Carmen Gómez: entre el miedo y la pasión

Carmen Gómez: entre el miedo y la pasión

Bocas habló con uno de los tantos médicos que están al cuidado de los pacientes con covid-19.

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Con la pandemia, los médicos, las enfermeras y sus auxiliares están en contacto permanente con pacientes que están contagiados con covid–19 o que tienen la posibilidad de estarlo

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Pablo Salgado

Por: CATALINA GALLO ROJAS
28 de junio 2020 , 05:00 a.m.

“¿Renunciar al trabajo? No, no es una opción. Estaría bajándome del barco de ser enfermera en el que me monté hace ocho años”, responde Fernanda Castañeda, enfermera jefa de la Unidad de Cuidados Intensivos del adulto en el hospital El Tunal, en Bogotá, cuando se le pregunta por esta posibilidad ante la presencia de la covid-19.

No es la única profesional de la salud que se resiste a retirarse del frente de batalla en esta guerra contra el coronavirus. Fabián Zúñiga, un anestesiólogo que trabaja en diferentes instituciones de Cali, lo explica así: “Para esto fue que me entrenaron, esto fue lo que a mí me gustó. Cuando yo estudié medicina, lo que más me gustaba era el paciente crítico en emergencia, esto es para lo que me entrené y es el momento en el que debo responder socialmente con mi trabajo”.

Esta determinación no niega sus sentimientos como seres humanos, porque a la carga propia de su trabajo, en algunos momentos se ha sumado un peso adicional: el miedo.

“Es la mayor dificultad emocional, porque es hacer lo que siempre has hecho con la carga de que eres altamente vulnerable. Estás en la primera línea, en contacto directo con secreciones, fluidos, con la respiración del paciente. El sentimiento más agobiante es el miedo, porque le da una carga de dificultad extra a una actividad que era cotidiana”, dice Zúñiga y explica que en las conversaciones con sus colegas surgen frases como “Vamos a morir, vamos a morir”.
Él atiende a pacientes que ya están contagiados, porque el trabajo de un anestesiólogo incluye intubar, pero también está en contacto con muchos que no se sabe si lo están y esto, explica, es lo más riesgoso, “porque no estás con el equipo de protección, porque los insumos son costosos y uno entiende que no se puede desplegar todo el operativo para cada paciente; nos quebramos”.

La enfermera Castañeda explica que al principio de la pandemia fue muy difícil manejar el miedo en el equipo, porque el virus era algo que no se conocía. “Teníamos mucho temor, además con las cosas que habían sucedido en Europa, Brasil, Estados Unidos, por supuesto que eso generaba más pánico y decíamos: ‘Ya vamos a morir’”.

A medida que el equipo se fue entrenando y les dieron los elementos de protección personal, el miedo cambió y, dice Castañeda, “estoy segura de que el equipo de trabajo está tranquilo y con toda la actitud para manejar la situación como es y como se debe”.

Leidy Aristizábal Gómez es geriatra con entrenamiento en cuidados paliativos y trabaja en el Hospital Universitario Valle del Lili, en Cali. No es uno de los médicos que están en la primera línea frente al virus, pero sí está al cuidado de la población más vulnerable: los adultos mayores. Su temor no es morir, es adquirir el virus y convertirse en un foco de contagio.

Por su entrenamiento en cuidados paliativos, lamenta mucho la forma como, a raíz de la covid-19, los pacientes viven sus últimos momentos. “Lo que más duro nos ha dado es que no podemos ofrecer ese ritual de acompañamiento cuando el paciente ya está en su momento final de vida, no podemos lograr que las familias estén con ellos, participar en esos procesos de perdón, de acompañar al paciente hasta el final”.

En este proceso de acompañar vida y muerte también se encuentra Carmen Cecilia Gómez, jefe de Clínicas Médicas y Medicina Interna de la Fundación Cardioinfantil de Bogotá. Todos los días entra a la llamada “área covid”, un lugar en el tercer piso de la Fundación donde están hospitalizados, cada uno en una habitación individual, los pacientes sospechosos de haber contraído el virus y también los que ya está confirmado que lo tienen. Muchos sospechosos se descartan a las 48 horas.

