EL SALTO DE LA LIEBRE

EL SALTO DE LA LIEBRE

Muchos colombianos despreocupados de los enredos de la política pusieron el corazón, y la razón, en las propuestas de autoridad y solidaridad del presidente Uribe. Ilusionados por las referencias de sus desempeños en la administración pública confiaron en las dotes de gerente del joven paisa, en su claridad mental, su capacidad para pensar los detalles, y su desprecio por la retórica que fue la forma empalagosa que tomó la política en nosotros.

18 de febrero 2003 , 12:00 a.m.

Muchos colombianos despreocupados de los enredos de la política pusieron el corazón, y la razón, en las propuestas de autoridad y solidaridad del presidente Uribe. Ilusionados por las referencias de sus desempeños en la administración pública confiaron en las dotes de gerente del joven paisa, en su claridad mental, su capacidad para pensar los detalles, y su desprecio por la retórica que fue la forma empalagosa que tomó la política en nosotros.

Vislumbraron al hombre providencial, el día llegado de salvar el país del atolladero de la horrible noche de sus vicios mortíferos. A Mandrake, aliado con el poderoso Lotario de una sociedad civil unida.

Era injusto sobrecargarlo con la responsabilidad de transfigurar la realidad con un ademán, nada más, a punta de buena voluntad y talante, como quien saca un conejo de un sombrero negro y vacío, o un as de la manga. Más, con una persona con un profundo sentido de la realidad. Pero los colombianos somos desmesurados. Y cándidos.

Nadie contaba, sin embargo, en el entusiasmo de la promesa de romper con el pasado de ignominias, con el hecho sabido de que Colombia es un país arisco y peliagudo. Que para gobernarlo primero hay que estar loco de remate. Que contra su vocación de caos es inútil el sentido común. Ni con la revancha de las hordas de los nihilistas, los destructores puros que anunció Nietzsche, cebados con cenizas. Ni con el cerco sórdido de los otros, la trinca de los caballeros de industria de los profesionales del poder.

El milagro era poco menos que imposible en el país difuso y desunido, germen de alguna estrella prodigiosa tal vez, donde por lo pronto los átomos se resisten a asociarse y se devoran y suplantan en un revoltillo de hojarascas. Y donde los cilindros cargados de veneno, las bombas accionadas a distancia, las motosierras y el serrucho virtual eran los rostros de la modernidad. Y las ventajas de la civilización y la técnica.

Sin embargo, como debe ser con los milagros, y con las liebres que cuando son liebres verdaderas saltan donde menos se espera, en la rebatiña incorregible de los burócratas engolosinados, la saña de los vencidos, las murmuraciones de los críticos, y las balas del desafuero (el Presidente fue bautizado con una lluvia de cohetes que mataron un montón de pobres gentes aturdidas), al fin de cuentas no serán las virtudes del Primer Mandatario las que realizarán la fantasía de unir a la Nación para el porvenir, sino las sinrazones de la razón revolucionaria. La torpeza política de los hijos atilescos de Lenin. La rabia de la Nación humillada por la arrogancia del utópata. Y a la postre la bancarrota de las Farc tampoco vendrá de las fuerzas del Estado sino de la crueldad de sus propios métodos. El terrorismo fue también el principio del aislamiento y la soledad de Escobar y Rodríguez Gacha.

El amor es una carga útil, porque es el peso que mantiene al hombre adherido a la vida, escribió el gran poeta bolchevique Vladimir Maiacovski. Sin embargo, para desgracia nuestra, y de las piedras, porque todo nos sufre, muchas veces necesitamos el terror para despertar la voluntad de vivir y las nobles cualidades que a veces nos atribuimos.

Un soldado inglés prisionero en Japón recordó cómo, en Nagasaki, el día de la bomba, los prisioneros y los carceleros del campo de concentración corrían abrazándose, hermanados en las llamas. Es una metáfora extrema de lo que está ocurriendo en el país. Cuando se asienta el polvo de las bombas, en todas las clases sociales y las clases de personas, entre los obispos, los intelectuales, los industriales, los banqueros y los humildes raponeros y los pequeños empresarios de esquina, y hasta entre sus adversarios de oficio, se genera un plebiscito en apoyo del Presiente, contra la violencia ciega, por el mantenimiento aunque sea inestable y relativo de lo poco que nos va quedando en piedad y en orden.

Muchas veces, como en un poema célebre de Cavafis, los bárbaros pueden resultar imprescindibles.

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