El legado de Eljaiek

El legado de Eljaiek

Abdú Eljaiek es el último de los grandes fotógrafos colombianos del siglo XX

NO USAR: Abdú

Tiene 87 años y es de origen libanés. Nació en Calamar (Bolívar), donde vivió hasta los tres años; luego vivió en Girardot hasta los catorce y, desde entonces, en Bogotá.

Foto:

Sebastián Jaramillo

Por: Juan Leonel Giraldo
31 de julio 2020 , 01:30 p.m.

Abdú, como Dionisio, el dios del vino, y como Pu Yi, el último emperador de la China, nació tres veces. Primero, en Calamar, al lado del gran río de lodo y de ciénagas azules. Luego, en Girardot, donde el tren saltaba por encima del mismo río. Y renació en Villa de Leyva cuando era una aldea de calles de polvo.

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Yo lo vi por primera vez en la antesala de la oficina de Eduardo Mendoza Varela, el director de Lecturas Dominicales. Abdú no llevaba chaleco ni blazer ni corbata, que era lo que todos los empleados de EL TIEMPO estaban obligados a vestir. Bajo los gruesos aros de sus gafas cuidaba un espeso bigote a lo Groucho Marx y una trinchera de dientes perfectos desde la que lanzaba risitas nerviosas refrenadas con brida de seda. En esa antesala nos encontrábamos con Augusto Rivera, el pintor que ilustraba Lecturas, envuelto en una turbulenta gabardina manchada de óleo y trementina, de ceniza de cigarrillos y de vino y de muchachas. Y con Hernando Salcedo Silva con su figurita mitrada y doméstica, pero engatillada para el sarcasmo, precursor de una sacramental capilla de comentaristas de cine. Entonces yo trabajaba a destajo como asistente de Lecturas y procuraba ir el menor tiempo posible al periódico.

Mendoza Varela escribía frases exquisitas templadas en los versos de Dante que recitaba de memoria y en dialecto toscano. Sus columnas nos hicieron prometernos que algún día iríamos a Italia, o a Ráquira a buscar caballitos de barro o a Tópaga a contemplar las ruinas de las capillas saqueadas por los anticuarios de Bogotá. Escribía también sobre bellos muchachos que se desvirgaban con las cabras montesas del Piamonte y sobre los también bellos pastores que hacían lo mismo en los riscos de Boyacá. Abdú y yo teníamos un tris de aprensión en el trato con Mendoza. Pero él era un hombre tan discreto como inteligente. Además, un rosado doncel boyacense era su fiel asistente en el periódico.

García Márquez iba mucho a Calamar y creo que el sirio Moisés que menciona en El coronel no tiene quien le escriba es mi papá

¿Cómo conoció a Mendoza Varela?

De pura casualidad. Hernando Rocha, hijo del poeta Cesáreo Rocha, era muy amigo de Uriel Ospina, uno de los escritores de planta del periódico. Una noche, invitamos a comer a Rocha y me dijo que si podía llevar a Uriel. Le dije que sí y Rocha hizo que le mostrara mis fotos de casas coloniales. Uriel me preguntó que si se las podía mostrar a Mendoza Varela. Se las llevó y, esas cosas que de pronto suceden, aparecieron publicadas. Entonces mandé otras fotos que había tomado en Girón con mi camarita alemana de un solo lente, que era muy buena. Y aparecieron publicadas con el título “Girón, una ciudad blanca”. Cuando me mandó a llamar también tenía cita con él uno de mis profesores de Bellas Artes, Jorge Ruiz Linares.

Ruiz Linares pintó a Mendoza Varela con un efebo desnudo, como los de los óleos de Tuke, que corre al lado de un caballito de Ráquira.

Sí, es un retrato muy hermoso. Él me regaló uno de los óleos que se salvaron cuando le inundaron el apartamento, una cara como de un efebo; a Vicky, mi señora, no le gustaba mucho, pero era extraordinario. Mi hija Pilar me lo pidió y allá está en Lyon, en Francia.

¿Va mucho a visitarla?

Ojalá. Pero después de dos meses no me resisto allá. Uno no puede ser amigo de nadie. Son muy individualistas. Y todo por culpa de sus escritores. Son de interior, de puertas para adentro.

