¿Cómo se vive la pandemia en la cárcel La Picota? Un preso lo cuenta

¿Cómo se vive la pandemia en la cárcel La Picota? Un preso lo cuenta

BOCAS habló con un preso, quien nos dio su visión de la pandemia desde adentro.

Coronavirus en las cárceles

Las cárceles tienen todo para ser focos de infección: Hacinamiento, falta de agua, escasez de elementos básicos de aseo y poca ventilación.

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Mauricio Dueñas / EFE.

Por: María Paulina Ortiz
03 de julio 2020 , 07:58 p.m.

El primer caso de covid-19 en una cárcel colombiana se conoció el pasado 10 de abril. Se dio en Villavicencio: un hombre de 63 años que, un par de días antes había recuperado la libertad, murió por cuenta del virus. Una semana después, la dirección de ese penal anunciaba veinte contagios y dos muertes más. A partir de ese momento, lo que se ha vivido en las cárceles del país ha sido una carrera de casos y más casos que parece no tener fin. 

La Picota o El Buen Pastor, en Bogotá; la cárcel de Florencia, en Caquetá; la de Leticia, en el Amazonas. Las prisiones en Cartagena, en Santa Marta, en Ibagué. La de Villahermosa, en Cali. Para mediados de junio, los contagios en los centros penitenciarios llegaban a 1.620. Sin embargo, como se ha visto por el comportamiento de este virus, esa cifra puede ser hoy mucho más alta.

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“En el comedor están comiendo codo con codo y todos mezclados sin ningún tipo de control, ni separados de los que tienen síntomas. ¿Los van a dejar que se mueran como chinches?”. Esta queja, de la esposa de un recluso en España, pudo haberse oído en Colombia, o en Perú, o en Brasil, o en Argentina, o en cualquier país. Porque la crisis de la pandemia en las cárceles ha sido prácticamente mundial. Las organizaciones de derechos humanos nacionales e internacionales no han dejado de advertir las graves consecuencias que pueden presentarse en caso de que un brote de esta nueva enfermedad se descontrole entre los reclusos. “Si alguien quisiera propagar el coronavirus a propósito, encerraría a muchas personas en espacios hacinados e insalubres, con escasa ventilación, acceso esporádico al agua, atención médica deficiente y muy pocas pruebas para detectar infectados. Es decir, diseñaría una cárcel típica latinoamericana o caribeña”, escribieron José Miguel Vivanco y César Muñoz Acebes, de Human Rights Watch, en The New York Times.

El temor no ha sido solo latinoamericano. A comienzos de marzo, en Italia, veintisiete cárceles se amotinaron por las decisiones que estaba tomando el Gobierno para su protección. En Estados Unidos, que hasta hace pocos días tenía cerca de catorce mil reclusos y cinco mil funcionarios de prisiones contagiados, varios penales también han vivido serios disturbios. Lo mismo ha pasado en cárceles argentinas, peruanas, venezolanas, brasileñas.

En Colombia, la Procuraduría General de la Nación y la Defensoría del Pueblo venían alertando sobre la necesidad de decretar la emergencia carcelaria para tomar medidas que protegieran a su población más vulnerable. Según cifras del Inpec, en el país hay 2.919 reclusos mayores de 65 años. Sin embargo, los casos de contagio siguieron creciendo en las cárceles sin que se tomaran decisiones contundentes. La noche del pasado 21 de marzo, trece penales colombianos se unieron en un amotinamiento que sin duda ha sido uno de los más graves en la historia del país. Las protestas comenzaron como los tradicionales ‘cacerolazos’ y terminaron en fuertes enfrentamientos entre los reclusos y la guardia del Inpec. Para la ministra de Justicia, Margarita Cabello, todo fue “un intento masivo y criminal de fuga que resultó frustrado”. Los reclusos lo explicaban como una acción en contra de las condiciones de hacinamiento y la falta de buenos servicios de salud y alimentación. El peor balance se vivió en la cárcel Modelo de Bogotá. Después de diez horas de enfrentamiento, hubo veintitrés muertos y más de ochenta heridos. Los testimonios de sobrevivientes han abierto la posibilidad de que muchos de los internos recibieron impactos de bala en estado de indefensión.

