RESCATE DE NUESTRA IMAGEN

RESCATE DE NUESTRA IMAGEN

En alguna ocasión en que visité a Nicaragua no resistí la tentación de conocer la ciudad de León. En mi adolescencia había sido un apasionado lector de la poesía de Rubén Darío, que la sabía casi de memoria, y me llamaba poderosamente la atención el que hubiera nacido en el último rincón del mundo: León, de Nicaragua. Nada llama la atención del viajero que quiere conocerlo. Es un poblado, como tantos otros del trópico, pero es imposible visitar a León sin evocar a Rubén Darío. Cómo pudo este provinciano, de uno de los países más atrasados de América, alcanzar el pináculo de la fama entre los poetas hispanoamericanos y, casi, diría yo, occidentales? En qué momento su sensibilidad se familiarizó tan estrechamente con Grecia, con Francia, con Italia, con las Cortes del Renacimiento, con el mundo gitano, con todos los paisajes y los monumentos del universo?

24 de octubre 1999 , 12:00 a. m.

Algo semejante deben experimentar los que visitan a Aracataca pensando en García Márquez. Yo la conocí desde mi adolescencia, mucho antes de que supiera que existía García Márquez, con quien solo tropecé en la vida cuando fue mi discípulo en primer año de Derecho Constitucional que yo dictaba en la Universidad Nacional. Por el lado materno, como había sido el caso de mi propio padre, venía de una familia de Coro, Venezuela, que en el siglo pasado vino a establecerse a Colombia a través de La Guajira, los Cotes, de quienes también provenían el profesor José Francisco Socarrás y el dirigente liberal del Cesar, Araújo Cotes. Aracataca formaba parte de la legendaria zona bananera de Santa Marta, que se recorría en un ferrocarril decimonónico entre Santa Marta y Fundación y en el que se desplazaban los afortunados trabajadores de la zona, siempre inconformes con el patrón yanqui, la United Fruit Company, pero envidiados por sus homólogos de otras regiones de Colombia, que no disfrutaban de las mismas ventajas. Circulaba la historia de que en el mayor auge de la exportación de banano, los jornaleros en los días de pago bailaban la cumbia a la luz de los billetes de a dólar que prendían en lugar de las velas tradicionales. Aquello era inimaginable y difícil es establecer la línea divisoria entre lo que verdaderamente ocurría y lo que corría de boca en boca. Decíase que la Compañía, para hacerles más grato el esparcimiento a sus trabajadores, había atraído prostitutas francesas para enseñarles refinamientos europeos en materia de sexo. Sin embargo, llegó la hora del choque entre la empresa y sus trabajadores y de allí surgió otra leyenda con ribetes políticos. La matanza de los trabajadores de las bananeras. En los relatos novelescos, se hacen contar los muertos por centenares, víctimas de los fusiles oficiales, cuando parece que no llegaron a cincuenta quienes, por no atender un imprudente toque de queda, cayeron bajo la metralla del General Cortés Vargas.

Visión mágica Gabriel García Márquez hubiera podido quedar reducido a ser un relator más de aquella hecatombe, poniendo al servicio de la exageración su incomparable talento imaginativo, pero no es en Aracataca, ni en Ciénaga, ni en Sevilla, ni en Guacamayal, ni en ningún lugar de la zona, en donde hay que buscar las raíces de la inspiración de Gabriel García Márquez. Como en el canto vallenato de Escalona, pero en dirección noroeste, hay que tomar el bus en Fundación y llegar hasta la antigua Provincia de Valledupar y Padilla, para encontrar las fuentes de su mundo, de su ancestro valduparense.

Fue quizá el mismo García Márquez quien dijo de Cien años de soledad que era apenas un vallenato largo. Y hay que entender que el ancestro de García Márquez viene precisamente de esa región de Colombia que, por antonomasia, es la llamada Provincia, aislada del resto de Colombia desde la Colonia hasta el final de los años treinta, enclaustrada en un universo de ganaderos provincianos, para quienes Maracaibo y, aún, Curazao eran lugares más próximos que la propia Capital de su patria, Santa Fe de Bogotá.

