ARREMETIDA TERRORISTA

ARREMETIDA TERRORISTA

No era imprevisible el ataque terrorista al corazón de la capital de la República desde cuando esta atroz modalidad de la guerra se abrió paso en el exterior y en el interior. Venía menudeando en zonas periféricas y tanteando sitios estratégicos y desprevenidos en los centros urbanos. Desde la desaparición de la zona del Caguán, hacia estos apuntaban los planes subversivos.

11 de febrero 2003 , 12:00 a.m.

No era imprevisible el ataque terrorista al corazón de la capital de la República desde cuando esta atroz modalidad de la guerra se abrió paso en el exterior y en el interior. Venía menudeando en zonas periféricas y tanteando sitios estratégicos y desprevenidos en los centros urbanos. Desde la desaparición de la zona del Caguán, hacia estos apuntaban los planes subversivos.

El atentado fallido del 7 de agosto contra el Palacio Presidencial, casualmente desviado hacia el misérrimo barrio de "El Cartucho", presagiaba nuevas operaciones de la misma índole. En adelante, todo iba a depender de la factibilidad de llevarlas a cabo, demostrada como fue la aptitud laboriosamente adquirida para su preparación sigilosa y su ejecución audaz.

Al hermoso y monumental Club El Nogal se le sorprendió bajada la guardia. Fríamente se calculó su vulnerabilidad o su desprotección y sin misericordia se fraguó la maniobra terrorista. Blanco eminentemente civil, desprovisto de importancia militar, se le sabía frecuentado por personas inermes de todas las edades, con mayor razón en los fines de semana. Allí la mortífera cosecha sería de hombres y mujeres, de niños y adultos, todos en inocentes y civilizados pasatiempos.

El sacrificio cruel de treinta y tres seres humanos de los allí reunidos y las heridas de más de ciento cincuenta duelen y sacuden a la Nación. Como antes las víctimas del terrorismo vandálico en Arauca, en la Comuna 13 de Medellín o en la iglesia de Bojayá. Infortunadamente, el país se ha acostumbrado a las tragedias y a los crímenes como si se tratara de episodios naturales.

A las protestas sonoras suele seguir el olvido indiferente. Quizá por suponer que la tendencia a la barbarie se agota o a sí misma se derrota. Quizá por confiar en que, sin necesidad de previsiones eficaces y alertas oportunas, su nueva versión corra suerte análoga a la del terrorismo individual de Pablo Escobar y, en el caso presente, sea tan sólo réplica aislada, ocasional e irrepetible del espeluznante atentado a la sede del DAS.

Mucho se habló de que el terrorismo sería la forma de la guerra en el siglo XXI. En él y en ella estamos, con organizaciones guerrilleras disciplinadas, apertrechadas y robustecidas a la sombra del narcotráfico. Incapaces de enfrentarse cuerpo a cuerpo a la Fuerza Pública, pero en condiciones de actuar con métodos irregulares que les permiten suplir su inferioridad de recursos humanos y materiales. Además de las columnas incrustadas y casi invisibles en las poblaciones urbanas, con la misión secreta de los golpes de mano y su astuta ambientación.

No ha conseguido Colombia enmarcar el conflicto en el Derecho Internacional Humanitario y ha acabado resignándose a que el objetivo sean las personas y bienes de carácter civil, cuando no las edificaciones y servicios de utilidad pública. A estas alturas, no cuentan tanto las normas jurídicas, ideadas por la humanidad en defensa de su existencia civilizada, como las pruebas de fuerza. Sin embargo, no es asunto sobre el cual quepan las omisiones y las violaciones consentidas, al menos mientras haya cómo hacer valer la protesta indignada y procurar eco a los sufrimientos que se experimentan por una causa de mucha importancia para la salud del mundo.

El presidente Uribe Vélez ha invitado a "la unidad nacional contra la violencia y el terrorismo, no obstante las diferencias sobre la economía o la política". No habrá de faltarle, en esta emergencia, el apoyo resuelto y militante de los compatriotas de buena voluntad.

Pero es indispensable el esfuerzo supremo por reducir al máximo la legión silenciosa e innumerable de los excluidos y marginados de la actividad económica y social. De los que no tienen acceso al trabajo ni al pan, de los que arrastran una existencia miserable y sin esperanza, de los que no se sienten con razones ni motivos suficientes para participar en la guarda del orden establecido. De los que en su abatimiento sueñan con una migaja siquiera de seguridad humanitaria y democrática.

Juan Luis Londoño.

En el alma nos ha dolido la desaparición de este ser excepcional, infatigable y entrañablemente humano. Cuando lo conocimos hará cerca de veinte años, advertimos su privilegiada inteligencia, su carácter optimista y jovial, su vocación por el servicio público, la gallardía, la amabilidad y la desenvoltura del trato, propia de las gentes de su comarca antioqueña. Luego seguimos su rutilante carrera de constructor de instituciones. Era de los que creían que gobernar es apurar y presentar resultados.

No se requería coincidir con las ideas que iba recogiendo por el camino de la vida para apreciar y admirar sus dotes. Mentalidad de clara estirpe liberal, con ardor defendía sus puntos de vista, pero no se resistía a escuchar los ajenos con innata tolerancia. Por eso descolló en las lides parlamentarias y brilló en todas partes su talento. Gran hombre y gran patriota!.

abdesp@cable.net.co

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