Carlos Duque: el retratista del poder

Carlos Duque: el retratista del poder

BOCAS entrevistó a uno de los íconos de la publicidad política nacional. 

Carlos Duque

Campañas que ha creado como la del afiche de Galán o la “mano firme y corazón grande” de Uribe, entre otros, han redefinido el poder en Colombia.

Foto:

Sebastián Jaramillo

Por: MELBA ESCOBAR 
26 de marzo 2019 , 11:37 a.m.

Sus trabajos en determinadas campañas presidenciales se han convertido en íconos de la publicidad política en Colombia. Del afiche rojo de un Galán vociferante con el puño en alto, a la “mano firme, corazón grande” de un Álvaro Uribe mirando hacia el futuro con la mano en el pecho, Duque ha hecho un largo recorrido por los pasillos secretos del poder nacional.

Personajes enormes como Gabriel García Márquez, Luis Carlos Galán o López Michelsen han estado tras su lente. Políticos como Andrés Pastrana, Álvaro Uribe Vélez, Germán Vargas Lleras, Marta Lucía Ramírez o Rafael Pardo también han sido retratados por él. La cámara de Duque ha fotografiado a íconos de la cultura y las comunicaciones como Jaime Garzón, Fernando Gaitán, Débora Arango, Beatriz González, Ana Mercedes Hoyos, Fernando Botero, Fanny Mickey, entre tantos más. Recorrer sus archivos fotográficos es recorrer más de cuarenta años de historia.

Pero llamarlo retratista es quedarse corto. Duque es también un artista, un comunicador y un estratega. Es el cerebro detrás de campañas presidenciales ganadoras y de otras que perdieron por poco. Es un inventor de logotipos, un creador de afiches, un compositor de pegajosos eslogans, un dibujante, un fotógrafo, en fin, un creativo consumado y ecléctico. Dicho en sus propias palabras: “La publicidad es la poesía del lenguaje visual”. Es así como en su extensa “obra poética”, hoy son clásicos logos como el de galletas Noel, la Cámara Colombiana del Libro, Fundalectura, Adpostal, la Feria Internacional del Libro de Bogotá, Biblored, y el Festival Iberoamericano de Teatro en cinco ediciones.

Carlos Duque

También ha sido un gran fotógrafo que ha retratado a personajes de la talla de Gabo, Beatriz González, Gloria Zea, Fanny Mickey, Jaime Garzón, Débora Arango o el maestro Fernando Botero

Foto:

Sebastián Jaramillo

Vallecaucano, creció en la Cali de los años sesenta, ese hervidero de talentos que se fueron contagiando de genialidad a fuerza de echar carreta entre el arte y la rumba. Se define como un eterno enamorado de las mujeres y, en consecuencia, ha tenido cinco parejas, tres de ellas han sido sus esposas. Entre ellas, la chef Margarita Bernal lo describe como un apasionado, un hombre brillante con un gran sentido del humor y una capacidad inagotable de reinventarse. La unión de 17 años les dejó a Paté, un consentido boston terrier que hoy cuidan a custodia compartida.

Tiene dos hijas, María Elisa y Juliana, y dos nietos de trece y cinco años. Me pregunto por su edad solo al ver la edad de sus nietos, así como lo prolífica que ha sido su carrera. Algo en él respira vitalidad, juventud. Es por eso que, a pesar de haber hecho mis cálculos, no deja de sorprenderme escuchar que el hombre delgado y amable, de bluyines y con acento valluno que ofrece un café o una copa de vino, nació en 1946.
Son las cuatro de la tarde de un martes cuando se sienta en el sofá de la sala. “Como diría una de mis ex, estoy tan acostumbrado a dirigir, que no sé cómo dejarme dirigir por otros”. Lo dice porque no logra evitar sugerirle algo al fotógrafo. Luego se ponen a hablar de lentes, equipos, gadgets tecnológicos. Sebastián, el fotógrafo, está frente al reto de retratar al retratista: “Maestro, mire aquí por favor”, le dice. Entonces, tomo nota de que acaba de llamarlo maestro. ¡Clic!