El número de pacientes varía: un día de la primera semana de mayo, por ejemplo, tuvieron 22 y otro día de finales del mismo mes, 12. Pero las cifras pueden ser engañosas, porque ella reporta que en un solo mes los casos han aumentado cerca de un 30 por ciento.

Las personas que más tiempo han estado hospitalizadas han durado entre 28 y 31 días, porque estuvieron en cuidados intensivos cerca de 15, pero en promedio un paciente con esta enfermedad dura interno entre siete y diez días. Hasta el momento, la mayoría de ellos están en edades medias, entre 40 y 65 años.

Al “área covid” solo ingresa el personal que atiende a los pacientes, incluso las personas de cocina dejan los alimentos en la entrada y enfermería se encarga de repartirlos en cada habitación. Los profesionales de la salud que entran son 12 enfermeras por turno –hay tres turnos–, tres médicos de medicina interna, un neumólogo, un geriatra y a veces otros especialistas, según las necesidades de los pacientes.

La doctora Gómez es uno de los internistas y cuando ingresa al área valora a cada paciente y, a diferencia de lo que hacía antes, cuando atendía a personas con cualquier otra enfermedad, ahora ocupa en buena parte el lugar emocional de los familiares de los enfermos. Como ellos no pueden recibir visitas para evitar más contagios, los médicos y las enfermeras se han convertido en su compañía. Completar la ronda puede tardar tres horas, más que antes, pues los enfermos le conversan, le cuenta sus vidas, sus miedos, sus pensamientos.

Carmen Cecilia estudió Medicina en la Universidad del Bosque de Bogotá, después se especializó en Medicina Interna en el programa de la misma universidad con la Fundación Santa Fe de Bogotá, se graduó en el 2001 y desde entonces trabaja en la Cardioinfantil. Después se especializó en docencia universitaria.

Una vez valora a los pacientes, escribe la nota de evolución de cada uno y entre médicos y enfermeras llaman a los familiares de las personas hospitalizadas para contarles cómo van. Estas conversaciones se han vuelto realmente importantes y ahora forman parte de su rutina como médica, un procedimiento que jamás le enseñaron en una facultad de medicina.

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Los médicos están en la primera línea de combate. Hoy, la muerte los ronda más que nunca, pero también, como jamás les había tocado antes, su misión es más que necesaria.

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Pablo Salgado

¿Cómo son esas llamadas diarias?
Las familias sienten angustia por no poder ver a su familiar y para ellos es importante la apreciación que uno pueda tener. Preguntan por la patología, por cuánto tiempo van a estar hospitalizados, cómo serán las condiciones de salida. Les preocupa el aislamiento y cuáles son las medidas que deben tener en cuenta en la casa. A veces una llamada puede ser de veinte minutos, pero puede haber otras de cuarenta. Se vuelven como amigos nuestros.

¿Alguna vez no les han contestado?
Sí, pero insistimos hasta que puedan hablar, porque uno no queda tranquilo. También, cuando uno pasa por la habitación y es posible, hacemos videollamada, para que los familiares puedan verlo a uno con el paciente.

¿Qué debe usar para cumplir con las normas de bioseguridad?
Lo primero es que uno se lava muy bien las manos, después existen unos kits de protección. Tenemos unos casos que son sospechosos y otros que son confirmados. Los primeros son todos aquellos con síntomas respiratorios en los que tienes la sospecha clínica, pero todavía no tienes la prueba que da positiva. Los confirmados son los que tienen la prueba. Estos los manejamos con el kit 2, que viene con el tapabocas, que en este caso es un N95, con la bata, los guantes, el gorro, las polainas. Utilizamos gafas y además un visor; y se diferencia del kit uno en que para los sospechosos no usamos máscara N95, sino la mascarilla quirúrgica normal.

¿Por qué este cambio del tapabocas?, ¿no debería estar igual de protegida por si acaso?
Los sospechosos se clasifican en Urgencias, entonces hay unos de más bajo riesgo, y tenemos que racionalizar mucho el uso de los insumos, porque va a llegar un punto en que no vamos a tener esos tapabocas N95. Sin embargo, de todos modos, a pesar de eso, entramos muy bien protegidos. Cuando salimos del área nos quitamos todo el kit y lo desechamos.

