Omaira Moreno: 37 días de batalla contra la covid-19

Omaira Moreno: 37 días de batalla contra la covid-19

La historia de una colombiana que le ganó al virus después de una larga estadía en UCI.

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Cuando el virus se presentó en el cuerpo de Omaira, de 57 años, lo hizo poco a poco, primero fue dolor de cabeza y el cuerpo. Luego, fiebre de 40 grados con escalofríos.

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Natalia Hoyos

Por: DIANA ESTRELLA CASTILLA
03 de julio 2020 , 08:19 p.m.

Cuando apenas se empezaba a hablar de una posible cuarentena en el país por el coronavirus, Omaira Moreno Pedraza, bogotana de 57 años, sintió que le iba a dar gripa; tenía dolor de cabeza y dolor muscular. Era 13 de marzo, su cumpleaños, y solo una semana antes, el 6 de marzo, se había confirmado el primer caso de covid-19 en Colombia.

Omaira, esposa y madre de dos hijas, de 25 y 20 años, trabaja como asesora de ventas en el cementerio Jardines del Recuerdo. Días antes de sentirse mal atendió a varios clientes, entre esos a unos marinos extranjeros que estaban en el cementerio por una cremación y querían ver unos osarios. Hasta ese entonces, aún no se había restringido el ingreso de extranjeros al país.

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El 25 de marzo, Omaira, que hace parte de dos de los grupos con más riesgo: hipertensos y diabéticos, entró a la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), de la Fundación Cardioinfantil, con neumonía y una fiebre de 40 grados que no bajaba con nada, que la hacía mojar las sábanas del sudor y que la había hecho convulsionar a pesar de que, desde el 17 de marzo, estaba hospitalizada, medicada, bajo la observación de médicos y enfermeros. Ya era una sospechosa de covid-19, pero solo cuando salió de la UCI, quince días después de estar en coma, lo confirmó.

Hoy, ella es una de las más de 22 mil personas que han sobrevivido a la enfermedad en Colombia y de las más de cuatro millones en el mundo. En esa cifra de recuperados la acompañan diferentes historias, como la de José Antonio Barrios, un acordeonero sahagunense de 24 años, que cree que se contagió en el Hospital de Sahagún el 6 de mayo. Fue por un dolor abdominal que terminó en una operación de apéndice en la Clínica de Sahagún. José, joven y sin ninguna comorbilidad, estuvo en la UCI de la Clínica de Sahagún durante quince días. Duró dos días inconsciente. Cuando despertó presentó tos con sangre, y mucha diarrea, pero mucho más que los síntomas, lo que más le afectó mientras estuvo en la UCI fue la soledad, tanta soledad que, para no enloquecer, guardaba las botellas de agua que le llevaban para leer las etiquetas, para ver cómo estaban hechas las botellas y jugar con ellas. Historias como la de Carolina, de 66 años y con hipertensión, que tuvo diarrea, fiebre, dolor de cabeza, tos seca y fatiga. Ella, a pesar de su preexistencia médica y de su edad, solo estuvo hospitalizada, en observación, del 20 al 27 de mayo en la Clínica del Country, en Bogotá. Y en Medellín, el veterinario Carlos Hernández, de 41 años, vivió la enfermedad muy diferente y en su casa. Él, además de una tos leve, descubrió otros síntomas no tan comunes que hoy se le atribuyen al virus: caída del pelo y conjuntivitis.

Hay otras historias, de otros contagiados, que no sienten nada, pero a Omaira el virus le comprometió sus pulmones y, según los médicos, su probabilidad de vida era muy baja. Cuando le dijeron que la iban a ingresar a la UCI, ella desconocía la gravedad del asunto. Estando allí, los médicos le explicaron que le iban a introducir un tubo por la boca que pasaría por sus cuerdas vocales y llegaría hasta su tráquea. Además, que respiraría gracias a un respirador mecánico y que quedaría en coma. En ese momento tuvo miedo, pero se sentía tan mal que estaba dispuesta a lo que fuera. A los pocos minutos, Sofía, su hija menor, logró entrar a la UCI, de lejos vio a su mamá en un cubículo de vidrio, como una urna de cristal, sola, intubada, boca abajo y conectada a docenas de cables. Ella le dijo a la enfermera que la tomara de la mano porque creía que se iba a desmayar.