“Toda casa es un candelabro donde las vidas de los hombres arden como velas aisladas”, decía Borges –le digo mientras le señalo la vela que arde en la sala de su casa.

En mi casa siempre ha habido una vela encendida. A mi papá le gustaba mucho. A Vicky, mi mujer, y a mí nos gusta mucho la llama. La veo y es como si estuviera viva. Yo no soy religioso. Vicky sí. Yo soy ateo total.

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Foto:

Sebastián Jaramillo

No he visto fotos suyas de sus padres, de su familia, de Calamar, el pueblo donde nació. ¿Lo más próximo está más lejano?

Yo simplemente nací en Calamar. Viví hasta los tres años allá. Después me llevaron a Girardot, hasta los catorce. Y luego viví interno en Bogotá. Entonces yo soy del interior. Después a papá le dio por regresarse a su país, al Líbano. Pero allá dijo, yo quiero a mi gente, quiero a mi país, pero yo soy colombiano. Salimos de Girardot y regresamos a Girardot en barco. Mi padre trató de montar una fábrica de camisas. Era el año 50 y había llegado la violencia político-religiosa. Dos de sus amigos fueron asesinados. Uno que él quería mucho, que era liberal, aunque él era conservador.

¿En el regreso por el río hicieron escala en Calamar?

Sí, porque mi papá quería presentarme a su compadre, su gran amigo, el negro Juan Martínez. Me dio un abrazo que casi me despedaza. Años después volví y lo pregunté, pero ya se había muerto. Fui a tomar unas fotos de unas obras en el Canal del Dique, habían presupuestado una plata para eso para podérsela robar.

¿Recuerda algo de su infancia en Calamar?

Recuerdo cómo nací yo. Mi padre no era partidario de las parteras. Y como siempre, el médico no llegó y él se fue a buscarlo. Mi hermano, que tenía siete años, recordaba que vio que mi mamá se arrodilló en el piso y de repente algo cayó al suelo. Era yo.

Moisés, su padre, fue un personaje fascinante, como usted lo escribe en su evocador texto “Todo comenzó el día que recibió una carta”.

En ese escrito quise recordar todo lo que me contaba mi papá. Lo escribí en forma de cartas. Él me dijo que García Márquez iba mucho a Calamar, y creo que el sirio Moisés que menciona en El coronel no tiene quien le escriba es mi papá. En Girardot me gustaba sentarme en el piso mientras él se sentaba en el asiento de madera y cuero que recostaba contra la pared. Yo le preguntaba cualquier cosa y él me hablaba durante horas. Era fuerte, pero bonachón. Había cogido mucha costumbre costeña. Le tenían que hacer arroz con coco mínimo una vez al mes. Se quejaba porque en el interior no queda tan bien porque el coco está muy maduro.

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¿En Líbano, el apellido Eljaiek se escribe igual?

No. Fue cosa de funcionarios que cuando le preguntaron a papá cómo se llamaba lo escribieron Eljaiek. Le agregaron El al comienzo. Él lo escribía Hayek, como el de Salma Hayek. Aunque nosotros no tenemos nada que ver con ella.

Cartier-Bresson tomaba las fotos y no permitía que se le cortara nada. Otro francés que me influenció fue Doisneau. Y en pintura, me fijé mucho en Goya y Velázquez, en Rembrandt y Vermeer

¿Qué heredó de la cultura de sus padres?

Yo no aprendí el idioma. Mis padres siempre hablaban con nosotros en español. A mi hermano le enseñó árabe una tía de mi papá que nunca aprendió español. Ella vivía en el Tolima y cuando enviudó vino a vivir con nosotros. La cultura de los inmigrantes que queda es la comida.

¿Usted saltó de desempleado en Girardot al único canal de televisión que había entonces en Colombia?

El pintor Alfonso Mateus, que iba a Girardot a visitar al papá, llegó un día con el hermano, el Mono Hernando Mateus, que trabajaba en el canal. Y Alfonso me dijo delante del Mono, ¿no cierto que usted está buscando trabajo? El Mono me dijo que si yo si me iría a trabajar a Bogotá. Le dije que claro. Al lunes siguiente entré a trabajar en la Televisora Nacional. Yo ayudaba un poco a papá. No iba al colegio. No teníamos con qué. Creo que fui solo hasta quinto elemental, y quién sabe si lo aprobé. Detestaba tener que memorizar libros. Yo quería analizar. Leía mucho y procuraba tener amigos mayores.

