Andrés Salcedo: maestro locutor

Andrés Salcedo: maestro locutor

BOCAS entrevistó a una de las voces más legendarias del país.  

Salcedo

Andrés Salcedo nació en Barranquilla hace 78 años. Comenzó a hacer radio en Mompox. Muy joven dirigió la Radio Guatapurí, en Valledupar.

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Charlie Cordero

Por: MAURICIO SILVA GUZMÁN 
22 de octubre 2018 , 12:12 p.m.

El desembarco de Andrés Salcedo en el continente europeo fue un completo desastre.

En pleno fulgor de las revoluciones juveniles mundiales, a mediados de 1968, el joven locutor de Todelar recién se había enamorado de una morena del barrio Egipto de Bogotá que deliraba con España y que, a veces, hablaba con ceceo, se pintaba un par de lunares en la cara y se peinaba como una cantaora andaluza.

“La maja criolla”, en menos de un mes lo convenció de que España era el paraíso para ambos, aun cuando lo que en realidad quería Salcedo era volver a Nueva York donde meses antes había aplicado para vincularse a la Radio Wado, de la Gran Manzana.

Pero pudo más el idilio y juntos, cachaca y costeño, sin dinero suficiente, se subieron a un barco en Cartagena rumbo a la península ibérica. Sin embargo, en esa nave todo se jodió. La bogotana terminó en amoríos con un marino de la tripulación y, una vez en Cádiz, el destino final, ella decidió seguir a bordo.

El joven barranquillero desembarcó en el viejo puerto andaluz y, ya sin un peso, comenzó su camino a dedo hacia Madrid. Un camión lo llevó hasta Sevilla donde, a pie, buscó una vía de salida para seguir en autostop.

Completamente derrotado, en una estación de gasolina a las afueras de la capital andaluza, tuvo que dormir en el suelo, pegado a una pared. Durante dos días intentó que alguien lo llevara a Madrid, pero nadie se detuvo.

Fue entonces cuando los muchachos de la estación, conmovidos, decidieron darle de comer y hacerle una colecta para que llegara a su destino final. “Nunca he llorado como lloré ese día: una mezcla de agradecimiento y pena. Esos muchachos me dieron un cocido de papa y chorizo que no pude comer por el llanto. Estaba totalmente abandonado a mi suerte, sin el amor que creía, sin dinero y con los proyectos en un punto muerto”.

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En Todelar, Bogotá, hizo histórica pareja con Carlos Arturo Rueda. Viajó a España donde la pasó mal hasta que, en 1969, ganó el Premio Nacional de Crónica de España.

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Charlie Cordero

Finalmente llegó a Madrid y sus primeros meses fueron de hambre y desazón, hasta que se pudo comunicar con sus viejos compañeros de la Radio Guatapurí –donde había trabajado en Valledupar–, quienes le enviaron dinero para pagar un par de meses de pensión y la comida.

Entonces, de tanto tocar puertas, encontró un trabajito como “apuntador” en los Estudios Moro, donde se producían las telenovelas españolas. “Me encerraban en un cuarto muy pequeño donde no había espacio ni para estirar las piernas. Desde allí, con la luz de un bombillo iluminando el libreto, les iba soplando los parlamentos a los actores, equipados con pequeños audífonos de pilas”.

Otro de los extraños trabajos que hizo en España consistió en escribir todo el contenido de la revista que publicaba trimestralmente la Federación Española de Motonáutica; más adelante, escribió crítica de cine para la agencia Safán Press; luego, tradujo artículos de The Economist y otras revistas gringas e inglesas para la revista española Desarrollo; y para completar, fue reportero de la agencia Hispania Press. Con un trabajo publicado allí, titulado “El día en que nadie murió en la carretera”, que era el monólogo de un camionero que transportaba pescado de Cádiz a San Sebastián, atravesando el país de sur a norte, el barranquillero ganó el Premio Nacional de Crónica de España en 1969.

Pero hubo más. También fue radioactor de la Radio Madrid. Y en una de esas, hizo el papel de un personaje de la Edad Media alemana al mismo tiempo que, valga la coincidencia, le llegó la oferta de irse a trabajar por un mes a Colonia (Alemania), que era la sede de la Deutsche Welle (radio) y de la TransTel (productora de televisión), para cubrir las vacaciones de un locutor. Ese mes, que comenzó en mayo de 1970, duró casi 22 años.

