CAQUETÁ: RÍOS DE AVENTURA Y SELVA

CAQUETÁ: RÍOS DE AVENTURA Y SELVA

Volando a Leticia había visto y fotografiado varias veces una cascada, de baja estatura, pero muy ancha. No sabía su nombre. Pero mis pies dijeron: debes ir. Y heme aquí, en compañía de Alejandra Murcia, Carlos Andrés Torres y Orlando Luna, situados ya en Araracuara a orillas del poderoso río Caquetá en su cauce bajo, selva adentro.

28 de octubre 1999 , 12:00 a. m.

La voladora, pilotada por un indio matapí, desciende rápida el Caquetá y se adentra por las bocas del Yarí. Río solemne, de brillantes aguas negras y mucha historia callada, sufrida, épica, entre los colonos y aventureros. El cielo está muy gris. Pero, no importa. Bajamos en Piedra Campana, célebre entre los indios de estas regiones. Al lanzársele una piedra pequeña suena exactamente como una campana. Más arriba entramos por el río Mesay y al llegar al peligroso raudal de Masaca decidimos remontarlo contra la potencia de las olas y el peligro de las piedras. Salimos vivos. La prueba! Dejamos el Mesay y nos metimos por el Cuñaré. La noche nos sorprendió en el raudal de la Guacamaya. En un arenal en la mitad del río levantamos la carpa. Al amanecer del otro día vimos que el agua alcanzaba la entrada de las carpas.

Y llegamos a los grandes raudales: Cascajal de Cuñaré, La Culebra y Curupia. No son peligrosos como el de Masaca, pero debemos saltar de la canoa a tierra, mejor dicho al agua y empujarla con el agua a la cintura o al cuello. Es duro y divertido. Orlando Luna va delante y tira de la canoa; los demás la vamos empujando. A media tarde, con mejor tiempo, llegamos al Raudal del Tubo. Montamos las carpas en los blancos arenales de la orilla. Había unas huellas de tigre, más grandes que la mano. No lo vimos, pero por la noche lo oímos. Hiela el alma y todo lo demás. La noche fue despejada y nos dedicamos a fotografiar las estrellas que hacían su lento camino entre las ramas de las palmeras.

Se llama Tubo porque en verano el cauce se reduce a un canal estrecho, de algunos kilómetros de longitud, al que caen a todo lo largo pequeñas cascadas. Un paraíso en medio de la selva. Lo recorrimos, nos bañamos, le declaramos nuestra admiración. Estos dominios pertenecen al Parque Nacional Natural de Chiribiquete, la más preciada y extensa de nuestras reservas naturales. En algunas pocetas había pequeños troncos con ojos; nos miraban y se hundían al acercarnos. Eran babillas. De vez en cuando la algarabía de las guacamayas llenaba el cielo. Viajan por parejas con ese vuelo medio torpe. Son monógamas, toda la vida, hasta que la muerte las separe.

ado Jacamellá El regreso de Caño Cuñaré fue un torrencial aguacero. El río estaba más crecido y facilitó el arrastre de la lancha en medio del río. Remontamos el Mesay hasta llegar a Puerto Abeja donde tiene su cabaña de trabajo Patricio von Hildebrand, un biólogo entregado por el completo al estudio y defensa de la naturaleza en esta parte de nuestra selva amazónica.

Y media hora más arriba por el Mesay llegamos al raudal de mis sueños: el Jacamellá. Es una cascada de 700 metros de frente por 5 de altura. Allí el río es muy ancho. La poceta que forma la cascada por ser poco profunda es de agua color rojo, como ocurre con los ríos de agua negra, ricos en tanino y ácidos húmico y fúlvico. Nos bañamos y nos parecía flotar en vino tinto.

Descendimos el Mesay y remontamos el Yarí hasta llegar al Raudal de la Gamitana. Es uno de mis paraísos en la selva. El río estaba bajo y había desnudado una superficie plana, rocosa, tan grande como una cancha de fútbol. Una cascada parte el río de lado a lado. Allí he vivido algunas de mis más profundas emociones en la selva. A las seis de la tarde, ya con la noche que se insinuaba, todo el contorno se llenó de ruidos. Trinos en el cielo, de los pájaros que iban a sus nidos; ruidos extraños selva adentro, de los grandes mamíferos que iniciaban su andadura nocturna. Y fiel a mi inveterada costumbre, peligrosa por lo demás por las serpientes, de caminar la selva en horas nocturnas, nos internamos; susurros, eructos, pasos asordinados, ruidos indeterminados, gruñidos... la selva vive de noche. Son mis orgasmos cósmicos, inmerso en este universo de calladas y angustiosas supervivencias.

Caminando de día encontramos el hongo copa de diablo, mi hongo preferido de la selva: son copas, resistentes, fuertemente pegadas a los troncos; invariablemente están llenas de rocío. Es el diablo quien las ha llenado, dicen.

Nos entregamos al encantamiento de una trocha vecina al raudal. Gamitana es un encajonamiento del Yarí; se trata de un cañón de 50 metros de profundidad por donde el río discurre con furia. Así llegamos hasta el punto exacto en que el río se introduce por el cañón. Al día siguiente un arco iris se dibujó sobre el río y se reflejaba en el agua. Cuando era niño mi madre me decía que el arco iris se traga a las personas en su contacto con la tierra. Y cuando salía sobre las montañas de mi Quindío natal yo corría a perseguirlo. Regresaba desconsolado. Ella, Teresa, me decía: Hijo, las cosas importantes siempre están más lejos. Fue ella la que me lanzó a caminar por el mundo.

El regreso desde el Raudal de la Gamitana hasta Araracuara fue un goce total de los sentidos. La selva olía a perfume, el día estaba escandalosamente azul, la atmósfera era tibia. En la tersura del paisaje los árboles de las márgenes se individualizaban: eran todos diferentes siendo todos iguales. Yo lo llamo la sublime monotonía. En un momento algo parecía flotar en el río: era una danta que lo atravesaba nadando.

Cuando dejamos el Yarí para remontar el Caquetá, las nubes coquetas, de formas definidas navegaban por el cielo. Así llegamos a Araracuara. Víctimas todavía de las emociones de la selva y de sus ríos terminados el día en el Balcón del Diablo.

El Caquetá rompe la escarpa de Araracuara y se mete por un cañón de algunos kilómetros de longitud, 100 metros de profundidad y 40 de anchura. Allí se interrumpe la navegación. Desde el borde superior, en la cabecera de la pista de aterrizaje se contempla el soberbio hueco. El momento de máxima exultación ocurre cuando una pareja de guacamayas lo recorre en toda longitud volando a media altura.

Cuando el avión ya ha estabilizado su altura sobre la selva a los 15 minutos de vuelo, allá abajo aparece al raudal de Jacamellá y más a la derecha el Raudal del Tubo. Calladamente entonces, saco mi libreta de apuntes, la libreta de los soñadores, y estampo un trazo. Jacamellá es parte ya del pellejo del alma.

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