UNIDAD Y DISPERSIÓN DE LA SOCIEDAD CIVIL

UNIDAD Y DISPERSIÓN DE LA SOCIEDAD CIVIL

Las impresionantes marchas por la paz en todo el país, la apertura de negociaciones con las Farc y el descongelamiento de los diálogos con el Eln, parecen respuestas convergentes a la conjetura de que Colombia se desliza hacia el caos en medio de gravísima recesión, de un recrudecido conflicto armado y del narcotráfico contumaz. Así se decía en artículo escrito en Washington y publicado hace un par de semanas en el New York Times, con gran despliegue y patética ilustración gráfica. Lo peor del sombrío panorama lo constituían, según ese análisis inclemente, la perplejidad general y la falta de soluciones operantes y prontas, tanto en el interior como en el exterior.

26 de octubre 1999 , 12:00 a. m.

La voluntad de paz de la nación adolorida ha vuelto a exteriorizarse arrolladoramente a los gritos de no más violencia, no más secuestros, no más derramamientos de sangre y ruinosas destrucciones. Es indudable que los anhelos de todo un pueblo, tan elocuentemente expresados, ponen proa a la reconciliación nacional y al afán patriótico de reconstruir la convivencia.

No es la paz de los sepulcros la que se pide ni es la paz inicua en la cual reine la arbitrariedad. Es la democrática, socialmente justa, libre y civilizada que libera energías y permite consagrarse al bienestar equitativo de las naciones. No la fenecida y oscurantista de Franco en España por ejemplo. Ni la que al otro lado de la Cortina de hierro causara tantas devastaciones, hasta sucumbir bajo el peso de sus propios errores.

Para allanarle el camino y, a la vez, tratar de explicarnos por qué se ha llegado al extremo de considerarnos en los medios internacionales al borde del caos, conviene escrutar algunos de los aspectos en que nos hemos venido enredando. Aparte de la idea de la inevitabilidad de los males, de la vulnerabilidad a acontecimientos aciagos e incluso de los mismos enfrentamientos armados, reconozcamos la pérdida de la brújula en principios y objetivos fundamentales.

Al fenómeno de la subversión ha venido a agregarse el de la dispersión conceptual y orgánica de la llamada sociedad civil, aunque protagonice expresiones unificadas como la de las marchas multitudinarias en pro de la paz o estamentos suyos se tomen su personería para gestionarla. Cuáles las identificaciones y cuáles los distanciamientos en el seno de dicha sociedad civil? No nos hemos preocupado por contemplarlos ni por averiguar sus responsabilidades en tantos percances.

Desvalorización de conceptos básicos Bien vistas las cosas, al deterioro de la solidaridad social han contribuido el eclipse de la noción de interés general y su reemplazo por la superposición de intereses particulares, profesionales o gremiales. Nervio de la Constitución del 86, la salvó de morir prematuramente y la habilitó para prolongarse cronológicamente a través de sucesivas actualizaciones y enmiendas. No obstante, el interés general aparentemente resulta hoy anacrónico, indefinible e insaciable, en la misma forma como el bien público se confunde por muchos con el Estado aborrecido, inepto o sospechoso.

La verdad es que ambos conceptos, comprendidos genéricamente en la denominación tomista de bien común, facilitaban las soluciones e incitaban a procurarlas. Desdibujados y menospreciados, prevalecen la fórmula de sálvese quien pueda y la regla de la máxima rentabilidad pecuniaria, a toda costa. No por azar, con su infortunio ha coincidido el auge de la peor y generalizada corrupción.

Con el vocablo de opinión pública ha ocurrido algo similar. Tradicionalmente la formaban convicciones y sentimientos compartidos. En la actualidad, es la suma anárquica de nichos contradictorios, según se les llama en lenguaje de mercadeo. De esta suerte, la opinión pública se asimila a la separada y autónoma de los empresarios o patronos, sin que sea a su turno indivisible según la actividad de cada sector o persona. Probablemente los trabajadores o los desempleados hacen lo mismo con la suya.

La contraposición, no la conciliación o aproximación de pareceres, da la nota y concluye por determinar las conductas, en el supuesto de que se ajustan al querer general o lo interpretan. Quizá de aquí se derive la desvalorización del sentido de la medida y de la tolerancia con las posiciones ajenas. También es cierto que donde dominan las explosiones y las destrucciones estentóreas no hay espacio para la mesura y la concordia.

A su primigenio significado valdría la pena volver para combatir solidariamente y sin fisuras muchas de las dolencias contra las cuales alientan sentimientos comunes. Tal la de la corrupción, descarada, insolente y serpeante en tántos campos. Las marchas multitudinarias por la paz han demostrado la existencia de afinidades activas y aun militantes.

Factor disolvente No cabe duda de que el desempleo es factor alterante y disolvente de la sociedad civil. Por desgracia, la política económica lo entendió como mal necesario y jugó su carta impiadosa para superar a la larga la recesión. A nadie debiera sorprender que haya venido dando saltos espectaculares y que Colombia tenga el privilegio de su más alto nivel en el ancho mundo. A profundizar la crisis y no a curarla ha coadyuvado con sus aportes el colapso estrepitoso de la demanda agregada.

Vislumbres de recuperación se advierten en algunos sectores conectados con el comercio exterior, pero sus indicios incipientes no cobran fuerza ni se extienden dada la debilidad inducida de dicha demanda, el atasco del crédito y la insuficiencia de las tasas de interés para reactivar lo que ayer deprimieran con sus exorbitantes niveles. Dentro del convencimiento de que lo prioritario es garantizar el derecho al trabajo y salir de la recesión, ningún paso debiera omitirse. Las inversiones públicas, susceptibles de crear empleo, no son incompatibles con el saneamiento presupuestario. En todas partes se las ha utilizado para revitalizar la demanda, cuando fallan los instrumentos de política monetaria.

Antes de que se apague el eco gratísimo de las marchas por la paz, es indispensable caer en la cuenta de que con un desempleo de la magnitud explosiva del existente en Colombia no será viable alcanzarla y menos consolidarla. Tampoco poner la delincuencia efectivamente en cintura, sabiéndola recurso ilícito de los desocupados en la medida en que carecieran de pan, techo y esperanza.

No faltan quienes recomienden acostumbrarnos a tenerlos para rato en su actual afrentosa y peligrosa magnitud o en una mayor. Caigamos en la cuenta de que ni convirtiéndose en fakires podrían aceptar su marginamiento indefinido de la sociedad civil y sentarse a esperar sobre clavos una morosa y esquiva reactivación económica

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