Esta es la historia de una de las más grandes y recordadas voces del país, de un elegante locutor de béisbol y fútbol, de un traductor, de un presentador de noticieros, de una pluma refinada que ha producido una particular historia del fútbol, una novela histórica, un libro sobre su barrio en Barranquilla (que Gabo alabó), un par de porros (que grabaron Lucho Bermúdez y Pacho Galán) y unos cuantos boleros.

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En 1970 se asentó en Alemania, se convirtió en la voz oficial de la Deutsche Welle y de la TransTel para Latinoamérica.

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Charlie Cordero

Si España le dio duro, la adaptación en Alemania debió ser aún más brava, ¿o no tanto?
No me gustó nada. Ni la gente, ni el clima, ni el idioma, ni nada. Por mí, me habría vuelto a Madrid en el mismo avión. Pero a medida que vencía mis fastidios iniciales e iba aprendiendo el idioma fui asimilando aquel mundo tan diferente al español. Por ejemplo, en Rudolfplatz, el corazón de Colonia, grupos de hippies fumaban marihuana a la vista de todos. Eran los años de la revolución sexual en Alemania. Aprender la lengua fue importante para eliminar viejos prejuicios que tenía frente al pueblo alemán. También facilitó mi adaptación al país y me enriqueció cultural y profesionalmente. Al año, tras una huelga de traductores, me puse en la tarea de perfeccionar el alemán y me lancé al agua como traductor. Y gané muy buen dinero en este oficio.

Pocos saben que ese, el de traductor, fue uno de sus más prolíficos oficios en la Deutsche Welle y en la TransTel.
Sí, me duele, por ejemplo, que la gente no sepa que traduje todas las canciones de Ástor Piazzola y Atahualpa Yupanqui al alemán. Traduje muchas cosas y por muchos años; por ejemplo, todos los diálogos de la famosa serie alemana Manny, el líbero, que no fue una traducción normal porque debía acomodar el texto a los movimientos labiales de los actores. Al poco tiempo tuve otro encargo todavía más complicado: traducir al español los 13 capítulos de la serie que acababa de grabar para nosotros Dieter Hallervorden, uno de los cómicos más famosos de Alemania y que en Latinoamérica se conoció como Didi Carcajadas.

Los latinoamericanos empezamos a valorar el fútbol alemán gracias a su voz, a sus transmisiones. Difícilmente olvidaremos todos los apodos que usted les puso a los jugadores alemanes de esa época: “Poroto” Hässler, “Caperucita Roja” Rummenigge, “Migajita” Littbarski, “Mateito” Matthaus…
Todavía la gente me recuerda por eso. Un uruguayo me mandó hace poco una lista con los más de cien apodos que yo les inventé a los jugadores de la Bundesliga. Desde Chile, Argentina, el Caribe, aún me escriben por eso. Incluso, me pasó algo muy simpático con eso de poner apodos. A Paul Steiner, un defensa central que jugaba en el Colonia y que le daba patadas hasta a su sombra, lo bauticé “el Cavernícola” Steiner. Un día, Carlitos Santillán, dueño de El Gaucho, un famoso restaurante argentino, me invitó a cenar con él y, como dijo, “con unos hinchas tuyos que te quieren conocer”. Nada más llegar vi, entre las tres, cuatro personas invitadas a Steiner, que, en cuanto llegué, me dedicó unas miradas muy agresivas que querían decir: prepárate, que te voy a caer a patadas. Y no solo eso, de repente se levantó de su asiento y me preguntó en alemán algo así como: “oye, ¿y tú por qué carajos me llamas cavernícola?”. Y a medida que aumentaba su furia crecía también mi miedo. Hasta que todos soltaron la risa, incluyendo al propio “Cavernícola”. Entonces supe que mi amigo Santillán, redomado bromista, se había vuelto a salir con la suya.

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Andrés Salcedo en el partido inaugural del Mundial de Alemania de 1974. Al fondo, Tip y Top, las mascotas del torneo.

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Archivo personal

¿Cuál fue el equipo alemán que más le impresionó, luego de cubrir por más de veinte años la Bundesliga?
Fueron los años dorados de la Bundesliga. El Bayern de Múnich era una orquesta sinfónica. El Moenchengladbach, música de zíngaros. Yo veía los partidos del Bayern solo por ver a Beckenbauer. En un campo de juego nunca vi un jugador de más imponente elegancia. Los suyos, más que partidos, eran recitales. Lo entrevisté en un hotel de Dortmund cuando lo nombraron técnico de la selección nacional y el tipo respiraba humanidad por todos los poros. Sentado junto a él, en el lobby, sentí que, en efecto, estaba frente a un príncipe, pero también frente a un “man” de barrio, como yo.

