ICASA, DE LA GLORIA AL FRACASO

ICASA, DE LA GLORIA AL FRACASO

Al finalizar la década de los 70 casi había una nevera Icasa por cada hogar colombiano o muchas familias anhelaban tener una de ellas. (VER CUADRO: ASI QUEDARON LAS FINANZAS)

27 de abril 2003 , 12:00 a. m.

Al finalizar la década de los 70 casi había una nevera Icasa por cada hogar colombiano o muchas familias anhelaban tener una de ellas.

(VER CUADRO: ASI QUEDARON LAS FINANZAS).

Tal era la fiebre por estos aparatos que en los anuncios de radio, prensa y televisión se hizo popular aquel slogan de Icasa, ideas que duran con el cual se promocionaba la calidad de estos electrodomésticos.

Por eso, no era extraño que junto con la cama matrimonial, uno de los primeros enseres que adquirían las parejas de recién casados fuera una flamante nevera cuya puerta estaba rotulada con una I estilizada.

Hoy, esos tiempos dorados son historia. Y de la Industria Colombiana de Artefactos S.A. (Icasa) duran solamente algunas ideas que contribuyeron a que por lo menos la firma muriera con algo de dignidad.

Entre ellas están la valiosa marca que fue adquirida por Haceb (ver recuadro) y la maquinaria arrumada en la planta de la Avenida de las Américas con calle 63 de Bogotá que está en poder de fideicomisos a la espera de ser vendida, para intentar cubrir las deudas con sus acreedores, especialmente 230 trabajadores que quedaron en la calle.

Hace apenas un par de semanas, el representante legal de la empresa, Mario Verástegui Noguera, le comunicó a la Superintendencia de Valores en una lacónica carta que Icasa ya no daba más y tenía que suspender el contrato de trabajo a los empleados, luego de un tortuoso proceso de concordato que comenzó en 1991.

Lo más duro es tener que terminar con una empresa. Es algo patético por los problemas que se generan con otras compañías, con los trabajadores y con los mismos dueños. Aquí no ganó nadie , dice con visible nostalgia Verástegui, un mecánico de contextura mediana, de 50 años, que junto con los obreros y oficinistas tendrá que emprender nuevos rumbos.

Cada ex empleado tiene su propio drama y una versión de los hechos. Uno de ellos es el almacenista Célimo García Urueña, quien trabajó con Icasa 25 de sus 56 años. A su casa le llegó una carta notificándole que su contrato de trabajo había terminado, aunque -según él- sin el visto bueno del Ministerio de Protección Social.

Célimo, como el coronel de García Márquez, espera junto con sus compañeros a que le paguen algún día su liquidación, la cual ascendería a unos 35 millones de pesos, según sus propias cuentas hechas a mano alzada.

La situación es tan crítica que a mi mujer y a mis dos hijos, también desempleados, nos tocó acudir a donde la familia y ahora vivimos donde mi suegra. Yo ayudo con lo de los servicios pero incluso hace poco nos los cortaron y hasta nos mandaron a cobro jurídico , dice tras anotar que lleva más de seis meses sin recibir su salario.

A ellos les notificaron que con la venta de la marca y otros activos si acaso les podrán pagar el 50 por ciento del valor de la liquidación. Aún es incierto cuando recibirían el resto y mientras tanto la empresa suspendió los aportes al Seguro Social. Al almacenista le faltan todavía cuatro años para tener edad de pensionarse y no tiene con qué cubrir el saldo, lo que lo dejó totalmente desamparado .

Ambiciones peligrosas.

La historia de Icasa, que en sus épocas doradas llegó a tener al menos 1.500 empleados y se ufanaba de controlar el negocio de los electrodomésticos en Colombia, es uno de esos casos empresariales en los que se conjugan todos los ingredientes que llevan de la gloria al fracaso a un conglomerado.

Manejos familiares poco ortodoxos, la apertura económica, los recelos del sector financiero para propiciar su salvamento, riñas entre pequeños accionistas y más recientemente el portazo de Venezuela a las exportaciones colombianas fueron apenas algunos de los factores que alentaron el derrumbe.

La reputada firma fue fundada hace 50 años, el 8 de marzo de 1935, por la familia Glottman cuya cabeza visible era el otrora próspero empresario Jaime Glottman. A juicio de los que conocieron al detalle los vericuetos de la historia, él fue el primero que cavó la tumba de la compañía, una de las pioneras en obtener el sello de calidad para sus productos.

Una huelga de trabajadores realizada a partir del 27 de junio de 1991 fue aprovechada por el industrial Jaime Glottman para echarles la culpa de la crisis de Icasa. Pero después vino a descubrirse que captaba ilegalmente dinero del público y huyó del país , dice el periodista Héctor Mario Rodríguez, quien siguió de cerca el sonado caso.

