IGLESIA CUESTIONA LA NUEVA ERA

IGLESIA CUESTIONA LA NUEVA ERA

No hay lugar bajo la tierra en donde no exista alguien que crea en ángeles, se mida el biorritmo, practique la aromaterapia o hable de bioenergética. Tampoco falta el amigo que vaya a cursos de feng shui o terapia de sueños. Y mucho menos falla el que paga por leerse el I Ching, las runas o el Tarot.

04 de febrero 2003 , 12:00 a.m.

No hay lugar bajo la tierra en donde no exista alguien que crea en ángeles, se mida el biorritmo, practique la aromaterapia o hable de bioenergética. Tampoco falta el amigo que vaya a cursos de feng shui o terapia de sueños. Y mucho menos falla el que paga por leerse el I Ching, las runas o el Tarot.

A todos ellos el Vaticano les envió ayer una advertencia. Les dijo que la Nueva Era es opuesta a la religión y subrayó que es una falsa utopía para responder a la profunda sed de felicidad del corazón humano.

Tal declaración la hizo el cardenal Paul Paupard, presidente del Consejo Pontificio para la Cultura durante la presentación del documento Una reflexión cristiana sobre la Nueva Era.

El cardenal no solo aseguró que este fenómeno es incompatible con la fe cristiana , sino que las respuestas que da están equivocadas . Sin embargo, no negó que los creyentes en la Nueva Era tienen un sentido religioso porque buscan la armonía y la experiencia de lo divino.

Su declaración causó revuelo en un mundo en el que todos conocen a alguien que se lee el horóscopo o acude al yoga para relajarse. El arzobispo Michael Fitzgerald, del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso, y Peter Fleetwood, del Consejo de las Conferencias Episcopales Europeas, de inmediato explicaron que un buen católico puede ver Harry Potter, consultar el tarot y aún así seguir el camino de la fe.

No hay nada de malo siempre que se sepa discernir. En la imaginación de todos los niños siempre ha habido brujas. Películas como Harry Potter o El Señor de los Anillos no son malas, siempre que los pequeños vean en ellas el conflicto entre el bien y el mal , dijo Fleetwood.

Prestar atención a la ecología es bueno, pero divinizar la tierra no. La música que relaja es buena, pero cambiar las plegarias por eso no , remató Fitzgerald.

La Nueva Era nació hace cerca de medio siglo como resultado del sentimiento de desamparo del ser humano. Es una mezcla de elementos esotéricos y antiguos de distintas religiones.

Para Luis Alberto Roballo, sacerdote rector de la Fundación Universitaria San Alfonso de Bogotá, este movimiento no ha tenido mayor significación en Colombia. Aquí la gente sigue apegada a lo tradicional. Hay sincretismos de una manera criolla, pero la Nueva Era es un movimiento light en el que prima el mercadeo y en el que todo lo que permite alcanzar espiritualidad tiene un costo .

Alberto Martínez, conocedor de las tradiciones ancestrales americanas, subraya que encontrar la espiritualidad en religiones antiguas no va en contra de la fe. No me gusta la Nueva Era porque es una comercialización de la espiritualidad , dice.

Luego añade: Las tradiciones ancestrales son más antiguas que el cristianismo y basan la búsqueda de la felicidad en una búsqueda interior. Muchos practican el catolicismo y sienten que también encuentran respuestas en estas ceremonias .

Sin embargo, el sacerdote Roballo piensa que la Nueva Era ha perdido su incidencia con el paso del milenio porque estaba muy ligada al cambio del siglo como despertar espiritual .

Una experta en sanación pránica, Lutgarda Flórez, aclara que lo suyo, aunque está considerado como Nueva Era, es una ciencia antigua que cura con energía. La energía es el soplo de vida que le dio Dios al hombre. Por lo tanto, no ataca a Dios ni a la religión. No entiendo por qué la discordia. Es más, la sanación pránica viene de la época de Cristo cuando él curaba con las manos .

Con información de Efe, AP, AFP.

Foto.

- EL CARDENAL PAUL PAUPARD, presidente del Consejo Pontificio para la Cultura, durante la presentación del documento Una reflexión cristiana sobre la Nueva Era. Lo acompaña el arzobispo Michael Louis Fitzgerald, presidente del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso.

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