TERROR EN LAS PANTALLAS: DE TRIPAS Y CORAZÓN

TERROR EN LAS PANTALLAS: DE TRIPAS Y CORAZÓN

Tiene tantos adeptos como detractores, lo que algunos califican de verdaderas joyas del horror o del humor negro, para otros es simplemente un homenaje al gusto por la explosión sanguínea. Aunque su razón de ser en un principio fue arrancar gritos y parar los pelos, hoy es posible que algunos engendros de la especie terminen provocando ataques de risa incontrolados u oleadas de repulsión y asco.

31 de octubre 1999 , 12:00 a. m.

Se trata del terror, un género tan complejo como amplio. Tan influyente que ha dado vida a los temores de cada generación señalando a los espantos y villanos de turno. Por eso hoy, día del temido Halloween, vale la pena rendir homenaje a esos asustadores profesionales, recorriendo algunos de los apartados que han bañado de oscuridad, aullidos, chirridos, gritos y hemoglobina las pantallas.

Del susto al gusto Quienes asistieron a la primera función de El exorcista en Bogotá en los años 70, todavía recuerdan con cierto escalofrío el suceso más satánico en la historia del cine.

Para empezar, a nadie le pareció normal que uno de los asistentes sufriera un ataque cardíaco antes de que empezara la película y debiera ser retirado de la sala. Ese solo hecho, ya de por sí, fue considerado como muestra de la influencia diabólica del filme, lo que enriqueció la atmósfera densa y terrorífica reinante en el teatro Jorge Eliécer Gaitán.

Así que entre las oraciones desaforadas del sacerdote de turno, la cabeza giratoria, las levitaciones, el lenguaje de camionero y los vómitos verdes de la poseída Linda Blair; el diablo demostró que era señor y rey a la hora de meterle susto a la audiencia.

Claro, para entonces, ya otros personajes terroríficos habían vivido su gloria. Desde el más famoso conde de todos los tiempos, Drácula, interpretado por el trágico cómico actor húngaro Bela Lugosi, hasta una jauría hambrienta de hombres lobo y uno que otro Frankenstein.

Pero lo que empezó como el paso a imágenes de la costumbre ancestral de espantar y espantarse, fue complicándose cada vez más. Así como en Colombia, con la llegada de la luz eléctrica y la extensión de las zonas urbanas, la gente le perdió temor a la llorona, la novia sin piernas y el Mohán; en el mundo el valor esperpéntico de ciertos villanos se vino abajo.

De pronto, los espectadores ya no gritaban cuando los vampiros mostraban el colmillo coquetonamente, para, acto seguido, atacar el cuello de sus víctimas y exponer dos o tres gotitas de sangre. Ya a la gente no le bastaba con ver una mano negra y peluda empecinada en atacar a todo mortal que se moviera en su campo de acción u observar en cada escena terrorífica los zapatos negros del malandrín monstruoso que sumaba nuevas víctimas a su lista de atropellos, mientras una música aterradora emergía de la oscuridad.

Como es apenas natural, esa misma suerte le llegó a El exorcista, a El bebé de Ross Mary, a la Profecía y a todas las películas que durante los sesenta y setenta convirtieron la tierra en el reino del demonio.

Los encargados de enterrar esos y otros fantasmas fueron una saga de personajes cuya estética fue diseñada en los mismísimos tugurios infernales y cuya sed de sangre sobrepasa la de cualquier fiera salvaje.

Así un día, los adictos al terror en todas sus formas celebraron la llegada de las afiladas cuchillas de Freddy Krugger, la espeluznante imponencia de Hellraiser, los ataques desalmados de todos los asesinos en serie del planeta, y el nacimiento de criaturas babosas que harían palidecer a los inocentes vampiros de antaño.

