DE LAS RUINAS AL ESPLENDOR DE BERLÍN

DE LAS RUINAS AL ESPLENDOR DE BERLÍN

Por razón de vínculos familiares, tratamos de seguir, paso a paso, el proceso de la reconstrucción de Alemania después de la segunda guerra mundial. Correspondiendo sellar su suerte a la reunificación y al episodio final de Berlín, no podíamos sustraernos al desenlace de la compleja y azarosa historia.

21 de octubre 1999 , 12:00 a. m.

Como en su época a la devastada Colonia, conocimos esa ciudad en ruinas, bajo la terrible huella de las 45 mil toneladas de bombas requeridas para vencer la resistencia esquizofrénica de Hitler. Cruelmente escindida, mutilada y mustia, mientras el resto occidental de la nación readquiría su pujanza y esplendor. Años después, en las noches gélidas de 1990, tuvimos el privilegio de presenciar el desmoronamiento del muro de la infamia . Más adelante, su propia unificación y su febril reconstrucción.

Todo incitaba a ver cómo terminaba la película. Cómo del bosque de grúas salían las edificaciones y de las explanadas las colmenas. Berlín es ciudad verde, de masas de árboles frondosos, de prados apacibles, de emblemático río navegable, de canales y grandes lagos que sirven para los deportes y esparcimientos acuáticos, con trajes de baño o sin ellos. Otra vez, eje político y administrativo de la República Federal, ostenta los monumentos de su pasado imperial y los testimonios accidentados de su trayectoria.

En pocas partes se encuentra culto similar por la naturaleza y el arte. Díganlo, si no, la isla de los museos palaciegos, circuída por las aguas del Spree, o los que subsistieron o se levantaron en el flanco occidental, simultáneamente con la profusión de teatros. El berlinés tiene la pasión de la música. Fresca, bella y sobria, como pan recién nacido, aparece la Opera Cómica, complemento afortunado de la histórica y clásica y de la que los occidentales construyeran después de la guerra mundial. La división urbana provocó, explicablemente, emulaciones y duplicaciones.

* * * * Berlín se construye y reconstruye con ritmo vertiginoso en el cual no se reflejan ni perciben las dificultades económicas. En torno del Reichstag, coronado por su novedosa cúpula de cristal, sede de la Cámara Baja o Bundestag o, lo que es lo mismo, del poder decisorio, empiezan a alzarse las edificaciones complementarias de gobierno. Pero la construcción de la nueva capital no se realiza únicamente con recursos públicos.

La iniciativa privada acude, presurosa, a satisfacer las necesidades de vivienda y trabajo. Sobre sesenta y cinco mil metros cuadrados, en Postdamer Platz, se ha edificado una especie de gigantesco y ultramoderno templo capitalista ciudad dentro de la ciudad con albergues para familias, oficinas, tiendas, hoteles, multitud de restaurantes y la fastuosa arcada comercial Marlene Dietrich. Complejo de cristal, de variados colores y gustos, no se ha prescindido en él del toque berlinés de los canales acuáticos ni del encanto de los árboles.

Como tampoco se halla ausente en las residencias que otros gobiernos construyen aceleradamente para sus embajadas en las orillas del follaje y aun las mimetizan, cual la de los países escandinavos, con aletas verdes que, cerradas, convierten el conjunto en tronco grande del bosque.

* * * * Para el visitante del exterior, la ciudad es una sola, perfectamente integrada, toda una fiesta, aunque muchos ossis (habitantes de la zona este) rumien sus decepciones por la pérdida de la seguridad de sus empleos.

Las multitudes abigarradas que desfilan por la calle Kunfurstendan en el oeste no difieren de las que colman en las noches los teatros opulentos de Friedrichstrasse en el este. Las óperas alternan con las revistas musicales tipo Las Vegas y las fachadas solemnes con las vitrinas multicolores.

Hoy por hoy, la alacridad y la energía constructiva son signos dominantes de Berlín. Mas no por su alegre talante, su durísima experiencia deja de ser lección patética de los horrores a que conduce la violencia y de la garra para sobreponerse a los infortunios.

Abrojos del carino Hace un año, el carismático Gherard Schroeder, a quien habíamos encontrado un grupo de colombianos cuando fue elegido ministro presidente de Baja Sajonia en 1990, ponía fin al reinado de dieciséis años del Partido Demócrata Cristiano y, al frente del Partido Socialdemócrata, despertaba fuertes esperanzas de renovación, equidad y auge.

El conservador Helmut Kohl había sido artífice de la reunificación, y el izquierdista Willy Brandt su iluminado profeta y precursor. La locomotora de la economía alemana se encontraba en dificultades por su enorme costo en términos de endeudamiento y por percances de sus mercados de exportación del Asia y Europa Oriental. A Schroeder correspondía reanimarla y, a la vez, acentuar los valores de su corriente política. En primerísimo lugar, ganar la batalla contra el desempleo.

De su lema de innovación y justicia social pareció prevalecer la primera base sobre la segunda. El flamante Canciller quiso identificarse con el Primer Ministro Británico Tony Blair y lanzó con él un manifiesto conjunto en que el énfasis se ponía en las responsabilidades individuales por encima de los derechos. Colateralmente, enarboló la bandera de la austeridad, planteó un recorte de dieciséis mil millones de dólares en el presupuesto, quiso reducir las pensiones, ver de buscar niveles internacionalmente competitivos para las remuneraciones laborales y mitigar los elevadísimos impuestos.

El resultado fue la pérdida de cinco elecciones estatales, el avance de los democristianos y el emerger de los antiguos comunistas con el nombre de socialistas democráticos. A su turno, su compañero y émulo Oskar Lafontaine salió del ministerio de Hacienda, de la jefatura del partido y del escaño parlamentario. Si el Canciller Schroeder perdiera las elecciones de mayo en Renania del Norte-Westfalia, sus días estarían contados y arreciarían las críticas por sus presuntas desviaciones neo-liberales, por sus predilecciones en favor del sector de los negocios, por sus vestidos Brioni y sus costosos cigarros.

El doctor Erhard, artífice de la reconstrucción económica alemana, se trazó la línea de conducta de no proponer ni imponer la austerity británica a un pueblo que había debido vivir de fresas en el bosque. El Canciller Schroeder ha tenido el arrojo de preconizarla, con altísimo costo político e indignación de los ossis , sin comprometer en ella ni en el alivio de la deuda a quienes la contrajeron en el Gobierno y en la actualidad se le oponen.

Lo cierto es que el nuevo centro no ha pegado en suelo germano, donde las redes sociales ideadas por Bismark y la economía social de mercado tienen hondas raíces. El Canciller Schroeder deberá ver cómo hace el ajuste sin perjuicio de los ideales de su partido, valiéndose de su habilidad y magnetismo y volviendo los ojos al éxito de su congénere político en Francia, cuya economía crece a razón del tres por ciento anual. Y no es que la de Alemania esté en crisis. El presente año su Producto Interno Bruto se incrementará en 1.5 por ciento y el próximo en tres por ciento

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