ESTERTORES

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La semana pasada, echando globos sobre el día sin carro- y dele otra vez con el tema del día sin carro- , pensé que se debería llamar el día del desempleado. Por un lado, aquellos desempleados de estrato seis salieron todos a trabajar - léase los taxistas- , y dejaron de salir a hacer lo propio los desempleados de estrato cero entiéndase los mendigos, los desplazados y los malabaristas- puesto que aquellos, los amarillos, no les sueltan moneda alguna a los últimos - óigase a sus colegas pobres de los semáforos- . Asimismo, muchos de los empleados (de estratos altos carentes de carros blindados) se desemplearon y se quedaron en sus apartamentos.

13 de febrero 2003 , 12:00 a.m.

La semana pasada, echando globos sobre el día sin carro- y dele otra vez con el tema del día sin carro- , pensé que se debería llamar el día del desempleado. Por un lado, aquellos desempleados de estrato seis salieron todos a trabajar - léase los taxistas- , y dejaron de salir a hacer lo propio los desempleados de estrato cero entiéndase los mendigos, los desplazados y los malabaristas- puesto que aquellos, los amarillos, no les sueltan moneda alguna a los últimos - óigase a sus colegas pobres de los semáforos- . Asimismo, muchos de los empleados (de estratos altos carentes de carros blindados) se desemplearon y se quedaron en sus apartamentos.

Estaba en estas lucubraciones sobre el día del desempleado y, la misma tarde del mismo jueves, desaparece el Ministro del Empleo. Y comienzan a sonar las balas y regresan los estertores de la muerte, ese ruido involuntario y ronco que producen los moribundos.

Al día siguiente, nos toca vivir el ruido sordo y repetido de la masacre científicamente calculada y preparada - seguramente durante la Paz del Caguán (único lugar de la geografía nacional donde la muerte estuvo ausente, gracias al patrocinio de alguien a quien hoy, desde Madrid, poco o nada le importó o importa lo que por aquí ocurrió, pasa o sucederá). Y volvimos a quedarnos sordos, ciegos y mudos u obligados a repetir lo que solemos decir en estos casos: no más! Y qué sé yo; tantas otras cosas sobre la solidaridad, la corrupción, la pena de muerte, la moral, la dignidad y mil palabras vacías más.

Pensaba también, que los columnistas no hacemos más que repetirnos. Vamos tajando y tajando el mismo lápiz hasta que llega el día en que sólo queda el borrador. Pensaba en que no podemos salir del eterno retorno de lo igual; en que cada día somos más iguales que antes; en que estamos condenados, como Antonio Caballero, a escribir siempre la misma columna; a lamentar y condenar horrores; a presenciar impotentes el desastre.

Y luego viene el ministro Londoño Hoyos y nos dice que Colombia ya sabe que sólo hay un inocente: El, el mismísmo él, el único entre cuarenta millones de habitantes que se salva. Eso dijo, o sugirió, en su penúltimo disparate disparos de orate al aire del cual, creo haber entendido, ya se arrepintió. De todas maneras, las declaraciones del Ministro confunden tanto o más, viniendo de donde vienen, que las mismas bombas, de cuyo origen narcoterrorista al menos tenemos certeza. Cada día que pasa se hace más urgente la necesidad de que el Ministro pierda su empleo. Sería probablemente menos peligroso manejando un taxi.

Unos días más tarde, una niña de un colegio de Bogotá, en una reunión con motivo de los sucesos macabros del viernes, dijo, refiriéndose a las Farc: Muchos hp, deben estar celebrando la muerte de tanta gente inocente . Para luego añadir: También nosotros celebramos las muertes de ellos cuando estas ocurren. En ese momento, cuando entendí esto, concebí el concepto de la Paz . Más profundo que mucho de lo que se ha dicho. Existe, no obstante, una pequeña diferencia: allá mueren combatientes, de este lado civiles.

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