OCASIÓN PERDIDA

OCASIÓN PERDIDA

Qué lastima, don Rufino. Hemos perdido aún este crepúsculo , como decía Neruda. El Premio Príncipe de Asturias concedido al Instituto Caro y Cuervo por su Diccionario de construcción y régimen nos brindó escenario de oro para divulgar una imagen cultural de Colombia y reafirmar el cariño de nuestro país por una lengua que es patria común de más de veinte países y más de 350 millones de personas.

27 de octubre 1999 , 12:00 a. m.

Más de mil periodistas cubrían la ceremonia, transmitida a España y América. Todo estaba servido para haber montado una gran campaña cultural en torno al Diccionario de don Rufino y la pasión colombiana por el español. Era el lugar para decir que en nuestro país, aunque golpeado por la violencia, miles de personas trabajan calladamente, y que somos capaces de producir un monumento como esta obra de ocho tomos y 8.188 páginas.

Habría podido difundirse el esfuerzo inenarrable que inicia en 1872 un genio solitario y culmina un equipo de especialistas 122 años después. Las circunstancias exigían un gran ciclo de conferencias y mesas redondas para informar acerca de uno de los más notables hitos en la historia del castellano.

Nada de esto se hizo. Temo que la inmensa mayoría de quienes se enteraron de los Premios Príncipe de Asturias de 1999 difícilmente sabrán decir algo sobre el Diccionario y quienes lo trabajaron. A lo mejor ni recuerdan qué país latinoamericano ganó el galardón.

Se nos escurrió por entre los dedos la oportunidad.

Lo que no contamos Y, sin embargo, la obra de Cuervo es muchísimo más importante que lo que pueden imaginar los numerosos delegados oficiales colombianos que vinieron a la entrega de Premios.

Don Rufino José (1844-1911) fue hijo de la primera generación de la independencia y, como a muchos de sus compatriotas, preocupaba el riesgo de extrañamiento de las antiguas colonias tras su ruptura con España. Ellos vieron que solo la cultura podría ofrecer una ligazón a las piezas separadas, y se dedicaron a fortalecerla. El eje de esa cultura fue la lengua, supremo antídoto contra el aislamiento. El siglo XIX colombiano dejó numerosas guerras civiles e ideológicas, pero sembró un interés perdurable por los asuntos del idioma. Ya en 1825 la revista La Miscelánea planteaba en Bogotá la importancia de afianzar el español como patrimonio común de los pueblos hispánicos.

Cuervo heredó esta certidumbre y dedicó su vida a ella. Realizó una labor de hormiga filológica, para la que se instaló en París con su hermano Angel: consultar cientos de libros desde el medioevo hasta sus contemporáneos, pasando por el Siglo de Oro, elaborar fichas sobre el significado y conducta de cada palabra importante, analizar la estructura de los verbos, aportar las citas correspondientes Llegó a recoger y documentar cerca de 3.000 palabras y a elaborar más de 60 mil fichas. Al morir, sólo había terminado dos tomos y cinco letras: de la A a la E.

En 1945, el recién creado Instituto Caro y Cuervo formó un equipo para continuar la obra inconclusa de don Rufino. Durante 40 años, decenas de expertos siguieron rastreando textos y palabras. Dos grande filólogos, el español Pedro Urbano González de la Calle y el colombiano Rafael Torres Quintero, murieron mientras se dedicaban a levantar esta catedral del idioma. El tomo tercero salió, por fin, en 1987. En 1993, el cuarto. Gobiernos y fundaciones privadas dieron el dinero necesario para que en 1995 se llegara al último tomo.

Frivolidades Todo esto pasó inadvertido. La fotocracia oficial lo opacó. Ignacio Chaves, director del Instituto, desfiló como una sombra. Estoy seguro, por supuesto, de que no era este el propósito del presidente Pastrana al acudir a la ceremonia. Creo, incluso, que, si hubiera estado bien asesorado, hasta lo habrían convencido de dictar durante su visita a España una conferencia sobre el castellano como afirmación cultural y el Diccionario de Cuervo como aporte sin precedentes a nuestra lengua.

Aun EL TIEMPO se contagió por la frivolidad: su enfoque sobre la noticia del Premio se centraba en que Andrés Pastrana y Ernesto Samper, ambos asistentes, no se habían encontrado en el acto. A quién le interesaba semejante minucia? Por qué tan vana politización de un hecho cultural significativo? Era esto más notable que el esfuerzo que se premió? Haber desaprovechado el Premio Príncipe de Asturias demuestra que nosotros mismos nos amarramos al cuello el lazo de nuestra mala imagen. Seguimos empeñados en reducir nuestra realidad, a veces rica y enorgullecedora, a la miseria de nuestra política. Qué lástima, don Rufino.

El clamor del domingo En España, las manifestaciones populares mostraron un camino de paz al grupo terrorista Eta. Ojalá ocurra igual en Colombia. El mensaje del domingo ha sido ensordecedor. Me parece una política suicida la de la guerrilla y los paramilitares, que prefieren ganar pinge terreno político sobre la ceniza de su impopularidad. Hasta Eta entendió que su problema no era con un gobierno, sino con los españoles.

Un gesto de los violentos, ahora, demostraría que son sensibles al clamor de sus compatriotas.

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