¿Qué le toca hacer cuando llega a su casa?
Lo primero es desinfectar los zapatos; tengo un espray a la entrada. Después me quito toda la ropa y paso a la ducha. En mi casa tengo una “zona limpia” que está cerca de mi habitación y yo llego al baño auxiliar. La ropa va a la lavadora con agua caliente. A la Fundación tú llegas con tu ropa y te dan un vestido quirúrgico que te quitas al terminar el turno y regresas a tu casa con tu ropa de calle. Realmente nunca llevas nada contaminado.

¿Qué le ha dicho su esposo por su trabajo?
Tengo la fortuna de que mi esposo también es médico y los dos estamos viendo este tipo de pacientes. Él también es internista y trabaja en el Hospital de la Samaritana.

¿Les ha dado miedo que les pase algo?
Un día dijimos: “Bueno, y si alguno se enferma, hay que ser realistas, debemos dejar todo organizado, porque no sabemos lo que pueda pasar”; pero claro, a los dos nos ha dado miedo, aun así tenemos que hablar sobre el riesgo de que alguno no esté, incluso hablar sobre cómo dejamos organizadas nuestras cosas. Hicimos un minitestamento escrito. El hecho de no tener hijos –que para nosotros fue una decisión de vida y nunca nos hemos arrepentido– nos da una tranquilidad muy grande. La muerte es algo que siempre te acompaña y más si uno es médico, ella siempre está a tu lado.

¿Todos los días piensa en que puede contagiarse?
Desde que uno use todos los equipos de bioprotección, el riesgo de contagiarse es muy bajo. Hay que ser muy consciente y todos los días tener los cinco sentidos puestos, no bajar la guardia, porque los contagios se dan en ese momento en el que de pronto tú dices: “Ay, se me rompió el guante; no importa” o “No uso el visor y no importa”. En esos momentos es cuando te vuelves susceptible; pero desde que estés protegido, el riesgo de contagio es mínimo. Uno con el tiempo va aprendiendo y cada vez se va sintiendo más cómodo en el trabajo.

¿El equipo de protección le ha dejado marcas en la cara?
A mí no, pero a las enfermeras sí. Nosotros entramos dos o tres horas en la zona, mientras que a ellas les toca allí todo el turno, siete u ocho horas, pero ahora usan unos apósitos y les están untando crema en la piel.

¿Ha llorado durante esta pandemia?
Lloré por un paciente. Le tengo un gran cariño, un adulto mayor que fue el primer caso positivo que tuvimos. Fue muy duro para mí verlo solo. Imagínate tú llegar y que de un momento a otro te aíslen. El primer día que lo conocí lloraba. Él mismo me decía: “Tengo más de 80 años, yo sé que me voy a morir, porque en todos los noticieros sale que los mayores de 80 se mueren”. Para mí eso fue duro y lloré porque me conmovió. Fue muy valiente, porque si para un joven es difícil estar aislado, imagínate para un adulto mayor que no tiene las ayudas tecnológicas. Después lloré de alegría cuando se fue.

Los residentes, que son los médicos que están haciendo la especialización en medicina interna, no ha querido ver pacientes con covid-19

¿Qué otros casos la han impactado?
Una señora que llegaba de un crucero. Estuvo de paseo y se infectó. Estuvo en la Unidad de Cuidados Intensivos casi 15 días intubada; realmente ella pensó que iba a fallecer. Cuando ya volvió al piso con nosotros fue igualmente duro para ella, estaba muy triste, pesimista, sentía que no iba a salir nunca y salió adelante. Una persona muy fuerte. Otro paciente con cáncer renal que infortunadamente adquirió la covid-19. El pronóstico en ellos es muy malo y además tenía otras comorbilidades. Al comienzo le dio muy duro la noticia, pero poco a poco se fue adaptando, y esto le muestra a uno cómo el ser humano se puede levantar de cualquier adversidad. Ese paciente también fue muy exitoso.

