LA GRAN MARCHA

LA GRAN MARCHA

Después de tres meses de marchas contra el secuestro en 22 ciudades y pueblos, los quijotes saldrán mañana en todo el país a La Gran Marcha para exigir la negociación del conflicto armado, el cese al fuego y la prohibición terminante de involucrar a los civiles en el enfrentamiento. Desde Nueva Zelandia hasta Montería los colombianos expresarán su solidaridad y su convicción en la urgencia de detener esta guerra fratricida que secuestra a 200 personas y desplaza a 25 mil colombianos cada mes; cuyos costos anuales se calculan en 3 billones de pesos, mientras el 55 por ciento de las víctimas son civiles.

23 de octubre 1999 , 12:00 a. m.

La Marcha representa el despertar de una sociedad tradicionalmente indiferente y dispersa, que sin embargo se ha manifestado con 10 millones de votos en el Mandato Ciudadano en 1997, movilizaciones cívicas contra la guerra sucia el año pasado y millón y medio de participantes en las marchas del No Más contra el secuestro y la desaparición de personas. El embrión está creciendo, y de ahí las estigmatizaciones caricaturescas de las Farc y las críticas aisladas sobre la falta de representatividad, eficacia y liderazgo del movimiento.

Pero, qué propuesta puede ser más real que reconocer el poder de un movimiento ciudadano como mecanismo de presión para ponerle punto final a un conflicto armado, degradado y autosuficiente, que no puede seguir ignorando a la sociedad en nombre de la cual se mata, se asesina y se masacra? La coincidencia del evento con el comienzo de las negociaciones con las Farc pone de manifiesto que ambos hechos apuntan en la misma dirección de trabajar por la paz. El primero, la Marcha, debe servir para que los millones de compatriotas repugnados por la guerra nos hagamos contar. Aquellos que reducen la concientización y la participación civil a camisetas blancas y banderitas olvidan que este movimiento se alimenta de la irrevocable voluntad de numerosos y variados sectores, y que su mensaje es claro: los pueblos sí pueden cambiar el curso de su historia.

No obstante, el movimiento ciudadano por la paz requiere para la consecución de sus objetivos una organización política bien entendida, que represente el sentir ciudadano y no a las personas, con una membresía cívica disciplinada y consciente, y la construcción de abajo hacia arriba de compromiso con una Colombia diferente. Sólo así el masivo reclamo cívico por la negociación, el cese al fuego y la aplicación del Derecho Internacional Humanitario se traducirá en presión y credibilidad frente a los actores armados y a quienes tienen en sus manos cambiar o introducir la normatividad estrechamente asociada con las transformaciones de fondo que necesita el país antes de poder decir que estamos en paz. Es el Qué Más después del No Más .

La Marcha por sí sola no resolverá de un tajo la negociación ni sacará a los civiles del conflicto. El inmenso avance hacia la paz que significaría el cese al fuego debe estar antecedido por golpes contundentes a la subversión. Del mal de cien años el cuerpo debe defenderse. De todas maneras, las marchas serán inútiles si en el corazón de cada uno de los colombianos no hay cambios profundos en cuanto a la obligación individual de sembrar semillas de paz. La cultura de la convivencia la construye la suma de cada uno de esos colombianos que asumen con decisión convertirse en actores de paz. La paz no es únicamente la ausencia de la guerra sino también la consolidación de una sociedad equitativa, tolerante y respetuosa de la diferencia.

Frase: Ya es tiempo de presionar como ciudadanos por la salida negociada al conflicto armado.

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