El Gobierno terminó por declarar la emergencia carcelaria y el 14 de abril dio a conocer el Decreto 546, que permite adoptar medidas para que personas vulnerables a la covid-19 puedan ir a prisión domiciliaria temporal, en busca de reducir el hacinamiento. Pero este recurso no se ha hecho realidad todavía en las dimensiones necesarias. Pedro –lo llamaremos así, aunque no sea su nombre real– piensa que este decreto ha sido totalmente inútil. Pedro es uno de los presos del pabellón de máxima seguridad de La Picota, en Bogotá. Tiene 42 años. Su vida hoy está reducida a una celda de tres metros por cuatro que comparte con otros tres reclusos. Hablé con él en varias ocasiones durante una semana. Fueron conversaciones entrecortadas, “espere un momento que nos van a contar”, “hablamos después porque nos están encerrando”, decía. Como todas las personas en las cárceles del país, se siente desamparado ante la posibilidad de que el virus llegue con fuerza a donde él está.

¿Hace cuánto tiempo está preso?
Dos años aquí en La Picota, y un año más en La Modelo. Estoy sindicado. Soy un preso sin condena, condenado sin juicio.

¿Cómo es la rutina diaria en el pabellón donde está?

Entre las 5:30 y 5:40 de la mañana pasan abriendo puertas. Ahí el sueño se interrumpe. Por lo general, sigo durmiendo hasta la contada, que es entre las 7 y las 7:30. El ordenanza empieza a gritar “núuuumero, núuuumero” y golpea las puertas. Todos nos levantamos y formamos al frente de la puerta. Porque aquí en La Picota lo común es salir de las celdas para la contada; en otras cárceles hay que ir al patio. El guardia nos cuenta y luego grita: “Esoooos que desayunan”. A las siete de la noche nos vuelven a contar y nos encierran. Pero yo normalmente me duermo entre las doce de la noche y la una de la mañana. En estos días he estado con un dolor de oído que no me deja dormir bien. Entonces prefiero esperar a que me dé más sueño, así tengo más posibilidades de descansar. Pero además el tiempo aquí tiene otro ritmo.

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¿Cómo es la alimentación? ¿Ha mejorado en estos días?

Al contrario, ha desmejorado muchísimo. El desayuno es “café con leche” o bebida con “chocolate”, un pan duro, veinticinco gramos de queso, eventualmente un huevo cocinado o frito, y otras veces “huevo” (harina y cebolla) revuelto (crudo), unos veinte gramos. Últimamente hemos dado una pelea por el gramaje de la comida porque la Uspec –Unidad de Servicios Penitenciarios y Carcelarios– ha bajado los gramajes de todo, del desayuno, del almuerzo, de la comida, de la proteína que nos dan. Hicieron un supuesto estudio nutricional y al parecer mostró que hay mucha gente gorda. Pero eso es absurdo.

¿Por qué le parece absurdo?
Primero, porque el estudio lo hicieron solo en unos patios donde hay gente que tiene más o menos poder adquisitivo y por lo tanto dispone de más comida. Pero además no consideran que hay mucha gente acá que se engorda porque se enferma, porque no come sino pan y galletas y no hace sino dormir, pero en realidad está muy mal nutrida. Ese estudio fue una excusa que usaron para bajarle el gramaje a todo. Y le digo que la situación a veces es de hambre. Es muy crítica. El que tiene con qué, pues complementa la alimentación. Y el que no, sencillamente se jode. Aguanta hambre como un berraco. Es algo paupérrimo. Últimamente también nos hemos quejado mucho de la carne. La carne de res viene una parte buena, otra podrida. El cerdo suele venir crudo, entonces la gente tiene que rebuscarse la manera de cocinarlo con resistencias, bueno, de acomodar de alguna forma su comida para no consumir eso crudo. El pollo también viene así. Eso ha sido una queja permanente.

