CARACAS, DIVIDIDA POR LA POLÍTICA

CARACAS, DIVIDIDA POR LA POLÍTICA

Durante una reunión vespertina de la asociación de vecinos del suburbio de Altamira, el tema a discutir no era qué hacer con los perros que no paran de ladrar, sino que qué hacer si Caracas se convierte en una vorágine de saqueos y sangría a manos de chavistas armados.

11 de febrero 2003 , 12:00 a.m.

Durante una reunión vespertina de la asociación de vecinos del suburbio de Altamira, el tema a discutir no era qué hacer con los perros que no paran de ladrar, sino que qué hacer si Caracas se convierte en una vorágine de saqueos y sangría a manos de chavistas armados.

Aquí, como en otros barrios de clase media de esta capital, la gente teme que algunos simpatizantes armados del acosado presidente venezolano, Hugo Chávez, van a saquear la ciudad. Estamos sentados sobre una bomba de tiempo a la que ya se le prendió la mecha , dice Alberto Benito, un ex oficial del ejército, para dar inicio a la reunión en un parque del barrio.

Durante las siguientes dos horas, Benito aconseja a los vecinos hacer listas de doctores que puedan llamarse en caso de emergencia. Habla de levantar centros médicos de emergencia en escuelas. Revisa el plan para bloquear las calles y rociar combustible para que las avenidas se vuelvan impenetrables a pandillas de motociclistas dispuestos a saquear su comunidad: los motociclistas bolivarianos del terror como los llama él.

Pueden estar 99% seguros de que seremos un blanco , dice Benito. Tenemos que estar preparados para cualquier cosa .

Enfrascados durante el último año en un intenso conflicto, los ciudadanos de Caracas (en cuyos arrabales y condominios vive uno de cada tres venezolanos) están al borde de un mundo en el que las fuerzas policiales compiten entre sí y con hampones armados itinerantes, lo que recuerda los postapocalípticos filmes de la saga Mad Max. Chávez ha demostrado una resistencia impresionante, primero al salir triunfante del golpe de estado de abril de 2002 y, más recientemente, al apaciguar la huelga de los trabajadores petroleros que todavía amenaza con devastar la economía de Venezuela,

Pero la política ha dividido a esta ciudad en dos, y el distanciamiento es profundo y peligroso.

Los suburbios de la zona Este de la ciudad, en donde vive la mayor parte de las clases media y alta, son un bastión de la oposición. Los enemigos de Chávez, convencidos de que éste arruinará la economía y socavará las libertades políticas a través de una dictadura similar a la de Fidel Castro, han estado luchando para sacarlo del poder vía elecciones adelantadas.

La parte occidental de la ciudad, que rodea el palacio presidencial y la plaza principal de Caracas, es territorio de Chávez. El área está dominada por gente como Lina Ron, la líder de un variado grupo de agrupaciones comunitarias radicales que tiene su puesto de mando en un túnel tapiado al frente del banco central. Desde allí, Ron dirige una caballería de mensajeros en motocicletas que los vecinos de la zona Este temen encabezarán la primera oleada de saqueos.

Los caraqueños temen lo peor: una versión aún más violenta del terremoto social de 1989 conocido como el Caracazo, en el que miles de habitantes de los barrios más pobres bajaron en hordas de los cerros, provocaron disturbios y saqueos en la ciudad después de que el gobierno decretara un drástico aumento en el precio del transporte público.

Los millones que votaron por Chávez en 1998 esperaban que éste curaría al país de una corrupción arraigada durante 40 años de una democracia bipartidista basada en compadrazgos.

Chávez fue reelegido en 2000 bajo una constitución escrita por un cuerpo controlado por él mismo para permanecer en el poder hasta principios de 2007. Pero su incendiaria retórica y su liderazgo errático han tenido consecuencias devastadoras para la economía, que se contrajo un 8% el año pasado, junto con su popularidad.

Según varias encuestas recientes, entre el 60% y el 70% de los venezolanos quieren destituir a Chávez. Pero esa cifra aún deja a entre un 30% y un 40% de aquellos que simpatizan con él. Muchos de estos viven en pequeñas y pobres chozas en las montañas que rodean a Caracas.

Una de las principales fallas de esta zona de sismos políticos atraviesa la propia Plaza Bolívar, el corazón histórico de la ciudad y el país.

De un lado de la plaza, está el comando central de Alfredo Peña, el alcalde de la zona metropolitana de Caracas y opositor político de Chávez. Exactamente del lado opuesto, justo enfrente de la oficina de Peña, está Freddie Bernal, un ex policía que es el actual alcalde de la municipalidad del Libertador, dueño y señor de la plaza y enemigo político de Peña.

Mientras saborea una taza de café en su oficina, bajo un enorme retrato de Simón Bolívar, Bernal culpa a la oposición por exacerbar el odio, y no espera que las tensiones terminen pronto. Vamos a tener que aprender a liderar en una situación de conflicto, de baja intensidad, pero permanente .

En noviembre, Chávez echó mano de la armada y la guardia nacional para tomar las oficinas de la Policía Metropolitana de Peña en toda la ciudad.

Una fuerza de 9.000 miembros había sido enviada para controlar las marchas de la oposición, disparando gas lacrimógeno y balas de goma durante los conflictos entre manifestantes y simpatizantes del gobierno. Cuando la Corte Suprema de Justicia ordenó a esta fuerza abandonar las estaciones de policía, Chávez ignoró la orden, y un mes después, utilizó esas tropas para decomisar las armas de la fuerza policial.

Ahora que la propia policía ha sido acorralada, no resulta sorpendente que las armas se vendan como pan caliente en Caracas. Las ventas de armas de fuego se quintuplicaron en 2002, señala Iván Simonovis, ex comisionado de la policía metropolitana que ahora trabaja como consultor en seguridad para compañías extranjeras que operan en Venezuela.

Es para defensa de los hogares , explica Simonovis.

Agustín Pérez Morazzani, que encabeza una agencia de seguridad en Venezuela, agrega que los venezolanos están armados hasta los dientes .

El conflicto actual es complicado, pero la antropóloga Patricia Márquez, tiene una forma sencilla de explicarlo: La gente pobre tiene miedo de nosotros. Y nosotros, tenemos miedo de ellos .

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