FAENÓN DE CÉSAR RINCÓN

FAENÓN DE CÉSAR RINCÓN

Bellos toros los de Achury Viejo. Sin mucha cara -salvo el sexto-, y mansos cuatro o cinco de los siete (uno devuelto) que saltaron al ruedo. Pero bellos, bien hechos, y todos ellos, incluyendo los mansos, cargados de emoción. Por eso pudimos verle a César Rincón una de las faenas más impresionantes de los últimos tiempos. No hablo solo de las suyas, sino de las de todos los toreros.

11 de febrero 2003 , 12:00 a.m.

Bellos toros los de Achury Viejo. Sin mucha cara -salvo el sexto-, y mansos cuatro o cinco de los siete (uno devuelto) que saltaron al ruedo. Pero bellos, bien hechos, y todos ellos, incluyendo los mansos, cargados de emoción. Por eso pudimos verle a César Rincón una de las faenas más impresionantes de los últimos tiempos. No hablo solo de las suyas, sino de las de todos los toreros.

Fue con el cuarto, que se llamaba Cautivo . En su primero -segundo de la tarde, por la confirmación de alternativa de El Fandi - había estado bien, había cortado una orejita. Pero seguía sin ser Rincón, y él mismo era el primero en saberlo, y se le iba a escurrir la temporada colombiana entre los dedos sin haber vuelto a ser Rincón. Dicen que en Manizales... Pero yo no lo vi.

Le costó trabajo. Al principio de la faena de muleta, y a pesar de que había recibido de capote al toro con dos largas cambiadas de rodillas, con ganas de novillero, no nos convenció mucho a los escépticos. Era un toro bonito -todos lo fueron- pero distraído e incierto, y, como todos sus hermanos, tirando a manso, y con la cara arriba de los mansos. Rincón lo hizo dejar crudo en el caballo. Era su último toro acá, antes de irse a torear allá, y no podía desperdiciarlo. Pero no estaba muy en eso, no estaba muy convencido: no estaba muy seguro de sí mismo. Y sin embargo lo brindó al público, tal vez para comprometer su propia voluntad. Unos doblones, y el toro se entableró, defendiéndose a hachazos desde el refugio de la barrera. Malo por el pitón derecho, y peor por el izquierdo, con el que desarmó al torero en un feo derrote. Y buscaba con ambos el cuerpo. Un manso con peligro. De esos que se cuadran con dos muletazos, se matan, y ya está.

Rincón, sin embargo, decidió ser Rincón. Y lo sacó a los medios, donde el toro no quería estar pero donde, sin duda, iba a estar mejor. Y en la Santamaría se hizo un silencio absoluto, poco habitual en esta plaza desordenada y vocinglera. Un silencio de tensión magnética, con la mirada de 14 mil espectadores fija y clavada en ese espacio de fuerzas encontradas que en el ruedo une y separa al toro y al torero. Era un toro escarbador, arreador, mirador, incomodísimo. Dos cosas le puso su matador enfrente: valentía y ciencia. Y antes que ciencia, la base de la ciencia, que es la paciencia. Sin prisas, aguantando, enseñando, lo esperó, lo convenció, lo desengañó, lo obligó. Sin perder los nervios y sin perder la esperanza de que la reciedumbre suave de su muleta terminaría por hacerlo romper.

Y así le sacó -casi en las tablas, pues el manso allá volvía después de acometer- una tanda espléndida de naturales dictados por la fuerza de la voluntad. Y a continuación otra más larga de derechazos que nadie, un par de minutos antes, hubiera creído posible: ni que la tuviera el toro, ni que de verdad la quisiera el torero o estuviera dispuesto a buscarla. Así han sido muchas las grandes faenas de Rincón: inesperadas y en apariencia imposibles. Forzando al toro a lo que el toro no quiere, entregándole al público lo que el público no espera, sacando de sí mismo lo que sólo él sabe que tiene guardado ahí. Una buena estocada sin puntilla, dos orejas, dos vueltas al ruedo con la plaza entregada.

Con lo cual Pepe Manrique se olvidó de que él, aunque siempre muy fino, es un torero más bien frágil de ánimo. Ante la exhibición de maestría rotunda de Rincón hizo lo que en esos casos hacen los toreros buenos, que consiste en decir: Yo también estoy aquí . Y ahí estuvo, contra el viento, contra el recuerdo fresco y nuevo de la magistral faena de Rincón, contra el peligro fiero y cierto del quinto toro de Achury. Garboso con el capote. Valeroso con la muleta. Acelerado al comienzo, pero después más reposado y sereno, como si hubiera visto -que no creo que la viera- en el burladero de matadores la mano de Rincón que aconsejaba con suavidad reposo ante el peligro. Reposado, sereno. Gallardo es la palabra. Ante la emoción del peligro.

El Fandi : extraordinario banderillero.

FOTO/Camilo George EL TIEMPO.

Con pases de dominio y técnica, César Rincón sometió a sus toros e hizo una faena antológica en la que cortó dos orejas, el domingo en Bogota.

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