La derecha del arte

La derecha del arte 

BOCAS entrevistó al artista colombiano Carlos Salas. 

Carlos Salas

Carlos Salas nació en Pitalito, Huila, el 5 de enero de 1957

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Sebastián Jaramillo

Por: MARÍA ALEXANDRA CABRERA
28 de noviembre 2018 , 03:42 p.m.

Carlos Salas vive en una casa en La Calera que él mismo diseñó hace más de seis años. El lugar está enclavado en una montaña, tiene dos pisos, jardines de arena, magnolios, plantas de curuba y enormes ventanales. Vive solo, con la compañía de Choco, una perra callejera que apareció un día en la puerta de la casa, y Cami, una shih tzu blanca que le regaló a su hija Paloma. Ambas lo siguen por los pasillos mientras sus patas retumban bruscamente contra el piso de madera. La casa aún está en obra. Salas está construyendo una piscina climatizada, instalando el piso de las terrazas y llenando cada espacio.

Un cuadro de gran formato, que le regaló el artista chino Li Guangming, cubre una pared de la entrada. En la zona social hay una inmensa chimenea circular, un sofá negro y una obra suya de tonos azules de más de tres metros. En el piso de abajo están las habitaciones de sus hijas: Ana (37), Sara (20) y Paloma (14). Carlos dice que cada cuarto abraza a su nuevo taller, un lugar que empieza a cargarse de recuerdos. Luego de estar veinticinco años trabajando en un estudio de paredes blancas en Chapinero, desde hace tres meses pinta en un espacio donde se ven las montañas, las nubes y el cielo. Allá tiene un par de esculturas precolombinas, una pieza de Nijole Šivickas, un pequeño cuadro de David Manzur y un dibujo de Édgar Negret.

Sobre una mesa larga hay varios cuadros azules de formato circular, papeles, tintas, espátulas, cintas y brochas. También hay un futbolín, un juego de rana, libros, un florero con un único cartucho, un portátil, tarros repletos de pinceles, baldes de pintura, un frasco de alcohol, un soldador con el que traza cicatrices en los lienzos, un termo con café endulzado con panela y una virgen de Guadalupe. También hay unas trescientas obras sin terminar y unos cuadros con flores disecadas, un experimento que quedó a mitad de camino.

A Salas le gusta trabajar con música. Le gusta escuchar al alemán Klaus Wiese, pero esa mañana escogió un álbum de Mathias Grassow. La rutina le da tranquilidad, por eso todos los días hace algo de ejercicio con pesas, pinta durante horas y luego le dedica un tiempo a aprender inglés por Duolingo, y a leer. Ahora está releyendo La muerte de Ivan Ilich, de León Tolstói, que asegura es una obra magistral sobre la muerte.

Carlos Salas

Aunque soñó con ser ciclista y héroe de películas, la pintura lo arrobó desde niño.

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Sebastián Jaramillo

Carlos Salas es el segundo de nueve hijos. Nació en Pitalito, Huila, el 5 de enero de 1957. Su padre fue un juez autodidacta que aseguró toda la vida que el Espíritu Santo le enseñó a leer. Su madre, coleccionista de porcelanas, pintaba flores cuando era soltera y le entregó sus primeros óleos y pinceles. Aunque soñó con ser ciclista y héroe de película, la pintura lo arrobó desde niño. Un día, buscando soledad y silencio para pintar, decidió montar su primer taller en el cuarto de chécheres de la casa de sus padres.

Estudió Arquitectura en la Universidad de los Andes y Arte en la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes de París. Durante diez años sacó adelante la galería y la revista Mundo, un espacio desde donde publicó cuarenta revistas de colección y realizó sesenta exposiciones de grandes maestros del arte como Alejandro Obregón, Ana Mercedes Hoyos, David Manzur, Diego Rivera, Enrique Grau, Rogelio Salmona, Fernando Botero, Édgar Negret y Eduardo Ramírez Villamizar.

