Alfredo Gutiérrez: la leyenda rebelde

Alfredo Gutiérrez: la leyenda rebelde

BOCAS conversó con el rebelde del acordeón y uno de los mayores expositores del vallenato. 

Alfredo

A sus 75 años, Alfredo Gutiérrez, se ha coronado tres veces Rey en la categoría acordeón profesional del Festival de la leyenda vallenata.

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Charlie Cordero

Por: DIANA ESTRELLA CASTILLA 
05 de octubre 2018 , 11:30 a.m.

A los seis años Alfredo Gutiérrez no tenía otra opción: para poder comer tenía que hacer lo que mejor sabía, tocar el acordeón y cantar. Y eso fue lo que hizo con su papá en los buses de Barranquilla y en los trolebuses de Bogotá. Así, de parada en parada y de bus en bus, se ganó la fama de “El niño prodigio del acordeón”. Pero, en 1958, su papá, su compañero de música y de vida, murió. Entonces, Alfredo, con 15 años, silenció el acordeón por seis meses y regresó a su tierra natal: Sucre.

Recuerda que en esos días necesitó arreglar un acordeón y, para su sorpresa, el que los arreglaba, transformaba y les cambiaba los tonos a los acordeones era su ídolo de toda la vida, Calixto Ochoa. Para ir a verlo quiso vestirse con lo mejor que tenía, pero entre sus pocas pertenencias no encontró unos buenos zapatos, así que un señor que ampliaba retratos le prestó los suyos. El problema es que eran talla 42 y él hoy, a sus 75 años, calza 38. Cuando Calixto lo vio, le dijo: “Hey, muchacho, ¿de dónde sacaste esos zapatos de payaso?”. Se rieron y, desde ahí, Ochoa se convirtió prácticamente en su segundo papá, le abrió las puertas de su casa, le prestó sus acordeones y le presentó a Antonio Fuentes, dueño de Discos Fuentes.

Allí, Alfredo Gutiérrez, que nació el 17 de abril de 1943 en una casa de bahareque en el corregimiento Paloquemao, de Los Palmitos (Sucre), fue clave en la fundación de la emblemática agrupación Los corraleros de Majagual y desde la primera grabación el éxito llegó.

Pronto, su característica rebeldía salió a la luz y sorprendió a muchos. En los años sesenta, cuando apenas se estaba fundando el Festival de la Leyenda Vallenata, rompió las reglas: le metió acordeón a los porros y cumbias, y al vallenato le introdujo el bajo eléctrico. Y, como si no fuera poco, en los setenta decidió que tocaría el acordeón con los pies y lo ha hecho desde entonces. Sin duda, ha sido el más grande transgresor del género y de eso nacieron sus conflictos con Consuelo Araújo (La Cacica), fundadora del Festival, un evento que todos los años homenajea a un ícono del vallenato, pero que, hasta ahora, no le ha dado ese reconocimiento a su único “Tri-Rey”.

Alfredo

Gutiérrez fue el primer artista en mostrar las nalgas en televisión.

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Charlie Cordero

Con sus temas grabados: “Majagual”, “La paloma guarumera” “Festival en Guararé”, “Ojos indios”, “Anhelos” y “Se acabó quien te quería” (por nombrar algunos), consiguió ser uno de los más premiados de la música vallenata. Además de las tres coronas del Festival de la Leyenda Vallenata (1974, 1978 y 1986), entre sus logros se destacan tres Congos de Oro, en el Carnaval de Barranquilla, dos Trébol de Oro y un Califa de Oro, en México y cinco Guaicaipuro de Oro, en Venezuela. En Alemania, en 1991 y 1992, consiguió el título de Campeón Mundial del Acordeón, ganándoles a músicos formados en conservatorios, cuando él no había hecho ni un año de colegio. También obtuvo, en 2007, una nominación al Grammy Latino en la categoría Cumbia y vallenato.

Alfredo es uno de los últimos juglares vivos. Hoy vive en Barranquilla junto a su esposa, Cecilia Moscote, y su particular show no para. En la tarima brinca, baila, mueve muy rápido los pies y lo cargan entre tres hombres para que toque, descalzo, el acordeón.

Sentado en una mecedora en su casa tampoco está quieto, sus pies se mueven aunque esté sentado, aunque no esté haciendo nada. Dice que los años lo han hecho ser un poco más calmado, pero parece que la hiperactividad que lo acompaña desde niño le gana siempre.