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En esos quince días, conectada al ventilador y medicada, Omaira soñó todo el tiempo con sus dos hermanas, con quienes siempre ha estado muy unida. Ella, que es la mayor y se preocupa por todas, en su mente las vio unas veces en peligro sin poder hacer nada y sufría; otras veces se veía feliz con ellas corriendo en una playa; y en otros momentos las veía en la recepción de la clínica preocupadas por la cuenta, pero ellas nunca estuvieron allí. Omaira dice que “veía”, no que soñaba, porque para ella todo era real, así como cuando se despertó del coma, y en su delirio las vio en la habitación y quería irse de allí con ellas.

La pesadilla, como Omaira define hoy a la enfermedad, terminó el 8 de mayo con un resultado negativo y una nueva oportunidad de vida.

Omaira

A Omaira el virus le comprometió sus pulmones a tal punto que terminó quince días en coma, conectada a un respirador mecánico.

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Natalia Hoyos

¿Cómo era su vida antes de la covid-19?
Antes mi rutina era superagitada, yo era muy activa, no tenía tiempo para nada y me la pasaba corriendo de un lado a otro. Trabajaba de lunes a domingo. Todos los días salía desde las seis de la mañana y podía regresar a las diez de la noche a la casa, porque el trabajo que yo tengo es de mucho cuidado. Yo trabajo con el dolor de las personas, con el duelo, con las pérdidas, y todos los días había servicios. Tengo que reconocer que por eso descuidaba un poco a mi familia. Ahora estoy en pausa.

¿Logra acordarse de lo que hizo días antes de sentirse enferma?
Esa semana estuve haciendo turnos en el cementerio. En esos días, como siempre, tuve contacto con muchas personas, incluidos extranjeros, y creo que por ahí me contagié. Además, por los trancones de Bogotá, yo no me movilizaba en mi carro, sino que mi transporte favorito, por ser el más rápido, era Transmilenio. En esos días estuvo muy congestionado. Recuerdo que me tocaba meterme a la fuerza. Ya habían dicho algo de una posible cuarentena, pero yo no tenía ninguna prevención, ni siquiera tapabocas, nada, porque realmente no sabía. Sin embargo, como se hablaba de eso, fui a casa de mi mamá y le hice un mercado. Antes de irme le dije: “A mí me quiere dar gripa, madre, yo más bien me voy porque está lloviznando”, y me despedí. Eso fue el 13 de marzo.

Hasta ahí usted creía que era una simple gripa, ¿cuándo se dio cuenta de que algo andaba mal?, ¿cuáles fueron sus síntomas de alarma?
Del 14 al 15 de marzo empecé a sentirme muy, pero muy mal. Ya no estaba en turno, sino que fui a la oficina a entregar unos contratos que tenía para hacer un cierre. Ahí empecé con un dolor de cabeza muy fuerte y a mí nunca me daba eso, así que estaba sufriendo mucho. Entre el 16 y el 17 de marzo me empezó una fiebre que iba de 38 a 40 grados. Además, siempre tenía sed, yo quería con desespero agua o una limonada. También recuerdo que me dolían las piernas y los brazos. Tomaba acetaminofén, pero no sirvió para nada. Entonces, llamé a mi EPS, pero me dejaban esperando en el teléfono, nunca me dieron una respuesta, así que mi hija mayor, médica, me dijo que tenía que ir a urgencias y mi esposo me llevó.

¿Qué pasó cuando llegó a urgencias?
Cuando le dije mis síntomas a la persona que me atendió, ella me hizo parar de inmediato, me llevó a otra sala y llamó al médico de turno. Me tomaron una tomografía de tórax y se dieron cuenta de que mis pulmones estaban comprometidos. Me sentaron, me pusieron oxígeno porque la saturación estaba muy baja y me dijeron que me quedaría hospitalizada. Como a las doce de la noche me subieron a piso y me aislaron. En ese momento estaba en un cuarto sola.

