LA CORRUPCIÓN INVISIBLE

LA CORRUPCIÓN INVISIBLE

No sé cómo es que estamos, pero la frase más pronunciada en los últimos años en Colombia es por eso es que estamos como estamos . Cada cual tiene su explicación para aclarar el origen de lo que nos tiene llevados. Son miles de diagnósticos, lo que no ayuda a encontrar una solución, pero al menos sí implica que la gente necesita, y por lo tanto busca, una razón de ser para el tremendo problema en el que estamos enredados. Desde: estamos como estamos porque no usa direccionales, porque no hace cola, porque bota basura en la calle, por tanto sexo y violencia en televisión, etc., hasta: estamos como estamos por culpa de la guerrilla, por el secuestro, por los políticos, porque no hay clase dirigente, por la corrupción... Supongamos que todas tienen que ver con el estar como estamos. Pero de escoger, me quedo con la última, y específicamente con una de sus formas. Me explico:

21 de octubre 1999 , 12:00 a. m.

Oí decir que la sociedad está reaccionando y levantándose contra la corrupción. Sonó bonito, y quien lo dijo se lo cree y ve allí la luz al final del túnel, o el túnel por el cual escapar a la incandescente luz de la corrupción. Puras ganas; la corrupción es un fenómeno que va mucho más allá de la podredumbre del Congreso y traspasa los pestilentes pasillos de las oficinas públicas. Es cierto que allí se encuentra a sus anchas y se trata de lugares propicios para alimentar las bacterias de la infección que nos tiene postrados.

Sin embargo, sería mucho menos grave si no se diera la cohabitación, la interacción con esa otra forma de corrupción que tenemos de este lado, y que por ello nos cuesta más trabajo detectar o reconocer. Gran cantidad de quienes están aburridos de la corrupción, lo están es de la oficial, puesto que, por desbordada, los pone en peligro de quedar en evidencia. Me refiero a quienes propician la corrupción, a quienes sobornan desde la empresa privada para ganar licitaciones, a quienes pagan para aligerar trámites, para capar servicio militar, para levantar licencias de importación, a todos esos a quienes no les caemos tan duro dizque porque no manejan dineros públicos, cuando son precisamente ellos quienes incitan a malversarlos.

No hay duda, la corrupción está en todas partes; es endémica y mortal. Hemos llegado a punto tal que, por increíble que parezca, hoy nos suena razonable la entonces desafortunada frase de Turbay Ayala según la cual iba a reducir la corrupción a sus justas proporciones y a trabajar con los más honestos. Pues sí, hoy por hoy se puede hablar de más o menos honestos, y nos parecería óptimo un grado de corrupción manejable, que permitiera al menos hacer algo. Recuerdo el cuento aquel de que en el capitalismo del primer mundo se roban un porcentaje del costo de hacer una autopista, pero al final construyen una magnífica. En el socialismo se robaban el 90 por ciento y entregaban una pésima carretera. Acá se roban todo y no entregan nada.

El problema es que no hemos desarrollado anticuerpos contra la corrupción. De alguna manera, la corrupción de este lado es patrocinada y aplaudida por la sociedad en su conjunto. En el corrupto de la esfera privada no vemos la infamia sino la astucia. Al que pillan se le ve no como a un criminal, sino como a un pobre imbécil que se dejó coger. Rayos y centellas y todo tipo de improperios caen, es cierto, sobre el corrupto público lo que está bien, pero hay demasiada clemencia con sus cómplices del desangre de sangre azul (cuellos blancos los llaman).

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