¿Cómo es la historia de su actuación en la única obra que Julio Cortázar escribió para un medio distinto al libro: la Deutsche Welle?
Sí, se llama Adiós, Robinson. Ricardo Bada, inolvidable compañero, logró convencer a Cortázar para que escribiera ficción para la radio. La obra es una moderna recreación del regreso de Robinson Crusoe a la isla de Juan Fernández, a “su” isla, donde, para su pesar, encuentra que la civilización lo ha cambiado y trastornado todo, incluso a su leal sirviente, el salvaje Viernes. Actuamos solo tres personajes. El papel de Robinson lo hizo el actor argentino Hugo Martínez Trobo, que poco después de las grabaciones se suicidó en París. El personaje femenino lo hizo la actriz uruguaya Graciela Salsamendi. Y el rol de Viernes lo hice yo. Esa pieza, en español, propiedad de la Deutsche Welle, se puede encontrar en internet. Después han hecho muchas versiones más. Pero la nuestra fue la original.

Su otra obra histórica en los setenta fue TeleMatch. ¿Por qué cree que ese programa se convirtió en un ícono?
El programa se llamó originalmente Juegos sin Fronteras (Spiele ohne Grenzen, en alemán). Cuando TransTel compró los derechos del programa, yo les propuse utilizar un nombre más breve y menos ampuloso: Telematch. Ese programa es un ícono porque se hizo en una época sin computador. Los programas de TV similares a Telematch que se ven hoy son subproductos del computador. Telematch, en cambio, era la vuelta a la infancia pura, al primer colegio, al primer amor. Muñecos de cartón, escenarios de icopor, viejos barrigones luchando al lado de muchachones impetuosos y serias maestras de escuela que se quitan los lentes y se zambullen de cabeza en una piscina. Telematch representa la ingenua infancia de los realities.

Volvamos, literalmente, a las bases. Entiendo que primero fue el béisbol que el fútbol, allá en su natal Barranquilla, ¿cierto?
Sí, claro. De niño y de adolescente, cuando había chelines, no me perdía un solo juego de mi equipo, el Willard de Barranquilla. Algunos jueves, día en que el equipo descansaba, iba a la casa de mi tía Rosarito Salcedo, que vivía a una cuadra del estadio, porque sabía que allí encontraría a los peloteros extranjeros del Willard, a quienes mi tía invitaba unas dos veces por mes.

¿Cuál es la imagen más poderosa de su primera infancia?

Es terrible, la llevo, como decía el viejo bolero, “como un tatuaje de sol”. En el recuerdo soy un niño que todavía no ha cumplido los dos años y Surí, mi hermano mayor, me lleva casi a rastras por la calle Santander. Me está llevando a la casa del tío Juancho, un hermano medio de mi padre, a quien yo nunca había visto, para que me acabaran de criar porque mi madre no había sobrevivido al undécimo parto de su vida y a mí –y a la bebé sobreviviente– nos enviaron donde dos familias diferentes, emparentadas con la nuestra, para aliviar las cargas. Creo que desde ese día arrastro la agridulce sensación de tener mi casa en todas partes y en ninguna.

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En el estadio de Fráncfort, cubriendo para la Deutsche Welle un partido de la temporada 75-76, con el locutor chileno Sergio Silva Acuña.

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Archivo personal

¿Es cierto que de adolescente ya quería ser un narrador deportivo?
En la casa adonde fui a parar no había ninguna posibilidad de jugar. No había niños. No había juguetes. Y, como tótem de aquella casa, en el centro de todo, un enorme radio marca Philco, de carcasa de madera, parlante frontal recubierto de tela y tubos en el hueco de atrás. Como ahí entre los tubos había suficiente espacio, yo, soñando ya con llegar a ser locutor, metía la cabeza y “producía” un programa de radio para mis dos únicos “oyentes”, mi tío Juancho y su mujer, ancianos los dos, que apenas, cuando yo sacaba la cabeza del aparato, me dedicaban una misericordiosa sonrisa.