Contados eran los que escapaban de aquel mundo, o los que llegaban para establecerse en la misteriosa región, que desembocaba en La Guajira. El polo de atracción económica que transformó la Provincia a comienzos del siglo fue la zona bananera de Santa Marta, en donde era fácil encontrar trabajo bien remunerado y conocer el mar, del cual se tenían apenas remotas referencias. No es casual que en Cien años de soledad se registre simbólicamente el desplazamiento hacia el mar en busca de un navío encallado. En todos los países existen rincones con una identidad propia, ajenos a la idiosincrasia del resto de la nacionalidad, en donde el aislamiento hace que la autenticidad se perfile con rasgos más firmes y, por ser tan particular, acaba por ser la más auténtica, intocada por cualquier forma de cosmopolitanismo.

Por esta región habían cruzado los ejércitos regulares y las guerrillas, desde la época de la Independencia hasta la guerra de los Mil Días, sin detenerse, y menos, sin soñar en establecerse en un lugar tan remoto. El cachaco , cuando yo conocí a Valledupar, es decir, la gente del interior, era uno solo, el cachaco Rigoberto Benavides, oriundo de La Mesa (Cundinamarca), en donde había adquirido categoría de enfermero y, después de la paz de Nerlandia, se había quedado en la Provincia, enseñándoles a las gentes costumbres del resto de Colombia. Allí mismo fue donde se cumplió, en parte, el noviazgo de los padres de García Márquez, apelando a los primeros mensajes telegráficos de los años en que Valledupar se identificó con Colombia y Colombia descubrió a Valledupar. El autor relata el episodio en El amor en los tiempos del cólera, bajo el nombre de Fermina Daza, a quien enamora Florentino Ariza.

Familiarizándose con el frío Escribo este exordio para traer a cuento el acento mágico de aquel medio, tierra de su ancestro Márquez, que, después de todo, fue el verdadero Macondo que aparece una y otra vez en los relatos de nuestro Premio Nobel. Un rincón en donde, al compás de los acordeones, sucedían las cosas más extraordinarias, como los curas, padres de numerosa prole, porque no tenían ningún escrúpulo en convivir con sus queridas: el padre Triana, el padre Martínez, el padre Serrano y tantos otros que, aun llegado el siglo XX, atentaban contra la planeación demográfica. Era la tierra en donde se reproducían los nombres y era necesario un círculo en la frente para distinguirlos, como en el caso de los Buendías. La misma en donde se creía en la levitación y en el regreso de las almas del purgatorio a reclamar sus misas.

Fue así como, desde los 16 años, la imaginación de García Márquez ya estaba enriquecida con todas estas anécdotas, cuando la experiencia del primer viaje a Bogotá para adelantar su bachillerato completó su visión mágica del mundo. Conoce el río Magdalena y llega al altiplano a familiarizarse con el frío que apenas conocía de oídas. Tampoco los cachacos de entonces conocían el acordeón sino por referencias. En el barco en que viajaban, la muchachada costeña, encabezada por el propio García Márquez, amenizaba el pausado recorrido con los primeros boleros y vallenatos que conquistan a Santa Fe de Bogotá. La suerte le depara el encuentro con un aficionado a la música popular, que no es nada más ni nada menos que el Director Nacional de Becas, quien le abre las puertas del Liceo Nacional de Zipaquirá, la población más característica de la Sabana de Bogotá con la tradición secular de la mina de sal, y como su buena estrella jamás llega a eclipsarse en aquellos años, dos profesores de aquella institución, Manuel Cuello del Río y Julio Calderón Hermida, vislumbran su talento y lo orientan hacia la historia y la literatura. Este último ejerce una decisiva influencia sobre el futuro escritor y lo rescata para la prosa, cuando el adolescente se sentía poeta, camino del grupo Piedra y Cielo. Es allí mismo, en la gaceta del colegio, donde publica sus primeros escarceos literarios y se distingue no solamente por sus buenas notas sino por el aprecio y admiración que se granjea entre sus condiscípulos.