¿Qué quería ser cuando pequeño?
De niño yo era veloz para correr y pateaba duro con la derecha, quería ser futbolista, y en la música, quería ser rockero. ¡Soy un rockero frustrado! Yo quería ser como Elvis Presley. Lo que más admiraba de él es que en la tarima inventaba, improvisa con su guitarra y yo lo hago con el acordeón.

¿Le gusta el rock?
Mucho, pero ese rock, el de Elvis Presley, el de The Beatles y The Rolling Stones, porque al igual que a otros géneros musicales en el mundo, a este también lo han dañado. El rock ese metálico no me gusta. También me encanta el jazz, en especial Louis Armstrong.

Eso es un poco raro en una persona que lleva más de setenta años con el acordeón y componiendo porros y vallenatos. ¿Qué recuerda de sus primeros años con el acordeón?
Desde niño crecí oyendo a mi papá tocarlo. Él era de La Paz, Cesar, y tocaba en los velorios cantados. A los cuatro años yo ya lo tocaba y mi papá ni se había dado cuenta. En mí lo del acordeón nació como nacieron los viejos juglares vallenatos o sabaneros, empíricamente, eso era algo que se daba. Cosa diferente a los acordeoneros de ahora que van a escuelas. A ellos les enseñan a tocar el instrumento, pero no les enseñan a sentir el vallenato.

¿Qué tocaba en esos primeros años?
Yo aprendí a tocar con “La múcura”, de Toño Fuentes y “La piña madura”, de Guillermo Buitrago y Abel Antonio Villa, porque fueron los primeros que grabaron vallenato, el uno en guitarra, el otro en acordeón. En esos años le cantaba a la señora Pura, dueña de la única cantinita del pueblo. También me embarcaba en los buses que iban de mi pueblo a Magangué y recogía la plata con un sombrerito. A los seis años, cuando mi papá supo que yo tocaba el acordeón, nos fuimos para Barranquilla, íbamos los lunes y nos regresábamos los viernes, para tocar en los buses Prado-Boston. Así se empezó a extender la fama del niño prodigio del acordeón.

Y era tan prodigio que, a los nueve años, entró a ser parte de Los pequeños vallenatos. Se podría decir que esa fue su primera gran oportunidad musical. ¿Cómo se creó este grupo?
En 1953 mi papá conoció al profesor José Rodríguez y este le propuso formar un grupo de niños vallenateros. Allí estuve con Arnulfo Briceño, autor del himno llanero, “Ay, mi llanura”, Adonay Amaya y los hermanos Hernández, Alfonso y Ernesto. Recorrimos los cinco países bolivarianos y éramos niños consentidos por los presidentes. Allí estuve hasta los 13 años. Luego me radiqué en Bogotá con mi papá a seguir tocando con su acordeón.

¿Recuerda cómo era ese acordeón?
Era de dos teclados, chiquito. Ese acordeón me lo robaron en Bogotá. Mi papá tenía cáncer cutáneo, así que un amigo de él nos dijo que fuéramos a la capital, a una institución que tenía María Eugenia Rojas, hija del presidente de ese entonces, Gustavo Rojas Pinilla. Allá operaron a mi papá. Los viajes eran intensos, en bus nos demorábamos más de treinta horas. Yo tocaba en los trolebuses, buses eléctricos que parecían unas libélulas porque iban pegados a los cables y un día me bajé en una esquina a comprar una medicina para llevársela a mi papá y me dice un tipo: “Oiga, chino, ¿usted para dónde va?”. Yo le dije que iba a comprar una medicina, y él me dijo: “¿Para qué va a llevar ese instrumento? Deme y yo se lo tengo aquí”. Todavía lo estoy esperando [risas]. Yo quería mucho ese acordeón.

¿Qué le dijo su papá?
¡Imagínese! No teníamos para comprar otro, pero yo era un consentido de todos los estudiantes costeños de la Universidad Nacional. Entre todos ellos recogieron dinero y me compraron un acordeón para que pudiera tocar.

Alfredo

El "tri-rey" fue torturado en Venezuela y fue secuestrado por el ELN.

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¿Cuántos acordeones tiene hoy?
La misma cantidad de mujeres que quise tener en la vida y no pude sostener: 37. Pero si una sola no se puede sostener, ahora imagínese 37 [risas]. Mis más consentidos son “El patas”, con el que toco con los pies; “El dos mujeres”, con el que grabé “La paloma guarumera”… Bueno, con ese cometí otro error. Se lo regalé a un cieguito, después se lo quise comprar pero ya se lo había vendido a otra persona y esa persona no quiso vendérmelo.