Tuve otra, mamá de médica. La hija se contagió haciendo consulta y contagió a la mamá; durísimo, porque la hija estaba en la casa aislada y la mamá hospitalizada. Estuvo ocho días en la Fundación y nos comunicábamos por videollamada con la hija, que estaba muy angustiada, sobre todo con esa culpa, porque ella decía: “Yo fui la que la contagié”.

También tuve una señora de 88 años que estaba superbién, tú la veías y parecía de 70, muy activa, muy alegre. Me dio mucha risa porque el primer día que la vi estaba tan aburrida y desesperada… Ella inicialmente llegó por una neumonía, estuvo más o menos dos días en UCI y la pasaron a piso, ese día estaba muy bien y lo primero que me dice es:

–Señora, ¿me le arrodillo?
–¿Cómo así?
–¿Si me le arrodillo me da salida?
Estaba desesperada. No tenía ninguna otra enfermedad y se fue a su casa sin oxígeno.

¿Cómo fue el caso de la mujer de 92 años?
Una paciente que no sabemos cómo se contagió. Después de hablar varias veces pensamos que fue por los vecinos, porque la señora no salía para nada, sino que los vecinos la visitaban y le llevaban cositas, entonces asumimos que por ahí fue el contagio. Estuvo 7 días hospitalizada y salió bien.

¿Cómo llegó a la clínica?
La llevó la cuidadora, pero la cuidadora también salió positiva y ahí fue difícil la salida. Tuvieron que acudir a la familia extensa para ayudarla a regresar a su casa, y la cuidadora era una adulta mayor de 68 años. Salió positiva, pero asintomática, y por precaución le tocó quedarse en la casa. La señora estuvo tranquila y la cuidadora asustada porque no podía ir a cuidarla a la clínica, incluso un día llegó y tocó decirle: “Mira, tú no puedes estar aquí”. A pesar de la edad lo pudo superar. Fíjate que la edad no es sinónimo de que les vaya mal.

¿Cuántos muertos han tenido?
En total, hemos tenido cinco pacientes muertos por covid-19, entre ellos una mujer que llegó por un paro cardiorrespiratorio. La traía una ambulancia, falleció al ingreso y después se supo que era una paciente covid. Y de los otros cuatro que han fallecido, una fue una adulta mayor también con muchas comorbilidades, diabética, hipertensa, tenía como siete patologías más.

¿Cuál ha sido el principal cambio para usted en su rutina?
Primero, estudiar mucho entre todos en el equipo para aprender; la parte de docencia tuvimos que sacrificarla, porque los estudiantes no pueden ir al hospital, solo están los residentes. Y también el ritmo. Antes tenías como un tiempito para decir “bueno, me tomo un café, hablo con alguien”. Ahora no; te enfocas en lo que tienes que hacer. También tengo que asistir a muchas reuniones administrativas, entonces no me queda ni un minuto. Quince minutos para almorzar cuando se puede y el resto dedicado a la atención.

CARMEN

Carmen Cecilia estudió Medicina en la Universidad del Bosque de Bogotá y se especializó en Medicina Interna en el programa de la misma universidad.

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Pablo Salgado

¿Termina más cansada que antes?
Sí, realmente llego agotada, pero son cambios positivos, porque despiertan las ganas de ayudar, el orgullo de ser uno médico, que pueda uno responder cuando la sociedad y el país te lo están pidiendo; cada cosa que uno haga va a ayudar a muchas personas. El cansancio es más físico, pero emocionalmente me fortalezco más.

¿Qué ha sido emocionalmente lo más difícil?
De pronto no poder compartir con las personas, no poder abrazar a nadie, porque cuando uno da malas noticias, pues hace falta eso, como un abrazo, como dar la mano; eso ha sido difícil para mí. Cuando a veces podemos ver a los familiares físicamente, pues uno quisiera como expresarles los sentimientos un poquito más, pero con la distancia… nada más tener una mascarilla puesta, ellos a un lado y nosotros en otro… Eso ha sido muy difícil.