Salas adora la pintura de Leonardo, Miguel Ángel, Tiziano, Rafael y Verrocchio, se ha casado tres veces, en 2005 lo eligieron como uno de los cuarenta y ocho personajes más importantes de la historia del Huila, ha visto más de treinta veces el documental sobre la vida de Carl Jung Desde lo profundo del alma, es abiertamente uribista y tuvo una determinación feroz para vencer al alcoholismo y la leucemia.

Ha expuesto en los principales museos y galerías de América Latina, Estados Unidos y Europa. En 2015 inauguró una muestra de Art Basel con 160 piezas que mostró en el Museum of Contemporary Art
North Miami (MOCA), en 2016 se presentó en el espacio de exposiciones White Box de Nueva York y ahora está preparando una ambiciosa muestra en China, que el próximo año exhibirá cuatrocientas obras suyas en el Sunshine Museum de Beijing.

Además, este mes se estrenó En el taller, una película dirigida por su hija Ana en la que Salas devela su proceso creativo, desde el lienzo en blanco hasta el último trazo, de una obra circular de tres metros de diámetro que tituló En el abismo. A los sesenta y un años, Carlos Salas se lanzó al vacío para mostrar, sin recelo, la frágil intimidad del quehacer artístico.

Nunca abandono una obra. Tengo obras en las que vuelvo a trabajar veinte años después. Es una forma de capturar recuerdos que están contenidos en la obra y una especie de reencuentro con el pasado.

En la película En el taller, dirigida por su hija Ana, usted reveló todo su proceso creativo. ¿Qué tan difícil fue hacerlo?
La película es una manera muy importante de comunicarse con el público. A mí no me gusta que me vean trabajar y prefiero hacerlo en soledad, pero para la película esto no se podía negociar. Tenía que dar un salto al vacío y mostrarlo todo. No podría haber película sin cuadro, para eso tuvimos que pasar por todo ese proceso en el que me sentí invadido, pero el resultado es un cuadro que tiene una película y eso es un caso excepcional. Paralelo a ese proceso hice otro cuadro circular, un poco más grande, en el nuevo taller de La Calera. Lo hice a escondidas de Ana y sin que nadie me viera.

Usted tiene más de trescientas obras sin terminar. ¿Qué lo hace dejar una pintura?
La dejo porque estoy haciendo otro cuadro, pero nunca abandono una obra. Tengo obras en las que vuelvo a trabajar veinte años después. Es una forma de capturar recuerdos que están contenidos en la obra y una especie de reencuentro con el pasado. Uno piensa mucho mientras trabaja y esos pensamientos deben quedar en algún lado. Los recuerdos están en suspenso. Hay cuadros que tienen procesos muy largos, es como lograr una construcción tan elaborada como en un sueño.

Hablando de sueños, ¿siempre quiso ser pintor?
Desde muy niño. A mi mamá le gustaba armar teatros y pequeñas obras con escenografía y disfraces. Cada uno tenía que tener un papel y a mí me gustaba encarar el rol del pintor. Desde muy niño supe que era lo mío, y me han tocado todos los procesos de deterioro y agonía que ha sufrido la pintura. Hoy siento cierta nostalgia de lo que era la pintura cuando yo soñaba con ser pintor. Recuerdo que en la casa teníamos un libro que se llama Mil obras maestras del arte universal y en unas tablitas copiaba las pinturas que aparecían en el libro. Me gustaba la idea de la pintura como obra de arte, no como obra y del pintor como oficio, no como acción.

¿Se identificaba con esa idea romántica del pintor genio?
Claro. Si uno era pintor ya estaba garantizada esa genialidad. Fue a los quince años cuando empecé a pintar más en serio en una finca de una tía cerca de Pitalito. Ella me dijo: “Busca algo en un libro y lo reproduces”, y escogí la obra más complicada, El rapto de las hijas de Leucipio, de Rubens. Mi mamá me dio unos pinceles viejos y unos óleos secos, y con eso hice el cuadro de Rubens, me tomó muchísimo tiempo pintar cada personaje. Años después, cuando vi la obra en Alemania, dije qué es esto, en qué me metí, yo no tenía ni idea de que era un cuadro tan inmenso.

Carlos Salas

Estudió Arquitectura en la Universidad de los Andes y Arte en la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes de París. Durante diez años sacó adelante la galería y la revista Mundo.