Podemos decir que en los años sesenta fue cuando en realidad empezó su carrera musical. ¿Qué fue lo mejor de esos años?
La creación de Los corraleros de Majagual. Toño Fuentes me pidió que yo le tocara el acordeón a Calixto y a César Castro, siendo Calixto un consagrado acordeonero, cantante y compositor. Yo no quería, pero Toño insistía en que yo tocara el acordeón porque Aníbal Velázquez era el que mandaba la parada y él, siendo el fundador de la industria discográfica en Colombia, siempre quería ser el primero. Pensó que de esa fusión de Alfredo Gutiérrez con Calixto Ochoa y César Castro podía salir algo que tumbaría a Aníbal Velázquez. Grabamos canciones como “Majagual”, “La paloma guarumera” y “Ana Felicia”. Fueron éxitos, pero todavía no éramos realmente un grupo y no teníamos un nombre. Cuando él vio el éxito dijo que formaríamos un grupo, buscamos el nombre entre todos y él, con su malicia industrial, dijo que le metiéramos los éxitos que ya estaban pegados y salió el álbum que se llamó Alegre majagual, en 1961. Al principio nos rebuscábamos. Tocábamos en pueblitos y parrandas. Recuerdo que una vez fuimos a Santa Marta a ganarnos alguito cantando frente al mar. Nos llevamos un billete de dos pesos para los cuatro: Lisandro Meza, Calixto Ochoa, César Castro y yo. Teníamos hambre, pero todavía no habíamos hecho nada tocando. Llegamos a un puesto de comida que estaba en la orilla de la playa, pedimos un mondongo que costaba 50 centavos y le dijimos a la señora que nos diera tres cucharas más. Ese mondongo estaba verde pero verde, y nos dio una diarrea que no he podido olvidar [risas].

A finales de los años sesenta y principios de los años setenta llegaron sus grandes éxitos. Usted ha dicho que entre sus composiciones más especiales están “Ojos indios” y “La paloma guarumera”. ¿Cómo nació “Ojos indios”, en 1968?
En Valledupar había una caseta que se llamaba Broadway. Yo he sido el único artista que tocaba y llenaba esa caseta de miércoles a domingo. Es que Valledupar ha sido lo máximo para mí. Yo estaba tocando en la tarima y una mujer entre el público se me quedaba mirando y yo la miraba. Yo empecé a tratar de describir sus ojos, y entonces la miré y le dije: “Hey, niña, esto es para ti: [canta] Tienes los ojos indios como me gustan a mí”. A la niña no la volví a ver más nunca. Como veinte años después me dijeron que esa muchacha se había casado con un tipo como mafioso, y que él la había matado celoso por la canción. Yo ni la mano le cogí. Después de la tanda sí la traté de buscar, pero nada. Yo le dije solo esa frase desde la tarima y al año siguiente grabé la canción.

¿Y “La paloma guarumera”, en 1972?
Nació en la primera borrachera que yo me pegué en la vida. Bueno, los primeros tragos que me tomaba, los que iban conmigo sí iban borrachos. Fue en San Andrés de Sotavento. Iba en carretera, el chofer conducía muy borracho y el camino era de herradura. El conductor se quedó dormido y se apagó el carro en una ceiba. Eran como las cuatro de la mañana y despertamos con los rayos del sol. Al despertar yo oí un canto y me cayó estiércol encima. Era una paloma. Me dio rabia, entonces le tiré una piedra y salió volando. Se metió en una mata de la que nace el corozo y de donde se hace la guacharaca para el vallenato. Ahí tenía un nido, me le llevé los pichones, pero se murieron. Tenía rabia y compuse la canción.

Indiscutiblemente una de sus grabaciones más conocidas es “Anhelos”, aunque no es de su autoría. ¿Cómo llegó a su vida musical?
El presidente, gerente y director artístico de Codiscos, la compañía de discos donde grabé mis mayores éxitos, a su regreso de un viaje a Panamá me mostró la canción para ver si me gustaba. Apenas la oí dije que sí. Aprovechamos que estábamos haciendo el álbum a dúo con Calixto. Él hizo la voz grave, yo hice la voz alta, imagínese qué éxito tan grande. Eso lo cantan en la costa, el interior, en México y en todas partes. Pero “Anhelos” la compuso Osvaldo Ayala, un acordeonero de Panamá. Yo he sido famoso acá con su canción y él se hizo famoso grabando la música mía en su país.