¿Qué más implica la distancia en el trato con el paciente?
Como ellos están tan solos, el hecho de que tú puedas entrar, hablar con ellos, sentarte, es algo único. Uno se demora más tiempo que antes, porque en ese momento tenías a cargo unos 15 pacientes, pero iban el estudiante, el residente. Ahora uno tiene la libertad de demorarse lo que quiera, charlar. No hablamos de la patología, sino que nos acercamos más a los pacientes. Ellos te cuentan de sus cosas, de sus familias, de sus temores. Obviamente, ahora que no tenemos un volumen tan alto podemos darnos el lujo de hablar y establecer una relación estrecha.

¿Alguna conversación significativa?
Sí, una paciente; muy duro para ella. Tiene dos hijas que no querían que volviera a la casa porque les parecía que las iba a contagiar. Sus hijas son adolescentes, entonces le decían: “Mami, mejor quédate allá porque tú vienes y nos contagias”. Para ella fue durísimo, incluso a ella le daba miedo volver a su casa. Tuvieron que llevarse a las hijas para donde la abuelita para que la mamá pudiera retornar a su hogar. Uno no pensaría que hubiera esta estigmatización y menos con tu mamá.

¿De qué más hablan con los pacientes?
De lo que más hablan es del miedo a la muerte. Unos te dicen que ya vivieron lo que tenían que vivir, otros te dicen que en caso de complicaciones no quieren que los intuben ni que los lleven a UCI. Otros no pueden expresar muchos sentimientos. Generalmente, se van contentos y agradecidos. En el fondo, creo que es también porque uno establece una relación más cercana con ellos, se vuelve su apoyo y su pilar, como una familia.

¿Lloran?
Sí. Primero, por la angustia por estar enfermos. Segundo, por el miedo a morir, y tercero, por dejar a la familia. Lo que más les angustia y les aterra es que no puedan entrar sus familiares. Además, nosotros ingresamos con todo el equipo de protección, entonces no nos ven las caras; nos ven los ojos. Con los familiares sí nos hemos visto, porque con ellos uno ya se quita todo el equipo y sale a una sala de espera con el tapabocas. Ellos sí lo reconocen a uno, pero el paciente lo ve a uno disfrazado. Nos ponemos un letrero en la bata para que sepan quién es uno.

¿Les han dado a los médicos alguna ayuda emocional para manejar la pandemia?
A todos los de mi equipo les pregunté si querían un grupo de ayuda y dijeron que si lo necesitan, lo buscan.

¿Alguno lo ha pedido?
De mi equipo, no.

Los cadáveres covid tienen un cuidado especial, están en doble bolsa y permanecen aislados de los demás cadáveres

¿Algún miembro de su equipo ha entrado en crisis?
Al principio, pánico. En mi equipo somos 28 personas. La primera reunión que hice fue para decirles que íbamos a organizarnos como quisieran. Pregunté: “¿Quiénes quieren ver a pacientes con covid-19?”, levantaron la mano unas 15 personas, las otras no. Finalmente, empezamos los que estamos ahora y realmente, a medida que ellos han visto que no nos ha pasado nada, han cambiado de actitud. Siempre hay cierto temor, uno diría: “¡Cómo pasa eso con un médico!”, pero pasa, porque, primero, somos humanos, cada cual reacciona diferente a las cosas, y es normal.

Lo que sí me ha llamado la atención y que no pensé que pasara, es que los residentes, que son los médicos que están haciendo la especialización en medicina interna, no han querido ver pacientes con covid-19. No quieren verlos. La actitud es de “yo no me voy a exponer”. Me preocupa porque ellos van a ser nuestros médicos en el futuro. Nosotros los internistas somos personas mayores de 35 a 45 años, pero estos son muchachos de 25, de 26 años. Uno diría que en una persona joven la actitud sería la contraria, que dijera “en qué puedo colaborar”, porque está aprendiendo, pero la actitud ha sido pasiva y de rechazo total a esos pacientes. Es un pánico impresionante. Es triste, porque ellos van a ser los internistas del futuro y va a llegar el punto en que les va a tocar; cuando esto se colapse no van a poder escoger.