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Sebastián Jaramillo

Aunque tenía tan claro que la pintura era el eje de su vida, terminó estudiando arquitectura. ¿Por qué?
Mi papá fue juez, pero nunca estudió, y en esa época llegar a la universidad era una proeza. En mi familia estaba estipulado que yo iba a estudiar medicina. Hice el esfuerzo por entrar a esa carrera en varias universidades, pero no pasaba. Entonces les plantee a mis padres que quería estudiar arte, pero mi papá me convenció de que hiciera una carrera más convencional y entré a la Universidad de los Andes a estudiar arquitectura. Cuando me gradué empecé a hacer casas en Bogotá y con lo que ahorré me fui a París a estudiar arte. Esa era mi meta.

Fue en París donde descubrió el camino de la abstracción. ¿Cómo fue ese encuentro?
Una noche de insomnio, en Le Maris, un romántico barrio en el centro de París, hice mis primeros cuadros abstractos, así empezó el camino a la abstracción. La pintura misma me llevó a eso. Recuerdo que por esa época Belisario y Marta Traba llevaron una exposición a París que se llamó Taller arte de la calle, con obras de Botero, Caballero. La muestra se expuso en la Escuela de Bellas Artes, donde paralelamente los estudiantes hicimos una exposición. Algunos cuadros eran míos y recuerdo que un profesor, sin saber que yo era el autor, nos decía: “Esto sí es arte, eso de Botero, esos gordos y esos desnudos, eso no es arte”.

Muchos creen que para ser un artista abstracto hay que pasar primero por la figuración. ¿Usted qué cree?
No necesariamente. Pero un artista abstracto que no sepa dibujar ni conozca la forma es un farsante. Grandes maestros de la abstracción como Kandinsky y Mondrian empezaron en la figuración. El camino adverso es muy complicado. David Manzur lo hizo exitosamente, pero nadie más.

¿Cree que salir de la forma y entrar en la abstracción de alguna manera lo liberó?
Claro, esa noche fue de liberación. Es la primera vez que alguien me pregunta esto y es la primera vez que lo admito, pero sí, fue una liberación que me abrió una puerta que debía explorar más, pero siempre estoy saltando de una cosa a otra. Alguien me dijo una vez: “Usted no es persistente”, y yo me puse furioso. Cómo no voy a ser persistente, tuve una galería diez años, el primer matrimonio me duró doce años, de pronto hay una manera de vivir por ciclos o de vivir saltando de un lado a otro.

Justamente uno de los saltos más grandes que dio fue cuando regresó a la figuración. Usted ya estaba consolidado como un pintor abstracto, ¿qué lo llevó a tomar esa decisión?
Cuando hice la retrospectiva del MAMBO decidí hacer un epílogo a la abstracción y meterme en la figuración, transformé mi taller, sembré un magnolio, lo llené de espejos y puse toda mi mente y mi imaginación en desarrollar una obra figurativa. Decidí que quería morir como un pintor figurativo, pero era una cosa ilusoria. Empecé a hacer una exploración sobre la imagen que fue un fracaso, esos fracasos bienvenidos que hay en la vida. Hice todo el proceso muy largo y muy intenso, y volví otra vez a la abstracción.

¿Cómo fue ese regreso?
Crear el simulacro de una figuración me sirvió de catarsis para volver a una abstracción sin problema, sin inquietud, sin preguntarme si la forma es correcta. Ahora estoy más conforme con lo que hago, aunque la duda de que lo que estoy haciendo no vale nada siempre está presente.

Carlos Salas

En 2015 inauguró la muestra de Art Basel y hoy está preparando una ambiciosa exposición de 400 obras para el Sunshine Museum de Beijing.

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¿Por qué?
El problema no es la abstracción ni la figuración, el problema es la pintura. Los que hemos tenido más suerte hemos sido los abstractos porque, ante tanta tecnología, la figuración no tiene nada que hacer en la pintura. La pintura murió hace rato. Cuando yo corto una obra me siento como un cirujano que está haciendo una autopsia de un objeto muerto.