Si a mí me dijeran que solo puedo salvar un retrato de todos los que he hecho, salvaría las fotos de Gabo.

¿Es de Cali?
Nací en Palmira, Valle. Mi juventud la viví realmente en Cali, en Santa Mónica, en el colegio San José de curas maristas. Estudié Bellas Artes en el conservatorio; yo quería ser pintor, hasta que descubrí la publicidad.

Le tocó todo el boom cultural de ciudad…
Sí, claro, a mí me tocó la toma de Cali por parte de Fanny Mickey, el Festival de Arte de Cali, que era como un acontecimiento nacional de la cultura a donde iban todos los nadaístas, todos los pintores a corromper a la juventud.

¿Caicedo andaba por ahí?
Por supuesto, esa era la época de Caicedo, Mayolo, Luis Ospina, Ciudad Solar…

¿Conoció a Andrés Caicedo?
Claro. Yo era de la barra de Santa Mónica, de donde éramos la mayoría, amigos del barrio o del colegio. Mayolo, por ejemplo, estudiaba en el San José también. Estamos hablando del 63, 64, cuando descubrí la publicidad porque entré a trabajar en unas vacaciones a Propaganda Época y ahí conocí a Hernán Nicholls y Fernell Franco, entre otros.

¿Ahí entró la publicidad?
Cuando trabajamos con Fernell, sí; también entró el diseño gráfico. Ahí dije no, lo mío no es la pintura, lo mío es el diseño. El diseño es una especie de síntesis entre los lenguajes, como el equivalente a la poesía pero en las artes visuales. Trabajando en publicidad descubrí la fotografía.

¿Se puso a hacer fotos?
Me fui a estudiar fotografía un par de años a Estados Unidos.

Es decir, ¿esa Ciudad solar fue definitiva en su formación?
Lo que he hecho desde entonces ha sido por lo que viví en esos años.

¿Quiénes más hicieron carrera en esa época?
Mayolo y Poncho (Luis Ospina) estaban ya haciendo cine, pero eso ni siquiera era la época del Caliwood, era la época de un cine muy contestatario de donde surgieron películas como Agarrando pueblo, por ejemplo.

¿De eso qué queda hoy? ¿La salsa?
La salsa una vez que se aprende es como aprender a montar en bicicleta, no se olvida.

¿Y la marihuana?
Los vicios sí lo van abandonando a uno con los años.

¿Cuándo empezó como fotógrafo?
Me llamó Gonzalo Córdoba, él fue director de Cromos. Me dijo que había visto retratos míos como chéveres. Después, Germán Santamaría me metió en Diners, allá hice mucho editorial con retrato. El retrato siempre me gustó mucho.

Carlos Duque

Carlos Duque es un artista, un comunicador, un estratega.

Foto:

Sebastián Jaramillo

¿De dónde nació el interés por la fotografía?
A mi casa llegaba la revista Life, ahí me enamoré de la fotografía como lenguaje. Veía a todos esos personajes de la época: Fidel, el Che, Churchill, Elvis, Brigitte Bardot, y me atraía no solo el retrato sino como los famosos, como las celebridades. Me preguntaba: ¿Por qué existen? ¿Cuál es la diferencia entre una persona común y corriente y una celebridad? Y he retratado a muchas. Me he hecho famoso en la fotografía por fotografiar celebridades. Lo que he hecho en el fondo es “gorrearle” fama a los famosos [risas]. Como “gorrearles” inmortalidad a los inmortales. Para ver que al final son como cualquier otra persona y, entre más celebres, más frágiles se vuelven frente a una cámara.

¿Cómo fue retratar a García Márquez?
En 1968 me fui a estudiar fotografía en Los Ángeles, y el único libro que me llevé fue Cien años de soledad. Mientras estudiaba allá lo leí varias veces, quedé absolutamente alucinado con esa novela. Había leído a Kafka, Dostoievski, había leído a Borges, todas esas cosas que leíamos en esa época, pero Gabo se volvió mi ídolo. Empecé con una obsesión a subrayarla porque quería ilustrar esa novela. Había sido dibujante, no creo que lo haga mal dibujando. Ya tenía todo. Tenía el barco en la selva, a Remedios volando, a Arcadio amarrado al árbol… Como al año de estar en ese rollo dije: “Soy un güevón, esa novela no se puede ilustrar, me la tiro”.

