SOLIDARIDAD ORGÁNICA CONTRA EL TERRORISMO

SOLIDARIDAD ORGÁNICA CONTRA EL TERRORISMO

No resulta fácil a la nación preservar la normalidad de su marcha civil entre tantos episodios de la guerra terrorista como los que la apesadumbran, pero es su deber hacerlo para no agravar su perturbación y para no añadirle nuevos ingredientes. Habiendo inocultables adversidades y tensiones sociales, es de elemental prudencia ver de mitigarlas no sea que tiendan a ventilarse por las vías de hecho, en connivencia con la subversión armada. La guarda interior de la constitucionalidad democrática no reviste menor importancia que las operaciones militares. Incluso, puede acabar determinando su suerte.

20 de febrero 2003 , 12:00 a.m.

No resulta fácil a la nación preservar la normalidad de su marcha civil entre tantos episodios de la guerra terrorista como los que la apesadumbran, pero es su deber hacerlo para no agravar su perturbación y para no añadirle nuevos ingredientes. Habiendo inocultables adversidades y tensiones sociales, es de elemental prudencia ver de mitigarlas no sea que tiendan a ventilarse por las vías de hecho, en connivencia con la subversión armada. La guarda interior de la constitucionalidad democrática no reviste menor importancia que las operaciones militares. Incluso, puede acabar determinando su suerte.

Tragedias como las del barrio Villa Magdalena, en la martirizada ciudad de Neiva, o como las que a diario sufre la promisoria Arauca conturban los ánimos y llevan a pensar únicamente en términos de prevenirlas y reprimirlas con el uso eficaz, irrenunciable y legítimo de las armas. A las autoridades de la República no les es permisible hacerse de la vista gorda ante horrendos crímenes contra las vidas, los derechos y libertades de cuantos residen en Colombia.

Desde luego, la meta de la insurgencia es sustituir el régimen de leyes y tomarse el poder para imponer a la brava sus criterios, ideas e intereses. Subsidiariamente, si ello fuere imposible, adueñarse de una dilatada porción del territorio nacional, donde con independencia realizaría sus planes. Algo así como el Caguán, pero sin interferencias y en tamaño más grande.

Pero hay una etapa previa e instrumental: la de minar y derrumbar el Estado de Derecho, no solo enfrentándosele sino procurando desconcertarlo con el terrorismo y paralizándole en esta forma su capacidad o su voluntad de solucionar acuciantes problemas. Dicho de otro modo, bregando por granjearse la solidaridad de los marginados e inconformes con el señuelo de utilizar la violencia para poner coto a sus privaciones e infortunios.

Hasta ahora, no han caído el país y el poder público en esta trampa. Las instituciones continúan en pleno funcionamiento. Lo mismo la economía privada. No obstante, por la propensión a considerar cosa aparte la operación militar y policial, determinados estamentos piensan y actúan como si en territorio ajeno sucediera o como si el resto de la población ningún papel jugara, salvo el de víctima ocasional o el de apoyo conmovido a la Fuerza Pública.

Aun cuando en marcha se hallan obras, proyectos y leyes de mucho fuste, en la mentalidad de algunos círculos predominantes persiste la convicción de que el factor humano poco cuenta en el trajín diario y de que sus maltratos no habrán de repercutir de ningún modo en la contienda. Por ejemplo, se reconoce que el problema mayor de la economía radica en la debilidad de la demanda, pero se actúa en sentido contrario. Como si no se viniera de una larga recesión, o como si el país no estuviera asimismo perturbado por otras causas.

La solidaridad contra el terrorismo debe tener principio, base y expresión en lo social. Manifestarse al unísono contra todos los flagelos: el de la violencia, el del narcotráfico, el de la desocupación, el del hambre, el del marginamiento. Son batallas que simultáneamente toca dar, aguzando la imaginación e impidiendo que los dogmas en crisis sigan condenando a millones de compatriotas a desgracia apabullante.

Claro que debemos prestar atención al rompecabezas de la deuda y a sus orígenes, al reordenamiento fiscal y a otros serios desequilibrios. Pero el ser humano y su comunidad deben constituir foco primordial de las preocupaciones y punto obligado de referencia de las soluciones. Que nadie perezca por efecto de la dinamita homicida, mas tampoco languidezca por inanición o abandono cruel. Es también requisito para ganarle la guerra al terrorismo.

A la economía y a la técnica hay que tornar a conciliarlas con la Carta Universal de los Derechos Humanos, cuyas disposiciones debieran adquirir, en nuestra patria y en nuestro tiempo, real y esperanzadora vigencia.

Ciclo liberal.

El Instituto del Pensamiento Liberal y la Sociedad Santanderista han tenido el acierto de patrocinar un ciclo de conferencias bajo el atrayente título de El Liberalismo en la Historia . Porque la tiene abundante en bienes y servicios a la patria, su repaso constituirá muy útil aporte para su supervivencia en la mente y el corazón de las nuevas generaciones y para el mejor entendimiento de la razón suprema de sus esfuerzos, luchas y obras.

No ha arado propiamente en el mar sino en esta tierra fértil, donde ha cosechado y deberá seguir cosechando frutos inmarchitables. Los lemas de libertad y orden, de democracia, paz y justicia, de pleno empleo y moneda sana, resumen buena parte de su ideario. No en vano se ganaron en francas lides el derecho a inspirar el curso accidentado de la República. Al liberalismo colombiano, esencialmente democrático, no lo sorprende la historia sin haber dejado fecunda huella y claros testimonios de sus ideales perennes y de su linaje popular.

abdesp@cable.net.co

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