El último dato que se tuvo del industrial es que se había marchado para Israel dejando una estela de damnificados por sus manejos financieros, entre los cuales se encontraban desde congregaciones religiosas hasta distinguidos miembros de la sociedad capitalina.

Es cierto, Icasa comienza derrumbarse en el momento en que Jaime Glottman se dejó llevar por la ambición y rompió las reglas de la familia , dijo García.

Los líos financieros de Glottman, reconoce Verástegui, terminaron por contaminar a la empresa que se acogió a la figura del concordato en 1991, el cual finalmente fue aprobado por el gobierno en 1992. En ese entonces todos los esfuerzos apuntaban a salvar este ícono industrial que marcó toda una época en Colombia.

El renovado optimismo de los trabajadores junto con el de la nueva administración bajó de tono luego de que el sector financiero comenzó a ponerle cientos de peros al otorgamiento de recursos frescos de capital de trabajo para oxigenar a la empresa.

Lo más triste, relata Célimo García, es que uno de los nuevos accionistas era el Banco Ganadero, que junto con otra empresa denominada Somo Continental, quedó con el 72 por ciento de la compañía. El resto eran 600 accionistas minoritarios.

Como era de esperarse y con toda la razón, cuando el Banco Ganadero (hoy Bbva) pasó a manos de los españoles al finalizar los 90, la nueva administración de la casa financiera no tenía ningún interés en dedicarse a producir neveras en Colombia , relató una fuente que perteneció a la entidad pero que prefirió el anonimato.

Ahí no cesaron las penurias. Al despuntar la década de los 90 la apertura económica entró con todo al país y de su mano también llegaron los pesos pesados del negocio de la línea blanca como Whirpool, L.G, Samsung y Mabe, que descrestaron a los consumidores con agresivas estrategias de mercadeo y sugestivos productos de tecnología de punta.

Aun así, Icasa logró capotear el temporal con la frente en alto y en su lote de 29.000 metros cuadrados de las Américas se las ingenió para sacar nuevas líneas de electrodomésticos como estufas y lavadoras. Las ventas se comportaron de una manera razonablemente buenas entre 1995 y 1996.

La compañía, que en 1989 inscribió sus acciones en bolsa -otro de los errores garrafales en los que incurrió más por exigencia de los pequeños accionistas, descontentos con el manejo de la fábrica por los mayoritarios- también se aferró a uno de los mercados más prometedores en aquel entonces: Venezuela.

Allí, aprovechando el apetito por los productos colombianos de buena calidad logró morder una tajada de la torta con ventas que llegaron a sumar 2,5 millones de dólares.

Pero las ventas se fueron al suelo como consecuencia de la huelga contra el presidente Hugo Chávez que fue sellada con el control de cambios y la parálisis económica.

Eso fue el puntillazo final, que sumado a la falta de capital de trabajo hizo que muriera la empresa porque nos quedamos sin cómo producir un bien más , relata Verástegui.

Los últimos electrodomésticos se fabricaron el año pasado entre enero y febrero y se hicieron agarrando piezas de los últimos inventarios que había en las bodegas.

Para su ensamblaje se llamó a pequeños grupos de trabajadores, que literalmente estaban de manos cruzadas en sus casas temerosos de que una carta, como la que le llegó a Célimo, pusiera fin a su vida laboral en la empresa de las ideas que duran.

UNA HERENCIA DE $4.000 MILLONES.

Cuando Darío Valencia Echeverri, gerente de la firma paisa Haceb, supo que Icasa iba a vender su marca no dudó en iniciar negociaciones para adquirirla a través de la Fiduciaria de Occidente, encargada de ese fideicomiso.

Haceb, con 62 años en el mercado de los electrodomésticos, sabía que a pesar de los líos de Glottman, una de las joyas de la corona de la empresa era precisamente su marca, la cual según la firma Invamer Gallup es una de las de más recordación.

Icasa siempre tuvo un producto de muy buena calidad que se ganó el reconocimiento del público y eso no se puede dejar morir , insistió una y otra vez Valencia desde Medellín.

Por eso, después de finalizados los trabajos de valoración por la firma Valor y Estrategia, giró un cheque por 4.000 millones de pesos para adquirir la I estilizada.

Valencia dice que en la medida de las posibilidades, Haceb continuará prestando el servicio de mantenimiento y repuestos para los clientes fieles de Icasa. Esto hará parte de la estrategia que la compañía antioqueña empleará para defender la industria nacional, que a pesar de la llegada de los grandes jugadores, tiene unos interesantes nichos de compradores en el mercado doméstico. No se descarta que en menos de lo que se espera, salgan a los almacenes los hijos de este matrimonio Haceb-Icasa que podrían ser el orgullo de las nuevas generaciones de recién casados.

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