MACONDO EN PANTALLA

MACONDO EN PANTALLA

Para nadie son secreto sus diferentes nexos con el cine. Aunque pocas veces se haya logrado representar los signos peculiares del realismo mágico, con la solidez y el encantamiento que merece su genio literario, las diversas inmersiones de García Márquez en el mundo del celuloide datan de casi medio siglo atrás. Quien firmaba una columna sabatina con las iniciales GGM, en El Espectador de mediados de los cincuenta El Cine en Bogotá-Estrenos de la Semana , era el mismo autor de La hojarasca, que periódicamente se refería a las películas inspiradas por novelas famosas para exponer el criterio de un narrador que tiene sus propias ideas de cómo desarrollar un relato . Además de sus famosos reportajes allí publicados, sentía la urgencia de establecer una corriente nacionalista para reafirmar su hostilidad hacia la maquinaria de Hollywood y tratar de elevar la conciencia del espectador contra la dependencia tecnológica y cultural .

24 de octubre 1999 , 12:00 a. m.

Vinculado de muchas maneras a la realización experimental de La langosta azul, en 1954, el mediometraje barranquillero de factura surrealista y visión caribeña fue concebido por su amigo Alvaro Cepeda. Su nombre, desde entonces se asocia con los jóvenes representantes del nuevo cine mexicanoi que transformó las caducas estructuras de la comedia ranchera. El licenciado e historiador Emilio García Riera llevó a la pantalla el cuento homónimo En este pueblo no hay ladrones (Alberto Isaac, 1964), que dramatizaba el robo de las bolas de un billar junto a la fugaz pero brillante actuación de Luis Buñuel. Con la ayuda de Carlos Fuentes, y el debut de Arturo Ripstein como director tenía 21 años-, el guión original de Tiempo de morir (65) se transforma en un western alrededor del círculo maldito de una venganza familiar. Viene después Presagio (74), con la idea de algo terrible que va a pasar y la fotografía del célebre Gabriel Figueroa.

Una recreación periodística y tropical del diario macabro de Daniel Defoe El año de la peste fue realizada en el 78 por el desigual o efectista Felipe Cazals. Un año después aparece una de las incursiones más desafortunadas de su peculiar atmósfera fantástica y provinciana: La viuda de Montiel, que personifica Geraldine Chaplin bajo las riendas del chileno Miguel Littin. La versatilidad escenográfica del también mexicano Jaime Humberto Hermosillo logró en esa misma época una divertida ambientación de pretensiones absurdas que recordamos como María de mi corazón -derivada del cuento peregrino Sólo vine a hablar por teléfono.

Del compatriota Jorge Alí Triana se reconoce la calidad narrativa de un segundo montaje del miedo de matar , en Tiempo de morir (85), aunque tuvo menos aceptación aquella pretenciosa colcha de retazos que diez años más tarde se tradujo en Edipo alcalde.

Dos maestros de talla mundial se quedaron cortos al enfrentar el universo poético e indescifrable de nuestro Nobel: Eréndira (82), según el mozambiqueño Ruy Guerra, y Crónica de una muerte anunciada (86) bajo la conducción un poco distante del napolitano Francesco Rosi. En el primer caso se pierde el sabor local del relato enmarcado en la Guajira para rastrear sus pretendidas ramificaciones internacionales; con Rosi, la perspectiva en el tiempo del tan anunciado crimen por honor pierde allí su arraigado sentido mítico. Nada se puede afirmar sobre el traslado de tales resortes vengativos a la milenaria China, sin haber tenido la oportunidad de ver la versión del señor Li Shaohong. Es importante traer a colación su función académica, ejercida en calidad de fundador de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de Los Baños (Cuba), y por lo tanto timonel de los guionistas ligados a la Corporación del Nuevo Cine Latinoamericano.

De la serie de Amores difíciles (1987-88), coproducción de Televisión Española y Macondo Films, cabe recordar los cuentos peregrinos que fueron puestos en escena con mayores o menores reconocimientos por seis cineastas de otras tantas nacionalidades iberoamericanas: El verano de la señora Forbes (Hermosillo de México), La fábula de la bella palomera (Guerra del Brasil), Cartas del Parque (Gutiérrez Alea de Cuba), Milagro en Roma o La santa (Duque Naranjo por Colombia), Yo soy el que tú buscas (Chavarri de la madre patria) y Un domingo feliz (Barrera de Venezuela). De este último país, no hay que olvidar la densa reconstrucción de El mar de rosas del tiempo perdido que vislumbró la señora Solveig Hoogesteijn. Así mismo sería imperdonable no mencionar el resultado delirante de Un hombre muy viejo con unas alas muy grandes, que trae el sello personal del argentino Fernando Birri.

Nota final: hace diez días se estrenó comercialmente en el país la muy controvertida producción veracruzana de El Coronel no tiene quién le escriba (Arturo Ripstein, 1999). Presentada en la sección oficial del pasado Festival Internacional de Cannes, su más reciente salida ha dividido como suele acontecer a unos cuantos gabóbilos y a otros no tan expertos. Amanecerá y veremos! mlaurens

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