La guardia no tiene los recursos, por ejemplo, para ingresar jabones, tapabocas, gel antibacterial, trajes de bioseguridad

¿Tienen facilidades para el aseo personal diario? Sobre todo ahora, con la necesidad del lavado de manos constante, por ejemplo.
En estos días de pandemia ha habido algunos cambios. Por ejemplo, el agua, en condiciones normales, solo está disponible de cinco y media de la mañana a ocho de la mañana, y después por ahí de tres a cinco de la tarde. En este momento se le exigió a la dirección que pusiera el agua permanentemente. Así que ahora está todo el día, hasta por ahí las cinco o seis de la tarde. En la noche no tenemos. Casi todo lo que tenemos para aseo ha sido conseguido por nosotros. Los internos compraron fumigadoras para estar echando permanentemente cloro en los patios.

¿Cómo es el servicio de salud? ¿Usted se ha enfermado durante su tiempo en prisión?
Me he enfermado varias veces. El servicio de salud es una porquería. Le doy ejemplos: en La Modelo me enfermé de cálculos en los riñones. Estuve muy mal, y en Sanidad, después de hacerme un dibujito de los riñones y las vías urinarias para explicarme por qué me dolía, me ordenaron una ecografía que fue realizada casi cuatro meses después. En el entretanto me aplicaron analgésicos y “me curé” con una infusión de cáscaras de mandarina que me recetó un preso que se las picaba de brujo. También he tenido problemas de visión. Gané una tutela para que me llevaran a un examen, y el día que me llevaron me tuvieron encerrado en un furgón en el parqueadero de La Samaritana y luego me devolvieron a la cárcel sin hacerme el examen porque “alguien canceló la cita”. Hasta ahí fue. Aquí me volví a enfermar de los riñones, con la diferencia de que sí me dieron una droga, aunque no me han hecho una ecografía que me ordenaron hace meses. Ahora mismo sigo con ese dolor de oído que le dije y no me han hecho nada. Ir a Sanidad es una tontería. Hay gente aquí que tiene cáncer terminal, un señor lleva ocho meses con una sonda para orinar, muchas personas requieren tratamiento hospitalario o cirugías, otros tendrían que estar en prisión domiciliaria, y no les hacen nada.

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¿El servicio no ha mejorado durante la pandemia?
En estos momentos, y por presión nuestra, de los internos, los médicos han vuelto a entrar. Porque ni siquiera estaban viniendo. Ahora llegan por turnos. Si uno se enferma y cala con que hay turno de médico, pues lo atienden. Si no, simplemente espere y aguante. Pero es que la gente se enferma y no quiere ir a Sanidad porque teme ir a contagiarse allá. Además, un enfermo va a Sanidad y se puede estar dos o tres horas sin que lo atiendan. Hay un sitio, una jaula, que es como la sala de espera donde ponen a esperar a la gente que no tiene la palanca para que la atiendan rápido. A esa jaula le dicen ‘la milagrosa’, porque lo meten a uno ahí hasta que se cure y enseguida lo devuelven. Si afuera una persona va a una EPS y le dan acetaminofén, imagínese aquí. La gente que tiene enfermedades graves la pasa muy mal. Cuando me enfermé en La Modelo, estaba en Sanidad, en una camilla. Llegó un muchacho enfermo también, que no podía respirar, se quejaba de dolor en el pecho. La enfermera lo regañó, que qué se metió, le decía, que ustedes como siempre, que todos los presos son unos degenerados, que deje de quejarse... El hombre se murió. Es muy deficiente el servicio de salud. Por eso cuando la ministra de Justicia sale a decir que la atención médica en las cárceles ha mejorado y que está listo para atender cualquier situación de pandemia, es mentira. Es más, los mismos enfermos de covid-19 que hay ahora están en una celda solos, una celda un poco más amplia, sí, pero no hay ningún tipo de control. En el momento en que alguno tenga una crisis respiratoria simplemente se muere, porque no hay respiradores, y de ahí a que le autoricen la salida… pues se va a demorar.

¿Recuerda algún tipo de contagios masivos en los pabellones?
Antes de esta situación de pandemia hubo una epidemia diarreica aguda, según dijo la Secretaría de Salud. En cuestión de tres días, todo el patio estaba enfermo. Antes ha habido epidemias de gripa. Aquí le ponen cualquier nombre: ‘el abrazo del pollo’, ‘el abrazo de La Picota’. Por lo general son virus y se expanden rapidísimo. Por eso esta situación con el covid-19 ha puesto a todo el mundo muy alerta y hemos tratado de ser muy rigurosos con el manejo del lavado de manos, con el aseo de la gente cuando reingresa al patio. Porque con ese servicio médico...

