LA CULPABILIDAD AGOBIA LA LABOR DE SER PADRES

LA CULPABILIDAD AGOBIA LA LABOR DE SER PADRES

Pocos sentimientos son tan agotadores y causan tanto conflicto interno como los sentimientos de culpa. Y lo pero es que hoy en día la culpabilidad es algo así como una enfermedad epidémica entre los padres de familia. Muchos son los que viven hoy cargados de culpas y generalmente por una misma razón: la falta de tiempo para darles a los hijos y a la familia toda la dedicación que precisan.

24 de octubre 1999 , 12:00 a. m.

Si mal no recuerdo, en el pasado, cuando la conciencia y no la conveniencia dirigían nuestras acciones, no se hablaba de sentimientos de culpa sino de remordimiento, dos sentimientos similares en cuanto a que ambos son el resultado de sentir que hemos hecho algo indebido. Pero distintos en cuanto a que el remordimiento lleva a procurar cambiar la conducta que percibimos como incorrecta, mientras que los sentimientos de culpa simplemente llevan a remediar el daño producido, pero sin modificar las reprochables actuaciones que lo producen.

Y como tales actuaciones y la consiguiente culpabilidad continúan, las fallas se siguen cometiendo, los niños siguen viviendo constantemente premiados para resarcirla y los padres, continuamente agobiados tratando de repararla.

Lo grave es que los sentimientos de culpa producen tanto agobio que impiden que los padres actuemos con la ecuanimidad que se requiere para manejar unos hijos tan despiertos, tan manipuladores y tan poderosos como los de hoy. En un sincero deseo de apaciguar los sentimientos de culpa, muchos no se atreven a disciplinar a los hijos cuando no han tenido tiempo para educarlos, así que viven exasperados por las exigencias, la desconsideración y la desobediencia de los niños, pero inmovilizados para modificar la situación.

Salir de este estado de culpabilidad constante requiere cambiar la conducta que lo produce. Si el problema es falta de tiempo, habrá que reorganizar las prioridades para darle un primer lugar en nuestra agenda a lo que es realmente prioritario. Nada hay más importante para los seres humanos que el amor de su familia. La familia y los hijos son nuestra fuente vital de afecto, de ternura, de solidaridad, de apoyo, es decir de todos los frutos del amor.

De tal manera que es preciso asegurarnos que ocupan un lugar tan importante en nuestra vida que, pase lo que pase, siempre podremos garantizarles la cantidad y la calidad del amor que precisan.

Viene muy al caso la historia de un maestro que hizo la siguiente prueba a sus discípulos. Tomó un recipiente de vidrio y lo llenó de piedras del tamaño del puño de su mano. Cuando no le cabía más, preguntó: está lleno? Todos los alumnos respondieron: sí. No, les contestó el maestro y lo llenó con piedras muy pequeñas que se acomodaron entre las grandes.

Volvió a hacer la misma pregunta y los discípulos, con base en su experiencia anterior, contestaron: posiblemente no. Correcto, contestó el maestro y tomó una bolsa de arena que desocupó en el recipiente, la cual se acomodó entre las piedras grandes y pequeñas. Nuevamente preguntó: qué aprendemos de esta historia? Que siempre hay espacio para algo más, respondieron varios. Falso, corrigió el maestro. Desocupó el recipiente de nuevo y luego puso primero la arena, después las piedras pequeñas y cuando trató de poner las más grandes encontró que había espacio para muy pocas, lo que le obligó a dejar las más importantes fuera.

Agregó entonces el maestro: lo que esta prueba nos enseña es que si no ponemos aquello que es más grande, es decir lo más importante en nuestra vida en un primer lugar, después no habrá cabida para ello.

Que los hijos no se nos queden sin un lugar prioritario en nuestra agitada vida cotidiana si no queremos seguir agobiados por las culpas y sufriendo las consecuencias de vivir privándolos de nuestra dedicación y dirección y, eventualmente, vernos privados de su amor.

*Educadora familiar

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