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JODER!, GILIPOLLAS

JODER!, GILIPOLLAS

Los españoles somos groseros y horteras (lobos). Nos apasiona el morbo, la cutrez, lo sórdido y las barbaridades. De otra forma no se comprendería el éxito desbordante de la llamada telebasura, programas en donde unos degenerados insultan a gritos a otros de su calaña. Todos ellos airean sus trapos sucios, relatan con pelos y señales sus desviaciones sexuales o destapan sus perversidades ocultas con un lenguaje tan soez que logra en ocasiones, no muchas, la verdad, avergonzar a los desvergonzados espectadores.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
01 de junio 2003 , 12:00 a. m.

Los españoles somos groseros y horteras (lobos). Nos apasiona el morbo, la cutrez, lo sórdido y las barbaridades. De otra forma no se comprendería el éxito desbordante de la llamada telebasura, programas en donde unos degenerados insultan a gritos a otros de su calaña. Todos ellos airean sus trapos sucios, relatan con pelos y señales sus desviaciones sexuales o destapan sus perversidades ocultas con un lenguaje tan soez que logra en ocasiones, no muchas, la verdad, avergonzar a los desvergonzados espectadores.

Es el circo romano, en donde en lugar de comerse cristianos, los leones se devoran entre ellos. El modélico espectáculo goza de los índices de rating más altos de un país que presume de haber ingresado a la modernidad.

Según me cuentan, la última joya del basurero se llama Hotel Glamour , que, dice una colega de El Mundo, ha logrado degradar al máximo los reality shows. El éxito de esa admirable pieza televisiva consiste en que algunos huéspedes del antro son jóvenes de apellidos ilustres, decididos a hacer o decir cualquier cosa con tal de lograr un pedazo de popularidad que luego transformarán en plata. De esos realities pasarán a los programas del corazón, en donde relatarán a golpe de euro los pormenores de sus estúpidas vidas privadas.

La porquería debió salpicar al presidente Aznar, porque ha salido a criticar duramente la telebasura. Y ha dicho algo lúcido por primera vez en muchos meses: los máximos responsables son los propietarios de los canales que no ponen límites a la competencia, y después los periodistas que se prestan a trabajar en esa aberrante modalidad televisiva.

Algunos líderes de la oposición le han reclamado su responsabilidad por no haber hecho nada en su gobierno para impedirlo, por confundir respeto a la libertad de expresión con permisividad absoluta.

Y ahí es donde está el meollo del asunto. Debe coartar el Ejecutivo la libertad de las cadenas privadas por muy mal uso que sus propietarios hagan de ella? Claro que el debate de fondo sería cómo educar a un pueblo para hacerlo educado y no troglodita, pero ese es otro paseo y, como es más largo y difícil, mejor empezar por la tele.

Unas voces piden el papel de controladores para la sociedad mediante un Consejo Superior Audiovisual, en donde los ciudadanos, y no los políticos, pongan límites y puedan sancionar a quienes los traspasen. De hecho, ya existen unas reglas que nadie hace cumplir, excepto cuando agreden a colectivos que nada tienen que ver con esa farándula de pacotilla como, por ejemplo, cuando hacen comentarios racistas. Todo lo demás está permitido.

Yo creo que hay controles mínimos que se deben ejercer, como exigir que las basuras solo las saquen por la pantalla en horarios nocturnos muy tardíos o crear una categoría especial para ellos, mezcla de porno y cutrez. Pero el principal debe ser el que hacemos en nuestras casas, cambiando de canal o, mejor aún, apagando el televisor.

Mi esperanza, basada en la nada, es que los telespectadores descubran solos la estupidez de sentarse ante la caja boba , esperando ansiosos a que una mano de parásitos se despedacen y les arrojen sus trofeos. Pero eso, me temo, no lo conoceré. Como tampoco conoceré en Colombia unos programas de debate y análisis serios, emitidos en horas de máxima audiencia. A la mayoría de los empresarios privados de televisión, aquí o allá, solo les interesa embobar para vender más, una veces con realities tan deleznables como el del Glamour , y otras con los Protagonistas de novela que nada aportan. Apagar es la clave.

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