DE LA PAVA ESTÁ VOLANDO

DE LA PAVA ESTÁ VOLANDO

Jaime de la Pava, técnico de este América subcampeón que esta noche lucha por el título de la Merconorte, tenía un abuelo que deseaba ser piloto. El viejo se quedó con las ilusiones y resultó más terrenal que nunca, pues no se movió de su finca, cerca de Cajamarca (Tolima).

22 de diciembre 1999 , 12:00 a.m.

Allá, en el páramo, todavía se reúnen los De la Pava para disfrutar de la niebla de las 5 de la mañana, del ganado, la leche y la carne. Un sitio amplio y cálido para los 15 hijos que dejó el abuelo.

El padre del técnico también quería subirse a un avión y darle rumbo. Pero con una familia tan numerosa era imposible darse esos lujos.

Le quedó al padre el gusto por el fútbol, por el Tolima y con el tiempo se convirtió en un ferviente hincha de Gabriel Ochoa. Hoy está pensionado y sigue paso a paso al América de su hijo.

Ha contado Jaime, el técnico de escasos 32 años, que de niño se veía al mando de un avión. El tiempo pasó y ese sueño se fue quedando en el aire.

Pero al niño Jaime no se le iban los días en vano. Era un delantero goleador en los equipos del barrio e incluso ponía su mente más allá: analizaba los partidos. Ya se estaba incubando un nuevo entrenador.

En esa época observaba al Brasil 82, el mismo de Zico y Sócrates, que debía enfrentar a selecciones donde también estaban jugadores de su predilección como Platini, Tigana, Rossi y Rummenige.

Así, De la Pava halló la filosofía del fútbol que deseaba ver plasmado como jugador o como técnico.

Como jugador tuvo la opción de pertenecer a la prejuvenil del Junior. Y más de una vez se encontró con rivales de la talla de Wilson Pérez, José María Pazo, Alexis Mendoza, William Rico y los hermanos Castel.

Pero sus padres insistieron en la importancia del estudio y no subió al profesionalismo. Se iba a quedar cruzado de brazos? A los 18 años entró a la Escuela Nacional del Deporte en Cali. Cinco años de carrera y en la mente estaba dirigir. Con lo duro que es dar órdenes a los jugadores cuando saben que el jefe no ha tenido ni una hora de camerino.

En el 89 ya mandaba en las inferiores del Cali y permaneció seis años. Después fue a la Escuela Sarmiento Lora, donde logró un subtítulo y el ascenso de la C a la B.

Un día, Fernando Velasco, asistente de la Primera C de América, le dijo que el club pensaba contratarlo. En enero del 98, tomó la C de los rojos y se hizo campeón. Ese mismo año, Diego Umaña, en plena etapa final, renunció a gobernar el equipo profesional.

Ahí empezó a sonar de verdad el apellido De la Pava. Y los resultados hablan por sí solos.

Este hombre, a sus 32 años, estuvo a punto de convertirse en el técnico campeón colombiano más joven de la historia. No ocurrió así porque se atravesó Nacional y sólo lo venció en el azar de los penales.

Pero lo que vimos el domingo es admirable. América no se refugió. Con un empate se iba a los penales. Sin embargo, buscó la victoria. Cuando el juego era más comprometedor, puso a descansar un volante retrasado y envió a un delantero.

De la Pava ha seguido con devoción el fútbol de Telé Santana y el de Brasil que observaba de niño. Balompié abierto, generoso, con ansias de gol.

Uno lo ve tan lacónico en sus frases, con sus ojos tranquilos y su bajo perfil, y no imagina que esté enfrente de uno de los técnicos más promisorios de nuestro fútbol.

De la Pava no tiene al mando un avión, pero no hace falta ser sabio para saber que está volando.

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