EL OTRO CIELO

EL OTRO CIELO

Hay quienes dicen que nada se parece tanto al cielo en la tierra como los días de niebla en Budapest. Y tal vez es verdad, pues con la llegada del invierno las nubes de la ciudad descienden del cielo como si fueran sábanas blancas que se tienden sobre los techos de los edificios; sábanas blancas y limpias que bajan con sutileza desde las alturas; sábanas de niebla, y viento, y bruma que hieren de muerte la soberbia de los edificios de creerse los únicos amos de la alturas.

23 de octubre 1999 , 12:00 a. m.

En invierno todo cambia. Los croquis de las casas tiemblan en la distancia. Los techos de los edificios no entienden muy bien qué es lo que está pasando, y entonces lloran mientras sus decenas de ojos las ventajas son ojos que siempre vigilan se empañan de neblina y, de ceguera, y todo irremediablemente cambia. Por ejemplo, si uno se detiene a observar el vuelo de los pájaros, encuentra que el aleteo de sus alas se mueve al mismo ritmo silencioso de nuestros parpadeos; y uno los ve volar a ras de cielo, tosiendo porque el invierno en Budapest es implacable, estrellándose contra la gente porque la niebla es espesa, y en invierno todo camino conduce a la nada.

La primera y única vez que visité Budapest estuve acompañado por una guía adolescente que me sirvió de lazarillo entre la niebla: Adriana Júhasz. Al lado de ella, como quien se aferra a un pedazo de madera después de un fatídico naufragio, caminé las largas, y tristes, y grises calles de Budapest. Y fue gracias a las primeras palabras que cruzamos en donde nos contamos aspectos irrelevantes de nuestras vidas pude descubrir que era cierto lo que decían en la ciudad: que, en efecto, nada se parecía tanto al cielo en la tierra como los días de niebla en Budapest.

Mientras avanzábamos a lo largo de una de las orillas del Danubio que ya no es un río azul y furioso, sino plomizo y ligero Adriana me dijo que a pesar de que en invierno todo tiritaba de frío (las manos, las puertas, las luces, los deseos, los amores), los húngaros tenían reservados para ellos mismos un placer insospechado: si hacían un esfuerzo, si se levantaban en puntas de pie, si alargaban sus brazos apuntando a las alturas, entonces podían tocar el cielo. Podían tocar el cielo aún estando con los pies en la tierra. Quise alzar mi cuerpo, quise creer esa dicha, pero antes de poder hacerlo Adriana me sorprendió con una pregunta acerca de cómo era el invierno en Macondo.

Me pareció oportuno decirle que en Macondo no hacía frío; que el invierno en ese lugar era una bandada de mariposas amarillas que sonreían; que las nubes no se descolgaban del cielo como, en efecto, ocurría en Budapest, pero que había mujeres que ascendían hacia ellas; que por qué la pregunta, Adriana, ha leído a García Márquez? Adriana frotó sus guantes para recuperar el calor perdido durante la extenuante caminata del mediodía, expulsó un tímido vaho de niebla que fue a parar a la boca de un pájaro perdido, y me explicó que sí, que García Márquez era muy famoso en Hungría, que le gustaba leer sus novelas, que era mágico pero también real y, apenas hubo finalizado toda esa suerte de halagos literarios, sentenció sin remordimientos que la mejor traducción de Cien años de soledad estaba escrita en húngaro.

No quise contradecirla, ni mucho menos decirle que García Márquez ya había hecho su elección al manifestar que la más rica era la que se había traducido al inglés. Al fin y al cabo, los días de niebla en Budapest permiten que el cielo descienda sobre la tierra, y se presente justo ahí, a nuestro lado, frío e inasible, para que disfrutemos jugando a las certezas.

Adriana Júhasz avanzó por Váci utca, frotó su nariz roja de frío, y sonrió. Aunque no es posible , dijo. Se detuvo. Vi sus ojos hundirse entre la niebla. Y escuché que la mejor traducción no podría estar en húngaro porque, sabes?, el húngaro se lo inventó el diablo un día que estaba borracho. Quizás, Adriana Júhasz tenía razón. Quizás no. En ocasiones, en el otro cielo la fantasía puede ser proclive a convertirse en realidad.

MAURICIO BECERRA R.

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