¿Por qué terminó estudiando en un colegio en Corozal?
Cuando cumplí trece años regresé a San Roque a la casa de mi padre. Entonces, el niño retraído y solitario que era, sufrió graves transformaciones: me convertí en asiduo de una barra esquinera, integrada, mayormente, por muchachos ociosos. “El Zurdo” Castellar, que era el jerarca de la cuadra, una noche armó un bareto y me dio a probar: “Hey, llave, esto es bacano para el vacile”, me dijo. Quedé enganchado. No quise volver al colegio. Hasta que un día –era ya de mediodía y yo seguía durmiendo–, mi hermana mayor, muy preocupada con el rumbo que yo le estaba dando a mi vida, me despertó arrojándome a la cara un baldado de agua. Poco después me consiguió una beca para la Escuela Normal de Corozal donde le tomé gusto al estudio, hice amistades sanas y me enamoré de los libros de la modesta biblioteca del colegio que repasé tres o cuatro veces: Verne, Dumas, los clásicos juveniles.

¿Y por qué terminó viviendo en Mompox donde, tengo entendido, arrancó en la radio?
Bueno, en Mompox había vínculos familiares. Y sí, allá arrancó mi carrera de locutor. Me hice amigo del capitán del puerto, un tipo gomoso de la radio que instaló un micrófono normalito, de esos de perifonear en la calle, en un escritorio y colocó en la azotea de la intendencia fluvial unos parlantes. En esa “emisora” yo era el único locutor, me tocaba anunciar la llegada de las lanchas que venían de Magangué, de El Banco, de Guamal, dar la hora, leer las noticias del periódico del día anterior (que era el más nuevo) y anunciar la película que presentaba el Cine Colonial cada noche, casi siempre la misma, y alguno que otro servicio social.

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Andrés Salcedo: “Un uruguayo me mandó hace poco una lista con los más de cien apodos que yo les inventé a los jugadores de la Bundesliga. Desde chile, argentina, el caribe, aún me escriben por eso”.

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Charlie Cordero

¿Cómo fue que llegó a la Radio Nutibara de Medellín?
A Ana, mi hermana más bonita, la asediaba un locutor deportivo muy popular en Barranquilla en aquellos años, Tomasito Barraza. Le ayudé a Tomasito a que se la levantara. A cambio, esperaba que él me ayudara con sus conexiones en la radio. Esa es una de las felonías que he cometido en mi vida. Para tranquilidad de mi consciencia, los dos formaron una pareja de esas que, después de cuarenta años, aun comen perdices. Una tarde llegó Tomasito con el anuncio de que me había conseguido una chamba en la Radio Nutibara de Medellín y dos días más tarde estaba yo a las órdenes de ese viejo maestro de la radio antioqueña, Jaime García Lobo. Medellín fue una gran escuela para mí. Pasé por varias de las emisoras más emblemáticas de allá en aquel tiempo: Radio Nutibara, Ecos de la Montaña, La Voz de Antioquia.

Y de allí de vuelta a su ciudad natal, ahora sí a una emisora como tal: La Voz de Barranquilla.
De Medellín, Alberto Toro, el mandamás de Caracol, me envió a dirigir la primera emisora propia de la cadena en Barranquilla: La Voz del Litoral. Pero como a los seis meses de haber llegado me llamaron de La Voz de Barranquilla para ofrecerme la “dirección artística”, como tan pomposamente se decía entonces. El dueño de esa histórica emisora era el empresario cartagenero Hernando Franco Bossa, un tipo bipolar: podía ser el hombre más tierno de la Creación o un dragón que echaba fuego por la boca. Un día, en un arranque de furia, ordenó que de la espaciosa oficina donde los locutores y periodistas preparábamos los programas, sacaran los escritorios de Édgar Perea y de Gustavo Castillo. El hombrecito rebelde que era yo entendió aquello como un acto de prepotencia y fui a protestarle con la insolencia propia de los jóvenes y no solo me mandó al carajo, sino que me echó en el acto. Mientras los escritorios de mis colegas volvieron a sus lugares cuando se aplacó la tormenta, a mí nunca más me dejaron ni siquiera entrar al edificio. Aquello fue un mazazo. Me había casado hacía poco y ya había nacido Alberto, mi hijo mayor.