¿Qué diferencias hay entre una urgencia normal y una de covid-19?
Hay diferencias grandísimas. En cuanto al lugar, estaba aislado totalmente, cada persona en un cubículo, como unos consultorios que habían designado solo para esos casos. En cuanto a atención, en una urgencia normal lo dejan a uno hasta cinco horas esperando, pero esta vez a mí me atendieron inmediatamente. Yo me quedé sorprendida por la velocidad con que me sacaron las pruebas y nos entregaron los resultados. Allí solo estábamos dos personas, una señora que tenía mucha dificultad respiratoria y yo.

¿Ya en ese momento usted sospechaba que eso que la hacía sentir tan mal era el coronavirus?
La verdad, yo sí creía porque ya se empezaban a decir cosas de una pandemia, y como yo no tuve ninguna protección. Además, había tenido contacto con extranjeros, por eso mi enfermedad la determinaron como enfermedad laboral.

Sufrí dolores en el cuerpo, rompehuesos, no podía mover ni las piernas ni los brazos. Yo no creía que no podía caminar

Usted nunca había estado hospitalizada, y mucho menos aislada, ¿qué pasó en esos primeros días internada, que fueron del 17 al 25 de marzo? ¿Cómo se seguía manifestando el virus?
Recuerdo que empecé a perder el gusto. No podía sentir el sabor de unos huevos pericos, ni el ácido de un durazno. Tenía tanta fiebre que siempre que intentaba dormir me despertaba bañada en sudor de pies a cabeza. Era terrible. También tenía dolor en el pecho, pero todavía no conocía la sensación de no poder respirar. A mí me hicieron la prueba del coronavirus como a los dos días, pero como los resultados no llegaban, creían que era algo bacteriano. Fueron ocho días en piso, el último día convulsioné, a pesar de que estaba medicada, y fue cuando decidieron pasarme para la UCI. Cuando entré, de inmediato me entubaron y no supe de nada más, ni de los resultados, porque llegaron mientras yo estaba dormida.

Fueron quince días en que solo tuvo sueños, mientras estaba dormida, y visiones cuando se fue despertando, ¿qué sueña o cree ver alguien que está en coma, intubada y con coronavirus?
Soñaba mucho con mis dos hermanas, que estábamos en la playa o en un lugar donde todo flotaba y había palomas hechas de papel. Un sueño que recuerdo mucho fue en el que vi reflejados, en dos personas, el bien y el mal. El bien estaba representado por Albus Dumbledore, el personaje de las películas de Harry Potter. Siempre vestía de blanco, con una barba blanca muy larga. Él se me presentó en una casa donde todo era blanco, había hamacas y mucha brisa. Yo llegué ahí con mis hermanas y él caminaba por encima de la casa, pero su compañera, una mujer también mayor, estaba totalmente vestida de negro, con el pelo afro muy alto. Ellos oraban mucho, pero a su vez ella hacía cosas malas con las que yo no estaba cómoda. Más adelante, en mis sueños, hubo un momento donde ellos dos murieron. A ella la mataron y él murió. Yo estaba en ese lugar, pero en mis sueños no podía hablar porque tenía el tubo. También soñaba con mi suegra, que ella siempre estaba en un cubículo junto a mí. Ella flotaba porque tenía coronavirus. En mis sueños sentía que yo estaba ahí era por la enfermedad, por esta pandemia, y que ella también. A ella la visitaban mi esposo y mi cuñado. Ellos lloraban y llegó un momento en el que les dijeron que ella había muerto. Vi que la cremaron y que mi cuñado decía que se la llevaran para Cali. Yo quería decirle: “No, ella tiene todo pago aquí en Bogotá”, pero no podía hablar. Cuando tuve la primera videollamada con mi familia, una de las primeras cosas que les dije a mis hijas fue: “¿Dónde cremaron a su abuela?”. Mi esposo se puso muy triste porque ella estaba viva. Ahí me di cuenta de que todo lo que yo viví, o vi, no había sido real.