¿Y de dónde salió su gusto por el arte?

Mi papá me ponía a leerle las tiras cómicas. Me gustaban esos dibujos, los que estaban bien dibujados. Flash Gordon o Roldán el Temerario me fascinaba. Tarzán y Mandrake al comienzo no me gustaban, pero después tuvieron un cambio con dibujantes fabulosos. Cuando fui a estudiar a Bellas Artes me di cuenta de que era buen dibujante. Dibujaba en carboncillo y me ganaba unos pesitos dibujando niños. Nunca me perdía las exposiciones de las galerías de arte.

¿Cuál fue su primera foto?

Creo que fue la que le tomé a la Piedra de Baalbek, en Líbano, con una cámara de esas de abrir. Una piedra tallada de veinte metros de largo por cuatro de alto y cuatro de ancho y que pesa mil toneladas. Nadie se podía imaginar cómo la habían llevado hasta allá. La foto me pareció bien encuadrada, con las ruinas de las columnas de un templo romano al fondo. Nunca pude encontrar el negativo.
La segunda no sé con qué cámara la tomé. Era una de 6 por 6. Estaba estudiando en Bellas Artes y había una pelada que me gustaba mucho. Creo que se llamaba Giomar. Ella quería que le tomaran unas fotos y yo le dije que se las tomaba. Un amigo me prestó la cámara. Fui a Foto Wolf, que era de un reportero alemán que trabajaba en Semana, para que me vendiera el rollo. Y me fui a Bellas Artes, a una sala muy iluminada, y le tomé once fotos a Giomar. Luego nos fuimos caminando hasta la 26. Cuando vi la escultura de La Rebeca me pareció muy bonita. Puse la cámara sobre unas rocas, la puse en B y conté hasta diez. Me fui a donde Heriberto Wolf y le dije que quería que lo revelara pronto. Por la tarde volví y me dio un sobre con una copia de 20 por 25. Era La Rebeca, me gustó. Y pensé, ¿cómo habrán quedado las otras? Metí la mano y vi que solo estaban los negativos sin fotos. La única foto era la de La Rebeca. Otra de mis primeras fotos es la de un niño a orillas del río Magdalena en Girardot.

¡O sea que los primeros once clics de su vida fallaron!

Pero el doce me lo publicó Wolf en Semana. Fue como en el año 54. Había como un concurso y me dieron veinticinco pesos. Tengo el negativo todavía. Es de una calidad extraordinaria. Es que él revelaba muy bien.

¿Eso fue lo que lo inclinó a…?

No. Mi papá le había comprado una droguería a mi hermano para que se pagara la carrera de medicina, y el cuñado de Leo Matiz, Jorge Eduardo Caicedo, me dijo que pusiéramos allí un avisito que dijera ‘Se revelan rollos’. Y rollo que nos daban, rollo que dañábamos. Entonces le dije a Jorge Eduardo, “yo voy a ser de todo, menos fotógrafo. No quiero saber nada más de la fotografía”. Cuando entré a la Televisora me dijeron, su departamento es este, y era ¡cine y fotografía! Y ahí comencé con una Retina de 35 y con una Graflex Vintage de 4 por 5 de reportería. La primera camarita que compré era japonesa, una Yashica. Malita; la tuve hasta que comenzaron a saltarse los tornillos. Wolf me aconsejó una Boltarex con lente Tessar, que sigue siendo lo máximo. Con ese tomé el gavilán. Tomé todo hasta que me pidieron lo de Delia Zapata Olivella y cambié de lente para poder tomar la danza. Me metí a aprender sobre la danza y conocí al coreógrafo Jacinto Jaramillo. Y mi hijo Hernando terminó de bailarín.

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Dora Franco, 1968.

Foto:

Abdú Eljaiek

¿Cómo hizo para tomar esas fotos extraordinarias de campesinos?