¿Y cómo llegó a hacer parte de Radio Guatapurí en Valledupar?
En la calle, y con la carrera casi acabada sin siquiera haber arrancado de veras, me acordé del señor gordo que había conocido un par de meses atrás en un almacén de discos y me había comentado que iba a abrir una emisora en Valledupar, donde él había sido alcalde. El tipo era Manuel Pineda Bastidas. Lo busqué, lo contacté, el hombre se acordó de mí y para el Valle me fui. Y pasé allí casi dos años, que cuento entre los más felices de mi vida. Radio Guatapurí, para mí, fue el germen de lo que más tarde sería el departamento del Cesar y el despertar de toda esa rica cultura que el país ha conocido. En Radio Guatapurí fuimos los primeros en darleS un micrófono a los conjuntos vallenatos, que hasta entonces solo tocaban en las parrandas privadas: Miguelito Morales, Colacho Mendoza, Emilianito Zuleta y Gustavo Gutiérrez Cabello. A la enigmática señora que cada día, a la misma hora, las once y media de la mañana, traía a la emisora unos editoriales muy ácidos que alborotaban el avispero político local –y que a mí me tocaba leer en el noticiero–, le propuse que sería chévere que ella misma los leyera en vivo. Lo ensayamos y resultó. Ahí nació la leyenda de ‘La Cacica’ Consuelo Araújo Noguera que, por cierto, en el momento de su absurdo asesinato, era la propietaria de Radio Guatapurí.

Lucho Bermúdez grabó un porro que usted compuso y que se llama “Valledupar”. Un tema muy exitoso. ¿Cómo es esa historia?

Bueno, finalizada mi estancia en el Valle y pensando que todavía me faltaba vivir en la capital, para allá arranqué. No bien desempaqué mis motetes en una pensión del centro bogotano cuando comenzó la nostalgia. Valledupar no se me iba de la cabeza. En el 66 o el 67 me dediqué varias semanas a hacerle la cacería al maestro Bermúdez. Por fin un día lo vi comiendo en un restaurante y me acerqué a su mesa. Me disculpé mil veces y le entregué la parte de piano, rogándole que le echara un vistazo. Él, sin dejar de comer, desplegó la hoja, la repasó con sus inquietos y brillantes ojillos y me dijo: “Llévaselo al maestro Efraín Herrera (saxofonista de su orquesta), para que te haga el arreglo y yo te grabo eso. Me interesa”. Efectivamente, la grabó en Buenos Aires, con la voz líder del grupo argentino Los Wawuancó. Pero el éxito de esa canción llegaría más tarde, en los años setenta, cuando salió la versión de la orquesta de los Hermanos Martelo en la voz de Juan Piña. Después he conocido unas quince versiones, algunas de otros países. El tema ha sobrevivido al tiempo, que sigue siendo el mejor juez.

También ha escrito boleros. ¿De qué obra musical estamos hablando?
Bueno, en los sesenta había que componer boleros. El primero que compuse fue “Mi Tristeza”, al que Markus Gilkes le hizo un tremendo arreglo para big band. Compuse otro bolero por el estilo, “Blanca Traición” y un bolero-chachachá, “Loquita, loquita”. Y, en el colmo de la alienación, cuando los rusos llegaron a la Luna antes que los gringos, compuse un bolero titulado “El Cosmonauta”. No es ni mucho menos un homenaje a Gagarin. El cosmonauta mío es uno que se va “entusado” a su viaje estelar. Compuse otras cosas, un merecumbé que grabó Pacho Galán, un canto en homenaje a la raza negra que llamé “Son de Sol” y el porro “Linda Vallenata”.

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“Telematch era la vuelta a la infancia pura, al primer colegio, al primer amor. Muñecos de cartón, escenarios de icopor, (...) maestras de escuela zambulléndose de cabeza en una piscina.

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Charlie Cordero

¿Cómo llegó a ser el locutor comercial de Carlos Arturo Rueda en la exitosa Todelar a mediados de los años sesenta?
Para mí fue la sorpresa del siglo. Me llamó su secretaria, la Meche Meléndez y me dijo que fuera a verlo enseguida. Todavía hoy no sé por qué se fijó en mí, que era un locutor de noticias y tenía un programa de radioteatro en Radio Continental. Todelar acababa de despedir al locutor comercial de Rueda, el cartagenero Ricardo Villa, un monstruo del micrófono, pero un bohemio irredimible, quien perdió su pelea con el alcohol en Bogotá. Así que fui a ver a Rueda. Nos entendimos enseguida. Sabía un jurgo de béisbol. Me dijo que él me necesitaba tan solo para que yo le siguiera la corriente y, para hacérmelo claro, utilizó el término “de bating corrido”. Fueron años muy lindos con ‘el Campeón’. Lo máximo que me había pasado hasta entonces.

