VIVIR PARA LEERLA

VIVIR PARA LEERLA

En realidad vale la pena vivir para leer la obra de Gabriel García Márquez sobre su propio discurrir por una existencia que ha conocido todos los ámbitos de su patria y no pocos del mundo. Aunque adquirí su libro desde el momento mismo de su aparición, confieso que no me fue posible leerlo hasta llegar a esta apacible, hermosa y única ciudad de la Florida, sede de una de las más prestigiosas universidades de los Estados Unidos. Su campus académico invita a la reflexión, al ejercicio intelectual, a las disciplinas de la mente y el espíritu. Su inmensa biblioteca posee la Colección latinoamericana, quizá la más rica del planeta en su género.

07 de febrero 2003 , 12:00 a.m.

En realidad vale la pena vivir para leer la obra de Gabriel García Márquez sobre su propio discurrir por una existencia que ha conocido todos los ámbitos de su patria y no pocos del mundo. Aunque adquirí su libro desde el momento mismo de su aparición, confieso que no me fue posible leerlo hasta llegar a esta apacible, hermosa y única ciudad de la Florida, sede de una de las más prestigiosas universidades de los Estados Unidos. Su campus académico invita a la reflexión, al ejercicio intelectual, a las disciplinas de la mente y el espíritu. Su inmensa biblioteca posee la Colección latinoamericana, quizá la más rica del planeta en su género.

Difícil un rincón del mundo más indicado para seguir a Gabo a lo largo de su cambiante itinerario vital. Gainesville ha ido creciendo en torno a su corazón universitario, parece construida dentro de un bosque de robles centenarios, cedros, cipreses majestuosos. Breves recorridos permiten asomarse a lagos encantados de aguas transparentes, cobre cuyas orillas existen sitios idílicos donde la lectura es incomparable deleite.

El relato de García Márquez resulta tan fascinante como sus novelas. Su prosa fluida, salpicada con chispas de humor, repleta de exageraciones macondianas, reconstruye en vívidas pinceladas una infancia de pobreza en veces asfixiante, un periplo escolar martirizado por la necesidad de estudiar contra su voluntad viajera de la fantasía, indómita frente a las disciplinas pedagógicas y al aprendizaje inducido, de todo lo cual se escabulle leyendo vorazmente bajo el pupitre y ganando la condescendencia de rígidos maestros con su originalidad, sus afortunados balbuceos poéticos, sus ocasionales discursos en ocasiones propicias y su precoz sabiduría arrancada en forma casi clandestina de sus infatigables lecturas.

La prodigiosa memoria de quien habría de atesorar un léxico riquísimo cuando la novela desplazó a los efímeros escarceos periodísticos, poéticos, oratorios y de dramaturgo ocasional y sus libros recorrerían el mundo requiriendo la fertilidad inagotable de su vocabulario, recorre sus primeras vivencias familiares en páginas risueñas en las que alternan una sentida afectividad, un humor burlesco que incluye los estrafalarios nombres de un enjambre de tías, parientas, primas, sus propias hermanas y los rasgos magistrales de la existencia caribe, genuinos cuadros costumbristas que invitan a reír a cada paso como si el relato se escuchara de viva voz.

El poder descriptivo de Gabo emerge de toda la obra, con tal aliento que el lector no parece recorrer páginas escritas sino contemplar en un filme colorido escenas, ambientes, sucesos, hasta calamidades de distinto género que invitan más a la risa que al pesar. La metáfora es riquísima y alegre aunque a ratos se hace nostálgica y alcanza rasgos de sublime belleza. Las experiencias de una existencia prematuramente andariega y nomádica hallan descripciones magistrales aun en episodios intrascendentes en apariencia, pero densos en contenido humano. Y perdurables.

Ese aliento descriptivo alcanza en este primer volumen del relato su más dinámica diversa expresión en dos momentos sucesivos: la tragedia del 9 de abril en Bogotá y su sobrecogida admiración ante el pretérito descaecido y melancólico que halla en las pétreas murallas y añosas edificaciones de La Heroica, como escucha denominar a Cartagena de Indias. Lo del 9 de abril parece enceguecer con los rojos resplandores del incendio las turbas enloquecidas y tornar resbaladizas las calles con los borbollones de sangre. La fuga hacia el litoral en traje negro de paño recobra el tono festivo de autoburla que satura su yerta permanencia entre las brumas bogotanas y sus andanzas bohemias que consumen los empeños sucesivos de su máquina de escribir y sus trajes en una prendería, de la cual nada puede rescatarse en medio del incendio.

Fue así como la noche misma de mi llegada la ciudad se me reveló a cada paso con su vida propia, no como el fósil de cartón y piedra de los historiadores, sino como una ciudad de carne y hueso que ya no estaba sustentada por sus glorias marciales sino por la dignidad de sus escombros . Este fragmento, apenas cinco líneas del libro, permite apreciar el rasgo sutil de humor, a ratos cáustico, arrebujado en su fuerza descriptiva.

En contraste con el perfeccionismo literario de Gabo, sus incursiones por la historia son un auténtico desastre - influencia lejana de su profesor de Derecho Constitucional en la Universidad Nacional, Alfonso López Michelsen, descrito en el libro?-. Ya lo habíamos señalado en El general en su laberinto. Es así como al referirse al conflicto con el Perú de 1932-34, asciende a general al ex presidente Miguel Abadía Méndez y lo envía a comandar la expedición amazónica, en trastoque macondiano con el, ese sí, general Alfredo Vázquez Cobo y resuelve enviar a Juan Lozano y Lozano como una especie de cooperante del presidente Olaya Herrera para que lo mantuviera al corriente de las barbaridades que pudieran cometer los militares. Lozano, oficial de carrera, marchó al sur con el Destacamento Putumayo y participó en el combate de Guepí, del cual hizo el más brillante recuento de que se tenga noticia.

En fin, todo se le perdona a nuestro Premio Nobel. Y en este caso, cuando lo que realiza con maestría es autobiografía y no historia nacional.

alvatov2@yahoo.com.

Gainesville, Florida

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