A mí me habían emocionado las fotos que había tomado Luis Benito Ramos para Diario de Tipacoque, de Eduardo Caballero Calderón. Y como quería igualarlo aunque fuera un poquito, pero en mi estilo, le dije a Eduardo que yo le tomaba las fotos que quería para su libro Yo, el alcalde. Deme pasaje, hospedaje y comida, y se las hago. Me dijo que sí y fui y me quedé en su hacienda y tomé las fotos, diferentes a las magníficas de Ramos.

Su foto de Caballero en la biblioteca me recuerda las fotos que le tomó Antonio Nariño a Enrique Caballero en su biblioteca, flanqueado por una muralla de lomos dorados, una arrogante biblioteca como a la que Walt Whitman le pedía que dejara entrar sus versos. ¡Qué diferencia con su tremenda foto de León de Greiff y sus libros rústicos y empolvados!

Qué bueno que era Antonio. Él mismo contribuyó a su olvido. Era un buen arquitecto y gran fotógrafo de arquitectura. Como Germán Téllez. Mucha gente pensaba que yo era arquitecto por mis fotos. Los arquitectos las criticaban porque estaban llenas de las sombras que yo ponía para dar profundidades. Decían que les sobraba paisaje.

¿Por qué de los desnudos de Dora Franco solo se conocen cuatro fotos?

Para los desnudos de Dora Franco tomé cinco rollos, con una película nueva con revelador nuevo. Cosa que yo no debería haber hecho. Le llevé los rollos al laboratorista de Leo Matiz. Eran rollos de doce fotos de 6 por 6 y los había tomado con una Rolleiflex. Cuando volví al laboratorio, había dos rollos colgados, blancos, totalmente transparentes. Él no había leído las instrucciones. Entonces se las leí y revelamos como debía ser los dos rollos que quedaban y salieron perfectos. En los contactos salieron bien cinco fotos. De una tenía dudas, y yo, en la duda, siempre me abstengo. Quedaron cuatro. Luego, en la sala del Colombo Americano, Mendoza Varela se fajó semejante escrito. A mano improvisó la introducción y los textos de cada foto.

Si yo muestro a un campesino, lo muestro pobre pero sonriente, agradable, con trascendencia. No me gusta mostrar miseria

Dora dijo que a ella le arrojaron cosas en la exposición.

No puede ser que ella venga ahora a decir que fue a la exposición con vestido blanco y le ensuciaron el vestido. Ella ya no estaba en Colombia. Lo único de ella que no mentía era su cuerpo. Era perfecto. Ruiz Linares cuando la miró comenzó a calcular y dijo “esta tiene los ocho”. Una norma clásica dice que un cuerpo perfecto debe tener ocho cabezas de largo. Tampoco es cierto que para esas fotos a ella la frotaron para que no tuviera piel de gallina.

Dicen que fueron las primeras fotos de una mujer desnuda, pero recuerdo una foto de 1920 de una modelo desnuda tomada por el escultor de Chiquinquirá Dionisio Cortés.

Pero eran desnudos tapando la cara y con velos.

De los primeros fotógrafos colombianos, ¿a quiénes conoció?

A Leo Matiz. Lo conocí por su cuñado, que era su mensajero de leva. Él me mostraba las fotos de Leo de México, de María Félix. La esposa de Leo, Amparo, me dijo que Leo y María Félix habían sido amantes.

¿La esposa?

Sí, y hay que creerle. Una vez le mostré a Leo unas de mis fotos que yo había ampliado. Todas grises. Las fue pasando rápido una por una y me preguntó “¿usted las reveló con orines? Están amarillas”. Repetí las fotos y se las volví a llevar. Las volvió a mirar y se quedó con una. “Esta es muy buena”, dijo.

Usted admira mucho a Luis Benito Ramos. ¿Pero Obando y Melitón?

De Medellín, el que más me gustó fue de La Calle. Tenía un problema. Si en este momento a un gay le joden la vida, imagínense en esa época. Hacía unas fotos excelentes, pero decían que era marica. Pero a quién le importa. La cuestión personal importa un carajo.

¡Que usted conoció a Ansel Adams!

