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EL LIBERALISMO Y EL DILEMA URIBE

EL LIBERALISMO Y EL DILEMA URIBE

A las nueve de la noche del último día del Congreso Liberal la incertidumbre sobre los resultados de la votación carcomía a más de un candidato a la Dirección Nacional. Qué diferencia con las anteriores convenciones amañadas donde los grandes caciques liberales tenían todo arreglado y era más teatro que concurso de ideas. Al final, la coherencia y verticalidad de sus posiciones y su alta exposición en medios tras el debate de Invercolsa sellaron el triunfo de la senadora Piedad Córdoba. Lo que obliga a preguntarse qué consecuencias trae que los opositores del gobierno Uribe lideren el Partido Liberal.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
03 de junio 2003 , 12:00 a. m.

A las nueve de la noche del último día del Congreso Liberal la incertidumbre sobre los resultados de la votación carcomía a más de un candidato a la Dirección Nacional. Qué diferencia con las anteriores convenciones amañadas donde los grandes caciques liberales tenían todo arreglado y era más teatro que concurso de ideas. Al final, la coherencia y verticalidad de sus posiciones y su alta exposición en medios tras el debate de Invercolsa sellaron el triunfo de la senadora Piedad Córdoba. Lo que obliga a preguntarse qué consecuencias trae que los opositores del gobierno Uribe lideren el Partido Liberal.

En primer lugar, hay que reconocer que hubo cambios importantes en la colectividad roja. La Dirección saliente, presidida por el senador Rodrigo Rivera, cumplió con su mandato: organizar una convención con las garantías para todas las vertientes. Qué mejor muestra de ello que la.

victoria de los opositores políticos de los codirectores y la participación electoral del peñalosismo y de parlamentarios uribistas.

La verdad es que, aunque el resultado pueda no ser el óptimo, hubo un esfuerzo de democratización y apertura a las bases como nunca antes lo había intentando el partido.

Quienes hoy dirigen el liberalismo son políticos opositores, del derrotado serpismo, y activistas de los sectores sociales poco conocidos por la opinión. Algo diferente de las jefaturas naturales o únicas o colegiadas que sólo eran eufemismos que ocultaban la decisión a dedo de unos pocos pesos pesados.

Algunos consideran que la abrumadora votación por Piedad Córdoba la debe llevar a ocupar la presidencia de la nueva Dirección. Pero habría que ver si esa es la mejor decisión de esta directiva, en cuyas manos está el balance final sobre el éxito y el fracaso del Congreso recientemente realizado. Córdoba tiene méritos de sobra para presidir la Dirección, pero llegó allí con una posición radical que podría hacer aún más difícil la interlocución del liberalismo con el Gobierno, al fin y al cabo presidido por un liberal. Sería factible una presidencia colectiva -por ejemplo: los tres senadores que forman parte de la DLN- o menos comprometida, para continuar el incipiente proceso de unidad y modernización?.

Con Piedad a la cabeza, los liberales tendrían dos caminos frente al gobierno Uribe: mantener su actual posición de colaboración crítica o inaugurar la oposición. A riesgo, eso sí, de no interpretar el sentir de la mayoría de la opinión, según todos los últimos sondeos sobre la popularidad de Uribe. Revisando la trayectoria de varios de los nuevos directores, esta última apuesta podría ser la ganadora y los frágiles equilibrios que hay hoy en el Congreso se podrían quebrar. La victoria de Córdoba es un duro golpe a quienes han buscado infructuosamente por meses el acercamiento con el Gobierno y una postura de más franco apoyo a su gestión.

Sin embargo, nada garantiza que la posición que tome la nueva Dirección sea la que acepte la bancada liberal oficialista. Además, las mayorías del Congreso Liberal optaron por la colaboración crítica en las relaciones con Uribe y este es un mandato difícil de ignorar por los codirectores entrantes. El futuro del Partido Liberal no es muy claro y todavía está lejos de ser una colectividad moderna y democrática. Sus congresistas siguen anhelando negociar con el Gobierno puestos y contratos para su supervivencia ahora que las reglas políticas cambiarán. Mientras tanto, los liberales no cuentan con una posición coherente frente a las reformas que Uribe está llevando a cabo. Para cambiar 30 años de estancamiento y deterioro de un partido político que sigue siendo una federación anárquica de caciques regionales, más que una convención bien organizada, se necesita de un compromiso histórico de sus líderes. Y más que arrepentirse simbólicamente de pecados como el clientelismo y la corrupción, se trata de no seguir cometiéndolos.

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