En esa primera videollamada, que fue en la UCI, cuando apenas estaba despertando, también le deseó feliz cumpleaños a su hija menor, que cumplió años mientras usted estaba en coma, ¿en sus sueños estaba pendiente de eso?
Yo estaba muy pendiente. Perderme su cumpleaños para mí era terrible. Cuando me desperté, lo primero que pensé fue: el cumpleaños de mi hija. Ella cumplió el 30 de marzo y yo me desperté el 9 de abril. Mis sueños más difíciles fueron con ella, la veía desubicada, que se alejaba de mí. Yo le pedía a Dios que la protegiera y Él me decía: “Yo tengo a tus hijas en mis manos desde pequeñas. Están aquí”, y me mostraba las palmas de las manos. Cuando Él me decía eso, yo me tranquilizaba. Todos me cuentan que mi hija sufrió mucho. La mayor es médica, y ella es un poco más fuerte, pero la menor me dijo que ella le hablaba a Dios y le decía… [llora]. Ahí es cuando uno se da cuenta de que los seres queridos lo aman tanto a uno, y que es verdad que cuando uno se va, los que quedan son los que sufren.

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Omaira

En sus sueños y visiones, siempre veía a sus hermanas y a sus dos hijas. También soñó con el bien y el mal.

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Natalia Hoyos

Esos fueron sueños pero, ¿qué fue lo primero que vio cuando se despertó?
Cuando me desperté vi mis pies como los de Shrek, grandes y verdes, y veía a todos los enfermeros de color naranja. Yo les preguntaba: “¿Por qué tengo mis pies así?, ¿por qué ustedes están naranja?”. Ellos me decían que era por el medicamento. También vi a mis hermanas. Llamé a la enfermera y le dije: “Dígales a mis hermanas que no se vayan sin mí”. Ella no veía a nadie, pero yo sí.

Cuando salió de la UCI ya llevaba 23 días en la clínica, pero usted todavía estaba lejos de irse, sus pruebas arrojaban positivos. Además, adquirió una bacteria. Eso, más su larga estadía en la UCI, fue una mezcla muy grave para su organismo.
Sí. Recuerdo que quería tomar agua y no podía. Había un enfermero que con una gasa me mojaba la lengua y los labios. Yo chupaba esa gasa como si fuera un tetero. Eso fue lo mejor que pude sentir. Sufrí dolores en el cuerpo, rompehuesos, no podía mover ni las piernas ni los brazos. Yo no creía que no podía caminar. Me decían: “Tú no te puedes mover, tienes que tener paciencia”, porque yo era inquieta, así que me amarraban los brazos. Eso me dolió y empecé a sentir que estaba como en un manicomio, pero todo lo hacían por mi bien. Además, tenía ganas de darme una ducha, pero me bañaban en la cama y me ponían pañal.

Se sentía como en un manicomio del que un día intentó escaparse.

Sí, porque en una de mis visiones les dije a mis hermanas que me esperaran, que alquilaran un carro, que en el parqueadero nos veíamos y que me llevaran a mi casa. Una noche me dejaron sola, desamarrada, y yo me tiré de la cama para escaparme con ellas, pero no pude caminar. Allí vinieron los enfermeros todos angustiados. Yo no me maltraté porque soy una mujer muy fuerte, pero sí, uno sale de la UCI sin fuerzas, sin poder caminar. Yo no quiero que nadie viva esto. A veces lloro porque pienso ¿cuándo pasó todo esto?, ¿cuándo era que yo me iba a morir si nunca me enteré de nada? Uno no está preparado para todo lo que puede sucederle en un minuto. Por la bacteria que cogí en la UCI, el día que me sacaron pasé la noche con mucha fiebre, y todo el mundo corrió, pensaron que tenían que regresarme para la UCI, pero solo me mandaron un antibiótico por 14 días. En esos días yo no podía comer, me daban muchas náuseas y vomitaba a ríos.