Desde 1970 se volvió todo un sello suyo tocar con los pies. ¿De dónde vino esa idea?
Eso fue aquí en Barranquilla, en la caseta La piragua, donde quedaba el mercadito de Boston. Ese día alternaba con Nelson Enrique y Los blancos de Venezuela, que era un conjunto raro porque todos eran negritos, pero se llamaban blancos. ¡Cuál de los tres estuviera más en el curubito musical! El timbalero de Los blancos de Venezuela hizo de todo en el show y a mí nunca me gustó que me robaran el show, así que cuando subí a la tarima me tiré al suelo, me enganché el acordeón en los pies y llamé a unos tipos para que me cargaran. Así nació. Nunca lo había hecho antes y es fregado. Las cosas mías son así, improvisadas. Mi grupo nunca ensaya, yo les digo que oigan los discos, que se los aprendan, y que en la tarima no me quiten la vista.

Los juglares hicieron canciones inmortales, ahora el éxito de una canción es de máximo un mes.

En un show suyo tampoco puede faltar el gesto que hace con su boca, ¿Le tiene algún nombre?
A eso no le he puesto nombre. Nació en Chiquinquirá a las tres de la mañana. Tenía una presentación y hacía mucho frío. Yo estaba alternando con el rey de la carranga, Jorge Velosa, yo nunca tomo aguardiente ni trago, pero iba a tocar y tenía los dedos engarrotados. Él me dijo: “Tome un aguardientico y verá que se compone”. ¡Caramba! Cojo yo esa botellita y moví toda la boca.

Los años setenta también fueron importantes porque empezó a competir en el Festival Vallenato. ¿Es cierto que en 1974, la primera vez que ganó, le tiraron piedras al escenario?
Sí. Ganar fue hermoso, pero ahí hubo una protección de Dios porque en esa época, en la que todavía no se había creado la Fundación Vallenata, sino que el festival lo hacía la Junta de Turismo, existía contra el sabanero y todo el que no fuera vallenato o guajiro, como una antipatía, una envidia, y yo era el favorito de todo el mundo. En lo que llaman hoy la zona VIP pusieron a una gente a propósito para que apenas entrara me tiraran piedras. El cajero y el guacharaquero tuvieron miedo, no subieron, así que yo subí solo y toqué la primera pieza. Las piedras pasaban muy cerca de mi cabeza. Como mandado de Dios, los mismos que tiraban piedras, después me estaban aplaudiendo. Toqué “La loma” y “La puya rebelde”.

Entiendo que decían que usted no tocaba vallenato legítimo, pero ¿por qué no volvió a participar después de la tercera vez que ganó, en 1986?
Por lo mismo, porque ya la cosa se volvió una persecución.

Hablemos de vallenato en sí. ¿Cuáles son sus preferidos?
Entre los ritmos de merengue sostengo que el mejor es “El viejo Miguel”, de Adolfo Pacheco, en las dos versiones de Lisandro Meza, y de Emilianito Zuleta y Poncho Zuleta. El mejor paseo es “La hamaca grande”, pero en paseos hay infinidades que me gustan. Yo creo que en esto más bien termino escogiendo es por los intérpretes, compositores, por los viejos juglares, porque ellos, a diferencia de los de ahora, tenían un estilo propio. Si tú oyes una emisora hoy no puedes decir que ese es el acordeón de fulano, no puedes decirlo porque todos se parecen. A Alejandro Durán le preguntaron tres meses antes de morir, en el 89: “Maestro, ¿qué cantante y músico del vallenato son mejores, los de antes o los de ahora?”. Y él, inteligentemente respondió: “Los de ahora son mejores, pero antes si éramos diez, éramos diez estilos”. No sabía firmar, lo hacía con una “X” y mire la respuesta que dio. Los juglares hicieron canciones inmortales, ahora el éxito de una canción es de máximo un mes.

