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UNA FIESTA BIEN PRENDIDA

UNA FIESTA BIEN PRENDIDA

El Festival pasó su segunda gran prueba: el racionamiento de energía no pudo vencer la voluntad de los aficionados, cada vez en mayor número, venidos de todo el país. Y así, esta fiesta del teatro le puso color a una ciudad que por estos días era de un gris que ni Obregón imaginó. Si hace seis años las bombas no pudieron con el festival, este año tampoco pudo la sequía. Ahora en Bogotá se puede decir que si Barranquilla tiene el Carnaval y Cali, la Feria, Bogotá tiene su Festival.

En su tercera edición los organizadores afinaron el tino en la selección de los grupos invitados. La calidad se niveló por lo alto. Si en los dos primeros festivales el grupo canadiense Carbono 14 se llevó todos los aplausos, este año la decisión está dividida. La lista de las mejores obras es larga: Sheherezada, Malasangre, Tritón y Circus Oz, Onnagata, Yo tengo un tío en América... Es realmente gratificante para el público (y para los artistas nacionales) poder ver obras de esa calidad.

Con tan excelentes obras no se entiende cómo los organizadores corrieron el telón con Tirano Banderas de Luis Pasqual. La versión para teatro de la novela de Valle Inclán no estuvo a la altura del público y de los actores que en ella participaron. Fue un desperdicio de talento iberoamericano , ya que la obra contaba con un elenco seleccionado entre los mejores actores de España, México, Chile y Bolivia.

En esta decisión se teme hubo mucho de manejo diplomático, pues Tirano Banderas es un montaje que cuenta con el respaldo millonario de la Comisión del Quinto Centenario. En ese sentido, no se puede decir que la presentación española haya sorprendido gratamente. Salvo la obra Tengo un tío en América, cuya realización teatral es favorable a pesar de su fondo conceptualmente panfletario, que es evidente en sus últimas imágenes: ahí volvemos (mala conciencia obliga) a la metáfora del buen salvaje.

En general, este festival mostró que el teatro se está manejando como un arte integral donde se mezclan con gran soltura y naturalidad la danza, la música, la pintura, el video, el mimo y hasta el cine. Así, el Festival Iberoamericano puso en entredicho el teatro que no propone. La confrontación entre los trabajos de los grupos cuestionó los montajes rigurosos, las escenografías majestuosas y decorativas, y exaltó la recursividad.

Los grandes dramaturgos, por supuesto, no han perdido vigencia. Pero todo se está jugando en el montaje.

El teatro se hace contemporáneo en la medida en que responde, y propone a la vez, los conflictos del hombre de hoy y que supera las barreras espaciales y comunicativas, para llegar a través de sus propios medios. La dramaturgia, pues, se mantiene en manos de aquellos grandes autores. Por eso no extrañó a nadie ver Sueño de una noche de verano en una carpa de circo.

Este festival volvió a probar como si fuera necesario que el teatro sigue siendo un escenario para actores, para grandes actores al estilo de Alfredo Alcon (]Final de partida) y Lindsay Kemp (Onnagata). Y no fueron los únicos que, con gran profesionalismo, mostraron porqué los grandes artistas de cine están volviendo a las tablas.

El público constituyó otra de las grandes sorpresas. No porque no se supiera de su adhesión a esta cita. Pero lo que reconforta es comprobar que su respuesta masiva sobre todo la segunda semana fue de tal magnitud que les generó problemas a los organizadores.

En efecto, hubo aficionados que, inclusive con boleta en mano, no pudieron entrar a algunas obras. Se entiende que no es fácil montar un festival donde hay que complacer a 2.300 personas que tienen que ver con esta fiesta. Pero en ese campo, los responsables tienen aún muchas cuerdas para afinar.

Porque aunque el Festival contribuye a rescatar la imagen internacional de Bogotá también se puede convertir en arma de doble filo si se descuida la seguridad, que es el argumento favorito de la prensa extranjera para hacer sensacionalismo. Desafortunadamente, los ladrones hicieron su festival en el Festival. Varios integrantes del Footsbarn, uno del grupo ruso y un periodista de Antenna 2 fueron asaltados, uno de ellos a la salida del Jorge Eliécer Gaitán. Hubo otros casos.

En esto fallaron los guías, al dejar que los actores extranjeros se pasearan solos por zonas peligrosas. Y falló la organización al no exigir un refuerzo policial, teniendo en cuenta las condiciones anormales de la ciudad.

Es increíble cómo en teatros como el Jorge Eliécer Gaitán el público tenía que caminar en medio de raponeros. Sería aconsejable mejorar las condiciones de entrada a los teatros.

En el caso colombiano, fue evidente la pobreza de propuestas. De alguna manera, la repetición de excelentes obras que ya habían sido mostradas al público o la pobreza de otras está militando en favor de que haya una preselección. Una fórmula podría ser el Festival Nacional, que debería realizarse en cualquiera de las grandes capitales regionales. Ahí, con ayuda de un jurado y del público, se podrían extractar las obras que se presentarían después en Bogotá y en Caracas.

Los cuenteros y el teatro callejero confirmaron que son la gran fuerza del Festival. Son ellos los que convocan al gran público. Todos los parques, plazas y plazoletas donde hubo actividades callejeras estuvieron repletos de gente. Es allí donde el Festival va creando su público para el futuro. Sin embargo, en este apartado se presentó mucha desigualdad entre los grupos participantes. Los hubo muy profesionales, como el Strech M.K, de Australia, y el Colectivo Cien Años de Soledad, de Colombia, hasta pequeñas compañías de aficionados que todavía no tienen el nivel necesario para participar en el Festival.

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