Carta abierta a los que inventan títulos académicos

Carta abierta a los que inventan títulos académicos

Revista BOCAS - Edición 81

Por: BOCAS
16 de diciembre 2018 , 05:00 a.m.

Entre los muchos casos de corrupción en la vida política nacional, uno de los que más indignan a la gente es la manía que tienen algunos políticos y funcionarios del Estado de inventar –y en algunos casos falsificar– sus logros académicos. Hemos visto cómo personajes de todas las vertientes han caído en el vicio de la ‘doctoritis’, que no es otra cosa que inflar su historia académica. El reciente caso de la polémica por el falso doctorado de Vicente Torrijos, quien asombrosamente –en medio del escándalo que implicó su expulsión de la Universidad del Rosario–, fue nombrado por el gobierno como director del Centro de Memoria Histórica, es solo una muestra más de este flagelo que afecta al país y que al no ser sancionado por la ley cae, como muchos otros actos de corrupción, en el olvido.

Lo primero que queremos resaltar es que estas conductas son una falta de respeto no solo con la ciudadanía, sino con las personas que de verdad dedican varios años de su vida a alcanzar estos títulos académicos, que en Colombia pueden convertirse en un verdadero viacrucis. Desde la falta de apoyo del Estado, que ha venido disminuyendo la cantidad de becas otorgadas para estudios de posgrado –pasaron de 650 en el 2015 a 222 en el 2016, según Colciencias–, hasta la lamentable cifra de 8,2 doctores, según el Ministerio de Educación, o 6,6 doctores, según Colciencias, por cada millón de habitantes, dejan al país en la cola de América Latina. Números que demuestran que hacer un doctorado en Colombia es una tarea que no solo requiere mucho esfuerzo intelectual, sino también económico.

Sin embargo, más allá de que esta conducta no sea exclusiva de los políticos colombianos, lo que sí parece ser exclusivo es la falta de sanciones sociales. En el 2011, el entonces ministro de Defensa alemán, Karl Theodor Zu Guttenberg, renunció porque se demostró que plagió parte de su tesis doctoral. El ministro era el político más valorado en ese momento, pero esto no evitó que asumiera la responsabilidad ética con sus electores y abandonara el cargo, aceptando su culpa; como debe ser.

Otro caso del gobierno alemán fue el de la ministra de Educación, en el 2012, Annette Schavan. Una denuncia anónima sobre plagio la obligó a renunciar a la cartera que dirigía y al título de doctorado que había obtenido.

Y siguiendo con el prontuario de los europeos, en el 2012, el presidente de Hungría, Pal Schmitt, tuvo que renunciar a su cargo pues se demostró que de su tesis de 215 páginas, 200 fueron copiadas.

Este año, España vio cómo varios líderes, tanto del Partido Popular como del Partido Socialista, se vieron envueltos en escándalos por culpa de sus títulos académicos. El caso más representativo fue el de la expresidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, que renunció a sus cargos políticos luego de que se abriera una investigación, que sigue en curso, para demostrar cómo la política del PP falsificó las notas de un máster que cursó.

Hasta el jefe del gobierno español, el socialista Pedro Sánchez, se vio envuelto en estos escándalos. Varias dudas sobre un posible plagio en su tesis doctoral pusieron a Sánchez a dar explicaciones a la ciudadanía y creó una crisis en su gobierno. ¡Allá la cosa va en serio!

Mientras tanto aquí, en Colombia, parece que todo pasa de agache. Uno de los primeros salpicados por inventar títulos académicos fue el alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa. Su supuesto doctorado en administración pública, que él mismo incluyó en dos libros publicados, desapareció misteriosamente de su hoja de vida luego de posesionarse como alcalde y de que algunos académicos cuestionaran su existencia. No obstante, la investigación que adelantó la Procuraduría sobre este tema ya fue archivada. Así como lo leen, ¡archivada!

Lo mismo ocurrió con la investigación que esta entidad adelantó contra Gustavo Petro por supuestos títulos inventados. Al exalcalde –hoy senador de la República– se le acusa de haber dicho que tenía un máster y un doctorado, que nunca terminó. Algo que él mismo ha aceptado, pero que no es un obstáculo para que los saque a relucir cada vez que puede. De su doctorado solo ha cursado 90 créditos y su maestría en Economía sigue en la etapa de investigación desde 1990. No basta con haberse matriculado para presumir de unos títulos.

Otro que no escapó del debate sobre la invención de títulos académicos fue el presidente Iván Duque. En plena campaña se conoció que en su hoja de vida aparecía una especialización en la Universidad de Harvard. Luego de un seguimiento minucioso de la prensa, se comprobó que eran solamente unos estudios ejecutivos con certificado de asistencia. Sus asesores lo corrigieron de su hoja de vida y aclararon que se debía a un error de traducción de los diplomas.

No solo nada pasa sino que, esa manía, sigue haciendo carrera (y con premios). La primera semana de este diciembre, el país presenció con asombro cómo el presidente, dejando de lado las denuncias que existían sobre los títulos de doctorado de Vicente Torrijos –sumado a su despido de la Universidad del Rosario–, lo nombró como nuevo director del Centro de Memoria Histórica. El escándalo fue tan mayúsculo que Torrijos tuvo que declinar el ofrecimiento, aun cuando aclaró en una escueta carta que no aceptaba el cargo porque, según él: “Las infundadas, injustas y tendenciosas informaciones que han circulado en los medios de comunicación y en las redes sociales, han afectado mi buen nombre y le están causando molestias a su gobierno”. ¿Nada del falso título? ¿Nada de asumir responsabilidades? ¿Nada de sanciones? Como siempre, la culpa es de los otros.

Lo más grave de todo esto es que esta práctica se extiende por todas las esferas del Estado. En junio de este año, la Procuraduría sancionó al entonces contralor de Antioquia, Sergio Zuluaga Peña, por dar información inexacta en su hoja de vida. Zuluaga decía tener un doctorado en Derecho Administrativo, algo que resultó ser falso, y se excusó diciendo que fue por culpa de un asistente que llenó su hoja de vida, porque él tenía la letra muy fea. También se descubrió el escándalo de la Secretaría de Educación del Cesar, donde funcionarios de esta cobraran dinero por dar títulos falsos y cambiar el escalafón de algunos docentes. Y para rematar, solamente en el Valle del Cauca, según el diario El País, en el 2014 se habían descubierto más de 1.200 profesionales con títulos falsos; para más colmo, muchos de estos profesionales eran funcionarios.

La lista de quienes han incurrido en esto podría llenar varias páginas más. La falta de sanciones, penas e inhabilidades ha hecho que todos sigan sus vidas tan campantes. Por eso viene siendo hora de que el Ministerio de Educación tome cartas en el asunto. Esto no solo puede ser una serie de señalamientos en las redes sociales. No. El Estado, y en especial esa cartera, no puede seguir aceptando que un funcionario, que manejará y recibirá recursos públicos, mienta en algo tan esencial como su formación académica.


REVISTA BOCAS
EDICIÓN 81 - DICIEMBRE 2018

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