UN LARGO HORROR

UN LARGO HORROR

Cuando me puse el reloj eran las 8:15 de la noche. Pensé que mi esposa estaría esperando afuera pero en ese instante una explosión, algo que no había sentido jamás, me sacudió desde los pies, pasó por mi vientre y salió por mi boca. Mientras caía al suelo vi como el techo se derrumbaba sobre mí y pensé que el fin había llegado. Sólo atiné a pedirle a Dios que me protegiera. Algo me cayó en la espalda, y en la oscuridad escuché el sonido de los escombros derrumbándose alrededor.

09 de febrero 2003 , 12:00 a.m.

Cuando me puse el reloj eran las 8:15 de la noche. Pensé que mi esposa estaría esperando afuera pero en ese instante una explosión, algo que no había sentido jamás, me sacudió desde los pies, pasó por mi vientre y salió por mi boca. Mientras caía al suelo vi como el techo se derrumbaba sobre mí y pensé que el fin había llegado. Sólo atiné a pedirle a Dios que me protegiera. Algo me cayó en la espalda, y en la oscuridad escuché el sonido de los escombros derrumbándose alrededor.

Me levanté y la palabra me alcanzó como otra explosión: bomba. De nuevo, pensé en mi esposa y salí a buscarla. En el corredor, lleno de humo, había heridos sangrando, un hombre mayor sujetándose con fuerza el pecho. Nos miramos como si ya hubiéramos resucitado, por que eso fue un infierno.

Busqué la salida, pero al llegar a la puerta noté que el suelo se convirtió en una grieta profunda y desde el fondo llegaba el rumor de una corriente de agua. Regresé pensando que la alternativa serían las escaleras de servicio. Pasé por la cocina, encontré heridos en el suelo, pero la escalera estaba allí. Una señora, vestida con el uniforme del club y dueña de una calma asombrosa, me instó a salir de allí.

Subí al sexto piso. Un humo rojizo y picante ocupaba el lugar del aire. Intenté entrar al vestier de damas pero el humo me lo impidió. Me obstiné, pero la garganta se me cerraba. Tuve la ilusión de que ella hubiera salido y corrí a la calle por la carrera quinta. Había pocas personas saliendo con una toalla en la cintura, maltrechas, heridas. Decidí entrar de nuevo, me quité el saco para cubrirme la cara pero en ese momento la vi salir, cubierta de polvo pero viva. Nos dimos un fuerte abrazo antes de poder decir la primera palabra, y empezamos a digerir este largo horror.

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