Yo no quiero que nadie viva esto. A veces lloro porque pienso ¿cuándo pasó todo esto? ¿Cuándo era que me iba a morir si nunca me enteré de nada?

En esos 14 días que siguieron, ¿cuál era su mayor miedo?
Mi mayor miedo era la soledad, especialmente cuando llegaban las seis de la tarde y empezaba a oscurecer. Eso era tenebroso para mí, me daba muy duro. Esos día llovió mucho y aunque bajaban las cortinas sentía frío, no me calentaba con nada. Me sentía deprimida y llegué a perder un poco la fe. Yo estaba con una señora con covid, pero la trataban también por un tumor cancerígeno que le descubrieron en el momento de la hospitalización. Ella se quejaba, pero le colocaban morfina todo el tiempo, así que dormía mucho. Cuando se despertaba lloraba, gritaba, vomitaba, le daban náuseas. Yo me fui antes que ella. Por las mañanas yo lloraba. Llamaba a mi hija mayor y le decía: “Es que ustedes no me quieren tener en mi casa”, pero no era cuestión de ellos, era decisión médica, yo no podía salir todavía. Para matar el tiempo, a veces caminaba alrededor de mi cama y cuando llegaban los médicos me hacían los exámenes y no más. No veía a nadie más.

¿Recuerda cómo estaba vestido el equipo médico?
Con batas, cubiertos todos. Yo no lograba reconocer a nadie. Ellos me preguntaban que si los recordaba, pero yo decía: “No, no me acuerdo porque todos se parecen”. Para mí todos eran iguales, porque tenían trajes de pies a cabeza y unas gafas inmensas.

¿Se sintió rara con todas esas protecciones?
Lógico. Yo decía: “¿Eso por qué será?”, porque antes de entrar a la UCI no estaban tan protegidos.

¿Cómo eran sus noches?
No dormía. A veces alcanzaba a dormir algo a las cinco de la mañana y dormía solo una hora. Estaba entrando en una cosa de nervios muy fea, apretaba los dientes y me estaba dañando toda la parte de la mandíbula.

Omaira

El 23 de abril salió de la clínica y el 8 de mayo le dieron su resultado negativo para covid-19.

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Natalia Hoyos

¿Por qué no podía dormir?
Porque me ponían oxígeno y yo sentía, y lo he sentido todavía aquí en mi casa, que me oprimían el pecho. Allí tenía mucha dificultad para respirar. Yo tenía miedo de que me quedara tan profunda que no me despertara nunca más.

O sea, ¿pensó que iba a morir?
El tema era que pensaba, “si yo me duermo, yo no voy a respirar, yo me voy a morir”. En ese momento sí sentía que me iba a morir porque quedaba muy profunda, y aún con el oxígeno me sentía ahogada, con un dolor en el pecho que me oprimía, y por el lado de la garganta, una presión muy fuerte. Tenía que hacer un esfuerzo muy grande para respirar. Luego empezaron a hacerme ejercicios para que estuviera con la boca cerrada y respirara bien por la nariz, porque como duré tanto tiempo con la boca abierta por el tubo, así me la pasaba. Lo bueno es que yo antes roncaba, ya no.

Usted quería caminar y también quería darse una ducha, ¿cuándo pudo hacerlo?
Tres días después de que llegué a piso, porque el primer día fue terrible. Tuve una diarrea que me unté de pies a cabeza. A las tres de la mañana me bañaron, me cambiaron la cama, todo, porque eso fue horrible y no paraba. Tenía cólicos impresionantes, era como un lavado. Pero lo más alegre fue que a esa hora, a las 3 de la mañana, por esa diarrea me llevaron en una silla de ruedas y me pusieron debajo de la ducha. Ese día me paré, di unos pasitos agarrada de las enfermeras y me sentaron debajo de una ducha con agua calientica. Ese momento fue lo más feliz en mucho tiempo.