Entonces, ¿qué cree que debe tener un buen vallenato?
La canción vallenata tiene que ser realidad, que el compositor no eche mentiras. Las letras de los vallenatos se basan en poesías, en vivencias, en amistades. Por ejemplo, un buen vallenato dice: “Pero solo me queda el recuerdo de tu voz, como el ave que canta en la selva y no se ve, con ese recuerdo vivo yo, con ese recuerdo moriré”: “Honda herida”, de Rafael Escalona. Eso es poesía. Pero el vallenato también tiene amistad, como este otro de Escalona: [canta] “Entristecido quedó Escalona porque Fanny se llevó a Colacho miren va vestía de blanco con su velo y su corona”. Cantándole a una amistad, a un tipo que aprecia. También tiene el chiste, la jocosidad del hombre caribeño, como “La ombligona”, de Calixto Ochoa, que dice: “La negra cabeza de tronco, me dijo cabeza de millo y ella que tiene el ombligo como el morrillo de un toro, me dijo cabeza e millo, porque no seguí bailando, si es que me estaba matando con ese maldito ombligo”. La chispa caribeña, pero sin llegar a la vulgaridad.

Me ha hablado mucho de juglares vallenatos y creo que no hay mejor persona que usted para explicar qué es uno…
Un juglar es como la fruta silvestre, que se da sin sembrarla. El juglar es completo, compone la canción, la interpreta y la canta. Y el vallenato en sí, o la música folclórica colombiana, sobre todo el vallenato, es una carta de amor.

¿Le gusta que le digan “juglar”?
¡Hombre es un orgullo!, si no me dijeran juglar sentiría que no tiene valor todo lo que he hecho hasta ahora.

Además de usted, ¿a quiénes considera “juglar”, vivo o no?
Vivo todavía está Lisandro Meza. De los que no están vivos, Calixto Ochoa, Francisco el Hombre, Guillermo Buitrago, Julio de la Osa, Luis Enrique Martínez y Emilianito Zuleta. Esos son los verdaderos juglares.

¿Admira a alguien hoy?

De los muchachos nuevos admiro, por la seriedad que le pone a su carrera y por lo afinado que es con su voz, a Jorge Celedón. Hay varios buenos, pero deberían tener la honradez de decir que lo que se está grabando no es vallenato, sino música tropical, porque también tiene valor cantar y tocar otras cosas con el acordeón.

¿Reconoce que es uno de los mejores acordeoneros de la historia de Colombia?
Yo lo único que sé es que no soy el mejor, pero tampoco el más malo y que cada artista que crea un estilo es el mejor en su

Alfredo

Gracias a su virtuosismo, a sus aportes revolucionarios en las grabaciones y en los escenarios, también le dicen: "el rebelde del acordeón".

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Charlie Cordero

Pero usted fue el primer gran innovador del género…
Eso sí hay que decirlo porque un poeta me dijo que si uno no dice que lo es, nadie se lo reconoce. Al vallenato le puse el bajo electrónico sin degenerarlo, sin quitarle la esencia, la cadencia, el sabor y la poesía que necesita.

La gente lo criticaba, ¿cómo afrontó eso?
No, yo desde que salí, ¡pan!, triunfé. Lógicamente que a los más tradicionales les pateó un poco, pero cuando analizaron el contenido de mi música se dieron cuenta de que lo único diferente era el bajo y que este no iba haciendo cosas que no fueran del vallenato. El bajo antes de mí casi no se escuchaba, yo lo puse en un volumen alto y todo eso es influencia rockera, el bajo en el rock se escucha duro.

Yendo a otro tema, usted ha tenido mucha suerte en el amor y muchos hijos…
Doce hijos con la misma…, pero con varias mujeres [risas].

Entonces usted siguió el patrón de los vallenatos, que tienen muchos hijos, pero no el camino de las drogas y el alcohol…
Yo me tomaba y me tomo mis traguitos de vez en cuando. El cigarrillo nunca me ha gustado y la droga, ¡pufff…! A mí me tocó la época de la bonanza marimbera, tocar en fiestas y orgías, le ponían mujeres a uno ahí para que lo corrompieran.

¿Cómo se salvó entonces de las drogas durante esos años de la bonanza marimbera?
Yo veía a los otros colegas que metían sus cosas. Estaban frente a una mesa con cocaína, otra mesa con marihuana, otra donde preparaban bazuco, yo nada. Es más, parecía que yo tenía un ángel protector. Justamente por las drogas era que no me atrevía a tomar trago porque yo me daba cuenta de que los que metían droga empezaban con traguitos de alcohol, como al quinto o sexto trago comenzaban a meter vaina de esa. Eran fiestas con muchas mujeres y se ponían a hacer el amor delante de uno y yo me hacía el que no veía nada, yo tocaba mi acordeón.

