LAS IGLESIAS DE MOLDAVIA

LAS IGLESIAS DE MOLDAVIA

Recuerdo que, en mi visita a los montes de Moldavia, la llegada a cada monasterio me colocaba delante de un milagro. Ya no estamos acostumbrados a colocarnos frente a los milagros. Y una visita a los monasterios de Moldavia nos devolvía siglos atrás hacia las edades maravillosas. De cómo estas paredes conservaban el mágico encanto que tuvieron el día de su creación, como si ayer mismo las hubiera tocado la gracia, es el misterio que yo he venido transportando en mi memoria desde aquel remoto día en que vi las iglesitas.

21 de octubre 1999 , 12:00 a. m.

Y las iba sacando dentro de las ramas del monte, como quien vuelve a la infancia y saca una calcomanía, y no he olvidado ni un solo momento de mi vida esta sensación de maravilla que no la he vuelto a tener en todos mis viajes, y que no hay visitante que llegue a Rumania y no quede para siempre impresionado con el mundo de aquellos pequeños templos de paredes pintadas, solos en medio de la plácida campiña o en el bosque, como un milagro que le devuelve la vida al mágico vitral de la vida medieval. Ni la Roseta de Notre Dame en París pone a bailar en la imaginación un calidoscopio semejante.

La suerte quiso que los bosques de Moldavia quedaran al margen de los caminos por donde pasaban los ejércitos desde hace más de cinco siglos, cuando los de los Césares de turno se movilizaban a todo lo largo y lo ancho de Europa llevando el imperio desde las estepas de Prusia hasta las praderas de los reinos de Francia y España. La verde Moldavia, tierra de místicos y de rebaños de ovejas, no tenía atracción alguna, y entre sus tupidos ramales los cristianos iban a besar sus iconos en unas iglesitas de colores que se veían como pajaritos entre lo más tupido del follaje.

Para descubrirlas se necesitaba tener el fervor de los peregrinos, y era la oración el lazo de un débil campanario que el oído de la credulidad del pueblo percibía a través de los montes y lo congregaba para hacer sus devociones y cantar sus letanías. Así fueron quedándose como brillo de pluma de colores perdidos en medio de la espesura, o con la apariencia de posarse levemente como la hierba, ignorados por el mundo occidental.

Cuando, en nuestro tiempo, los turistas andariegos han llegado a descubrir estos pajaritos de plumajes de arco iris, no han salido de su asombro. Porque se trata de caso único en que los Evangelios y el Antiguo Testamento, pintados en sus colores originales en el exterior de las iglesias, se han conservado intactos. Hoy, el viajero, por primera vez, al penetrar en estos rústicos parajes, descubre como nidos de mariposas o de aves exóticas que han permanecido por milagro vivas.

No se explica el turista más curioso cómo primero se descubrió América y sólo ahora, cuatro siglos después, viene a conocerse ese otro mundo de vívidos colores, que tienen un plumaje como no lo encontraron hace cuatro siglos ni los que siguieron a Cortés, a Orellana o a Balboa en su intrépida aventura por América. Ni las mariposas de Muzo, ni las de Río de Janeiro, ni la fauna mexicana, ni la del Paraguay tienen colores tan sorprendentes como aquellas iglesias de Moldavia que, en el corazón de Europa oriental, apenas empiezan ahora a ser reveladas, después de no sé cuántos siglos de ser silenciosamente ignoradas.

No sabemos las fórmulas que tenían los pintores de aquellos siglos para que los frescos de entonces se conservaran por siglos de siglos y así podamos hoy verlos como si ayer los hubieran dejado sobre los muros. Porque la Capilla Sixtina del Vaticano, expuesta al aire libre, jamás hubiera recibido un tratamiento semejante. Ahora nosotros llevamos en la memoria, rodando por el mundo entero, las iglesitas de Rumania tan frescas como si fueran de ayer. Cuando las visité, la dama que nos acompañaba nos dejaba solos para que libremente corriera nuestra admiración frente a cada retablo, a cada capilla, a cada torre.

Desde tiempos del fraile, había sus restricciones. Yo recuerdo que, visitando las iglesias de Moldavia, la dama que nos acompañaba, después de cada iglesita, con disimulo se quedaba atrás para besar ella el icono furtivamente.

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