DEL AMOR Y SU FRAGILIDAD 2

DEL AMOR Y SU FRAGILIDAD 2

Hace quince días hablaba de la necesidad de pactar nuestras ideas del amor y de la fidelidad. Y hoy voy a seguir conversando sobre el tema del amor y de su fragilidad. Ustedes preguntarán cuál es la razón por la cual me interesa tanto el amor. Jacques Lacan decía que uno se vuelve sujeto en el amor y precisaría y gracias al amor .

05 de febrero 2003 , 12:00 a.m.

Hace quince días hablaba de la necesidad de pactar nuestras ideas del amor y de la fidelidad. Y hoy voy a seguir conversando sobre el tema del amor y de su fragilidad. Ustedes preguntarán cuál es la razón por la cual me interesa tanto el amor. Jacques Lacan decía que uno se vuelve sujeto en el amor y precisaría y gracias al amor .

En ese sentido, es cada día más imprescindible hablar del amor, porque no hay manera de cambiar la historia si no empezamos por cambiar los sujetos, las identidades. Creo sinceramente que no hay manera de avanzar en la paz -hablo de una paz integral, esta que se inicia en el patio de atrás, en la cocina y en la cama conyugal, que prefiero llamar la cama de los amantes- si no construimos mentes en paz, mentes con menos enojo, menos rabia. Y avanzar en el camino de la paz, de una paz posible, debe significar no temer desplazar nuestras miradas de lo público hacia lo privado, hacia adentro, hacia lo más trivial y banal de nuestras vidas, allí mismo donde se construye la vida, es decir las identidades. Por esto me interesa enormemente el amor, nuestro aprendizaje del amor, nuestra feliz adicción al amor, una de las pocas adicciones curativas.

Hace quince días me refería a la fidelidad-infidelidad. Hoy quiero enfatizar esa idea: el amor no es eterno, nunca lo fue. El amor es precario, es frágil, el deseo es caprichoso, es vagabundo y aventurero; se enferma de muerte con la rutina, con la cotidianeidad, en el encierro. El amor es la prueba máxima de la libertad. Decía Octavio Paz que el amor es la revelación de la libertad ajena. Amar es entonces tomar el riesgo de amar al otro, a la otra, libre. Por lo tanto, el amor no puede ser eterno. Sí, de hecho lo puede ser y será la excepción -una o dos veces por siglo- que confirma la imposibilidad de eternidad del amor.

Y si no me creen, vuelvan a la literatura universal, a las grandes novelas de amor de Tolstoi, Balzac, Stendhal, Flaubert, Proust, Kundera, Cortázar y, por supuesto, Gabo y sus amores en tiempos de cólera. En el amor nada basta, nada es suficiente para colmar y calmar la carencia que define lo humano. El otro amado, la otra amada, en algo nos falta, en algo no cumple. Por cierto, hay momentos de satisfacciones parciales, de ilusión de plenitud, particularmente en los primeros tiempos del amor. Pero sabemos en el fondo que el otro, la otra, en algo nos falta; que el otro no está a la altura de nuestras ideas del amor. En el corazón del amor, siempre encontramos una queja, un no me ama como lo amo... , una queja tal vez muy femenina, pero esto es otro asunto.

El amor no es eterno y por esto mismo tenemos que aprender a aceptar su posible muerte sin tanto dolor, pero, sobre todo, sin tanta rabia. Si el amor fuese eterno, no habría nada más que decir y la historia se paralizaría para siempre. Si el amor fuese eterno, volveríamos a ese paraíso mítico e inmóvil y nos encontraríamos con un Adán abrazado a una Eva, negados a la historia, en un amor tal vez eterno pero sin estragos, ni goces. Estaríamos todos y todas en un letárgico nirvana sin memoria ni futuro. Gracias a Eva perdimos ese paraíso pero ganamos la angustia, o sea la cultura, la civilización, el arte y los incontables estragos y goces del amor.

* Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad

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