¿Recuerda a alguien del equipo médico en especial?
Había una enfermera que era un amor, yo le decía que era mi mamá en la clínica; ella era la que me levantaba cuando, sin ánimos y llorando, yo le decía: “Yo no me quiero bañar”. Se ponía a hablar conmigo y lograba que me bañara. Ella me llevaba, pero yo sentía un frío indescriptible, que creo que cada persona lo siente a su manera. Para mí, era un frío tan fuerte que hasta le cogí pereza al baño, era un frío en los huesos.

¿Cómo eran esos baños?
Los primeros días, yo no podía coger el jabón porque no tenía fuerzas en las manos, no podía ni cerrarlas. Tenía todo el cuerpo adolorido, por la UCI y por el virus. Por eso, ella me aplicaba el jabón por todo mi cuerpo, hasta por mis partes íntimas. También me cepillaba los dientes y me aplicaba un desinfectante en la boca, que ni para perros de lo fuerte que era. Cada vez que hacía una gárgara con eso, yo sentía que ese desinfectante era el coronavirus. Era como si hubiera vuelto a nacer.

¿Cuánto le tomó volver a hacer sus cosas por sí sola?
Ya como al quinto día empecé a hacer algunas cosas y los médicos estaban sorprendidos porque me decían que, a una persona que haya estado tan grave como lo estuve yo, mínimo le tomaba seis meses recuperarse, pero todo se debía a mi actitud. Pero es que yo decía que tenía que salir de ahí. Si no mejoraba no me dejarían salir, y yo lo único que quería era salir corriendo.

¿Le decían “la milagrito”?

Sí, porque decían que estuve muy mal. Los enfermeros de la UCI decían que me veía muy inquieta a veces, que se notaba que yo estaba luchando y que quería vivir. Yo creo que los días que me veían así era cuando tenía pesadillas, es que yo en ellas tuve mucho miedo. Yo me desperté el Jueves Santo, y ellos lo toman como un milagro.

¿Cómo fue el día que le dijeron que iba a salir de la clínica?
Para mí fue una felicidad total. Fue una sorpresa. Siempre que iba la internista, yo le decía: “Yo tengo que salir el día que mi esposo cumple años, el 23 de abril”. Y así fue, el 23 de abril una de las internistas me dijo: “Doña Omaira, te vas hoy, ya está todo listo, te vas hoy, guarda tus cosas. Ya te vas, vas a poder disfrutar con tu familia”. Yo ese día casi me muero de la felicidad.

Llevaba 37 días en la clínica, aislada, sin ver a su familia, y salió con aplausos de allí.
Sí, los médicos se despidieron de mí, me hicieron camino de honor aplaudiéndome. Ese día, la que yo consideraba como mi mamá, me llevó hasta el carro en silla de ruedas y la señora del aseo iba atrás limpiando el piso con un trapero.

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El tema era que yo pensaba, 'si yo me duermo, yo no voy a respirar, yo me voy a morir'. En ese momento sentía que me iba a morir

¿Qué pasó cuando llegó a su casa?
Recuerdo a mis hijas muy felices. Como era el cumpleaños de mi esposo, mis hijas pidieron comida y yo quise un arroz, estaba ansiosa por comer cosas deliciosas, pero me comí dos cucharadas y lo demás se desperdició porque me llenaba muy rápido. Ya en la casa pensaba que todo estaba bien, no quería despertarme para hacer las terapias; mi casa es de tres pisos y yo no quería subir escaleras, me dolían mucho las piernas.

¿Las terapias de qué se tratan?
Hacer ejercicios para la cabeza, cuello, extremidades inferiores y superiores, respiración con las bolitas. Ahora salgo a hacer caminata unos veinte o treinta minutos; salgo con mi protección.

¿Qué consecuencias le dejó el virus?
Mucho dolor de espalda, me canso muy rápido, tengo vértigo, no puedo echar la cabeza hacia atrás. Ya recuperé el sentido del gusto, así que mi apetito ha mejorado. Ya duermo un poquito mejor, aunque me despierto varias veces en la noche para ir al baño porque mi vejiga todavía está dormida. O sea, yo no siento la necesidad de orinar, siento es cuando ya me voy a orinar y debo ir obligatoriamente al baño.