¿Ha sucedido algo particular con un residente?
Sí, una paciente que es tía de una residente nuestra. Estuvo de viaje, llegó más o menos estable y como al segundo día se complicó, tuvimos que pasarla urgente a cuidados intensivos. Para su sobrina fue duro, le daba miedo entrar a verla, después lo hizo. De los residentes, ella es la única que ha estado en contacto con un paciente covid.

¿Cómo se despiden los familiares de quienes están en cuidados intensivos?
Cuando sale el cadáver pueden ir con él a la morgue, una sola persona lo puede ver mientras lo recoge la funeraria, pero los cadáveres covid tienen un cuidado especial, están en doble bolsa y permanecen aislados de los demás cadáveres, se llevan por una ruta especial y salen de la morgue directo al carro fúnebre.

Entonces no se pueden despedir.
No; eso es horrible. Claramente, depende de las creencias de cada cual, pero eso toca mucho a los familiares y los pone muy tristes. Una cosa que les preocupa mucho es si el paciente sufrió o no sufrió, que no pudieron estar en esos momentos acompañándolo.

En algunos casos, cuando ya sabes que es una muerte que da espera o hay decisiones anticipadas, sí podemos dejar entrar a un familiar.

¿Se ha quejado enfermería?
Lo mismo. Al comienzo, el temor. La mayoría de ellas son madres y les angustia contagiar a su familia. Ahora hay dos equipos grandes que manejan a los pacientes y muchas de otras áreas han venido a entrenarse con ellas. El equipo se ha fortalecido.

Me habla de cuando esto colapse. ¿Qué están esperando?
Ahora que salga la gente a la calle uno espera que el pico se dé desde mitad de junio hasta agosto; sería el pico más grave si no se hiciera ninguna intervención. Las medidas han sido buenas para prepararse, pero cuando esto ya empiece a llenarse de pacientes positivos no va a haber la misma holgura para atenderlos. Lo que nos han enseñado los demás países es que eso va a pasar. La esperanza es que no lleguemos a ese punto.

¿Algún médico ha dicho “hasta aquí llego”?
No, ninguno. Incluso antes muchos no querían entrar al área covid de la clínica. Con el tiempo, ya todos se han sensibilizado y entran más. El que va entrando ya se sabe vestir y ha sido bueno para ellos ver que nosotros, que vemos todos los días a los pacientes, estamos bien.

¿La han rechazado en alguna parte?
No, nuestros vecinos han sido especiales. Nos mandan mensajes de WhatsApp, nos dejan algo en la puerta, unos chocolates, unas flores. Es bonito llegar a la casa y encontrar esto.

¿Ya está agotada?
No todavía, porque nos ha dado tiempo. Y físicamente, este fin de semana pude descansar.

¿Y emocionalmente?
Bien, con optimismo. Yo creo que el virus se va a volver como un amiguito más. Sí, él está ahí y no podemos bajar la guardia y necesitamos que la gente tome consciencia de ello, porque mira que, si uno lo sabe llevar, ahí va. No ha sido tan traumático como lo que vimos en Europa, que fue espantoso, o en Estados Unidos. Aquí vamos de a poquitos, no se ha saturado el sistema, tenemos camas en UCI; vamos por buen camino. Me angustia que la gente se enloquezca y deje de tomar precauciones.

¿Alguien le ha dicho que no quiere seguir?
La verdad, nosotros los médicos seguimos ahí sin problema, y yo les pregunté a las enfermeras si estaban cansadas y me dijeron que no. La jefe les preguntó si relevaban el grupo y dijeron que no, que seguían ahí. Mira cómo cambian las personas, al principio fue duro, estaban asustadas y ahora están contentas. El equipo se ha consolidado tanto que eso ha servido para que todos se fortalezcan y que no lo vean como algo malo, sino como una oportunidad de crecer y ayudar a mucha gente. Nadie quiere salir de ahí.

*Hasta el 18 de junio, día de cierre de esta edición, había en Colombia 60.217 contagiados, 22.680 recuperados y 1.950 fallecidos, según el Instituto Nacional de Salud. El sector Salud registraba 1.547 contagiados y 17 muertos. En Bogotá, la ocupación de las Unidades de Cuidados Intensivos había superado el 50 por ciento.

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