¿Por qué?
Lo lindo de una novela es que cada cual tenga la imagen que quiera y el poder que hay en eso. La fuerza está en que cada quien lo ve, lo vive, de una manera única. Si uno ilustra eso, se lo tira. Lo que hizo Doré con la Biblia, o La divina comedia ilustrada, fue tirárselas, se vuelve eso y nada más. De todas maneras lo que quiero decir es que Gabo se volvió para mí el escritor; de ahí en adelante, ¿qué más lee uno? Gabo es el gran creativo, uno lo que debe intentar es narrar como él de alguna forma…

¿Cómo se conocieron?
En el 72, hubo un concurso de diseño gráfico para elegir el afiche del Festival Internacional de la Juventud y los Estudiantes, que se celebra en distintos países comunistas desde 1947. Quería ganarme el premio, que era ir al festival. Esta vez iba a ser en La Habana, Cuba. Quedé de segundo. Gabo era el presidente del jurado y ganó un diseñador mamerto del Partido Comunista con un afiche más chimbo…

¿Y fue en ese coctel donde se conocieron?
Sí, Ana Fernanda Urrea me presentó: “Maestro, este es Carlos Duque que se ganó el segundo puesto del afiche”. Entonces, Gabo me dijo: “Me gustó mucho el diseño, ese diseño lo podemos usar para una cosa que yo tengo en Europa”, y yo le respondí: “No, es que yo no lo hice para eso, lo hice para el Encuentro. Es como si yo le dijera a usted que le cambiara el título a Cien años de soledad”.

No le debió gustar…
Claro que no, me dijo: “Eso es lo que pasa con la hipersensibilidad en los artistas” [risas]. Es que estaba muy piedro, a La Habana fui muchos años después, cuando ya para qué.

¿Y cuándo se volvieron a encontrar?
Muchos años después frente al pelotón de fusilamiento yo le hice una campaña a la alcaldía a Jaime Castro. Ese es amigo mío desde la Constituyente. El título que le había hecho decía: “El alcalde mayor”. Porque era la época, que empezaban con todo el cuento de los alcaldes menores y porque Jaime siempre ha sido un tipo así como mayorcito y protocolario, constitucionalista. Hizo un desayuno en un club para presentarle la campaña y Gabo solo dijo que para qué lo citaban a esas reuniones, cuando era claro que esa campaña estaba lista. Ese fue un gran elogio y ahí se acabó la reunión.

Es que Galán era un tipo muy consciente de sí mismo. Tenía mucho carácter, además él se veía actuar públicamente, se veía, no simulaba. Era muy buen actor, no había que dirigirle nada.

¿Después ya fue el encuentro del retrato?
Le llevaba unas fotos a Pilar Calderón, que dirigía Cambio Mujer. Cuando salí estaba Gabo, le dije que yo soñaba con hacerle un retrato. El tipo me dijo que dentro de seis meses iba a dar un taller en Cartagena, por si podía ir. Yo quedé agendado.

¿Ese es el retrato al que más cariño le tiene?
Si a mí me dijeran que solo puedo salvar un
retrato de todos los que he hecho, salvaría las fotos de Gabo.

¿Cómo se dio la foto?
Me fui a Cartagena. Gabo no estaba, estaba en La Habana, creo. Pensé, “no voy a poder hacer esta foto”. Al tercer día la logré. Fue en un almuerzo. De pronto Gabo se paró para el baño y yo me fui detrás con todo y cámara. “¿Gabo, usted se acuerda de mí? Usted me dijo que viniera al taller y que acá podía hacerle la foto”. El hombre me miró con una cara de cansancio y me dijo: “Llegué a las dos de la mañana de La Habana, estoy muy cansado y mañana viajo a México”. Entonces, se me ocurrió decirle: “Maestro, yo lo único que quisiera es tener treinta minutos de sus cien años de soledad”. El tipo se quedó mirándome, le echó una ojeada a su reloj y me dijo: “Te espero en mi casa a las cuatro”.

