FRANCHITTI A LA FONTANA

FRANCHITTI A LA FONTANA

El Juan Pablo Montoya que estaba esta mañana amarrado a su cohete de fibra de carbono, listo para impulsarlo a 390 kilómetros por hora en este superóvalo de Fontana, está lejos del muchacho que hace un año, en la severa pista del Nurburgring, Alemania, se apretó los cinturones por última vez en el Lola negro de David Sears para ganarse el campeonato de la Fórmula 3.000.

31 de octubre 1999 , 12:00 a. m.

Todos sabíamos en ese momento que la etapa final en Alemania sería una carrera rutinaria, pues su rival, el alemán Nick Heidffeld, había cometido un error técnico la víspera y estaba fuera de concurso. Tanto que Juan Pablo salió a la pista a escoltar al uruguayo Gonzalo Rodríguez, que en paz descanse, y a conseguir los puntos.

En ese momento, Juan era ya era una gran estrella, pero no tenía los watios de iluminación de ahora, doce meses después, cuando está en la antesala de poder ser el campeón de la serie Cart. Es más, en Nurburgring, esa noche de la celebración, Juan Pablo no tenía equipo ni carro para correr este año. Lo de Cart era un rumor apenas.

Ayer, Juan Pablo no podía pasearse por los pits, retozando con sus colegas de timón o sus acompañantes. Estaba asediado en todas las esquinas por aficionados, fotógrafos, periodistas, amigos, a la caza de un saludo, de una foto, o de un autógrafo. La única manera que tiene para cumplir con sus deberes es escabullirse, jugar gambetas con la fama y la popularidad, tema que le fascina sentir, pero que no puede ejercer con la ingenuidad y desparpajo de antes.

Duerme con el enemigo Juan ha pasado tres días relajados acá. Alquiló un motor home, casa rodante, que tiene estacionada detrás de los pits y allí instaló su residencia privada, táctica que ha copiado de quienes tienen ya más experiencia en estas vivencias. O sea, que no solo en la pista andan pegados, también los rivales duermen a un metro el uno del otro. Eso le permite ser un poco más furtivo ante el incesante asedio de la gente.

Cuando llega a la pista, se le ve tranquilo. Ni antes ni ahora, ha sido un torrente de palabras porque habla más con el acelerador o con las manos. Siempre se baja del carro y se va al pupitre de Morris Nunn y le muestra con sus brazos que está llegando con la dirección al final del recorrido. O sea, que el carro se va de narices. Morris lo gradúa así a propósito para que tenga que ser más cuidadoso y no tome el riesgo de acercarse excesivamente al muro. A Juan Pablo le gusta rozarlos. En ese compromiso, 50 centímetros de espacio contra una pared a 400 kilómetros por hora, discuten ambos. Juan con las manos, Morris con órdenes a los mecánicos que gradúan milímetros en alguna parte del carro para que éste obedezca al gusto de Juan Pablo.

En el Nurburgring y en Fontana, el título estaba en juego. Hace un año Montoya estaba sentado en el papel de Franchitti hoy, es decir, en los puntos. Ahora, va de persecutor, talvez su situación preferida. Le fascina salir y aplastar a los rivales con un tiempo o una vuelta impresionantes, y los deja trabajando todo el día en alcanzarlo. Usa sitios de la pista que los demás copian, pero no son capaces de amaestrar. Por ejemplo, en Fontana su carro ha estado muchas veces en los entrenamientos en la cabeza del tablero, pero nunca ha sido el más rápido. Cuando llega el reporte del radar, todos se enteran que -una vez más- Montoya los tiene clavados en las curvas. Y acá, en un óvalo, hablar de curvas, significa tomar decisiones diferentes en sitios donde el accidente puede ser inevitable. Pocos se atreven a experimentar y la mayoría prefiere correr en escuadrilla, dentro del montón.

No hay mucho tiempo para hablar. Cómo está el carro? Bien, bien...pero los Ford tienen más recta, mejor motor. Hay que esperar. Es suficiente. Uno sabe que su persistencia y competividad ya han hecho lo mejor posible en la pista. Y si algo falta, no hay que preguntarle. Se le verá en la cara, pues estar atrás lo consterna.

A un piloto de carreras le piden velocidad. Si hay victorias y títulos adicionales, bienvenidos. Pero la materia primera es su gran valor y Juan Pablo está sobrado en ese sentido. Por eso, gane o pierda el campeonato, se va a sentir tranquilo porque para él, antes que los títulos, está su espíritu competitivo, que consiste en clavarlos a todos , masacrarlos, hacerlos sufrir, dejarlos verdes .

Así está Franchitti, de cuerpo entero a 24 horas de la final. Verde, preocupado, porque Montoya es un rival muy tenaz, mientras el colombiano está feliz porque, aunque ya ganó casi todo, siete carreras y el título de subcampeón y de mejor novato, todavía le queda un postre pendiente: Franchitti a la Fontana...

Y es bien capaz de servírselo, así la desventaja en puntos sea grande, las circunstancias externas, impredecibles y la carrera, sumamente larga.

Esta vez, Juan Pablo va a todo o nada, la orden más agradable que ha escuchado de Ganassi este año. Es su situación ideal: correr sin límites.

Ser campeón lo dejará feliz, pero esperar otro año no le va a quitar ni media hora de sueño.

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