¿Qué medidas han tomado en la cárcel para protegerse del coronavirus?
Prácticamente todas las medidas de bioseguridad que se han implementado han venido de parte de los presos. Ha habido alguna colaboración entre internos y sectores de la guardia a los que les interesa cuidarse. Pero ha sido poca. La guardia no tiene los recursos, por ejemplo, para ingresar jabones, tapabocas, gel antibacterial, trajes de bioseguridad. Todo eso ha sido conseguido casi en su totalidad por los propios internos. Y por donaciones de instituciones ajenas. De parte del Inpec ha sido muy restringido. Lo que ellos han traído son infectados. Ese es un problema serio. Y ha generado una sensación muy extraña respecto al manejo que le están dando a la pandemia.

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Ahora el Inpec ha tomado algunas medidas para el ingreso de la guardia. Creo que les están midiendo la temperatura a los que entran

¿Cómo los afecta el hacinamiento?
En el penal es donde hay más hacinamiento, cercano al cincuenta por ciento. Lo que pasa es que La Picota tiene varios pabellones. En el Eron –el pabellón de máxima seguridad donde yo estoy– digamos que no estamos tan hacinados. Cada uno tiene una plancha. Pero es imposible mantener el distanciamiento de un metro que aconseja la Organización Mundial de la Salud. Eso no se puede cumplir. Porque las celdas son de tres metros por cuatro y en cada una dormimos de a cuatro internos. Y en el patio es ridículo pensar en aislarse porque somos más o menos 220 por patio y no son espacios muy grandes. Lo más grave es que los enfermos que han llegado los traen aquí, al Eron. Ya van tres veces que ingresan gente infectada. Acá adentro no ha surgido el virus. Lo han traído de afuera.

¿A los que ingresan con el virus los tienen en aislamiento?
Aislados entre comillas. Están en un sitio que según la Secretaría de Salud es el único que ofrece condiciones de aislamiento. Pero eso habría que verificarlo porque esa zona queda en un área por donde todo el mundo pasa; están frente a la guardia interna, el lugar de mayor tráfico de personas. Por ahí pasan aseadoras, ordenanzas, gente que no tiene elementos de bioseguridad. La dirección de la cárcel se había comprometido a no traer más gente enferma y no hacer traslados entre cárceles, incluyendo entre los pabellones de La Picota, pero resulta que incumplieron. La idea que existe entre los internos es que, como aquí no hubo un zaperoco como el que se presentó en La Modelo, entonces la táctica para acabar el hacinamiento es otra. Esa es la sensación generalizada. Y la gente se está desesperando.

¿Ustedes han manifestado la preocupación al respecto?
Aquí hubo una desobediencia pacífica, que consistió en no encerrarse. Exigíamos una reunión con el Ministerio de Justicia. Lo que hicimos fue mantener los patios aislados. Porque se trata de que la guardia tampoco ingrese mucho, solo a las contadas y a las encerradas; que lo haga únicamente para lo indispensable porque ellos son un vector de transmisión importante, al fin y al cabo tienen contacto con la calle. Claro que los primeros contagiados que hubo acá en La Picota fueron los internos que trajeron de Villavicencio, sabiendo que había riesgo.