Entonces, ¿qué le queda a la pintura si ya está muerta?
Y, ¿qué le queda a Dios si también está muerto? Uno no necesita que la pintura esté viva para trabajar sobre ella, uno puede trabajar sobre un cadáver, también lo puede revivir, hacer lo que quiera. Vasari decía que Caravaggio había venido al mundo a destruir la pintura, no alcanzó a destruirla del todo, pero era una necesidad.


La gran mayoría del arte que se produce en este momento necesita de una explicación previa para que la obra pueda entenderse. Pasa lo mismo con el arte abstracto, ¿es necesario entenderlo?
Mi obra no porque es muy vivencial y emocional. Pero lo del entendimiento sí es una forma de crearle barreras al acercamiento del espectador con la obra. Yo no puedo pretender llegar a los conocedores y menospreciar al que cuida la obra, no se puede hacer eso, porque el arte no es así, eso es un elitismo enfermizo. Dicen que antes la ópera era para los ricachones, pero el pueblo iba y escuchaba en la plaza y se aprendía las canciones. En el Renacimiento había un contacto público muy fuerte con la obra de arte, así que ahora hay que crear otras formas de acercamiento. Aunque vivimos en la era del dominio total del mercado del arte, la gente tiene más referentes y los jóvenes no comen tanto cuento.

En temas de arte, ¿qué tan esnobistas somos los colombianos?
Muchísimo, es espantoso. Yo estoy muy retirado, pero fui de los constructores de la feria ARTBO y ahora no me acerco por allá. Tanto esnobismo, tanta falsedad, tanta vanidad y tanta tontería juntas y concentradas son insoportables. El arte tiene unas grandes dosis de falsedad y se llenó de espectáculo. Ahora tenemos que preguntarnos si lo que estamos viendo es una buena exposición de arte o un buen espectáculo.

Hace poco tuvimos la famosa semana del arte en Bogotá, ¿qué opina de las ferias de arte?
El criterio de las ferias de arte es muy perverso, si no estás ahí es como si no existieras como artista, solo va un círculo cerrado de gente, los coleccionistas siempre son los mismos y la gran mayoría asiste por el esnobismo de no perderse ese evento social. Mientras las galerías funcionen, ARTBO seguirá funcionando, pero está hecha para que se agote porque el esquema está en crisis.

A los cuarenta y dos años presentó su primera gran retrospectiva en el MAMBO. Usted fue el artista más joven al que se le hizo una muestra así. ¿Estaba listo para eso?
La obra estaba lista y estuve un año organizándolo todo, pero yo no estaba preparado para eso ni sabía en qué me estaba metiendo. Siento que esa muestra me afectó un poquito la cabeza porque en esa época tomaba mucho alcohol.

Tanto esnobismo, tanta falsedad, tanta vanidad y tanta tontería juntas y concentradas son insoportables. El arte tiene unas grandes dosis de falsedad y se llenó de espectáculo.

¿Tomaba para pintar?
Eso me volvía más creativo, yo pensaba que era la berraquera. Recuerdo que una vez, en una entrevista con Gloria Valencia, le dije que siempre ligaba la creación artística con el cigarrillo y el alcohol, que no creía que pudiera hacer una cosa sin la otra. Sin embargo, hace once años dejé de tomar.

¿Qué lo llevó a dejar el licor?
Una vez en una borrachera, después de una
inauguración en la galería Mundo, me fui con un amigo y terminamos en un sitio muy feo. Perdí el conocimiento y cuando me desperté me vi con un puñal en el corazón, un bandido me estaba asaltando, ahí decidí hacer algo. Entendí que la única forma de reconciliarme conmigo mismo y con la gente era dejando de tomar. Llamé a un amigo que estaba en Alcohólicos Anónimos y me llevó. Cuando fuimos había un mexicano hablando de sus historias y me di cuenta de que ese señor llevaba veinte años hablando de lo mismo. Dije: “No, a esto yo no vengo, yo lo hago a palo seco”. La abstinencia es brutal y hay procesos químicos interiores tremendos. No es muy conveniente hacerlo solo, pero se puede.

