VIVIENDO EN 1912

VIVIENDO EN 1912

Pañuelo , un gozque negro y flaco, persigue con un trotecito las huellas que los pies descalzos de Joaquín Liévano imprimen sobre el sendero húmedo.

24 de octubre 1999 , 12:00 a. m.

Liévano aparece por un costado del rancho, saluda con un tímido buenos días y descarga unas cañas de maíz junto a las paredes de bahareque. Tiene 63 años, barba de varios días, sombrero verde de fieltro con las alas caídas y harapos de paño de color irreconocible, empapados por la llovizna.

Pañuelo pasa rozando el pantalón arremangado de su amo y va a lamer los tobillos de una anciana que permanece sentada en una banca de madera, junto a la pared de la choza, tratando de enfocar sus ojos grises.

Chite! , le dice al perro. Y le arrima a las costillas la vara que le sirve para tentar alrededor. De lejos nomás veo el bulto , murmura. Según las cuentas de sus familiares, esta mujer, María Purificación León Segura, tiene 104 años, aunque la cédula dice que nació el 5 de febrero de 1912. El desfase puede deberse, según ella, a que antes los taitas no se preocupaban de esas cosas .

La anciana vive casi en las mismas condiciones en que lo hacía a principios de siglo. No tiene ningún artefacto eléctrico, odia la televisión desde la primera vez que la vio durante un viaje a Bogotá, y prefiere los productos de su huerta porque no han sido fumigados.

La acompaña Joaquín, su hijo menor, quien no se casó porque su mamá siempre le espantó las novias. Además lo convenció de que nada bueno podía esperar de las mujeres. Casarse quen sabe pa qué... será pa tener un castigo en la casa , dice la mujer.

Es pequeña y delgada, sin dientes, de rostro redondo y tierno y trenzas blancas que escapan desde el gastado sombrero negro de fieltro hasta sus hombros. Está descalza, con el canto de los pies marcados por el barro, y las uñas de las manos, largas y fuertes, ennegrecidas de tierra.

Ella y su hijo viven de pedir limosna los lunes en Machetá, a unos diez kilómetros de su casa. Pero hace dos semanas que no van al pueblo porque ella se siente muy cansada. Ya no puede caminar las dos horas de trocha hasta Aguas Claras, donde pasa la flota que va para la población.

Algunos de sus recuerdos están rotos. Habla de ranchos quemados, de noches huyendo en el monte, de sus maltratos de niña... lo que uno ha sufrido no está escrito , dice.

Su rancho se levanta, oculto por un pequeño cañaduzal, en una colina de la vereda San José, de Machetá. Hoy, la niebla se levanta de las hondonadas y cubre los picos de las paredes rocosas ubicadas a espaldas de la casa.

El interior de la vivienda permanece a oscuras. Se alcanza a ver el piso de tierra, el fogón de piedras y un canasto de mimbre colgado del techo. Joaquín ha querido instalar la luz, pero su mamá le dice que con qué van a pagarla.

Además, a ninguno de los dos le preocupa, pues no quieren tener ningún electrodoméstico, y menos un televisor, al que comparan con el demonio. A yo no me gusta esa porquería... eso fue lo que jodió todo... allí ven cómo se mata a la gente... ven a esas mujeres. Yo vi televisión donde Ezequiel (un hijo) y allí no se metieron al agua los hombres y las mujeres a hacer sus gracias? Virgen María! y los chinos ven todo .

Antes escuchaban música en un radiotransmisor, pero este ya no existe: Los bichos se le jartaron lo de por dentro y no volvió a cantar , dice. Viste una falda larga verde botella, asegurada en la cintura con un trozo de manila, blusa rosada, descolorida, y un saco de paño deshilachado.

El día se ha despejado. Ya casi van a ser las doce , dice María Purificación tocando con la vara la sombra recta que proyecta el techo. Aquí son las doce en punto , asegura, estirando el brazo para tocar un punto más alejado. Allí en esa piedra es la una y allá en esa piedra puntuda son las tres . Los campesinos de la vereda saben, además, que cuando el sol se esconde detrás de los cerros, son las cuatro.

La paz que viven María Purificación y su hijo no es total. Les han envenenado seis perros y tienen que estar vigilantes para evitar que se les roben las gallinas. Se las lleva la comadreja o puay los cristianos pa comérselas . Cuando oye ruidos en la noche se levanta a espantar a los ladrones. La anciana sonríe y suelta un agudo iiiiiiiaaaaaajuuuuuuu!! que se cuela por el cañaduzal y alguien responde desde alguna casa vecina.

Purifíca , como le dicen en Machetá, tuvo cinco hijos. Cuatro están bajo tierra. El último de los finados, Campo Elías, murió el año pasado, a los 78 años, de una afección pulmonar.

A ella le recomiendan que se vaya al ancianato del pueblo, pero dice que no quiere dejar solo a Joaquín, aunque en el fondo tiene un temor más arraigado: Puay habrá hombres y ayayay...! se levantan a buscarlo a uno... madre santísima! . Y se santigua. Joaquín aprueba con la cabeza la decisión de su madre.

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