¿Fue en su casa de Cartagena?
Sí. Me busqué el sitio con una ventana al lado, salió el hombre, la luz era divina, el tipo con su liki liki, chévere, como muy cordial; entonces, empecé a dirigirlo.

¿Dirigir a Gabo?
Retratar es dirigir. No hay nada más horrible que un fotógrafo que no sepa dirigir. Todo el mundo espera eso. Y fue muy dramático porque la fragilidad frente a una cámara es horrible. Y uno le tiene que dar órdenes: “Mira para la ventana, vuelve a mirar de frente”, el tipo protestaba. Decía: “Esa es la típica foto que les hacen a los malos escritores” [risas]. Hice dos rollos. Tengo unas cinco fotos muy bonitas. En ellas, Gabo está en su mejor momento.

¿En dónde salieron esas fotos?
En Diners como en 2000, 2002.

¿De dónde surgió el afiche de Galán?
La foto no es mía, la foto es de un fotógrafo de Bucaramanga, Javier Pesca. A mi oficina se apareció Maruja Pachón con Galán, estaban buscando agencia. Les dije que el afiche era clave. Hoy día, el afiche político no es tan importante, pero en esa época sí. Me dijeron que ya tenían uno. La calle era muy importante, la foto era muy buena pero la calidad del afiche no, en parte por la calidad de la impresión, el papel periódico. Les dije que me dieran la foto y yo les proponía un afiche a partir de ahí.

Carlos Duque

Las campañas presidenciales que ha creado Carlos Duque se han convertido en íconos de la publicidad política nacional.

Foto:

Sebastián Jaramillo

¿Cómo fue llegar a esa técnica?
Curiosamente ya llevaba como dos años haciendo dibujos en plumilla. Fue en ese momento cuando apareció la oportunidad de trabajar esa trama para un afiche, para una cosa pública. Pedí dos días para hacer un boceto. Cuando volvieron, lo pegué a una pared enfrente de la oficina. Lo aprobaron de una.

Y se volvió un ícono de la publicidad política…

Es que Galán era un tipo muy consciente de sí mismo. Tenía mucho carácter; además, él se veía actuar públicamente, se veía, no simulaba. Era muy buen actor, no había que dirigirle nada.

¿Hay un rasgo en común entre los distintos políticos a quienes ha fotografiado?
Todos son muy distintos. Digamos que yo he hecho una escuela en la cosa política mirándolos y viéndolos. A mí no me gusta dirigir las campañas políticas. Decirle a un político qué debe decir y qué no, me parece fatal. Lo primero que yo esperaría de un político es que sepa qué es lo que quiere decir, cómo quiere decirlo y uno interpretar eso para poderlo comunicar.

¿No es eso lo que hacen los asesores políticos?

Los asesores de campaña a menudo le dicen no haga esto, haga lo otro. Lo mío ha sido enamorarme de un personaje para encontrar la mejor manera de sentir y apoyar su campaña.

También la campaña de Uribe de “Mano firme, corazón grande” es un clásico…
Y la de Pastrana.

Y Cambio Radical…
De Cambio Radical hice el logotipo y la campaña de Germán al Congreso. Pero mi segunda campaña presidencial fuerte fue la de Pastrana, que no fue donde ganó Pastrana, por cierto. Es de las campañas más bonitas que he hecho, pero Pastrana es otro tipo de candidato.

¿Qué tipo de candidato?
Pastrana es de los que dicen: “Ahí están los de CM&, ¿Qué les digo?”. Uno lo pone a cantar un jingle y lo canta, hace todo lo que uno le diga. Le íbamos dando duro a Samper en esa campaña.