¿Sirvió la protesta?
Ahora el Inpec ha tomado algunas medidas para el ingreso de la guardia. Creo que les están midiendo la temperatura a los que entran; les exigen lavado de manos, que limpien las botas. Logramos que no se hagan más traslados de gente que viene de las URIS –Unidades de Reacción Inmediata–, donde se sabe que hay contagio. En algo surgió efecto nuestra protesta porque se generaron reuniones con la Defensoría, la Procuraduría, con delegados de la dirección del Inpec, y se pudieron exponer las preocupaciones que tenemos los internos frente a la pandemia. Pero que eso sirva es relativo, porque no hubo respuestas adecuadas. No hubo más allá de ser escuchados. Sin embargo, eso es bueno: se visibilizan problemas que por lo general pasan de agache. Y una cosa que a mí me parece particularmente valiosa es la posibilidad de concertar cuestiones con la dirección de la cárcel. Ese es un experimento que no es muy común en las cárceles, donde por lo general ante cualquier protesta de los presos lo que hay es garrote corrido. Aquí se ha abierto un espacio para poder conciliar ciertas cosas. Por otro lado, mientras se hizo la desobediencia la gente tuvo un poco de tranquilidad mental luego de la tensión que provocó lo de la masacre en La Modelo. Eso también fue positivo, que la gente tuviera la posibilidad de relajarse. Ahora hay tensión de nuevo porque otra vez hay enfermos y volvió la encerrada muy temprano.

¿Cree que el decreto que dio a conocer el Gobierno para reducir el hacinamiento ha tenido algún efecto?
No ha servido para nada. Es un decreto totalmente inútil. Eso aquí no ha tenido ninguna repercusión. Con esa cantidad de excepciones que plantea no sale nadie. Creo que en todo el país han salido unas quinientas personas nada más. Y súmele a esto que hay una lentitud muy berraca en el proceso ordinario. Porque por vía del Código, supuestamente podría salir gente que está en domiciliaria o que ha cumplido las tres quintas, por ejemplo, pero los juzgados no reciben la correspondencia, o no contestan. Las oficinas jurídicas de las cárceles prácticamente no están funcionando, o lo están haciendo de manera muy lenta. Una de las cosas que hemos solicitado es habilitar un punto para los internos donde algunos puedan agilizar vía correo electrónico, vía internet, todas las peticiones, para que la gente pueda salir en domiciliaria, pueda tener una libertad provisional y se haga viable el deshacinamiento. Pero nada de eso se ha hecho. Y la actitud de los jueces es la de negar todo lo que se pide por vía ordinaria.

En medio de todo esto, ¿cómo ve el ánimo de las personas, la salud mental de sus compañeros de pabellón?
Sobre eso también hemos hablado mucho. Porque hay gente que se ha afectado bastante, y como además no hay visitas. Se vive una situación de tensión casi todos los días, y eso por lo general estalla en peleas. Algunos dicen “yo prefiero que me maten a bala a morirme acá enfermo”. La gente se angustia también porque sus familias están en confinamiento sin nada que comer, o les está tocando salir a la calle y enfrentan la posibilidad de enfermarse. Hay internos que tienen casos de covid-19 en sus familias. Todo eso genera un nivel de estrés muy fuerte. Es una situación compleja que muy pocos tienen en cuenta. Y es una vaina que hace más necesario el deshacinamiento, que haya gente que salga a prisión domiciliaria. Así sea transitoria, pero que esta situación se despeje. Porque de verdad, en cualquier momento, si siguen aumentando los casos en la cárcel, puede estallar una vaina muy berraca. Lo que pasa es que, al mismo tiempo que existe esa angustia, también hay mucho miedo entre la gente. Porque lo que se ha demostrado es que, sin ningún tipo de escrúpulo o de raciocinio, son capaces de matar al que sea. No solo lo digo yo: lo que siente la gran mayoría de presos es que nos quieren matar. Lo que se está proyectando en las cárceles colombianas es un genocidio. Dejándonos encerrados, haciendo que el virus entre, esperando que todos nos infectemos.

¿Usted tiene contacto con su familia? ¿Les habla de su situación?
Sí, puedo llamar a mi mamá por el azul. El azul es el teléfono de pared que funciona cargándolo con tarjeta. Contrario a lo que ordena la Corte, aquí no hay comunicación gratuita. Pero, bueno, ese es otro paseo. Hablo con mi mamá, pero no le digo nada de todo esto. Ella ya es mayor, y está sola. No quiero preocuparla.

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*Hasta el 18 de junio, día de cierre de esta edición, había en Colombia 60.217 contagiados, 22.680 recuperados y 1.950 fallecidos, según el Instituto Nacional de Salud. El sector Salud registraba 1.547 contagiados y 17 muertos. En Bogotá, la ocupación de las Unidades de Cuidados Intensivos había superado el 50 por ciento.

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