Pasemos al año 81, cuando vivió un momento muy duro… Estuvo encarcelado en Venezuela. ¿Qué fue lo que paso?
Sí. El dueño de un espectáculo no dejó entrar al evento a unos políticos del partido de gobierno, o sea COPEI. Como no los dejaron entrar dijeron en todos los periódicos amarillistas que Alfredo Gutiérrez había tocado el himno de Venezuela en cumbia y vallenato y que el público había quemado banderas de Venezuela. Me trataron de la manera más cruel. Me sacaron del hotel en el que estaba a fuerza de planazos. Si el presidente Julio César Turbay no hubiese intervenido, a petición de Escalona, mejor dicho, allá me hubieran matado. Estuve en la cárcel cuatro días.

¿Y por esa experiencia se ganó el título de ser el primer colombiano en mostrar el trasero en televisión?
Cuando yo regresé de allá, los periodistas y todo el mundo, hasta Belisario Betancur, que andaba de campaña para la presidencia, fueron a mi casa. Yo vivía aquí en Barranquilla, en la 65 con 84, y llegó una periodista, una mona del noticiero Notivisión y me dijo: “Señor Alfredo, el presidente de Venezuela, Luis Herrera, dijo que todo fue una equivocación, que a usted lo trataron bien”. Y digo: “Sí, señora, me trataron muy bien. Vea”. Me bajé el pantalón y le mostré las nalgas. Y ojo, el diagnóstico era que si me demoraba un día más sin sacarme la sangre que tenía coagulada, hoy me dirían “Alfredo Gutiérrez, el sin nalgas”. Después Mockus me copió [risas].

Alfredo

"A mí me tocó la época de la bonanza marimbera, tocar en fiestas y orgías, le ponían mujeres a uno ahí para que lo corrompieran.".

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Charlie Cordero

Saltémonos unos años y vayamos al 2001, fue secuestrado por el Eln, ¿cómo fue esa experiencia?
Yo estaba en un pueblo que se llama El Tarra, donde se hallaba la guerrilla. Al regreso de tocar yo iba en un taxi, siempre viajo en un taxi aparte del bus de los muchachos, y había un retén del Eln. Me dijeron que yo les era conocido. “Sí, yo soy Alfredo Gutiérrez”, dijo el bobo este. El señor me pidió que lo esperara un momentico, llamó al comandante y le dijo que ahí estaba su ídolo. Estaba hablando con Gabino. Me dijeron: “Mi comandante quiere conocerlo, él también canta música popular”. Me tuvieron allá 14 horas, pero me trataron bien, solo hablamos. A los compañeros si los jodieron porque los cogió el Epl, esos eran más bandidos, asaltantes. Ellos duraron 17 días y les dijeron que las nalgas o la vida. A los 17 días resultaron vivos [risas].

Ha pasado por tantas cosas… ¿Qué le falta hacer en la vida?
Muchas cosas, pero yo pienso que la ganancia mía es la mejor en el mundo, porque no hay artista en Colombia tan longevo como yo que con la edad que tengo se mueva como un atleta.

No envejece, ¿cuál es su secreto?
Se envejece en el alma. Si el alma está bien, el cuerpo está mejor.

Volviendo al tema del festival, ¿qué piensa de este evento hoy?
Si le digo que no tiene la importancia que tenía antes le estaría mintiendo. A lo mejor cada día va adquiriendo más importancia, sobre todo con lo que hizo en el pasado festival Carlos Vives. Mal haría yo al hablar mal del Festival Vallenato, aunque la Fundación me haya tratado como me ha tratado siempre, mal, supermal. Ahí contratan a todos los artistas menos a mí. Quieran o no soy el único tres veces rey vallenato, y cada vez que voy a Valledupar es una locura, allá no puedo salir a la calle. Carlos Vives fue muy inteligente al dejar el show final para él y para mí. Trajo a un grupo de negros del Misisipi para que me acompañaran con rock clásico, esa fue la locura y el único invitado que tocó 45 minutos fui yo. Sentí que el gran homenajeado fui yo.

Pero el gran homenaje oficial del Festival Vallenato no ha llegado, ¿cree que se dará algún día?
¡No, no, no!

POR DIANA ESTRELLA CASTILLA
FOTOGRAFÍA CHARLIE CORDERO  
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 78 - SEPTIEMBRE 2018

Alfredo

La leyenda rebelde.

Foto:

Revista BOCAS

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