¿Y qué pasó?
Que Samper tenía una muy buena campaña, que Samper es un político y fue el candidato del salto social. Un tipo liberal de avanzada y nosotros con este loco cantando canciones con unos buses pintados… Esa campaña fue muy publicitaria, pero no había pensamiento político como tal.
Esas elecciones se perdieron como por cien mil votos…

Cómo es que casi trabaja en la campaña de Samper y acabó en la de Pastrana…
Así es, yo no iba a trabajar en la campaña de Pastrana, iba a trabajar en la de Samper. De hecho, nos habíamos reunido, me fui a Estados Unidos a armar un cuento con los gringos, le invertí un poco de plata, quería hacerlo. A mí Samper me parecía muy bueno; de hecho, me sigue pareciendo el político con el mejor discurso en los últimos años. Samper me dijo que le presentara la campaña a Botero, y Botero me dice que ellos ya tienen sus propios asesores gringos, y que ellos solo me quieren a mí para el afiche y la publicidad. Pero lo mío es todo el cuento estratégico y yo ya había armado un equipo…

Carlos Duque

Galán, 1982.

Foto:

Carlos Duque

Carlos Duque

Andrés Pastrana, 1994.

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Carlos Duque

Carlos Duque

Álvaro Uribe, 2002.

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Carlos Duque

Gabo, 1999.

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Carlos Duque

Carlos Duque

Gloria Zea, 1984.

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Carlos Duque

Carlos Duque

Jaime Garzón, 1997.

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Carlos Duque

¿Y entonces aparece Pastrana?
Porque me encontré a Luis Alberto Moreno en la Zona Rosa y me dijo: “Oiga, Duque, ¿usted qué está haciendo?”. Le dije que estaba haciendo una propuesta para Samper: “¿Qué Samper? Usted qué se va a ir a trabajar con Pepsi-Cola si aquí tiene a
Coca -Cola”. Y me enganchó.

¿Qué era lo interesante del discurso de Samper?
Era un discurso realmente liberal, y liberal de izquierda. El rollo de su salto social me parecía espectacular. Pero el tipo tuvo que dedicarse todo su gobierno a defenderse y no pudo hacer nada… Ya desde ANIF estaba con la legalización de la marihuana, él estaba preparado para ser un buen presidente, manejaba al Partido Liberal, era un político de mucha influencia y se volvió una especie de liberal mamerto de segunda. Es muy triste, además con su inteligencia…

¿Y cuándo apareció Uribe?
Yo no conocía a Uribe. A Pastrana sí, por Tv Hoy. Con Uribe pasó que Germán Santamaría me dijo que quería entrevistarlo, entonces fuimos a Medellín a hacer las fotos. Yo me hice una investigación y lo veía siempre con unas gafas grandísimas. Entonces, me fui a unas ópticas y compré unas monturas para ensayárselas. Lina me ayudó a mirar y escogimos unas gafas que fueron las de la campaña y que son las del afiche. Esa montura la siguió usando por un buen tiempo…

¿Qué le atrajo de Uribe?
Me parecía que el tipo tenía un discurso muy contundente. En eso se parecía a Galán. No por las ideas, sino porque sabía exactamente qué era lo que quería decir, sin arandelas cosméticas.

¿Y el eslogan de “mano firme, corazón grande”, de dónde salió?
Yo iba a sus apariciones públicas a observarlo y escucharlo, y eso era algo que él decía mucho, lo de “mano firme, corazón grande”. El tipo era absolutamente estricto con su comunicación, un tipo como Galán. Por eso te lo digo, un tipo que sabe cuál es su cuento y nadie lo va a mover de ahí.

¿Qué más elementos se pensaron en la campaña?
El mano firme, corazón grande. La montura de las gafas. El rojo de su estirpe liberal en la camisa, pero no era un rojo sangre, era un rojo moderado. Yo había fotografiado unos cielos en Manizales, cogí tres banderas de Colombia, las fotografié y le hice el retrato.

¿El de la mano en el corazón?
Le dije a Uribe: “Póngase la mano en el corazón y mire hacia el futuro”. Siempre les he dicho que miren hacia el futuro, desde la foto de Galán que se inspira en la del Che.

¿No se supone que tienen que mirar de frente?
En los focus groups encontramos que la gente, cuando el candidato mira de lado, se siente con más capacidad de mirarlo. Cuando los candidatos lo están mirando a uno, parece que lo están tratando de convencer. Como que quien no mira de frente puede ser observado y criticado, y eso hace sentir más cómodo a quien observa.

