UNA NOCHE SIN AIRE EN SOACHA

UNA NOCHE SIN AIRE EN SOACHA

Desde hacía mes y medio el perro y las gallinas de Nilsa Sanabria se movían con menos comodidad en la terraza de su casa del barrio Bella Vista. Las 12 canecas rojas que Wilson, su hermano, encaramó en ese lugar de seis metros cuadrados, redujeron el espacio para saltar y picotear.

31 de octubre 1999 , 12:00 a. m.

El administrador de la cancha de tejo de Bella Vista, Ecceomo Lancheros, vio las vasijas hace 15 días, cuando subió a llevarles comida a los animales, por encargo de los hermanos Sanabria, que estuvieron unos días fuera del barrio. Seguro son para vender , pensó.

Un recipiente grande de metal o de plástico, tiene lugar obligado en cualquier casa o rancho de Bella Vista, Buenos Aires, Villa Nueva y Rincón del Lago, los sectores de la Ciudadela Sucre, en las lomas marginales de Soacha.

Ahí almacenan el agua, que un fontanero pagado por la Alcaldía, bombea dos veces por semana.

El último ruido nocturno en esa zona de pendientes, al sur de Bogotá, se oye en el paradero de buses. Todo era silencio ahí, a las ocho de la noche del martes, cuando José Diomedes, otro vecino de los Sanabria, vio a Wilson lavando las canecas en la casa que construye, unos metros abajo de la vivienda de su hermana.

- Oiga, la está embarrando con ese olor , le dijo José, mientras se asomaba por la ventana, aún sin vidrios.

- No es nada, eso pasa , contestó Wilson, convencido de lo que decía.

Media hora después, el olor que el muchacho había advertido estaba en el olfato, y en boca, de las 120 familias de la ciudadela.

Un telefonazo del vicepresidente de la Junta de Acción Comunal de Bella Vista, levantó de la cama al presidente .

Hay un olor a gas horrible. Pida por el micrófono que quien tenga el cilindro abierto lo cierre , le pidió.

Cuando José, el de la advertencia temprana, oyó esto desde su cama, salió a la puerta y vio de nuevo a Wilson, acomodando otra vez las canecas en la terraza de la hermana.

Ninguno dijo nada, pero los dos presintieron que la alarma tenía que ver con la sustancia que Wilson botó por el desage cuando lavó los recipientes.

Eran las diez de la noche y ya nadie en la zona podía mantener la nariz descubierta. Comenzaron los mareos.

Despierten a los niños, salgan a las calles, tápense con trapos mojados con agua o alcohol, vayan por los ancianos que viven solos y ubíquense todos en el paradero de los buses , comenzó a pedir por micrófono Marina Marentes, la jefe de la comisión de salud de Bella Vista, Más abajo, en Buenos Aires, otro megáfono predicaba que la tembladera en las piernas y los dolores de cabeza tenían que ver con un atentado de la subversión.

La guerrilla intoxicó el alcantarillado , gritaban unos, Un bandido nos quiso envenenar , decían otros.

Un hombre de Bella Vista salvó pronto la inocencia de los subversivos en el caso. Subió hasta la casa de Ernesto Moreno, el presidente de la Junta , y contó que todo tenía que ver con unas canecas que un vecino pensaba poner en venta.

La Policía supo esto por teléfono, y mientras los líderes comunales le reclamaban la presencia de ambulancias, la autoridad solo tenía palabras para pedir que retuvieran al culpable .

Mientras tanto, en el paradero de buses, comenzaban el desplome de mujeres, el vómito de los niños, y las angustias por la falta de aire.

Hasta esa hora, once de la noche, solo habían llegado los bomberos de Soacha.

Pedro Rojas, el panadero, otro hombre de Villa Nueva y el conductor del bus 8297, usaron entonces sus vehículos como ambulancias.

Las siete que debían llegar desde Bogotá se reportaron desde San Mateo con una advertencia: No subirían hasta la zona roja donde vivían la emergencia, si no enviaban líderes comunitarios para garantizar un arribo seguro.

A los representantes de la estación de Policía y de la base militar les tocó intervenir para quitarles el miedo a los socorristas.

Por fin, los vehículos subieron y la algarabía del paradero de buses se fue yendo, de a poco, para los hospitales de Soacha y Bosa. La lluvia que comenzó a caer a las tres de la madrugada, devolvió a las casas a quienes permanecían en la calle central de la ciudadela.

Nuevos desmayos y nuevos enfermos levantaron a los líderes comunales, otra vez, a las siete de la mañana del miércoles. Ya los investigadores habían dicho que el aire había sido envenenado por una sustancia de nombre casi impronunciable: el tetrahidrotiofeno.

Bien temprano el dueño de la cancha de tejo vio por televisión a Wilson Sanabria, dando explicaciones.

Supo entonces que las canecas que limitaban el caminado del perro y las gallinas en la terraza de Nilsa, tenían papel protagónico en la noche de asfixia que puso en las primeras páginas de los periódicos a las lomas marginales de Soacha.

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