También tuvo que enfrentar una leucemia. ¿Cómo fue ese proceso?
Hace seis años, gracias a un dolor de rodilla, se descubrió la enfermedad, pero fue captada a tiempo. Me puse a investigar qué era la leucemia y los artistas que habían muerto de cáncer en la sangre, porque me interesaba mucho el tema de la enfermedad y la creación. Llegué a la conclusión de que no era tan terrible y que lo que tenía era puro miedo mental. Eso me hizo consciente de que el paseíto por esta vida es muy corto.

¿Sus hijas fueron fundamentales en ese proceso?
Claro. Alguien me dijo alguna vez que ellas eran mi salvación, y tal vez tenga razón. No sabría que habría sido de mí sin ellas. No hay tratos, no hay convenios, solo nos une un amor inmenso. Incluso, durante la enfermedad, Ana me pidió que dejara de usar pigmentos porque era peligroso para mi salud y los saqué de mi pintura. Pero ahora que estoy curado quiero volver a trabajar con ellos, teniendo algunas precauciones. Para hacer mis obras solo necesito cinco colores, no más.

¿Cómo nació la idea de la galería Mundo?
Quería montar una galería con revista y cine. Dije: “Necesito 25 socios de 25 millones”, y conseguí tres que dieron la mitad de la plata: César Gaviria, Nadín Ospina y Carlos Jacanamijoy. Teníamos todas las de ganar y queríamos rescatar a los grandes maestros del arte en Colombia que estaban muy olvidados, pero cuando me di cuenta de que cumplimos diez años decidí cerrarla para completar el ciclo. Era un buen momento y lo vi como una oportunidad de que, con los años, Mundo se viera como un proyecto artístico y no como un negocio.

La galería arrancó con una muestra de Omar Rayo que muchos criticaron.

Rayo era el artista más detestado en ese momento. Beatriz González dijo: “¿Han visto con qué inaugura la galería Inmundo?”. Para muchos fue una blasfemia, pero para mí valía la pena exhibir a un artista que tenía museo y que había hecho una labor regional tan importante. La muestra se llamó Criaturas abisales, eran unos cuadros azules de una sutileza hermosa. Rayo estaba muy relegado y esa exposición le abrió una gran puerta. Al poco tiempo se presentó en el MAMBO, Villegas Editores le publicó un libro y su obra se cotizó. Los cuadros que expusimos costaban en ese momento diez millones de pesos, hoy están por encima de los sesenta mil dólares.

Carlos Salas

Se acaba de estrenar En el taller, la película dirigida por su hija Ana, en la que devela su proceso creativo.

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Sebastián Jaramillo

De las sesenta exposiciones que presentó, ¿cuál recuerda especialmente?
La de David Manzur fue una de las más bellas, le sacó lágrimas a la gente. En una sala estaban treinta dibujos y en otra cinco cuadros sin terminar. Uno de esos era un San Sebastián iluminado dramáticamente. Recuerdo que secuestraron uno de los dibujos de la muestra y nos pidieron tres millones de pesos para devolverlo. Cada dibujo costaba cinco mil dólares y nosotros pagamos sin que Manzur supiera, cuando se enteró nos dijo que no valía la pena haber pagado el rescate.

No era contradictorio jugar en ambos equipos: ser galerista y artista.
Eduardo Serrano me dijo: “Carlos, yo te puedo ayudar como artista –que nunca lo hizo–, pero como galerista no, porque hemos perdido un gran artista y hemos ganado un pésimo galerista”. La oposición era fuerte, se hacía uno muchos amigos, que eran los que invitaba, y multiplícalo por treinta y esos eran los enemigos, los artistas que uno no invitaba. No aconsejo trabajar con artistas, son muy egoístas y vanidosos.

Además, a muchos les cuesta soltar sus obras.
Había oído que a Édgar Negret le dolía mucho salir de sus obras, decía que eso era como perder un hijo. A mí eso siempre me pareció ridículo, porque yo vivo de esto y las obras, cuando están listas, hay que soltarlas. Pero hace unos años, mientras escogía un cuadro para regalarle a Juan Gustavo Cobo Borda, me costó elegir la obra, no quería salir de ninguna y me di cuenta de que estaba apegado a mis cuadros, fue una cosa rarísima. Aunque para mí es muy satisfactorio vender, aún me queda un poco de ese síndrome de Negret.

