetes”, me increpó.

La mezcla de miedo, ahogo y dolor me llevaron a una idea tan tonta como dramática: “Si el virus invadió mis pulmones, me van a tener que intubar y conectarme a un respirador. Y si eso pasa, me van a tener que privar. Y si todo sale mal, esta clínica es lo último que voy a ver”. Así que llamé a mis cercanos y les hablé lo más dulce y tranquilamente posible. “Si aquí termina esto, solo quiero oír voces amorosas”, fue mi única reflexión.

A las 2:15 a. m. me hicieron el TAC y a las 4:30 a. m. salió el resultado. El médico internista (otra figura de astronauta) me habló con total claridad: “Sus pulmones están bien y esa es una muy buena noticia, porque si estuvieran mal, lo tendríamos que enviar a la UCI. Muy seguramente tiene coronavirus y eso le produjo una gastroenteritis, pero tenemos todos los recursos para recuperarlo. Va a tener un par de días complicados, pero va a salir adelante”.

A las 6 a. m. del martes 26 de mayo, me pasaron a una habitación en el pabellón de covid-19 (piso tercero, ala norte de la clínica). Entre el lunes y el martes tuve casi 50 deposiciones. El martes, tras ver mi baja saturación, me pusieron oxígeno permanente. Tuve vómitos y el dolor de cabeza acrecentó. La diarrea no daba tregua y, por cuenta de la deshidratada, me empezaron a dar calambres en los gemelos.

El miércoles –cuya noche me confirmaron que había dado positivo para coronavirus–, lo mismo que el jueves, viví un proceso similar marcado por la diarrea y la migraña. Todos los días, cada hora en promedio, me aplicaron decenas de medicamentos: una bebida para la flora intestinal, pastillas para todos los dolores, inyecciones anticoagulantes en la barriga... Y, claro, litros y litros de suero. No podía comer. Las náuseas no me dejaron.

Por cuenta de que el dolor de cabeza no bajaba, el viernes 29 por la tarde me visitó la neuróloga y me dijo que me haría un TAC “para descartar algún coágulo”. Esa tarde noche, al frente de mi habitación, llegó una paciente que empezó a lanzar un discurso incoherente. Cuando entró la enfermera a mi habitación, le pregunté qué le sucedía a esa pobre mujer. “Es una paciente que llegó de Leticia y está delirando porque el covid-19 le afectó en el cerebro”, fue su respuesta.
El sábado paró notoriamente la diarrea y me hicieron el TAC en la cabeza, que resultó bien. Sin más, a las 9 p. m. me dieron de alta. No pagué un solo peso, por lo cual debo decir, desde mi experiencia, que el sistema funciona.

¿Cómo me contagié? No sé y nunca lo sabré. La mañana del jueves 28 me llamaron de la Secretaría de Salud: “¿Con cuántas personas tuvo contacto directo en los últimos 15 días?”. Entonces di los nombres de las 7 personas que tuve cerca. Al otro día, a todos les hicieron las pruebas y todos, días después, arrojaron negativo. Ellos no me contagiaron.

Entonces, ¿qué pudo ser? Las recientes estadísticas dicen que a los cinco días del contagio, uno presenta los síntomas. Así que, revisando, me di cuenta de que, entre el 19, 20 y 21 de mayo, solo salí el día 20 a un supermercado. Uno de los médicos de la clínica que siguieron mi caso, cuando supo que no me había contagiado por alguien cercano, me dijo que ahí pudo ser: “Si la persona que iba delante de usted tenía el covid-19, tosió o estornudó y usted pasó a ocupar ese puesto con ese tapabocas que poco le servía, es probable que ahí se haya contagiado”. Probable, sí, pero nadie lo puede aseverar.

El sábado 30, a las 11 p. m., volví a casa. El lunes 1 de junio, los médicos de la EPS me visitaron en casa y así lo hicieron, cada tres días, durante dos semanas. A lo largo de ese tiempo estuve con oxígeno para sostener mi saturación. El lunes 8 de junio me realizaron la segunda prueba para covid-19. Hoy, estoy bien y tremendamente agradecido con los médicos, enfermeras y la vida. El 16 de junio me llegó el resultado de la segunda prueba: negativo.

En resumen, la saqué barata. Muy.

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