Es un rasgo de García Márquez que se observa a través de su deslumbrante trayectoria. Es el reconocimiento espontáneo de su talento por parte de quienes lo rodean. Cautiva a su interlocutor con el relato de sus experiencias, con una visión del futuro que intriga hasta el más lerdo, y c on el análisis psicológico de las personalidades que frecuenta, a la par con una evocación nostálgica del pasado que le da un sello peculiar a sus composiciones.

Conocí algo semejante en el caso del dirigente liberal Gabriel Turbay, cuando contaba apenas 30 años. Hijo de inmigrantes libaneses, de los primeros en llegar a Colombia a finales del siglo XIX, no era menospreciado con el calificativo de turco que se le endilgó hacia el final de su carrera, sino admirado por las dotes que desplegaba en la conversación ordinaria. Poseía una gran riqueza de vocabulario, que sorprendía en el descendiente de un extranjero, en cuyo hogar todavía los mayores hablaban árabe. Su bagaje intelectual era riquísimo. Embelesaba a su auditorio con los relatos del Oriente, sobre los monumentos arqueológicos del desierto y los maravillosos paisajes que se describían en la tertulia familiar. Imposible sustraerse a la seducción de aquel comunicador sin par, que disfrutaba entre sus condiscípulos de las mismas ventajas de Gabriel García Márquez entre sus compañeros del Liceo Nacional de Zipaquirá. Ajenos por completo al medio costeño, todo relato acababa siendo mágico para aquel conglomerado de cundiboyacenses vestidos de negro y atiborrados de prejuicios religiosos contra toda clase de vicios, pero, principalmente, de escrúpulos en materia sexual. Era, por así decirlo, un anticipo de la magia que le permitiría escalar en vida la inmortalidad literaria.

Demanda inagotable Fue así como intimó con los más heterogéneos jefes del Estado hasta abrirse, con su gloria, las puertas de la Casa Blanca, tras habérsele negado la visa norteamericana por años de años, acusado de pro-comunismo. Fue el amigo de Torrijos, de Carlos Andrés Pérez, de César Gaviria, pero, por sobre todo, de Fidel Castro, el más controvertido de los gobernantes de América Latina en el siglo XX.

Hacia el ocaso de esta centuria, cuando Colombia era el país más subestimado del Continente, García Márquez, al lado de unos pocos deportistas de renombre, rescataba a nivel mundial nuestra imagen. Decir que se era colombiano y amigo de Gabriel García Márquez, llamándolo Gabo , era el sésamo ábrate que superaba la cubierta verde del pasaporte colombiano que incitaba al maltrato de nuestros compatriotas por parte de funcionarios arrogantes de los países industrializados.

En la proyección cultural del Continente, ningún otro colombiano, con excepción de José María Vargas Vila, había alcanzado un renombre semejante, no solo en la comunidad hispanoparlante sino en el mundo entero, como García Márquez. No tuvimos un Alfonso Reyes, ni un Jorge Luis Borges, ni un Miguel Angel Asturias, pero mientras las novelas y panfletos de Vargas Vila, escritos en un estilo truculento, no eran susceptibles de ser traducidos a otros idiomas, la obra de García Márquez parecería que por su galanura ganaba en armonía al traducirse al inglés o al francés, como presumo que ocurriría con infinidad de lenguas europeas y asiáticas, en donde la demanda por las obras de nuestro compatriota parece inagotable.

Con razón puede afirmarse que el Premio Nobel de Literatura no hizo sino protocolizar la popularidad universal de la obra de García Márquez. Sus lectores ya lo habían consagrado como su autor favorito y para nadie fue una revelación su nombre, como ocurre con tantos otros titulares del preciado galardón sueco. En este sentido, fue el más destacado entre los colombianos del siglo XX.

García Márquez en el Kremlin con Gorbachov.

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