¿Cómo es su relación con el lienzo en blanco?
El lienzo en blanco no existe porque uno trae mucha carga. Qué tal que uno, cada vez que fuera a arrancar, fuera como un lienzo en blanco, sería extraordinario o una tragedia. Alguna vez oía a Keith Richards decir que cuando empezaba a tocar y se le iba una nota mal, ahí empezaba lo bueno. En el arte el error tiene una función muy importante, no es como en la política.

Hablando de política, usted se ha declarado abiertamente uribista. ¿Por qué?
Cuando monté la galería Mundo el país estaba vuelto nada, en la crisis más violenta y con las FARC muy fortalecidas. Subió Uribe y dio mucha tranquilidad, uno podía ponerse a trabajar mientras él estaba manejando el país, pero llegó un tipo como Santos y la cosa se puso muy complicada. Por eso apoyé a Duque, yo fui el único intelectual y artista que votó abiertamente por él.

¿Su posición política le ha causado enemistades en el medio artístico?
Muchas. El antiuribismo es fuertísimo en el medio intelectual y por Facebook me han escrito cosas durísimas. No me incluyen en nada, en los ocho años de Santos estuve totalmente relegado porque era oposición total, pero me sentí muy confortable en esa compañía de la soledad.

¿Cree que el país quedó en buenas manos?
Hay gente que me dice que no quedamos en tan buenas manos, yo también tengo mis dudas. A veces me da la impresión de que Duque sigue en campaña y ya es el presidente. Sí se necesita una dosis de tener a los medios contentos, la izquierda lo sabe y por eso lo hace tan bien, llenan de publicidad los medios y no tienen tanto problema. Pero él no necesita hacerlo. Vamos a ver qué pasa en estos cuatro años.

La pintura es muy celosa, tengo que estar muy pendiente, si la descuido un poquito, ella se va.

Una de las exposiciones más importantes de su carrera la presentó hace tres años en el Museum of Contemporary Art North Miami (MOCA). ¿Cómo llegó hasta allá?
Yo siempre he sido muy apegado al país, pero hace unos años unos amigos y familiares me insistieron que buscara alternativas en el exterior. En una exposición en el Museo de la Universidad de Antioquia conocí a Máximo Caminero, un artista dominicano que me dijo que varias galerías en Miami estarían interesadas en exponer mi obra. Eso se diluyó, pasaron los meses y, con un primo que vive en Miami, decidí enviarle un libro sobre mi obra a Babacar M’Bow, que era el director del MOCA. Un día me llegó una carta en la que me invitaba a ser el artista del año en el MOCA. Fue una exposición gigantesca, presenté 160 obras de los últimos cinco años. Gracias a esa muestra me invitaron a exponer en el White Box de Nueva York.

Y a raíz de esa muestra en el White Box sé que lo invitaron a China. Hace rato se está hablando de una gran exposición suya en Beijing. ¿En qué va eso?
Con respecto a esa exposición me pasó algo muy particular. Este año invité al artista Li Guangming, uno de los más interesados en que yo presenté esa muestra, a una reunión con unos amigos, entre los que se encontraba Duque. En ese momento era candidato y al despedirse le aseguró a Li que él iba personalmente a inaugurar la exposición en China. Por supuesto, los chinos se lo tomaron al pie de la letra. No me voy a afanar con el tema, se hará cuando tenga que hacerse.

Usted es un pintor incansable. ¿Qué lo motiva a pararse todos los días frente a un lienzo?

Muchas veces no quiero trabajar, pero lo único que necesito es pararme, ver la mesa, el caballete y la tela, no tengo que hacer nada más. La pintura es muy celosa, tengo que estar muy pendiente, si la descuido un poquito, ella se va.

POR MARÍA ALEXANDRA CABRERA
FOTOGRAFÍA SEBASTIÁN JARAMILLO 
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 80 - NOVIEMBRE 2018

Carlos Salas

La derecha del arte.

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