PESTE DEL HAMBRE

PESTE DEL HAMBRE

El presidente del Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, ha querido honrar su solemne promesa de garantizar a sus compatriotas tres comidas diarias y, al efecto, ha comenzado a impulsar el programa insignia sintetizado en el nombre inequívoco de hambre cero . Pese a las dificultades fiscales y a los compromisos con el FMI, no se ha resignado a dejar expósita la bandera de su victoriosa campaña electoral ni a desamparar las tesis que le han valido el ochenta por ciento de favorabilidad de la opinión pública.

18 de febrero 2003 , 12:00 a.m.

El presidente del Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, ha querido honrar su solemne promesa de garantizar a sus compatriotas tres comidas diarias y, al efecto, ha comenzado a impulsar el programa insignia sintetizado en el nombre inequívoco de hambre cero . Pese a las dificultades fiscales y a los compromisos con el FMI, no se ha resignado a dejar expósita la bandera de su victoriosa campaña electoral ni a desamparar las tesis que le han valido el ochenta por ciento de favorabilidad de la opinión pública.

La gran nación de 172 millones de habitantes ha llegado a entender la insostenibilidad de los inmensos focos de extrema pobreza y de las patéticas condiciones de desigualdad en el ingreso y en los niveles de vida. La tarea de reordenamiento en diversos ángulos no significa que las esperanzas populares hayan de frustrarse indefinidamente en los rigores de un ajuste interminable. El hambre no ha generado en Brasil explosiones tumultuosas al estilo de las de Argentina, pero es una de las causas de la profunda inconformidad que se reflejó en el veredicto arrollador de las urnas.

De suyo germen subversivo, en cada pueblo se expresa de acuerdo con su intensidad y con su idiosincrasia, en cuanto sobrepasa ciertos límites. Estructural unas veces y ocasional otras, en ninguno de los dos casos, menos en su mixtura agravante, es inocua y puede vanamente tratársela con desdeñosa indiferencia.

Difícil resulta explicarse por qué en muchas partes se la considera soportable mientras los mecanismos del mercado logran absorberla y aun indirectamente se la fomenta pensando quizá, desalmadamente, en la utilidad de su acción destructiva. Tarde o temprano, acabará socavando las bases de los sistemas políticos e imponiendo cambios fundamentales. A las buenas como en Brasil o desordenadamente y a las malas donde no se abren los ojos a sus dolientes llagas.

A través del hambre es posible y necesario evaluar los resultados de las concepciones y acciones gubernamentales. Si una determinada estrategia la acentúa y disemina, nada autorizará a mantener sus devastadores derroteros. Ni los caprichos y ofuscamientos de dentro, ni las exigencias de fuera.

La consigna estimulante del presidente Uribe Vélez de trabajar, trabajar, trabajar, debiera traducirse en ofrecer a todos los compatriotas la oportunidad real y lícita de practicarla y de ganarse en esta forma el pan con el sudor de las frentes. Por desgracia, en los recintos tecnocráticos el desempleo es mera cifra estadística, cuya consecuencia en términos de hambre no se contempla. La misma inanición se entiende como medio de ajuste de los engranajes económicos, cuando no como herramienta para sacar del juego a los menos aptos.

La lucha contra el terrorismo y el narcotráfico no excluye, por naturaleza, la batalla complementaria y simultánea contra el hambre. Bien sabemos hasta dónde la han multiplicado aquí la prolongada fase recesiva y las fórmulas fallidas para la recuperación económica. Los remedios del Brasil probablemente no serán los más adecuados para Colombia, dadas las enormes diferencias entre las dos naciones. Pero su ejemplo invita a romper entre nosotros el hielo de la indiferencia y a procurar soluciones a tono con las características nacionales del problema.

No cabe esperar a que el conflicto social se salga de las manos y tienda a buscar salidas primaria y generalizadamente tempestuosas. Al objetivo de derrotar la violencia cruel y la plaga nefanda de los narcóticos es menester agregar la peste del hambre. Movilizando los recursos humanos y materiales para corregirla, promoviendo el dinamismo de la economía, humanizándola y orientándola a satisfacer las necesidades fundamentales. Cero violencia, cero narcotráfico, cero hambre, son aspiraciones dignas de tenaz esfuerzo y motivos irreprochables para inspirar el régimen democrático y contribuir a la civilizada y sana convivencia.

Seguridad de las instituciones democráticas.

Las instituciones suponen personas de carne y hueso y de altos ideales que las encarnen. Tal el Gobierno. A nivel nacional, formado por el Presidente de la República, los ministros del despacho y los directores de departamentos administrativos. En su continuidad democrática descansa la estabilidad de la Nación. En consecuencia, no se puede exponer a que aquel resulte súbitamente descabezado o destrozado. La seguridad debe entrar por casa.

Se dice lo anterior a propósito de las intentonas terroristas contra el Jefe del Estado y del accidente aéreo que costó la preciosa vida del ministro Juan Luis Londoño. Ni la imprevisión ni la desprotección son admisibles. La guarda de los gobernantes en el ejercicio de sus funciones es deber insoslayable de toda organización democrática. Sin excesos que arriesguen a aislarlos, pero sin improvidencias ni intrepideces en medio de la guerra terrorista que nos ha tocado vivir. No hayan de faltar, en adelante, elementos para su custodia y transporte, ello sí dentro de severos criterios de austeridad.

abdesp@cable.net.co

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