DOS MONJES ZEN-CILLOS

DOS MONJES ZEN-CILLOS

Iván Densho Quintero tiene el tiempo contado para partir. Se cambia el traje tibetano cruzado poco antes de tomar el avión y se viste con el uniforme de American Airlines. Se pone una corbata, una camisa blanca, toma un maletín y queda convertido en auxiliar de vuelo.

11 de febrero 2003 , 12:00 a.m.

Iván Densho Quintero tiene el tiempo contado para partir. Se cambia el traje tibetano cruzado poco antes de tomar el avión y se viste con el uniforme de American Airlines. Se pone una corbata, una camisa blanca, toma un maletín y queda convertido en auxiliar de vuelo.

En el aire, con centenares de pasajeros amarrados a sus sillas, claustrofóbicos, asustados e inseguros, es donde debe poner a prueba todo lo que ha aprendido en casi 20 años de práctica budista.

Javier Unsho Burgos, por su parte, se pone el traje budista y se ríe de la parafernalia de aquel vestido ceremonial tan lleno de tela y con tantos dobleces.

Se burla de su corte a ras cuando dice que solo uso la cabeza para rapármela , se mofa de la gente trascendental cuando asegura que la vida hay que gozársela y no tiene reparos en decir que él es como los taxis en materia de amor: le hago a lo que se suba .

Su condición de monje zen no le impide el goce, aunque lo concibe distinto a otros. Su misión, desde que fue ordenado, es ayudar a las personas a vivir su existencia de manera total . Esa es su búsqueda: aquietar los problemas externos y verlos de una manera sosegada para alcanzar la paz interior. No desea a futuro. Vive el presente.

Irónicamente, ahora que es monje se siente más unido al Dios. El budismo, que es una búsqueda interior, no excluye la fe. Javier tiene en Bogotá un centro de meditación y es un especialista en shiatsu o curación con las manos.

Vistos así, son dos hombres comunes. Vistos así y de cualquier manera. A pesar de que son los dos únicos monjes budistas zen colombianos reconocidos por el Templo Zen Antaiji en Japón, no tienen nada de misterioso, no obligan a bajar la voz ni dicen frases memorables como si la sabiduría les brotara por los poros. Exhalan humanidad, ante todo.

Son afectuosos, burlones y cotidianos, pero conservan una diferencia más allá del aspecto de sus cabezas rapadas: saben que su misión es ayudar a los demás. A eso dedican sus esfuerzos. En el aire o en la tierra.

El largo aprendizaje.

Cada uno llegó al budismo por distintas vías. Iván (Densho es transmisión de luz ) supo de esta práctica en su adolescencia, se enamoró del Zen tanto o más que de su novia, investigó lo que más pudo, pero solo hasta que llegó a Francia en 1984 y se inscribió en la Asociación Zen Internacional entendió que era la vocación de su vida.

El zen le permitía sumergirse en la experiencia plena de la existencia , tener conciencia de su vida en el instante presente, desligarse del sufrimiento y del deseo, y dejar de pensar solo en sí mismo.

No importó que para poder ser monje tuviera que ser cocinero en Francia, encuestador en España, cargar cajas, hacer teatro o aprender ingeniería electrónica. En 1987 recibió la ordenación en París y en el 2001 se hizo monje de la escuela Soto japonesa.

A su regreso a Colombia fundó un centro para la práctica del zen, igual que Javier, y se convirtió desde 1994 en auxiliar de vuelo. Desde entonces vive en el aire. Pero con los pies en la tierra.

Javier Burgos (su nombre Unsho data de hace 2.500 años) viajó a Japón porque era rebelde, se sentía inconforme y quería aprender karate, meditación y algún oficio que sanara a los otros.

Nada fácil la tuvo por su condición contestararia. Los retiros espirituales en los que debía permanecer en silencio por días enteros, el trabajo en el campo, el frío del invierno y la dureza de la educación budista sirvieron para formarlo. En el otoño de 1998 se convirtió en monje.

Su ordenación fue en el Templo Antaiji. Ahora viaja seguido a Miami. Allá están los otros desplazados , dice.

Son distintos el uno del otro. El uno paciente, el otro tajante. El uno suave, el otro sarcástico. Pero, como monjes que se respeten, fieles a la tradición, dicen cosas sabias.

Para la muestra, Iván explica su filosofía: El budismo no cambia el mundo del sufrimiento, pero sí la manera de verlo , Javier lo secunda: Los monjes no rezamos para que todo nos salga bien, sino para superar obstáculos . Y añade: El amor es importante si no se reduce a un pequeño círculo de personas, sino que se expande a los demás .

Iván toma su maleta y Javier alista sus manos. Vuelven al trabajo sin perder su meta: ser monjes tan normales que hagan la diferencia.

FOTO/Jaime García EL TIEMPO.

Iván Densho Quintero y Javier Unsho Burgos dicen que ellos no rezan para que todos les salga bien, sino para superar obstáculos.

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