¿Cómo tomaron su regreso en el conjunto donde vive?
Ahorita, supertranquilos. Antes, la administradora llamaba a mi familia y les decía que como no dejaban entrar los domicilios, ellos nos podían mandar lo que necesitáramos, pero mi esposo decía que no, que nosotros salíamos. Nosotros llevamos nuestra vida normal, pero la demás gente no lo ve tan así de fácil. Mi familia al principio tenía miedo de venir, pero yo le decía a mi hermana: “¿Entonces nunca nos vamos a ver?” Porque se van al extremo de que entonces uno es un bicho raro, o porque como nos dio covid-19 nadie se nos va a acercar, ¿por esa razón ya no soy un ser humano? A mí eso no me parece, pero si me van a rechazar, yo digo que es por pura ignorancia, como lo hacen con los médicos.

¿Qué piensa hoy del personal de salud?
Que son unos héroes. Yo siempre he dicho que lo son y que la gente no los valora. Cuando me desperté en la UCI (duré tres días más o menos despierta), los veía todo el tiempo en función de uno. Si suena algo, ellos corren, toman radiografías, la tensión, sacan sangre, están pendientes de la saturación, de los medicamentos; les toca muy duro y prácticamente son esclavos de los pacientes. Después me asignaron a esa enfermera que me bañaba, me llevaba al baño, me afeitaba y me vestía, ¿eso quién lo hace sin conocerlo? Yo los valoro y los exalto totalmente.

¿Por qué cree que le dio la enfermedad?
A mí me dio porque fue un propósito. Yo lo veo así. Un testimonio y ya, no porque yo haya sido la más de malas.

Están diciendo que hay una mafia con los pacientes que fallecen de coronavirus y las cremaciones, ¿qué piensa usted que trabaja esos temas?
Hay mucha gente que no está de acuerdo con los procedimientos y los diagnósticos de sus familiares, pero yo no creo que las clínicas sean capaces de eso, y no estoy de acuerdo con esa mafia si llegara a ser cierta. En este país hay mucha gente creativa. De hecho, yo sabía que tenía eso porque me sentía muy mal, y porque cuando me mostraron mis pulmones ahí me diagnosticaron; tenía mis pulmones comprometidos. Por poquito que no vaya, me muero.

¿Qué les diría a las personas que dicen que el virus no existe?

Es que las cosas no se sienten hasta que les llega a sus casas. Pero de que el covid existe, sí existe. Yo tuve miedo cuando empezaron a hablar de una pandemia, pero nunca pensé que esto me iba a dar a mí.

¿Le han dicho algo sobre la donación de plasma?
No me han dicho nada, pero yo sí he visto cosas sobre eso por televisión. Si alguien está grave, yo puedo donar mi plasma, estoy dispuesta. ¿Sabes por qué? Porque yo trabajo con la muerte. Da la casualidad y la tristeza que mi trabajo es atender fallecidos y sus familiares, y me llegan casos durísimos donde yo no endurezco mi corazón, pero ya estoy preparada para atender gente que, por ejemplo, pierde a sus hijos. Si es para salvar a alguien de la muerte, claro que lo haría. Todo para que viva.

Cuando salió de la UCI dice que solo supo que tenía una nueva oportunidad de vida, ¿cómo quiere vivirla?
Quiero llevarla más suave, viajar y criar a mis nietos, cuando mis hijas los tengan. Seguir trabajando, dando lo mejor de mí, pero con más pausa, porque, en serio, la vida se va en un minuto.

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*Hasta el 18 de junio, día de cierre de esta edición, había en Colombia 60.217 contagiados, 22.680 recuperados y 1.950 fallecidos, según el Instituto
Nacional de Salud. El sector Salud registraba 1.547 contagiados y 17 muertos. En Bogotá, la ocupación de las Unidades de Cuidados Intensivos
había superado el 50 por ciento.


POR DIANA ESTRELLA CASTILLA
FOTOGRAFÍA NATALIA HOYOS
BOCAS 96

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