Pero en el 68 llegó a su fin el binomio Rueda-Salcedo…
Sí, ese año, de ser la voz del Noticiero Todelar –y el locutor comercial de Carlos Arturo Rueda en El Campín– pasé a quedar en el asfalto de un día para otro. Resulta que Caracol le hizo una oferta de muchos ceros a Rueda y este les pidió, como parte del trato, que me llevaran también a mí, su mozo de espadas, con el mismo sueldo que yo ganaba en Todelar. Caracol aceptó y me llamaron para que fuera a firmar el contrato. Renuncié a Todelar y, cuando fui, dos días después, me dijeron que se le estaban agregando un par de detallitos al contrato, que no me preocupara, que ya me volverían a avisar. No me llamaron nunca más. Después supe que el obstáculo había sido el sueldo que iba a ganar y que era superior a los de los directores de las tres emisoras que tenía Caracol ahí en la 19 y, según me contaron, estos se opusieron.

Y entonces decidió que Colombia le había quedado chiquita y saltó el charco por cuenta de un amor. Y como ya se dijo acá, en España pasó las duras y las maduras. Pero ¿qué pasó con la bogotana que lo llevó a tomar la decisión de cambiar la vida?
Varios meses después de haberme abandonado en el barco aquel, apareció en Madrid y volvimos a ser pareja. Poco a poco se fueron dando las vainas. Con ella tuve a mi hijo Astor y con ella nos fuimos a Colonia, Alemania. Allá fui yo el que la embarré. Nos separamos definitivamente, después de mil intentos. Ella sigue viviendo en Alemania.

Por cierto, ¿cuántos matrimonios y cuántos hijos?
Siete matrimonios, seis hijos.

Con más de dos décadas en Alemania y con un trabajo muy celebrado y bien remunerado, ¿por qué decidió volver a Colombia?

Ver la reunión de las Alemanias en el 89, de la posibilidad de ese concepto de patria, terminó de convencerme de que mi país no era aquel. Y que había llegado la hora de que yo también eligiera un país. El mío. Y volví. Y aquí sigo. Y no me he arrepentido un solo día de haber regresado.

¿Cómo resultó su vida en Bogotá tras el regreso europeo?
Bogotá fue el medio perfecto para que mi readaptación al país fuera más fácil. Los años del regreso fueron años felices. Presenté un noticiero de televisión. Tuve un programa deportivo en el Canal 3. Conocí gente linda. Hugo Vásquez, un creativo argentino que trabajaba en una agencia me escogió como la voz de Mazda y de la nueva Constitución y ahí comenzó una época muy linda donde todos los días grababa comerciales, videos, documentales. En un congreso de agencias de publicidad que hubo en Argentina, el 80 % de las piezas colombianas premiadas llevaban mi voz. Pero soy un tipo realista. Siempre he sabido que no tengo una voz privilegiada, tipo John Gress o Carlos Montalbán. Eso lo compenso con una amplia escala de registros y con la variedad de intenciones que puedo ponerles a los parlamentos. El “sucundún”, como se decía en mi barrio.

¿Por qué cree que no se convirtió en el número uno de la narración futbolera en Colombia, si tenía todo para serlo? ¿Qué pasó?
Cuando decidí volver a Colombia, estaba convencido de que mi primera opción y la que me garantizaría un éxito rápido era la transmisión de partidos de fútbol por televisión, en un estilo que había tenido gran aceptación en América Latina. ¡Qué equivocado estaba! No contaba con que, en Colombia, casi sin excepción, los narradores de fútbol por televisión vienen de la radio y su estilo es radial. Y así lo quiere la gente. Lo que yo hacía, dándole cierto espacio al silencio, quizá sonaba muy lento en este medio. Y lo acepté humildemente. Hubo un momento en que pensé que las cosas podían cambiar. Un grupo de periodistas deportivos de RCN, de diferentes ciudades de Colombia, se reunieron y decidieron que yo bien podría ser un buen candidato para ocupar la jefatura de deportes de la cadena, tras la renuncia del titular. Me llamaron, me propusieron, me aseguraron que el puesto era mío. Fui a hablar con los jefes y cuando descubrí entre ellos a Jairo Tobón, con quien había trabajado en Todelar en los años sesenta, mis ilusiones aumentaron. Pero, según me contaron después los colegas, cuando la cosa parecía estar cocinada, el señor Carlos Antonio Vélez torpedeó mi nombramiento, temeroso, según ellos, de que yo me convirtiera en ficha de los enemigos o contradictores que él tenía en la cadena. Me dolió bastante. Pero también me aportó un testimonio bien claro y diciente sobre la atmósfera humana que existe en ciertos círculos del periodismo deportivo colombiano.