Sí, y a Fred Weston, el hijo de Edward Weston. Un fotógrafo bárbaro. Cuando Fred vio mi cámara, me dijo “yo con esa camarita no trabajo; lo máximo es esta que me regalaron”. Era una Rolleiflex 6 por 6. Usaba película de 15 ASA, que no le daba granulado porque lo detestaba. A Adams quería preguntarle a qué máximo ampliaba. Me dijo, a un metro máximo. Le gustaba enfocar con el lente bien cerrado. De 60 centímetros a infinito estaba todo en foco. Tenía una gran ventaja: la técnica no se lo tragaba. Él medía las zonas. Las nueve que hay del negro al blanco. Se miden y de acuerdo con eso se revela. Muchos medían y tomaban la foto y no les salía nada. En cambio, Adams sacaba todos los tonos y obtenía una foto artísticamente sobrada.

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Villa de Leyva - Mercado, 1967

Foto:

Abdú Eljaiek

Hay fotógrafos que no miden zonas y toman magníficas fotos.

Cartier-Bresson tomaba las fotos y no permitía que se le cortara nada. Otro francés que me influenció fue Doisneau. Y en pintura, me fijé mucho en Goya y Velázquez, en Rembrandt y Vermeer.

Alguien dijo que usted odiaba tanto hacer laboratorio que se casó con Vicky para que le revelara sus fotos.

Ella era muy buena. Pero hice que dejara el laboratorio para que no se enfermara. Es un oficio muy mecánico. Es pura técnica. Cartier-Bresson nunca se metió al laboratorio. “Eso es de técnicos, eso no es conmigo”, dijo. Un día, mi hijo Esteban me mostró en pantalla las fotos que toma para Carulla y me parecieron muy buenas. Le pregunté qué laboratorio se las revelaba. Me dijo “este es mi laboratorio”, y me señaló el computador. Tenía una cámara Kodak de apenas 12 megapíxeles. Entonces me compré mi primera cámara de 12 megapíxeles.

¿En qué año?

Todavía caminaba sin bastón. Ahora tengo una de 22 y quiero comprar una pequeñita con un solo lente, que me sirva desde gran angular hasta teleobjetivo. Uno tiene que ir hacia delante. Me siento feliz de agarrar estas cámaras. Solo les pongo velocidad manual. Si estoy en el exterior y la tengo trabajando en 400 ISO, le pongo 250 de velocidad. Seguro que me sirve para todo. El diafragma no me importa. Si estoy en un interior, me bajo a 30. Incluso le puedo aumentar a 1000 y me va a salir igual de bueno. Sigo como antes, tomando pocas fotos. Cuando tomo una foto, debe ser la definitiva.

¿Y sus lentes favoritos?

Para retratos, el 100 y el 200 mm. Puede estar uno más retirado de las personas, no aplana mucho. El campesino lo ve a uno tomando fotos y no le gusta.

Usted, que se volvió boyacacuno, ¿por qué ni siquiera toma cerveza?

El sabor amargo nunca me ha gustado. Me gustaban las chocolatinas Jet de antes porque eran ligeramente amargas. Ahora las endulzaron para vender más.

¿Qué libros lo han agarrado?

Me cuestan trabajo. Me quedo en la mitad del camino. Cien años de soledad, por ejemplo, me cuesta trabajo. En cambio, estoy tratando de leer por segunda vez el Quijote. Es una maravilla. Es increíble leer algo que se escribió hace quinientos años y uno lo vive como de ahora. Me gusta mucho como escribe Álvaro Mutis. Y también como escribe su hijo Santiago.

Santiago hizo una nota muy profunda sobre su trabajo.

Él entendió qué es lo que yo quería con mis fotografías. Si yo muestro a un campesino, lo muestro pobre pero sonriente, agradable, con trascendencia. No me gusta mostrar miseria.

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Villa de Leyva, 1972.

Foto:

Abdú Eljaiek

¿Y Las mil y una noches, que es tan de sus raíces?