Hoy gracias a ellos y el fortalecimiento del gore, como uno de los subgéneros más comerciales del lenguaje terrorífico, las vísceras han ganado terreno en las pantallas a la misma velocidad que el humor negro. Las escenas descarnadas dejaron atrás los lenguajes evocativos y los asesinos de la pantalla bien pueden provenir del mismo infierno, como de una juguetería o de la dimensión desconocida. En todo caso, quizás lo verdaderamente asustador, es que semejantes monstruos nos asustan cada vez menos.

En la otra línea, la que se sostiene en aproximarse al terror para profundizar en otros temas y/o ironizar la vida presente, cabe rescatar la española El día de la bestia y la estadounidense El abogado del diablo. Así como con revisar Corazón satánico, el Ansia y la misma Screem se comprueba que el terror y algunos de sus subgéneros han hecho aportes interesantes al cine, trascendiendo el concepto elemental con que algunos suelen juzgarle.

Década a década en RH negativo Aunque la lista es enorme y en ella no se incluyen clásicos como Poltergeist, Chucky (con o sin novia) o la Profecía, este es el top de las películas que durante este siglo le han quitado el sueño a más de uno. Cada una de ellas podría ser programada para ser vista en la última noche de Halloween de este siglo.

1910: Ya a principios de siglo se rodaba la primera versión de Frankenstein.

1920: En 1922 nace la primera versión cinematográfica de Nosferatu, el vampiro y en 1925 se estrena El fantasma de la ópera.

1930: En 1931, Bela Lugosi interpreta por primera vez en el cine a Drácula y Boris Karloff a Frankenstein. En 1934, los dos figuras míticas del cine de terror se reúnen para hacer Satanás.

1940: En este período de decadencia para el género, los creadores decidien reunir en un solo filme a un disparatado grupo de locos y monstruos con el fin de atraer al público. Así vio la luz La Zíngara y Los Monstruos (1944), donde se unen Drácula, Frankenstein, el Hombre Lobo, un jorobado y un doctor loco.

1950: Nacen las mutaciones humanas y se le confiere protagonismo a las fieras desbocadas. Para recordar: Tarántula (1955), La mosca (1958) y los aportes femeninos como El ataque de la mujer de 50 pies (1958) y La mujer avispa (1959).

1960: Sin lugar a dudas una de la década más prolífica del género., en ella aparecen algunos de los títulos clásicos, aquí están algunos de ellos: La famosísima Psicosis, de Alfred Hitchcock, en la que el trastornado Norman Bates da la bienvenida a los asesinos en serie al cine de terror. A finales de la década El bebé de Ross Mary, de Roman Polansky, despierta el interés por los temas demoniacos y La noche de los muertos vivientes da vida a los zombies, tal y como se conocen en la actualidad.

1970: El exorcista (1973) y Matanza en Texas (1974) son los filmes de la década, pues convirtieron en elementos indispensables del género los efectos especiales y el maquillaje. Otras que merecen mención son Carrie de Brian de la Palma, Viernes 13 de Sean Cunnigham y La noche Halloween de John Carpenter considerada un hito del cine independiente.

1980: Regresa la figura del hombre lobo en Aullidos (1981), Carpenter vuelve a la cartelera con La cosa (1982) y aparece una de las películas más bellas de todos los tiempos sobre vampiros: El ansia (1984).

Pero, sin lugar a dudas el mundo del terror recordará este tiempo como el que vio nacer a los Gremlins y a Freddy Krueger en Pesadilla sin fin, como muestras vivientes de que el humor negro y el terror son una buena combinación. En el plano estético, por lo menos por la configuración de la imagen del personaje, Hellraiser (1987) se lleva todos los suspiros.

1990: Regresa Drácula, de la mano de Bram Stoker en el 93, y el mundo se conmociona con El día de la Bestia del español Alex de la Iglesia. El panorama del terror se vuelve tan amplio que incluso cabe clasificar la locura fílmica Del crepúsculo al amanecer de Robert Rodríguez como clásico del disparate y homenajear una de las mejores propuestas de todos los tiempos: Scream. Dentro de los estrenos recientes vale destacar Sexto Sentido.

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