Siempre he sabido que no tengo una voz privilegiada, tipo John Gress o Carlos Montalbán. Eso lo compenso con una amplia escala de registros (...) El 'sucundún, como se decía en mi barrio.

¿Cuántos mundiales de fútbol narró?
Nueve mundiales, los dos primeros para la Deutsche Welle. Cinco para la TV venezolana. El del 2006 con DirecTV y el último para un canal privado de Medellín; fue el único mundial que no cubrí “in situ”.

Usted hoy es la voz oficial de Telecaribe, lo cual es un homenaje de su tierra a usted y de usted a su tierra. ¿Qué es lo que más le gusta de este oficio que viene ejerciendo desde hace casi ocho años?
Es un trabajo lindo. Lo hago desde mi casa, en ropa de casa, puedo grabar sin dejar de mirar el mar por la ventana. Este trabajo me obliga a cuidar la voz, que es un instrumento que hay que tener afinado todo el tiempo. La mía es un piano agradecido y confiable, como los zapatos viejos del Tuerto López, ¡je!

¿Cuántos libros ha escrito?

El primero, Las otras caras del fútbol, fue, prácticamente, una recopilación de unas columnas que yo había escrito para EL TIEMPO. El editor, un amigo, las ordenó y terminaron convertidas en reflexiones sobre cada uno de los personajes que intervienen en el mundo del fútbol: el arquero, los defensas, los volantes, los delanteros, el árbitro, el público, los locutores, los vendedores de las gradas y así. A ese libro siguió la crónica del Barrio Abajo y finalmente, El día en que el fútbol murió.

El día en que el fútbol murió es la historia del paso de Heleno de Freitas por el Junior de Barranquilla, pero el trasfondo es su propia historia, ¿o no?
Sin duda que tiene mucho de mi vida y de mi barrio. La historia la escribí yo, pero me la dictó ese niño expatriado que fui. El título lo tomé del discurso que pronunció el alcalde de São João Nepomuceno, estado de Minas Gerais en el cementerio, durante el entierro de Heleno de Freitas.

¿Cómo es la anécdota con Gabo cuando lo llamó a hablarle de su libro Barrio Abajo?
Jaime García Márquez, a quien no conocía, me llamó desde Cartagena para anunciarme que su hermano me llamaría por la tarde. Sentí una emoción rara. Halagado por la llamada del personaje, pero temeroso de que me fuera a jalar las orejas porque encontró el libro flojo o mal escrito o, lo que más temía, por la alusión que hice en el libro de las ayudas que los vecinos del barrio le habían dado a su familia cuando el padre telegrafista se fue a trabajar a La Mojana. Pero ni lo uno ni lo otro. Me confesó que mi libro lo había atrapado y que todo lo que yo decía ahí era cierto. “Es como si lo hubiera escrito yo”, me dijo y ese ha sido el elogio más bonito que me han hecho en la vida.

¿Cómo es su vida en Puerto Colombia?
Sana, placentera, en una profunda comunión con el paisaje y conmigo mismo. Por un lado, veo el mar. Por el otro, las colinas. Aprovecho, a mis 78, cada pausa en lo que tenga entre manos, para rastrear los cambios que se van dando en una sola mañana, en una sola tarde, a uno y otro lado, del viento, de las nubes, de la luz, del color, los cambios de ruta de los pájaros de Hitchcock, que se vinieron todos a vivir a Puerto Colombia. Y mis propios cambios. Es un disfrute lleno de gratitud a Dios por tanta dicha.

POR MAURICIO SILVA GUZMÁN
FOTOGRAFÍA CHARLIE CORDERO 
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 79 - OCTUBRE 2018

Salcedo

Maestro locutor.

Foto:

Revista BOCAS

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