A mí me las mandó en árabe una tía monja que insistía en que se llamaba era Mil noches y una noche. Se las mostré a Mendoza Varela y él las mandó a empastar y las dejó en su biblioteca. Cuando murió, la viuda vendió la biblioteca y todo. No sé qué conservó. Espero que se haya quedado con una María, de Isaacs, para la cual yo tomé las fotos en la hacienda El Paraíso. El matrimonio de él sí fue… Dos amigos le consiguieron a ella un puesto en Alemania y se fue. “Bueno, ya la deja”, pensaron. Porque él no era para matrimonio y menos a su edad. Pero ella se resistió, regresó y se casó con él.

¿Cómo fue su flechazo con Boyacá?

Al regresar de Líbano visitaba mucho a mi tío Juan Eljaiek y a mis primas en Chiquinquirá. Mis tías las monjas hermanas de mi mamá se sentían muy mal con él porque era muy de izquierda. Cuando comencé a trabajar en publicidad había que hacer una campaña para cerveza Andina. Tenía que hacer fotos de campesinos y me fui a tomarlas en Chiquinquirá y me encontré con semejante calidad de gente.

No puede ser que usted tuvo el privilegio de conocer a la gran actriz Annie Girardot y a “la bella muchacha de los ojos de oro”, Marie Laforet; qué envidia.

Pude hablar con ellas en el Festival de Cine de Cartagena; todavía podía defenderme en francés. Uno podía charlar con ellas tranquilamente. Estaban en el piso, no estaban elevadas. A Laforet le hice una foto en vestido de baño en una canoa. Qué lindo cuerpo, qué bella mujer.

¿Cuál es la mujer más bella que retrató?

No miro tanto las bonitas, sino las atractivas. La Laforet era impresionante. Brigitte Bardot me gustaba. Todos hablaban de Marilyn Monroe y fui a ver Los caballeros las prefieren rubias y me gustó la otra, Jane Russell, la pelinegra. Marilyn era pelinegra, pero tuvo que teñirse de rubio para que el cabello al imprimir no saliera un pegote negro.

¿Y de las colombianas?

Esther Farfán, bajita pero bellísima, con una piel de aceituna.

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NO USAR: Abdú

Flor de cartucho, 2008.

Foto:

Abdú Eljaiek

Abdú, ¿cómo hacemos para que su libro Permitido en Colombia, que se imprimió, pero fue incautado y desaparecido y nunca circuló, por fin se pueda conocer?

Solo quedaron los negativos. Un ejemplar quizás lo tenga mi hija en Francia. He querido volver a hacerlo, en un formato grande. Quería volver a Urabá y completar algunas cosas. Pero ya no puedo hacer ese viaje. Le dije a mi amigo el almirante Guillermo Fonseca si podía ir allá. Y me dijo “ir allá, puedes, pero quién sabe si puedas regresar. Es que te tienen en la mira por ese libro”. Es sobre Maderas del Darién, una compañía que acabó con los bosques y envenenó el río León y que se la querían vender a otra de Estados Unidos. Árbol que veían, árbol que talaban. Arrasaron con el bosque para llevárselo a Florida. Esa compañía la tenía asegurada Colseguros. Afortunadamente, el texto lo escribió Eduardo Mendoza Varela, si no, no estaría yo contando el cuento. Cuando hice la exposición de las fotos del libro, Colseguros casi pierde o perdió a su cliente. A la semana llegaron de Colseguros a comprar toda la producción de los libros que porque querían regalarlos a su gente y los pagaban al doble. Y el libro desapareció.

Hay que volver a editarlo, con lo de hoy. Que vaya Esteban.

Esteban dice que es meterse a la boca del lobo. Pero usted escribe lo de ahora.

¡Listo! Yo le jalo. 

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Hoja

Foto:

Abdú Eljaiek

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Multitud 3 Hombre con bicicleta Washington, 1972.

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Abdú Eljaiek

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San Francisco edificio transamérica pirámide, 1972.

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Abdú Eljaiek

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Marcha Washington 01, 1972.

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Abdú Eljaiek

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Delia Zapata Olivella, 1980.

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Abdú Eljaiek

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Alejandro Obregón, 1974.

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Abdú Eljaiek

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León de Greiff, 1968.

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Abdú Eljaiek

POR: JUAN LEONEL GIRALDO 
RETRATO: SEBASTIÁN JARAMILLO
FOTOS: ABDÚ ELJAIEK
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 97. JULIO - AGOSTO DEL 2020

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