LOS PARTIDOS: HERRAMIENTAS DE COMUNICACIÓN

LOS PARTIDOS: HERRAMIENTAS DE COMUNICACIÓN

Mucho se habla, en estos días de referendo, sobre el papel de los partidos políticos.

14 de febrero 2003 , 12:00 a.m.

Mucho se habla, en estos días de referendo, sobre el papel de los partidos políticos.

Una de los lugares comunes que más se escucha es el de la necesidad de fortalecerlos. Se busca, dicen los sesudos analistas, tener partidos disciplinados, fuertes y que sean sustento de nuestra democracia.

Sin embargo, no parece estudiarse una de las modernas razones principales de ser de un partido político cual es la de servir de herramienta de comunicación de un ideario, de un conjunto de actitudes o de un talante.

Hace un siglo, con el fin de la guerra de los mil días, la división ideológica entre liberales y conservadores se hizo menos estructurada en torno a lo militar.

Para reorganizarla los partidos se fortalecieron al amparo del gobierno o de la oposición.

Los integrantes de cada uno de ellos hicieron de la defensa de su lealtad una empresa apasionada, muchas veces irracional y las más violenta. Pero era claro para qué servían los partidos.

Al llegar el Frente Nacional, la mera utilidad de un puesto, de un contrato o de una sinecura convirtió los partidos en proveedores de empleo.

Los funcionarios, los contratistas o las corbatas proveían, a su vez, a los miembros electos de un partido de las fuentes de financiación que se dedicaban para su próxima reelección y para otros menesteres menos éticos.

El gobierno de turno contribuía a redondear el proceso con la asignación de recursos del presupuesto llámese auxilios parlamentarios, fondos de cofinanciación, o los derivados de la comisión interparlamentaria- a aquellos congresistas, diputados o concejales que votaban favorablemente los proyectos.

A tal punto llegó a funcionar el procedimiento que algunos estudiosos de las reformas tributarias han aducido que estas llegan a costar más de lo que producen, tal es el precio de cada voto. Pero así se perpetuaba el proceso: con una compra de votos velada.

El elegible no necesita de ningún partido para permanecer en los cuerpos colegiados.

Simplemente valoriza su decisión, la negocia con el Ministro del Interior o el secretario de gobierno, con el Secretario General o, en últimas, con el mismo mandatario recuerdan los famosos desayunos de Palacio, para eso son- y asegura en el cómodo lapso de 4 legislaturas su reelección.

La publicidad, las relaciones públicas, los medios y en fin todas las tácticas que conjugan una estrategia de comunicaciones las consigue con el producido de esta negociación.

Mientras tanto qué sucede en otros países? En los Estados Unidos los partidos demócrata y republicano sirven como gigantescos centralizadores de información y de dinero.

Estos recursos son repartidos en cada elección en función de la lealtad partidista de cada aspirante. Las encuestas, las estrategias de comunicación que de ellas se derivan y las tácticas subsiguientes son, en la mayoría de los casos, recomendadas por el respectivo comité nacional.

Hay que aceptar que, dadas las condiciones locales de cada disputa electoral, los aspirantes instalan sus propias campañas, recogen sus propios fondos y lanzan sus propias cuñas de televisión, pero se insiste, guiadas por la estrategia general de cada partido.

En Europa, los movimientos políticos son aún más fuertes. Toda la organización electoral, parlamentaria o presidencial, gira en torno a la misma estrategia, a un mismo mensaje, a los mismos símbolos y a las mismas políticas.

Los fondos centralizados, las más de las veces de claro origen público, patrocinan y apoyan candidatos en función de su desempeño en las distintas decisiones parlamentarias tomadas para avanzar la agenda del gobierno de partido o para contradecirlas desde la oposición.

La disciplina de perros se verá recompensada en el momento de la reelección con el soporte estratégico de comunicación que hace más viable la posibilidad de repetir curul. Los votantes, influidos por el mensaje de campaña contribuirán con su voto como resultado de lo realizado.

El partido lo que hace es, pues, responder a la pregunta de cómo transformar la fidelización, tan usada en el mercadeo, en votos. Lo que equivale a influir mediante la comunicación en la adquisición del producto en el punto de venta.

Cabe preguntarse entonces sí no vale la pena incluir la posibilidad de ordenar los partidos en torno a las experiencias citadas, en la reforma política pendiente, que, de pronto, sale antes del referendo.

Ya que, tal como están las cosas no se puede derivar que de los resultados de este se le rompa el espinazo al verdadero origen de la financiación de las campañas, la plata de las reformas, raíz de la politiquería y de buena parte de la corrupción. Y de la muy peligrosa y creciente inexistencia de los partidos en Colombia

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