¿Cuál es el secreto de la publicidad política?
A mí siempre me ha interesado que en la foto pase algo más allá de la imagen. Digamos, en la de Pastrana yo quería que la foto tuviera movimiento. Sonido. Y cuando digo que tuviera sonido fui a un estadio, hice una foto de la gente en ese estadio y uno alcanza a percibir una especie de ovación. Él muy sonriente, porque siempre ha sido un personaje muy sonriente, y la multitud detrás. El hecho es que ahí había un efecto en esa foto.

¿Y con Uribe?
Con Uribe quise ilustrar el “Mano firme, corazón grande”. Él protestó de alguna manera, “pero es que yo me siento como actuando”, pero la política es actuación. Y eso quedó bien ilustrado. Ahora Duque también se pone la mano en el corazón, eso ya se volvió como un ícono del Centro Democrático.

Hoy, las campañas son sin hígado. Hoy, las campañas se basan en volver mierda al competidor, sacarle el cheque, sacarle las bolsitas de dólares, el escándalo, una escuela que trajeron los gringos.

¿Y Santos?
Primero conocí a Enrique antes que a Juan Manuel. Lo conocí por Patricio Wills, por Yamid Amat. Juan Manuel a veces hacía como parte de ese combo que tomaban whisky los lunes. Cuando él estaba en el Ministerio de Comercio Exterior me llamó. Él no da puntada sin dedal. Hicimos unas campañas de Comercio Exterior muy chéveres. De ahí surgió el tema de “buen gobierno”. Pero él siempre
tuvo en la cabeza esa presidencia.

¿Fue después de ese ministerio cuando Santos pensó por primera vez lanzarse a la
presidencia?

Después del proceso 8.000 había un grupo al que llamaban “los conspiradores”, que querían tumbar a Samper. Santos estaba entre ellos y fue ahí cuando vio oportunidad de lanzar campaña. Ya en ese momento su tema era la paz. Y eso fue hace casi treinta años.

¿Lo buscó para la campaña de su presidencia?
No le hice la campaña de su presidencia, pero de todos modos apoyé el tema de la paz y estuve en uno de los comités del Sí. A Santos lo conozco y lo admiro, y habría podido trabajar para su campaña.

¿Cómo era Jaime Garzón, a quien también retrató?
Lo conocí siendo publicista de RTI Televisión. Estaba de pronto uno en una reunión y se aparecía Jaime Garzón en pelota. Era un transgresor. No conocía reglas. Por eso lo mataron, este país no aguanta una cosa así. Las cosas que les decía a Uribe y a los políticos en la cara, era increíble.

¿Ha cambiado mucho la publicidad en los últimos años?
Al punto que la publicidad ya no existe, porque todo es publicidad. Pero la publicidad ya no es si hago una cuña o me invento una frase, sino si convierto en realidad una idea. La política hoy es “vamos a derrotar a Maduro, hagamos un concierto con treinta artistas”, y eso es un evento, y eso es la publicidad de hoy, es el reality.

Vivimos en un reality
Pero eso es lo que es la publicidad de hoy. Lo único que permanece vigente en el mundo son el arte y la imaginación. Mejor dicho, ¿qué es más real, un noticiero o una telenovela? Hay gente que vive las telenovelas, vive las mentiras, vive las redes, así sea cierto o no; la posverdad es parte del lenguaje y el único refugio frente a todo esto es el arte. Ya no hay discurso publicitario, lo que hay son interpretaciones, montajes, eventos, experiencias.

¿Las campañas políticas también cambiaron radicalmente?
Hoy, las campañas son sin hígado.

¿Cómo así?
Hoy, las campañas se basan en volver mierda al competidor, sacarle el cheque, sacarle las bolsitas de dólares, el escándalo, una escuela que trajeron los gringos. Aquí no era así. Los gringos son: “Quédese ahí quieto y miremos a la competencia en qué está”. Es mucho más crudo el escenario, el lenguaje. Los medios ya están enfocados en el escándalo.

POR MELBA ESCOBAR
FOTOGRAFÍA SEBASTIÁN JARAMILLO 
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 83 - MARZO 2019

Carlos Duque

El retratista del poder.

Foto:

Revista BOCAS

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